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EDITORIAL
Sacado del n. 06/07 - 2010

Roma 1960

Las Olimpiadas que unían un mundo dividido


Me parece justo que se vuelva a hablar de las Olimpiadas de 1960 cincuenta años después, porque las Olimpiadas romanas fueron un acontecimiento extraordinario, que demostró la sorprendente capacidad de atracción del fenómeno deportivo en franjas de la sociedad que parecían totalmente ajenas al mismo


Giulio Andreotti


Giulio Andreotti en la apertura de los XVII Juegos Olímpicos celebrados 
en Roma en 1960 [© Archivio Giulio Andreotti]

Giulio Andreotti en la apertura de los XVII Juegos Olímpicos celebrados en Roma en 1960 [© Archivio Giulio Andreotti]

Me parece justo que se vuelva a hablar de las Olimpiadas de 1960 cincuenta años después, porque las Olimpiadas romanas fueron un acontecimiento extraordinario, que demostró la sorprendente capacidad de atracción del fenómeno deportivo en franjas de la sociedad que parecían totalmente ajenas al mismo.
Por el modo en que fueron vividas por los deportistas que participaron, Roma 1960 fue definida con razón “la última Olimpiada humanizada”. Pero el recuerdo más vivo que conservo es la participación emotiva de esos nueve décimos de la población italiana que normalmente no se sienten atraídos por el deporte ni por las displinas olímpicas. Recuerdo que por las calles y los bares no se hablaba de otra cosa, y de que las señoras ancianas se quedaban pegadas con ansia a la radio para enterarse de quién había ganado los cien metros o las pruebas de salto del trampolín. También perdieron importancia las divisiones políticas: en los estadios el marxista más huraño se sentía en sintonía con el presidente del Gobierno, y ningún intento de instrumentalizacion facciosa tuvo éxito frente al entusiasmo de la gente.
Mi única preocupación era que hiciéramos un buen papel, porque además yo no era “técnico en deporte” y en la escuela cierta pereza me había llevado siempre a esfumarme durante la clase de educación fisica. Fuera de mi amistad personal con Giulio Onesti, lo que llevó a que el CONI me ofreciera la presidencia del Comité organizador de las Olimpiadas de 1960 fue el buen resultado que había conseguido la colaboración con los militares que yo había promovido como ministro de Defensa en los Juegos invernales de Cortina en 1956. Quizá también mi “romanidad” jugaba a mi favor.
Los medios a disposición, tanto directos como indirectos, no eran muchos, pero esto no nos parecía mal del todo. Podemos decir con orgullo que ningunas Olimpiadas costaron menos que las de Roma. Lo esencial era no hacer gastos superfluos o en instalaciones provisionales; desde este punto de vista se pidió al Ayuntamiento el cinturón interior de circulación rápida –denominado precisamente Via Olimpica– y se les dedicó a los funcionarios las casas de la Villa de los Atletas, que se construyeron precisamente como apartamentos normales en la zona que ya ocupaban las barracas de Villa Glori. Sobre este tema, si la candidatura de Roma 2020 tiene éxito, habrá que ir con pies de plomo, porque, considerando las últimas ediciones, el coste de unas Olimpiadas es muy distinto de lo que era antes, y la gente podría no aceptar que recayera sobre la colectividad.
He hablado de una Villa Olimpica y no de dos, como había sido antes. Nosotros nos negamos a separar a los participantes entre procedentes del Este y el Oeste, pues era algo que chocaba con el espiritu deportivo más elemental. Esta decisión no nos comportó ningún problema, cosa que a mí me pareció obvia, pero que otros consideraron valiente. Incluso echamos mano, con buenos resultados, de nuestros buenos oficios para conseguir una sola representación alemana, algo que solo volvió a repetirse después de muchos años. En cuanto al himno llegamos al compromiso de tocar un fragmento de una sinfonía... extrapolítica.
El único “roce” diplomático lo tuvimos con Formosa, porque querían desfilar y ser clasificados como República de China, cosa que nos colocó en una situación embarazosa frente a Pekín (que, por otra parte, no participaba). Levantaron un cartel de protesta y ahí quedó todo. También fue dolorosa la muerte durante la competición de un ciclista escandinavo que cayó víctima de un paro circulatorio: episodio del que nadie era responsable, pero que desde luego nos causó una profunda tristeza.
Durante la fase de preparación pude conocer profundamente a los japoneses, que debían celebrar los Juegos de 1964, por lo que habían enviado a un centenar de observadores que levantaban acta, grababan y filmaban todas las reuniones, incluso las más insignificantes. Recuerdo, por ejemplo, que siguieron con minuciosa atención una pintoresca e interminable conversación en Nápoles entre Giulio Onesti y los criadores de mejillones del trozo de mar que había que dejar libre para las competiciones (en las que se “doctoró” Constantino de Grecia).
El juicio sobre la organización general de los Juegos fue unánimemente positivo. Incluso cierto tipo de prensa que por lo general no suele ser benévola con Italia escribió opiniones positivas, mostrándose asombrada por el orden, la puntualidad y el entusiasmo que rodeaban a los atletas, los responsables y los huéspedes extranjeros.
Hubo un pequeño problema con la audiencia pontificia en la plaza de San Pedro, porque el Papa –que consideraba que sería del gusto de todos si se situaba super partes– pronunció en latín su discurso, que fue escuchado no precisamente en silencio absoluto por los jóvenes asistentes. Pero cuando luego se quedó durante unas horas con cada uno de los participantes, la sonrisa de satisfacción volvió a reflejarse en el rostro de todos.
Está fuera de toda duda que quienes visitan Roma, por cualquier motivo, quieren tener un contacto también con el Vaticano. El Papa fue muy comprensivo y, después de la plenaria, dedicó una audiencia a los dirigentes de cada delegación. Y en aquellas circunstancias no se dejó escapar la oportunidad de intercambiar algunas impresiones con personalidades de países que –por lo menos entonces– no estaban acostumbrados a traspasar la puerta de bronce.
Para mí la experiencia de 1960 estuvo repleta de emociones, pero también de mucha alegría, personal y nacional.


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