Pekín desea obispos nombrados por el Papa
Cómo y por qué las recientes ordenaciones de obispos chinos pueden inaugurar un cambio de marcha en las relaciones entre la Santa Sede, la Iglesia de China y el gobierno chino en la cuestión de los nombramientos episcopales
por Gianni Valente
En el largo camino de las relaciones entre la Iglesia católica y China, los cambios de marcha importantes a menudo se han hecho en
sordina, anunciados solo por acontecimientos ignorados o liquidados sin las
oportunas explicaciones incluso por agencias especializadas, que suelen estar
acostumbradas, en otras ocasiones, a agitar las cosas. Algunos hechos recientes
del otro lado de la Gran Muralla, en su normalidad sui generis, dejan entrever un posible, inminente y decisivo cambio de escenario con respecto
al punctum dolens del nombramiento de los obispos, la cuestión más delicada de las anomalías vividas por la Iglesia católica china desde hace casi sesenta años.
![La ordenación episcopal de Paolo Meng Quinglu como obispo de Hohhot, el 18 de abril de 2010 [© Ucanews]](/upload/articoli_immagini_interne/1280496582811.jpg)
Los hechos
Desde diciembre de 2007, pese a la existencia de muchísimas sedes diocesanas vacantes o dirigidas por obispos de más de 80 años, en China no había habido nuevas ordenaciones episcopales. El estancamiento se interrumpió el pasado 18 de abril, con la consagración del sacerdote de 47 años Pablo Meng Quinglu como obispo de la diócesis de Hohhot, en la Mongolia interior, seguida de cerca por la de José Shen Bin, de 40 años, ordenado obispo de Haimen (provincia de Jiangsu) el 21 de abril, de José Cai Bingrui, de 43 años, ordenado obispo de Xiamen (provincia de Fujian) el pasado 8 de mayo, y de José Han Yingjin, de 52 años, ordenado obispo de Sanyuan (provincia de Shaanxi) el pasado 24 de junio. Los cuatro jóvenes obispos habían recibido el nombramiento papal y el reconocimiento de las autoridades chinas. A estas cuatro ordenaciones hay que añadir la ceremonia para la instalación episcopal oficial de Matías Du Jiang al frente de la diócesis de Bameng, que tuvo lugar el pasado 8 de abril: el obispo había sido consagrado ya en 2004 con la aprobación de la Santa Sede, pero las autoridades civiles nunca habían autorizado la declaración pública de su status episcopal. Con el tiempo la orientación de los funcionarios políticos locales ha cambiado, hasta el pleno reconocimiento de monseñor Du como jefe de la diócesis situada, también esta, en la Mongolia interior.
Algunos detalles de la instalación y de las cuatro nuevas ordenaciones episcopales merecen ser destacados. En las liturgias de consagración, todos los consagrantes eran obispos legítimos, en plena y declarada comunión con el obispo de Roma. Por lo menos en un caso, la cacareada participación como consagrante principal de un obispo ilegítimo –Vicente Zhan Silu, obispo sin mandato pontificio de Mindong, presente en la consagración de Xiamen– fue dejada a un lado en el momento del rito. Otro obispo ilegítimo –José Ma Yinglin, vicepresidente de la Asociación Patriótica de los católicos chinos– tomó parte en la ceremonia de instalación de la diócesis de Bameng, pero en aquel caso el clero, las monjas y los laicos presentes habían negociado con los oficiales del gobierno para que no fuera él el celebrante principal de la misa, y el obispo Ma Yinglin, durante la celebración, se puso junto a los curas. En la misa de ordenación de Xiamen participó como celebrante también monseñor José Cheng Tsai-fa, arzobispo emérito de Taipei, originario de la misma Xiamen, que está en la costa china precisamente frente a la isla de Taiwán. La de monseñor Cheng fue la primera participación de un obispo taiwanés en una ordenación episcopal celebrada en la China popular. La sede de Xiamen estaba vacante desde hacía veinte años.
Con elocuente puntualidad, pocos días después de la mini secuencia de nuevas ordenaciones episcopales, dos autorizados académicos chinos fueron entrevistados por el Global Times –periódico de lengua inglesa usado para dar a conocer en el exterior los puntos de vista del Partido Comunista chino– sobre el tema de la ordenación de los obispos en el contexto de las relaciones entre China y el Vaticano. Además de repetir algunos temas clásicos de la política religiosa gubernamental, los dos intelectuales orgánicos del aparato chino expusieron también decisivos puntos de discontinuidad con respecto a las reglas clásicas. Zhuo Xinping, director del Instituto para las religiones mundiales de la Academia china de Ciencias Sociales, después de traer a colación los «conflictos históricos» surgidos en el pasado entre los Estados europeos y la Iglesia sobre los mecanismos de nombramiento de los obispos, atribuyó al gobierno chino la petición “mínima” de «que los obispos nombrados por el Vaticano sean aprobados por el gobierno, como ha venido ocurriendo históricamente con las otras religiones», cuando en cambio «el Vaticano se mantiene firme en su idea de que la ordenación de los obispos es una cuestión de libertad de religión». En opinión de Liu Peng, director del Instituto Pushi de Ciencias Sociales, entrevistado también él por el Global Times, las recientes evoluciones de las relaciones entre China y el Vaticano están mostrando «que el gobierno chino respeta más las creencias de los católicos y comprende mejor que el nombramiento vaticano de los obispos es un elemento clave de la tradición católica». En las relaciones sino-vaticanas la cuestión precisamente de los nombramientos episcopales es ahora la principal de las cuestiones no resueltas. «Pero», sugiere Liu, «es una cuestión religiosa más que política. Y si un obispo puede ser reconocido tanto por el Vaticano como por la Asociación patriótica, entonces ese obispo tendrá más autoridad religiosa».
Qué sugieren los hechos
Durante los primeros decenios de vida de la República Popular china, la política religiosa del régimen comunista pretendía eliminar todos los vínculos jurídico-canónicos entre la Iglesia en China y la Sede apostólica, pintada por la propaganda como una central imperialista. Incluso cuando se dulcificaban las fases de persecución más cruenta –como la padecida por los cristianos junto a muchísimos connacionales durante la Revolución cultural– los organismos patrióticos de autogestión “democrática” patrocinados por el Partido (empezando por la Asociación patriótica de los católicos chinos) tenían que garantizar que la Iglesia iba por el camino de las “tres autonomías” –independencia, autogestión y autofinanciación– que había que aplicar también en el procedimiento del nombramiento de los obispos, que tenía que hacerse con total independencia de la Santa Sede. En 1958 comenzaron las consagraciones episcopales sin consenso pontificio. Incluso después de la “reapertura” de Deng Xiaoping a finales de los años setenta, como escribía la agencia Ucanews el pasado 21 de abril, «China no permitía que ningún candidato obispo fuera ordenado si sabía que tenía mandato papal». La comunión de los obispos con el Papa podía expresarse solo como vínculo guardado en el interior de las conciencias, sin ninguna manifestación canónica. También por esto, a partir de los primeros años ochenta, se dio la rápida estructuración de una red episcopal “clandestina”, con obispos en comunión con Roma ordenados fuera de todo control gubernamental.
Con respecto a estas premisas, el nuevo escenario delineado por los comportamientos y las palabras expresadas recientemente por los dirigentes chinos representa una especie de revolución copernicana. Por primera vez, a través de las consideraciones filtradas en las intervenciones de dos académicos chinos, el nombramiento papal de los obispos es reconocido expresamente como conditio sine qua non, elemento imprescindible en la dinámica propia de las legítimas ordenaciones episcopales de la Iglesia católica. Una constatación teórica que se aprecia ya en los nombramientos recientes, y en los que podrían llegar. En ambientes político-diplomáticos chinos se cuenta que Pekín mandó al Vaticano un abanico con más de cinco nombres de posibles candidatos para dirigir otras tantas sedes episcopales vacantes. Y que, mira por dónde, los jóvenes sacerdotes indicados en la lista que llegó al Vaticano desde China corresponderían en gran parte con los pensados por la Santa Sede como posibles obispos futuros.
En este sentido, las últimas ordenaciones episcopales y las del próximo futuro pueden interpretarse también como pruebas de preparación para un posible acuerdo-marco pro tempore entre la República Popular china y el Vaticano sobre la cuestión de los nombramientos episcopales. El profesor Liu Peng, hablando de los obispos «aprobados por ambas partes» en su entrevista al Global Times, trazaba las líneas de ese hipotético acuerdo: «Cuando China decide aprobar la ordenación de un obispo», decía el académico chino, «envía una lista de posibles candidatos al Papa a través de algún canal reservado, y luego ellos eligen conjuntamente». Un esquema simple, que mediante mecanismos de selección local como el que realizan los representantes de las parroquias propone nombres de candidatos aprobados por el gobierno, para luego someterlos a la Santa Sede, que se reserva la última palabra, decisiva. Así se archivaría tácitamente para siempre el añejo fantasma de una Iglesia china “háztelo-tú-mismo”. Y se excluiría definitivamente la posibilidad de otras ordenaciones episcopales ilegítimas.
![Dos niñas durante una representación de Navidad antes de la misa del gallo en una iglesia de Pekín [© AFP/Getty Images]](/upload/articoli_immagini_interne/1280496582968.jpg)
Entre el dicho y el hecho
Si la posible hoja de ruta para la paulatina solución del escollo de los nombramientos episcopales parece pergeñada, no es de cajón que el largo camino sea todo liso. Ningún acuerdo podría aplicarse sin tener garantías para las comunidades católicas llamadas “clandestinas”, que las autoridades civiles y los aparatos de policía toleran y a las que en varios casos presionan, considerándolas fuera del marco legal. Deberían antes que nada resolverse también los casos de obispos y sacerdotes que siguen sometidos a formas de detención o de residencia obligada. Y podrían surgir fricciones también por un eventual Comité de representantes católicos. Esa asamblea representa la mayor instancia de la política religiosa del régimen frente a la Iglesia católica: en ella los representantes delegados de todas las diócesis registradas en la administración estatal son convocados periódicamente para distribuir los cargos en los organismos oficiales de la Iglesia de China, incluido el Colegio de obispos (órgano no reconocido por la Santa Sede, que reúne solo a los obispos chinos reconocidos por el gobierno) que está sin presidente desde la muerte de José Liu Yuanren, el obispo ilegítimo de Nanjing que falleció en 2004. Lo nuevo es que precisamente el pasado 25 de marzo la Comisión vaticana sobre la Iglesia en China, al final de su reunión anual, emitió un comunicado oficial en el que se invitaba a los obispos chinos a evitar «hacer gestos (como, por ejemplo, celebraciones sacramentales, ordenaciones episcopales, participación en reuniones) que contradicen la comunión con el Papa, que los ha nombrado Pastores, y crean dificultades, a veces angustiosas, dentro de las respectivas comunidades eclesiales». Ahora muchos de los obispos aprobados por el Papa correrían el riesgo de pasar por dificultades tras la solicitación vaticana, si se les convocara como representantes de sus diócesis en el próximo Comité. A mediados de abril, tres de ellos confesaron anónimamente a la agencia Ucanews que el deseo manifestado por la Comisión vaticana los ha colocado «en una posición difícil». Haciendo notar que la participación en una ordenación ilícita no puede equipararse por gravedad a un eventual acto de presencia en un congreso nacional «que nada tiene que ver con el espíritu de la Iglesia», pues es convocado por el gobierno. «Los oficiales te acusarán de no amar al país si no participas en el encuentro, y la obra de la Iglesia en todos los campos será muy difícil en el futuro», dijo uno de ellos. Y otro admitió su intención de participar de manera pasiva en el encuentro, si se convocara, «para ganar espacio para el trabajo pastoral y para no colocar en una situación embarazosa a los oficiales locales», añadiendo que «no sería realista dejar de acudir».
Una vez más, una parte de los obispos chinos, pese a estar en plena comunión con el obispo de Roma, podría quedar expuesta a las filípicas de quienes los acusan de claudicar y de reaccionar con tibieza frente las interferencias impuestas por las autoridades civiles en la vida de la Iglesia. Su consistente participación en una posible reunión futura del Comité nacional de representantes católicos podría crear empacho incluso a la Santa Sede. Mientras que un forfait generalizado por su parte podría posibilitar nuevas retorsiones por parte de esos sectores de la nomenklatura china que no acaban de soportar la línea del diálogo inaugurada con el Vaticano.
Antídotos contra un nuevo impasse
Incluso si una futura convocación del Comité abriera una enésima fase crítica en las relaciones entre Pekín y el Vaticano, lo que puede ayudar a salir del atolladero será la experimentada actitud a conjugar la claridad de las consignas y declaraciones de principio con la atención flexible a cómo se mueven y evolucionan las situaciones concretas in situ, en las condiciones dadas.
Desde este modo de ver las cosas, precisamente el cambio de perspectiva de las autoridades chinas con respecto a los nombramientos de los obispos sugiere respuestas de notable alcance.
Si los herederos de Mao y Deng han cambiado de idea y ahora muestran gran consideración por el nombramiento papal de los obispos, esta evolución no puede atribuirse a improbables cursos de eclesiología impartidos a los cuadros del partido. Lo único que han hecho los nuevos dirigentes ha sido tomar constancia de que un obispo ilegítimo no goza de ninguna autoridad entre los fieles. «Los últimos obispos nombrados sin mandato pontificio», ha contado a 30Días el académico chino Ren Yanli, «están aislados y nadie quiere tomar la eucaristía de sus manos durante la misa». Los dirigentes chinos pretenden mantener cierto control social sobre las actividades eclesiales. Por eso es más útil tener como interlocutores a obispos socialmente respetados y seguidos que a grises y solitarios peleles manejados por la sección de asuntos religiosos del Partido. El objetivo declarado de los líderes chinos no es interferir o atentar contra la naturaleza sacramental y apostólica de la realidad eclesial china: estas cosas no les interesan, ni parecen intencionados a profundizar en ellas. Pero precisamente esta despreocupación del régimen por las únicas cosas que fundan y alimentan a la Iglesia («ya que esta no posee otra vida si no la de la gracia», Pablo VI, Credo del pueblo de Dios) puede convertirse ahora paradójicamente en aliada en la solución gradual de los problemas que siguen abiertos en la relación entre la República Popular china y la Santa Sede. Desde Ciro el persa en adelante toda la historia de la salvación está llena de actuaciones de los poderes civiles que, persiguiendo sus propios intereses mundanos, facilitan también sin quererlo el camino del pueblo de Dios. Aprobando la ordenación de obispos elegidos según las preferencias de la Sede apostólica, incluso el gobierno chino –a su manera y por lo que le atañe– puede contribuir a poner en práctica las sugerencias pastorales que Benedicto XVI expuso en su Carta a los católicos chinos de mayo de 2007. Para que en el tren en marcha de la China de hoy y de mañana los hijos en la fe de los mártires del siglo XX puedan fácilmente gozar de los tesoros de la gracia y «vivir una vida sosegada y tranquila, con toda piedad y dignidad» ( 1Tm 2, 2).
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![La ordenación episcopal de Paolo Meng Quinglu como obispo de Hohhot, el 18 de abril de 2010 [© Ucanews]](/upload/articoli_immagini_interne/1280496582811.jpg)
La ordenación episcopal de Paolo Meng Quinglu como obispo de Hohhot, el 18 de abril de 2010 [© Ucanews]
Desde diciembre de 2007, pese a la existencia de muchísimas sedes diocesanas vacantes o dirigidas por obispos de más de 80 años, en China no había habido nuevas ordenaciones episcopales. El estancamiento se interrumpió el pasado 18 de abril, con la consagración del sacerdote de 47 años Pablo Meng Quinglu como obispo de la diócesis de Hohhot, en la Mongolia interior, seguida de cerca por la de José Shen Bin, de 40 años, ordenado obispo de Haimen (provincia de Jiangsu) el 21 de abril, de José Cai Bingrui, de 43 años, ordenado obispo de Xiamen (provincia de Fujian) el pasado 8 de mayo, y de José Han Yingjin, de 52 años, ordenado obispo de Sanyuan (provincia de Shaanxi) el pasado 24 de junio. Los cuatro jóvenes obispos habían recibido el nombramiento papal y el reconocimiento de las autoridades chinas. A estas cuatro ordenaciones hay que añadir la ceremonia para la instalación episcopal oficial de Matías Du Jiang al frente de la diócesis de Bameng, que tuvo lugar el pasado 8 de abril: el obispo había sido consagrado ya en 2004 con la aprobación de la Santa Sede, pero las autoridades civiles nunca habían autorizado la declaración pública de su status episcopal. Con el tiempo la orientación de los funcionarios políticos locales ha cambiado, hasta el pleno reconocimiento de monseñor Du como jefe de la diócesis situada, también esta, en la Mongolia interior.
Algunos detalles de la instalación y de las cuatro nuevas ordenaciones episcopales merecen ser destacados. En las liturgias de consagración, todos los consagrantes eran obispos legítimos, en plena y declarada comunión con el obispo de Roma. Por lo menos en un caso, la cacareada participación como consagrante principal de un obispo ilegítimo –Vicente Zhan Silu, obispo sin mandato pontificio de Mindong, presente en la consagración de Xiamen– fue dejada a un lado en el momento del rito. Otro obispo ilegítimo –José Ma Yinglin, vicepresidente de la Asociación Patriótica de los católicos chinos– tomó parte en la ceremonia de instalación de la diócesis de Bameng, pero en aquel caso el clero, las monjas y los laicos presentes habían negociado con los oficiales del gobierno para que no fuera él el celebrante principal de la misa, y el obispo Ma Yinglin, durante la celebración, se puso junto a los curas. En la misa de ordenación de Xiamen participó como celebrante también monseñor José Cheng Tsai-fa, arzobispo emérito de Taipei, originario de la misma Xiamen, que está en la costa china precisamente frente a la isla de Taiwán. La de monseñor Cheng fue la primera participación de un obispo taiwanés en una ordenación episcopal celebrada en la China popular. La sede de Xiamen estaba vacante desde hacía veinte años.
Con elocuente puntualidad, pocos días después de la mini secuencia de nuevas ordenaciones episcopales, dos autorizados académicos chinos fueron entrevistados por el Global Times –periódico de lengua inglesa usado para dar a conocer en el exterior los puntos de vista del Partido Comunista chino– sobre el tema de la ordenación de los obispos en el contexto de las relaciones entre China y el Vaticano. Además de repetir algunos temas clásicos de la política religiosa gubernamental, los dos intelectuales orgánicos del aparato chino expusieron también decisivos puntos de discontinuidad con respecto a las reglas clásicas. Zhuo Xinping, director del Instituto para las religiones mundiales de la Academia china de Ciencias Sociales, después de traer a colación los «conflictos históricos» surgidos en el pasado entre los Estados europeos y la Iglesia sobre los mecanismos de nombramiento de los obispos, atribuyó al gobierno chino la petición “mínima” de «que los obispos nombrados por el Vaticano sean aprobados por el gobierno, como ha venido ocurriendo históricamente con las otras religiones», cuando en cambio «el Vaticano se mantiene firme en su idea de que la ordenación de los obispos es una cuestión de libertad de religión». En opinión de Liu Peng, director del Instituto Pushi de Ciencias Sociales, entrevistado también él por el Global Times, las recientes evoluciones de las relaciones entre China y el Vaticano están mostrando «que el gobierno chino respeta más las creencias de los católicos y comprende mejor que el nombramiento vaticano de los obispos es un elemento clave de la tradición católica». En las relaciones sino-vaticanas la cuestión precisamente de los nombramientos episcopales es ahora la principal de las cuestiones no resueltas. «Pero», sugiere Liu, «es una cuestión religiosa más que política. Y si un obispo puede ser reconocido tanto por el Vaticano como por la Asociación patriótica, entonces ese obispo tendrá más autoridad religiosa».
Qué sugieren los hechos
Durante los primeros decenios de vida de la República Popular china, la política religiosa del régimen comunista pretendía eliminar todos los vínculos jurídico-canónicos entre la Iglesia en China y la Sede apostólica, pintada por la propaganda como una central imperialista. Incluso cuando se dulcificaban las fases de persecución más cruenta –como la padecida por los cristianos junto a muchísimos connacionales durante la Revolución cultural– los organismos patrióticos de autogestión “democrática” patrocinados por el Partido (empezando por la Asociación patriótica de los católicos chinos) tenían que garantizar que la Iglesia iba por el camino de las “tres autonomías” –independencia, autogestión y autofinanciación– que había que aplicar también en el procedimiento del nombramiento de los obispos, que tenía que hacerse con total independencia de la Santa Sede. En 1958 comenzaron las consagraciones episcopales sin consenso pontificio. Incluso después de la “reapertura” de Deng Xiaoping a finales de los años setenta, como escribía la agencia Ucanews el pasado 21 de abril, «China no permitía que ningún candidato obispo fuera ordenado si sabía que tenía mandato papal». La comunión de los obispos con el Papa podía expresarse solo como vínculo guardado en el interior de las conciencias, sin ninguna manifestación canónica. También por esto, a partir de los primeros años ochenta, se dio la rápida estructuración de una red episcopal “clandestina”, con obispos en comunión con Roma ordenados fuera de todo control gubernamental.
Con respecto a estas premisas, el nuevo escenario delineado por los comportamientos y las palabras expresadas recientemente por los dirigentes chinos representa una especie de revolución copernicana. Por primera vez, a través de las consideraciones filtradas en las intervenciones de dos académicos chinos, el nombramiento papal de los obispos es reconocido expresamente como conditio sine qua non, elemento imprescindible en la dinámica propia de las legítimas ordenaciones episcopales de la Iglesia católica. Una constatación teórica que se aprecia ya en los nombramientos recientes, y en los que podrían llegar. En ambientes político-diplomáticos chinos se cuenta que Pekín mandó al Vaticano un abanico con más de cinco nombres de posibles candidatos para dirigir otras tantas sedes episcopales vacantes. Y que, mira por dónde, los jóvenes sacerdotes indicados en la lista que llegó al Vaticano desde China corresponderían en gran parte con los pensados por la Santa Sede como posibles obispos futuros.
En este sentido, las últimas ordenaciones episcopales y las del próximo futuro pueden interpretarse también como pruebas de preparación para un posible acuerdo-marco pro tempore entre la República Popular china y el Vaticano sobre la cuestión de los nombramientos episcopales. El profesor Liu Peng, hablando de los obispos «aprobados por ambas partes» en su entrevista al Global Times, trazaba las líneas de ese hipotético acuerdo: «Cuando China decide aprobar la ordenación de un obispo», decía el académico chino, «envía una lista de posibles candidatos al Papa a través de algún canal reservado, y luego ellos eligen conjuntamente». Un esquema simple, que mediante mecanismos de selección local como el que realizan los representantes de las parroquias propone nombres de candidatos aprobados por el gobierno, para luego someterlos a la Santa Sede, que se reserva la última palabra, decisiva. Así se archivaría tácitamente para siempre el añejo fantasma de una Iglesia china “háztelo-tú-mismo”. Y se excluiría definitivamente la posibilidad de otras ordenaciones episcopales ilegítimas.
![Dos niñas durante una representación de Navidad antes de la misa del gallo en una iglesia de Pekín [© AFP/Getty Images]](/upload/articoli_immagini_interne/1280496582968.jpg)
Dos niñas durante una representación de Navidad antes de la misa del gallo en una iglesia de Pekín [© AFP/Getty Images]
Si la posible hoja de ruta para la paulatina solución del escollo de los nombramientos episcopales parece pergeñada, no es de cajón que el largo camino sea todo liso. Ningún acuerdo podría aplicarse sin tener garantías para las comunidades católicas llamadas “clandestinas”, que las autoridades civiles y los aparatos de policía toleran y a las que en varios casos presionan, considerándolas fuera del marco legal. Deberían antes que nada resolverse también los casos de obispos y sacerdotes que siguen sometidos a formas de detención o de residencia obligada. Y podrían surgir fricciones también por un eventual Comité de representantes católicos. Esa asamblea representa la mayor instancia de la política religiosa del régimen frente a la Iglesia católica: en ella los representantes delegados de todas las diócesis registradas en la administración estatal son convocados periódicamente para distribuir los cargos en los organismos oficiales de la Iglesia de China, incluido el Colegio de obispos (órgano no reconocido por la Santa Sede, que reúne solo a los obispos chinos reconocidos por el gobierno) que está sin presidente desde la muerte de José Liu Yuanren, el obispo ilegítimo de Nanjing que falleció en 2004. Lo nuevo es que precisamente el pasado 25 de marzo la Comisión vaticana sobre la Iglesia en China, al final de su reunión anual, emitió un comunicado oficial en el que se invitaba a los obispos chinos a evitar «hacer gestos (como, por ejemplo, celebraciones sacramentales, ordenaciones episcopales, participación en reuniones) que contradicen la comunión con el Papa, que los ha nombrado Pastores, y crean dificultades, a veces angustiosas, dentro de las respectivas comunidades eclesiales». Ahora muchos de los obispos aprobados por el Papa correrían el riesgo de pasar por dificultades tras la solicitación vaticana, si se les convocara como representantes de sus diócesis en el próximo Comité. A mediados de abril, tres de ellos confesaron anónimamente a la agencia Ucanews que el deseo manifestado por la Comisión vaticana los ha colocado «en una posición difícil». Haciendo notar que la participación en una ordenación ilícita no puede equipararse por gravedad a un eventual acto de presencia en un congreso nacional «que nada tiene que ver con el espíritu de la Iglesia», pues es convocado por el gobierno. «Los oficiales te acusarán de no amar al país si no participas en el encuentro, y la obra de la Iglesia en todos los campos será muy difícil en el futuro», dijo uno de ellos. Y otro admitió su intención de participar de manera pasiva en el encuentro, si se convocara, «para ganar espacio para el trabajo pastoral y para no colocar en una situación embarazosa a los oficiales locales», añadiendo que «no sería realista dejar de acudir».
Una vez más, una parte de los obispos chinos, pese a estar en plena comunión con el obispo de Roma, podría quedar expuesta a las filípicas de quienes los acusan de claudicar y de reaccionar con tibieza frente las interferencias impuestas por las autoridades civiles en la vida de la Iglesia. Su consistente participación en una posible reunión futura del Comité nacional de representantes católicos podría crear empacho incluso a la Santa Sede. Mientras que un forfait generalizado por su parte podría posibilitar nuevas retorsiones por parte de esos sectores de la nomenklatura china que no acaban de soportar la línea del diálogo inaugurada con el Vaticano.
Antídotos contra un nuevo impasse
Incluso si una futura convocación del Comité abriera una enésima fase crítica en las relaciones entre Pekín y el Vaticano, lo que puede ayudar a salir del atolladero será la experimentada actitud a conjugar la claridad de las consignas y declaraciones de principio con la atención flexible a cómo se mueven y evolucionan las situaciones concretas in situ, en las condiciones dadas.
Desde este modo de ver las cosas, precisamente el cambio de perspectiva de las autoridades chinas con respecto a los nombramientos de los obispos sugiere respuestas de notable alcance.
Si los herederos de Mao y Deng han cambiado de idea y ahora muestran gran consideración por el nombramiento papal de los obispos, esta evolución no puede atribuirse a improbables cursos de eclesiología impartidos a los cuadros del partido. Lo único que han hecho los nuevos dirigentes ha sido tomar constancia de que un obispo ilegítimo no goza de ninguna autoridad entre los fieles. «Los últimos obispos nombrados sin mandato pontificio», ha contado a 30Días el académico chino Ren Yanli, «están aislados y nadie quiere tomar la eucaristía de sus manos durante la misa». Los dirigentes chinos pretenden mantener cierto control social sobre las actividades eclesiales. Por eso es más útil tener como interlocutores a obispos socialmente respetados y seguidos que a grises y solitarios peleles manejados por la sección de asuntos religiosos del Partido. El objetivo declarado de los líderes chinos no es interferir o atentar contra la naturaleza sacramental y apostólica de la realidad eclesial china: estas cosas no les interesan, ni parecen intencionados a profundizar en ellas. Pero precisamente esta despreocupación del régimen por las únicas cosas que fundan y alimentan a la Iglesia («ya que esta no posee otra vida si no la de la gracia», Pablo VI, Credo del pueblo de Dios) puede convertirse ahora paradójicamente en aliada en la solución gradual de los problemas que siguen abiertos en la relación entre la República Popular china y la Santa Sede. Desde Ciro el persa en adelante toda la historia de la salvación está llena de actuaciones de los poderes civiles que, persiguiendo sus propios intereses mundanos, facilitan también sin quererlo el camino del pueblo de Dios. Aprobando la ordenación de obispos elegidos según las preferencias de la Sede apostólica, incluso el gobierno chino –a su manera y por lo que le atañe– puede contribuir a poner en práctica las sugerencias pastorales que Benedicto XVI expuso en su Carta a los católicos chinos de mayo de 2007. Para que en el tren en marcha de la China de hoy y de mañana los hijos en la fe de los mártires del siglo XX puedan fácilmente gozar de los tesoros de la gracia y «vivir una vida sosegada y tranquila, con toda piedad y dignidad» ( 1Tm 2, 2).