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CHINA
Sacado del n. 06/07 - 2010

«Orad al Señor por el país porque de su prosperidad depende vuestra prosperidad» (Jer 29, 7)

Xu Guangqi: el Evangelio y el bienestar del Imperio


La aventura del alto funcionario imperial en la corte de los Ming que se hizo discípulo de Matteo Ricci. Su preocupación por el bienestar del pueblo aumentó tras recibir el bautismo. Y ahora los católicos de Shangai piden que sea proclamado beato


por Gianni Valente


La fachada de la Catedral de Xujiahui, en Shangai <BR>[© Imaginechina/Contrasto]

La fachada de la Catedral de Xujiahui, en Shangai
[© Imaginechina/Contrasto]

Las inmensas tierras de China están teñidas de la preciosa sangre de muchos mártires cristianos. La Iglesia ha proclamado ya a muchos de ellos santos y beatos, pero ningún Papa hasta ahora ha canonizado a un chino como santo confesor de la fe.
El primero podría ser precisamente él: el sabio de Shangai Paolo Xu Guangqi. Astrónomo, matemático, alto oficial del imperio a finales de la dinastía Ming. Los niños chinos lo estudian en la escuela como padre benéfico de la patria, quien acuñó las fórmulas con las que ellos estudian la geometría euclidea, quien difundió nuevas tecnologías en el cultivo, quien elaboró sistemas de control hidráulico de los cursos fluviales, demostrando a todos que las inundaciones periódicas de las tierras chinas no eran ineluctables venganzas del Cielo. Para el gran jesuita de Macerata, Matteo Ricci, que en 1603 encendió en él el deseo de ser bautizado, aquel literato «de gran ingenio y grandes virtudes naturales» era en la China de entonces nada menos que «la columna de la cristiandad».
Los cristianos de Shangai, sobre todo, han venido custodiando durante siglos con devoción la memoria de Xu Guangqi, recordándolo como aquel que trajo el contagio de la fe de Cristo a Shangai, atrayendo al bautismo a sus parientes, amigos y a otros miembros de la alta clase culta de la época. Su nieta de cuarta generación mandó construir la primera catedral de la ciudad. También la actual, con el episcopio contiguo, surge en el barrio de Xujiahui, que toma su nombre de las tierras de la familia de Xu en las que tuvieron lugar los primeros asentamientos de la Iglesia local. Todavía en los años cuarenta del pasado siglo, algunos descendientes de Xu de onceava o doceava generación servían en la diócesis como sacerdotes. Mientras tanto, los cristianos afectados por graves enfermedades pedían la intercesión de Xu para conseguir del Omnipotente el milagro de la curación.
Luego llegó el vendaval de la Revolución cultural. Tras terminar la cruenta fase de la persecución, parecía que los jóvenes seminaristas de los años ochenta habían olvidado el nombre de Xu Guangqi. Ahora, la memoria del mandarín imperial que llegó a ser padre de la Iglesia de Shangai comienza a reaflorar. A sus 94 años, con intrepidez propia de la juventud, el obispo Aloysius Jin Luxian está sondeando el terreno para ver si es posible dar comienzo a su proceso de beatificación. Jin está seguro de que «Xu Gusngqi está en el Paraiso gozando de la gloria de la santa Trinidad desde hace ya 377 años». También está convencido de que la vida de aquel cristiano chino que vivió en épocas tan lejanas podría ofrecerle a toda la Iglesia china útiles consejos en su situación actual.

Los cuatro amores
Elogio de Xu Guangqi, así se titula el librito que ha escrito el obispo Jin para ilustrar los «cuatro amores» de su ilustre conciudadano: el amor por la patria, por el pueblo, por la ciencia y por la Iglesia. A finales del siglo XVI la corrupción campa a sus anchas en la corte imperial de China, el peculado es una práctica generalizada, el emperador pasa el tiempo emborrachándose y yaciendo con sus concubinas, rodeado de una pusilánime camarilla amante de intrigas. Las zonas costeras sufren los asaltos de los piratas Wokou, que estaban establecidos en las islas del Japón. Incluso la adinerada familia Xu tuvo que emigrar para escapar de las incursiones, mientras que todas sus propiedades eran saqueadas y destruidas. «Xu Gusngqi», escribe el obispo Jin, «se dio cuenta ya de pequeño de la debilidad del Estado y de los sufrimientos del pueblo. Y comprendió que un pueblo puede prosperar solo si vive en un Estado fuerte». En una época de decadencia y declive, el joven Xu, de todos modos, siente admiración por la grandeza humana del diseño político que, pese a las maldades de los hombres de poder, sostiene el conjunto imperial en su intento de organizar la vida de un pueblo esparcido por un territorio inmenso. Por eso emprende la carrera de funcionario. Solo a los 42 años consigue aprobar, con mucho esfuerzo y tras muchos fracasos, los exámenes que le permiten emprender la carrera de mandarín. En sus 72 años de vida desempeñará cargos gubernamentales de gran importancia: miembro de la Academia imperial de Hanlin, ministro del Ceremonial de Estado, ministro de Exámenes imperiales y vice primer ministro, hasta convertirse en preceptor del heredero al trono imperial. Su primera ambición es adiestrar un ejército fuerte para defender a la patria de los ataques de los enemigos (por eso incluso les pedirá a sus amigos jesuitas que le enseñen el método occidental de fabricación de cañones). Pero el lujurioso emperador Wanlin no presta atención a sus ideas y no le apoya económicamente. Entonces, como Cincinnato, Xu se retira a la ciudad de Tianjin a cultivar la tierra. No es por afición: «Sabe muy bien», escribe Jin en su Elogio, «que el pueblo es el alma de la nación, y que conseguir de comer es el mayor problema para el pueblo. La primera preocupación del Estado ha de ser que el pueblo tenga comida». Por eso no hay que cultivar la tierra “deprisa y corriendo”: hay que estudiar la agricultura como si fuera una ciencia, hay que conocer el suelo, las semillas, los sistemas de riego, los aparejos, el clima, los cambios de estación. Xu estudia los detalles con atención, experimenta en sus tierras de Shangai y Tianjin los cultivos intensivos de patatas tanto en la sequía como en épocas de inundaciones, consigue implantar el cultivo de arroz incluso en las provincias áridas del norte. Su deseo de contribuir a la grandeza del diseño imperial se traduce sobre todo en el afán de dar de comer, de beber y vestir a la gente del pueblo, aumentando la prosperidad del gran país. La pasión de Xu por la vida real de sus paisanos es algo que se siente vibrar muy concretamente en sus libros sobre el cultivo de la batata, los nabos, el arroz y en los sesenta volúmenes de su Tratado de Agricultura.

Un retrato de Paolo Xu Guangqi

Un retrato de Paolo Xu Guangqi

Doctor Paulus
Durante un viaje de trabajo realizado en 1596, cuando tenía 32 años, Xu conoce por vez primera a un sacerdote católico occidental, el jesuita Lazzaro Cattaneo. En 1600, cuando va a Pekín para hacer un examen en el Ministerio de los Ritos, quizá llegara a conocer en Nankín a Matteo Ricci. Tres años después, durante un nuevo viaje a Nankín, el otro jesuita Joao Da Rocha le abre la puerta de la capilla para que adorara la imagen de la Virgen con el Niño Jesús y le da para que los lea los manuscritos del Catecismo y de la Doctrina cristiana escritos en chino por Matteo Ricci. Xu los devora en una noche, y la mañana siguiente pide el bautismo. Para él, que decía que tendía a la duda y al escepticismo, con la lectura de los escritos de Matteo Ricci «una nube se abrió y desaparecieron todas las indecisiones». Tras ocho días de instrucción intensiva recibe el bautismo con el nombre de Paolo. A partir de entonces en la comunidad de jesuitas de China todos lo llamarán familiarmente doctor Paulus.
Paolo Xu recibe el don de la fe con prontitud y sin aflicción o vacilaciones de ningún tipo. Otros literatos de alto rango conocidos por Matteo Ricci, como Qu Taisu y Li Zhizao, se toman su tiempo antes de recibir el bautismo, porque no quieren separarse de las concubinas. Xu se casó joven con una muchacha a la que siempre le será fiel, y nunca practicará el concubinato, algo que le estaba permitido debido a su status social.
Como gran intelectual de su tiempo, Xu ha de afrontar seriamente los ideales de virtud indicados por Confucio. «El confucianismo», señala el obispo Jin en su Elogio de Xu, «invoca la observacion de una ética y una moral muy altas, pero no ofrece nunca un método para alcanzar este objetivo». Cuando Xu pide el bautismo, sus reflexiones le han llevado ya a la conclusión de «que el cristianismo predicado por los misioneros no es contrario al confucianismo, añade solo lo que le falta al confucianismo». En la experiencia cristiana, el don de la gracia puede hacer fácil incluso la práctica de aquellas virtudes morales indicadas por la búsqueda espiritual confuciana como metas ideales, aunque luego no sabe indicar el camino para alcanzarlas. En la misma línea se mueve también su maestro Matteo Ricci: también a él la tradición confuciana clásica le parecía una sabiduría espiritual de uso civil, con referencias a elementos metafísicos –la existencia de un ser supremo, la inmortalidad del alma, los premios y los castigos según el ejercicio de las virtudes morales– alcanzables «con el entendimiento natural». Para el jesuita de Macerata, el confucianismo era compatible con el cristianismo también en virtud de su indiferencia sustancial por las cosas divinas y por su interés por las cosas mundanas. Por eso Matteo no se cansaba de hablar bien «de la secta de los literatos y de su autor Confucio, el cual, no sabiendo de las cosas de la otra vida, solo había dado doctrina del modo de vivir bien esta presente, y gobernar y conservar en paz el Reino y la República».
La vida cristiana del gran intelectual chino está caracterizada por un rasgo de sencillez común y refrescante. El Doctor Paulus va dos veces a Macao para participar en los ejercicios espirituales ignacianos. Cada día reza el rosario y hace examen de conciencia. Cada vez que puede y encuentra a algún cura le ayuda en la misa como monaguillo y comulga. El espectáculo de su vida buena, de su generosa modestia atrae también a su mujer, a su hijo, a sus familiares y a los amigos a la vida de gracia que le fue donada con el bautismo. Cuando llega la persecución a partir de 1616, fomentada por el funcionario del Ministerio de los Ritos, Shen Cui, Xu no teme arriesgar su posición social: confiesa su fe ante todos en dos documentos que también envía al emperador en los que confuta las acusaciones dirigidas contra los cristianos por los persecutores y asocia su destino al de los misioneros extranjeros: «Si en sus obras se encontrara algo subversivo o enseñanzas supersticiosas o maléficas», escribe Xu en una de sus memorias defensivas, «que se lleve a cabo inmediatamente la expulsión de los misioneros. Yo mismo aceptaré con gusto seguirles al exilio como castigo por mi ceguera a la hora de discernir la falsedad». El emperador escucha sus argumentos, pero las persecuciones continuarán hasta la muerte del principal acusador de los cristianos, el pérfido Shen Cui. Con humildad el Doctor Paulus le hace caso a Matteo Ricci incluso cuando su maestro le pide que se quede en Pekín para ayudar a los cristianos, renunciando a la posibilidad de ascender en su carrera en las otras provincias del Imperio: Ricci reconoce ya entonces que en un sistema jerárquico y centralizado como el chino, mantener una buena relación con la administración imperial puede facilitar el anuncio evangélico. Y ni conviene ni beneficia a nadie tratar de esparcir la semilla de la esperanza cristiana a despecho del emperador de turno.

Una procesión pasa delante de la estatua de Matteo Ricci en Pekín [© Associated Press/LaPresse]

Una procesión pasa delante de la estatua de Matteo Ricci en Pekín [© Associated Press/LaPresse]

La salvación de las almas y el «bienestar del Imperio»
Hay otro rasgo de la aventura cristiana de Paolo Xu Quangqi que resulta más actual que nunca, si se tiene en cuenta la situación actual de la Iglesia en China. Como observa agudamente el obispo Jin en su librito de elogio, la preocupación de Xu por la prosperidad de su país y por el bienestar del pueblo «aumenta tras recibir el bautismo».
Tras hacerse cristiano, Paolo Xu no se retira a un mundo apartado, no huye de la ciudad de los hombres, no sueña con construir la Iglesia como realidad antagonista frente al mundo, como “Imperio Celeste” yuxtapuesto o incluso en competición con los imperios mundanos. Se hace solo más intensa y vibrante de caridad su simpatía por las esperanzas y los deseos de los hombres, por su espera de salvación de los muchos males espirituales y corporales que les afligen.
Estas son las líneas según las cuales el alto funcionario imperial que se hizo cristiano elabora y expone también sus argumentos en defensa de la incipiente cristiandad china. Los misioneros llegados de Occidente –explica Paolo Xu–, han traído consigo solo cosas buenas para la vida real de la gente que vive en el Imperio. La mejor de todas es el Evangelio de Cristo, con la promesa de la liberación de los pecados y de la salvación eterna. Como colofón de este don inestimable, están los hallazgos científico-matemáticos de la civilización occidental que pueden facilitar un rápido progreso en sectores clave para el «bienestar del Imperio». El generoso traspaso de conocimientos e instrumentos científicos que realizó Matteo Ricci y sus compañeros jesuitas –escribe Xu–, es «el resultado de la puesta en práctica del mandamiento divino del amor. Pero es también un medio para favorecer la prosperidad y la paz del país. Se han aplicado al estudio de todo, de la medicina, de la agricultura, de la hidráulica con el objeto de promover el bienestar y prevenir las calamidades». La traducción de las matemáticas de Euclides, preparada por el propio Xu junto con Matteo Ricci, se presenta ante sus ojos como una obra de gran alcance innovador, con efectos en cascada inestimables: la aplicación de la matemática al comercio, a la cartografía, a los proyectos de ingeniería, el recurso a la trigonometría en el cálculo de las alturas y las distancias, para la astronomía y para la geografía.
El uso adecuado y competente de los métodos y los instrumentos científicos por parte de los jesuitas se convierte incluso en medio para tutelar y garantizar la autoridad imperial. En 1610 los astrónomos de la corte, musulmanes, cometen un burdo error en la previsión de un eclipse de sol. El papelón que hacen pone en riesgo la credibilidad del emperador y la estabilidad del poder imperial. Entonces Xu pide que se deje en manos de los jesuitas la tarea de revisar el calendario. Este encargo lo recibirán solo 14 años después: las graníticas resistencias de los ambientes cortesanos hostiles se consiguen superar muy trabajosamente, solo después de que los astrónomos jesuitas consiguen salir airosos contra los musulmanes en la previsión de un nuevo eclipse.
La valorización jesuítica de los productos culturales llevados desde Occidente junto al anuncio cristiano y a los sacramentos de la Iglesia se confunde normalmente con una especie de
Los cuatro “no amores”
El obispo Jin encuentra en la historia de Xu, además de los cuatro amores, también cuatro “desamores”. El gran funcionario imperial, pese a su impresionante carrera, era un hombre austero que no quería enriquecerse: a su muerte encontraron en su modesta casa solo algunas decenas de liangs de plata, el uniforme de ordenanza que tenía que vestir en la corte y ropa vieja. Según el obispo Jin, Xu no era tampoco amante de la lujuria, la hipocresía y la corrupción: y sobre todo –detalle todo menos secundario– «no era amigo de formar partidos». Algunos intelectuales de su tiempo habían creado el Partido del Bosque Oriental, con la intención de oponerse al inmenso poder del eunuco de corte Wei Zhongxian. Pero este se había aprovechado de las divisiones provocadas por su espíritu sectario atacándoles duramente con condenas y ejecuciones sumarias. Xu se había mantenido alejado de las tramas de poder más o menos ocultas, concentrándose en sus propias investigaciones científicas. «De modo que», observa el obispo Jin, «Wei Zhongxian no tuvo motivos para asesinarlo; fue así como afortunadamente siguió vivo». Esta discreción prudente y realista, poco amante de maniobras, corrillos y pretensiones de interferir en los juegos de la alta política también podría servirle, entre otros, a la pequeña grey de cristianos esparcidos en la inmensidad del ex Imperio Celeste.


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