PRIMADO DEL OBISPO DE ROMA. Diálogo entre ortodoxos y católicos
El no protagonismo ayuda al ecumenismo
Entrevista al dominico Charles Morerod, secretario general de la Comisión teológica internacional y rector de la Universidad pontificia Santo Tomás: «Los representantes de diversas Iglesias ortodoxas tienen en gran estima a Benedicto XVI porque es un papa que no se pone a sí mismo delante y repite sólo lo que ha recibido. Y un papa que, ejerciendo el propio ministerio, se concentra en lo esencial está destinado a agradar más a los ortodoxos»
Entrevista a Charles Morerod por Gianni Valente
Próxima cita en Viena. Los miembros de la Comisión internacional conjunta para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa se reunirán el próximo 20 de septiembre en la capital austriaca para continuar la reflexión común sobre el tema que desde hace siglos representa la piedra de escándalo en las relaciones entre catolicismo y ortodoxia: el primado universal del
obispo de Roma.
La base del debate es el documento titulado “El papel del obispo de Roma en la comunión de la Iglesia en el primer milenio”, que ya fue el tema central de la anterior sesión plenaria de la Comisión mixta, celebrada en Chipre en octubre del año pasado. El texto, adelantado por los medios de comunicación en los últimos meses, es sólo un borrador de trabajo. Todos los nudos están aún por desatar.
30Días los ha ido examinando durante la conversación que ha mantenido con el dominico Charles Morerod, secretario general de la Comisión Teológica Internacional, rector de la Universidad pontificia Santo Tomás y, desde 2005, miembro de la Comisión mixta de diálogo teológico con los ortodoxos.

¿Cuál es, en términos generales, la hoja de ruta que siguen ustedes en sus trabajos? ¿Y cuáles son los pasos de acercamiento a la meta?
CHARLES MOREROD: El primer paso, concretado en el documento firmado en Rávena hace tres años, es verificar si existe a nivel teórico una definición de primado universal que pueda ser aceptada también por los sínodos ortodoxos. Ellos habitualmente reconocen que el obispo de Roma es primus inter pares. El documento de Rávena ha delineado un consenso notable sobre el sentido en que los obispos son pares, mostrando que no lo son desde todos los puntos de vista, tampoco en las Iglesias ortodoxas. A nivel regional o “patriarcal” algunos obispos desempeñan un papel más importante, un primado, aunque sacramentalmente todos son igualmente obispos. A partir del encuentro del pasado octubre en Chipre, se trata de verificar si este camino puede servir para entender conjuntamente el papel del obispo de Roma. En la práctica, se trata de ver si a nivel universal se puede aplicar, y cómo, lo que ya se ha dicho sobre un cierto “primado” regional. Y se avanza en el intento, confrontándose con los datos históricos y las consideraciones teológicas que ocurrieron y surgieron en el primer milenio, durante el periodo anterior al cisma.
En la práctica, el principio es claro: mirar a lo anterior y reactualizarlo en los nuevos contextos. Y, en su rasgos esenciales, ¿qué es lo que resulta?
MOREROD: Resulta que durante el primer milenio hay en Oriente y Occidente maneras diferentes de concebir el papel del obispo de Roma. Ciñéndonos a los hechos, se da en aquella época un consenso claro sobre una serie de puntos: Roma es reconocida como Prima Sedes, y se ve en la Sede Romana un punto de referencia para la solución de los conflictos. Está a la vista de todos que en algunas situaciones el obispo de Roma ha intervenido de modo muy decisivo, por ejemplo con el llamado Tomus Leonis del papa León I al patriarca de Constantinopla, en el 449 (que abrió el camino a la definición cristológica del Concilio de Calcedonia en el 451). Es cierto que los obispos de Oriente y Occidente están en desacuerdo sobre el significado que debe atribuirse a tales intervenciones. Y esto se ve ya en el Concilio de Calcedonia: el Papa no aprueba el canon 28 del Concilio –el que define la jurisdicción de Constantinopla como Nueva Roma–, aceptado de inmediato por los griegos. Con todo, las diferencias, sin embargo, no llegaban a romper la comunión. Nosotros, en primer lugar, debemos examinar si esta perspectiva –la de una diversidad que no llega a romper la comunión sacramental– puede ser tomada como modelo para reencontrar hoy la unidad plena.
«Donde está la eucaristía, está la Iglesia», decía el teólogo ruso Nicolai Afanasieff. Los ortodoxos repiten que, para afrontar correctamente la controversia sobre el primado, hay que reconocer primero que toda Iglesia particular que se reúne en torno al propio obispo para celebrar válidamente la eucaristía, es Iglesia en sentido pleno. Pero de parte católica, ¿hay tal vez un rechazo de este criterio?
MOREROD: No cabe duda de que donde está la eucaristía, está la Iglesia. Pero, desde el punto de vista católico, falta algo a la comunión cuando no hay plena comunión con el obispo de Roma. El Concilio Vaticano II dice: «Uno es constituido miembro del Cuerpo episcopal en virtud de la consagración sacramental y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio» (constitución Lumen gentium, § 22). Uno se convierte en obispo con la ordenación episcopal, no con el nombramiento papal: la dimensión sacramental es la fundamental y la única indispensable. Pero sin comunión con el obispo de Roma, la inserción del obispo en el colegio episcopal –y por lo tanto, su papel en la Iglesia universal– es incompleta.
El documento reconoce que la creciente insistencia de la Sede romana en definir su propio primado en virtud de su vínculo con san Pedro, que vivió, murió y fue sepultado en la Urbe, nunca fue compartida, pero al principio tampoco fue explícitamente rechazada o refutada por las Iglesias de Oriente. Se repite que prevalecía la concepción según la cual todos los obispos son sucesores de Pedro, y participan de su primado en la medida en que ejercen el propio ministerio en la fe común de los apóstoles. ¿Es correcto decir que esta concepción es extraña a la doctrina católica?
MOREROD: Los ortodoxos reconocen que el papa es el obispo de una Iglesia fundada por Pedro, y esto es importante para ellos. Reconocen también que el obispo de la Iglesia petrina de Roma es superior por su papel al patriarca de Antioquia, a pesar de que aquella Iglesia fue fundada por Pedro antes que la Iglesia de Roma. Pero ven el papel de la Iglesia de Roma más bien a la luz del papel político de la ciudad en el Imperio romano: por el mismo motivo justifican el papel de Constantinopla, si bien añadiendo la referencia a la figura de san Andrés (por lo tanto, mantienen al mismo tiempo la importancia de la ciudad y el papel de un apóstol). Para los católicos, el vínculo entre los dos aspectos se articula de otro modo. El obispo de Roma tiene un primado porque es de un modo único el sucesor del príncipe de los apóstoles, cuya figura es única entre los apóstoles en el Nuevo Testamento. La importancia política de Roma en el siglo I es probablemente el motivo por el cual Pedro y Pablo fueron allí, pero no es el motivo del papel actual del obispo de Roma entre todos los obispos.

El obispo ruso Hilarión, en un discurso de 2004, citaba a Simeón de Tesalónica: «Que el papa demuestre sólo que es fiel a la fe de Pedro, y de los sucesores de Pedro; en tal caso, que
tenga también todas las prerrogativas de Pedro, que sea el primero, la cabeza y el pontífice de todos». ¿Acaso esto no es válido también desde el punto de vista católico?
MOREROD: Esto vale para todos los cristianos, y de algún modo todos estamos de acuerdo sobre esto. El punto de partida de la fe de todo cristiano no es el hecho de estar con el papa. El punto de partida es el encuentro con Jesús, como escribe Benedicto XVI al inicio de la encíclica Spe salvi. Y todo cristiano, si realmente lo es, no hace más que permanecer en la misma fe de Pedro y de los apóstoles. Pero como católicos podemos añadir una pregunta: ¿cómo saber si se comparte la misma fe de los apóstoles? Hay criterios “experimentales”, como el de verificar la correspondencia entre lo que alguien dice hoy y lo que está escrito en el Nuevo Testamento, o lo que decían los primeros Concilios, los Padres de la Iglesia, y así sucesivamente. Pero a veces esta correspondencia es objeto de discusión. Precisamente en tales casos, los católicos consideran que estar con el Papa es «una gran fortuna y consolación», como dijo Pablo VI.
¿Cuándo lo dijo?
MOREROD: El 22 de enero de 1964, precisamente durante la Semana de oración por la unidad de los cristianos: «Si vosotros tenéis la inteligencia de este gran problema de la recomposición de los cristianos en la unidad querida por Cristo, si tenéis la percepción de su importancia y de su maduración histórica, sentiréis subir desde lo más hondo de vuestra alma un maravilloso y preciso testimonio de aquella seguridad católica, que os dirá interiormente: yo ya estoy en la unidad querida por Cristo, ya estoy dentro de su redil, porque soy católico, porque estoy con Pedro. Es una gran fortuna, es una gran consolación; católicos, sabed gozarla. Fieles, tened conciencia de esta privilegiada posición, ciertamente debida no al mérito de uno sino a la bondad de Dios, que nos ha llamado a un destino tan feliz».
Hilarión, en el mismo discurso, resaltaba que precisamente la unidad sustancial de fe custodiada por las Iglesias ortodoxas, en ausencia de una estructura jurídica piramidal, hace todavía más evidente que tal unidad es un milagro del Señor.
MOREROD: Es bello ver la permanencia de la fe como ocurre en la Iglesia ortodoxa. Pero no se puede decir que las ortodoxas sean Iglesias sin estructura. Esto tal vez pueden decirlo los pentecostales, no los ortodoxos, que tienen una estructura muy robusta que mantienen como tal desde hace siglos. Por otro lado, tampoco la Iglesia católica justifica su duración en razón de su propia estructura. Nadie puede creer que la fuente de la unidad es el “poder central” del papa. En realidad, también los católicos podemos decir lo que pueden decir los ortodoxos sobre la estructura y sobre el aspecto milagroso de la transmisión de la fe en la Iglesia a través de los siglos. No hace falta contraponer dialécticamente las estructuras y los milagros obrados por el Espíritu Santo. Lo que es esencial, en cambio, es reconocer que ninguna autoridad en la Iglesia se auto-establece. La Iglesia misma no se auto-establece. No la establecen en la historia ni siquiera los apóstoles, en virtud de su testimonio. Ella comienza con los apóstoles porque ellos vieron a Cristo, lo encontraron y vivieron con Él resucitado.
De nuevo Hilarión (y con él, los ortodoxos) sostiene que la infalibilidad, como fue formulada por el Concilio Vaticano I, pone al papa por encima de la Iglesia. Con la infalibilidad, los actos papales se consideran como actos inmodificables «a causa de la autoridad propia e independientemente de la aprobación eclesial». ¿Realmente es así?
MOREROD: Entiendo por qué se expresa así: se refiere al Concilio Vaticano I, según el cual una definición del papa –cuando habla infaliblemente– es válida por autoridad propia y no a causa del consenso de la Iglesia. Pero cuando esto ocurre, el papa se limita a expresar de este modo la fe de la Iglesia. Y esta fe nunca es el resultado de un sondeo de opiniones para hacer prevalecer la mayoría. Tampoco los ortodoxos, cuando hagan su Concilio panortodoxo, pretenderán hacer coincidir la fe con la opinión de la mayoría. Expresiones muy claras y comprensibles sobre este punto han sido escritas en el documento sobre el don de la autoridad, elaborado por la Comisión de diálogo entre católicos y anglicanos en 1998.
Nada menos.
MOREROD: En ese documento está escrito que «toda definición solemne pronunciada por la cátedra de Pedro en la Iglesia de Pedro y Pablo puede expresar sólo la fe de la Iglesia». Se reconoce que «el obispo de Roma en determinadas circunstancias tiene el deber de discernir y de hacer explícita la fe de todos los bautizados en comunión, y sólo esta», y que este específico ministerio suyo de primado universal es un «don» que debería ser «acogido por todas las Iglesias».
Diversos sectores de la ortodoxia todavía presentan el ejercicio histórico del primado del obispo de Roma como una forma de dominio. Pero, ¿sería justificable según la doctrina y el criterio católicos un primado ejercido como dominio? >En las reflexiones sobre el ecumenismo se cita con frecuencia la llamada “fórmula Ratzinger”: en lo que respecta al primado del papa, Roma no debe exigir de las Iglesias ortodoxas nada más que aquello que en el primer milenio fue establecido y vivido. ¿Qué sucede con las definiciones dogmáticas surgidas en el segundo milenio?
MOREROD: Los dogmas definidos por la Iglesia católica durante el segundo milenio los reconocemos como parte de la fe. Y no se puede imaginar una comunidad en plena comunión en la cual algunos creen que la Asunción y la Inmaculada Concepción de María forman parte de la fe, y otros no. Por supuesto, lo que causa problemas es, sobre todo, la definición sobre la infalibilidad del sucesor de Pedro. Pero si el diálogo teológico prosigue, se hablará también de esto.
¿Qué camino es mejor tomar, en este punto controvertido, para no quedar estancados?
MOREROD: El documento del diálogo católico-anglicano que he citado reconoce que el obispo de Roma, en circunstancias particulares, puede expresar por sí solo la fe de toda la Iglesia y reconoce esta posibilidad como un don que todas las Iglesias deberían acoger. A los ortodoxos, como punto de partida, habría que mostrarles que precisamente el Concilio Vaticano I ha sido un paso importante hacia una correcta recepción de la infalibilidad, limitando incluso drásticamente su ámbito de aplicación. Antes algunos pensaban que el papa era infalible en muchos de sus pronunciamientos.
¿Y para otras definiciones dogmáticas?
MOREROD: También en esto puede ayudar la confrontación con la situación del primer milenio, cuando había diferencias e incluso tensiones entre la Iglesia de Occidente y la de Oriente, que, sin embargo, no llevaban a la división. Es necesario reconocer que hay modos diversos de expresar la misma fe apostólica. Tomemos el ejemplo del Filioque: también el Papa ha dicho a veces el Credo sin el Filioque, lo mismo hacen los católicos de rito latino en Grecia desde hace algunos decenios y los católicos de rito griego del sur de Italia, según una práctica reconocida por el papa Benedicto XIV en 1742. Esto quiere decir que la misma fe trinitaria se puede confesar con o sin Filioque. Y que, por lo tanto, la adición del Filioque no comporta una ruptura de la comunión en la fe confesada conjuntamente.
A propósito de Benedicto XVI, algunos tienden a subrayar una particular simpatía y atención por parte ortodoxa hacia Benedicto XVI. ¿Puede confirmarlo?
MOREROD: También yo lo he notado, encontrando a representantes de diversas Iglesias ortodoxas. Tienen gran estima por él, también tal vez porque ven en él una figura de tipo monástico, y todos los obispos ortodoxos son monjes. Además, entre los otros cristianos está difundida la idea errónea de que, para los católicos, el papa lo es todo. Si el papa no se pone a sí mismo delante, si repite sólo aquello que ha recibido, si permanece un poco escondido detrás de su ministerio, esto de por sí ayuda al ecumenismo. Un papa que, ejerciendo el propio ministerio, pone “lo menos posible” de lo suyo y se concentra en lo esencial, está destinado a agradar más a los ortodoxos.
La base del debate es el documento titulado “El papel del obispo de Roma en la comunión de la Iglesia en el primer milenio”, que ya fue el tema central de la anterior sesión plenaria de la Comisión mixta, celebrada en Chipre en octubre del año pasado. El texto, adelantado por los medios de comunicación en los últimos meses, es sólo un borrador de trabajo. Todos los nudos están aún por desatar.
30Días los ha ido examinando durante la conversación que ha mantenido con el dominico Charles Morerod, secretario general de la Comisión Teológica Internacional, rector de la Universidad pontificia Santo Tomás y, desde 2005, miembro de la Comisión mixta de diálogo teológico con los ortodoxos.

Charles Morerod
CHARLES MOREROD: El primer paso, concretado en el documento firmado en Rávena hace tres años, es verificar si existe a nivel teórico una definición de primado universal que pueda ser aceptada también por los sínodos ortodoxos. Ellos habitualmente reconocen que el obispo de Roma es primus inter pares. El documento de Rávena ha delineado un consenso notable sobre el sentido en que los obispos son pares, mostrando que no lo son desde todos los puntos de vista, tampoco en las Iglesias ortodoxas. A nivel regional o “patriarcal” algunos obispos desempeñan un papel más importante, un primado, aunque sacramentalmente todos son igualmente obispos. A partir del encuentro del pasado octubre en Chipre, se trata de verificar si este camino puede servir para entender conjuntamente el papel del obispo de Roma. En la práctica, se trata de ver si a nivel universal se puede aplicar, y cómo, lo que ya se ha dicho sobre un cierto “primado” regional. Y se avanza en el intento, confrontándose con los datos históricos y las consideraciones teológicas que ocurrieron y surgieron en el primer milenio, durante el periodo anterior al cisma.
En la práctica, el principio es claro: mirar a lo anterior y reactualizarlo en los nuevos contextos. Y, en su rasgos esenciales, ¿qué es lo que resulta?
MOREROD: Resulta que durante el primer milenio hay en Oriente y Occidente maneras diferentes de concebir el papel del obispo de Roma. Ciñéndonos a los hechos, se da en aquella época un consenso claro sobre una serie de puntos: Roma es reconocida como Prima Sedes, y se ve en la Sede Romana un punto de referencia para la solución de los conflictos. Está a la vista de todos que en algunas situaciones el obispo de Roma ha intervenido de modo muy decisivo, por ejemplo con el llamado Tomus Leonis del papa León I al patriarca de Constantinopla, en el 449 (que abrió el camino a la definición cristológica del Concilio de Calcedonia en el 451). Es cierto que los obispos de Oriente y Occidente están en desacuerdo sobre el significado que debe atribuirse a tales intervenciones. Y esto se ve ya en el Concilio de Calcedonia: el Papa no aprueba el canon 28 del Concilio –el que define la jurisdicción de Constantinopla como Nueva Roma–, aceptado de inmediato por los griegos. Con todo, las diferencias, sin embargo, no llegaban a romper la comunión. Nosotros, en primer lugar, debemos examinar si esta perspectiva –la de una diversidad que no llega a romper la comunión sacramental– puede ser tomada como modelo para reencontrar hoy la unidad plena.
«Donde está la eucaristía, está la Iglesia», decía el teólogo ruso Nicolai Afanasieff. Los ortodoxos repiten que, para afrontar correctamente la controversia sobre el primado, hay que reconocer primero que toda Iglesia particular que se reúne en torno al propio obispo para celebrar válidamente la eucaristía, es Iglesia en sentido pleno. Pero de parte católica, ¿hay tal vez un rechazo de este criterio?
MOREROD: No cabe duda de que donde está la eucaristía, está la Iglesia. Pero, desde el punto de vista católico, falta algo a la comunión cuando no hay plena comunión con el obispo de Roma. El Concilio Vaticano II dice: «Uno es constituido miembro del Cuerpo episcopal en virtud de la consagración sacramental y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio» (constitución Lumen gentium, § 22). Uno se convierte en obispo con la ordenación episcopal, no con el nombramiento papal: la dimensión sacramental es la fundamental y la única indispensable. Pero sin comunión con el obispo de Roma, la inserción del obispo en el colegio episcopal –y por lo tanto, su papel en la Iglesia universal– es incompleta.
El documento reconoce que la creciente insistencia de la Sede romana en definir su propio primado en virtud de su vínculo con san Pedro, que vivió, murió y fue sepultado en la Urbe, nunca fue compartida, pero al principio tampoco fue explícitamente rechazada o refutada por las Iglesias de Oriente. Se repite que prevalecía la concepción según la cual todos los obispos son sucesores de Pedro, y participan de su primado en la medida en que ejercen el propio ministerio en la fe común de los apóstoles. ¿Es correcto decir que esta concepción es extraña a la doctrina católica?
MOREROD: Los ortodoxos reconocen que el papa es el obispo de una Iglesia fundada por Pedro, y esto es importante para ellos. Reconocen también que el obispo de la Iglesia petrina de Roma es superior por su papel al patriarca de Antioquia, a pesar de que aquella Iglesia fue fundada por Pedro antes que la Iglesia de Roma. Pero ven el papel de la Iglesia de Roma más bien a la luz del papel político de la ciudad en el Imperio romano: por el mismo motivo justifican el papel de Constantinopla, si bien añadiendo la referencia a la figura de san Andrés (por lo tanto, mantienen al mismo tiempo la importancia de la ciudad y el papel de un apóstol). Para los católicos, el vínculo entre los dos aspectos se articula de otro modo. El obispo de Roma tiene un primado porque es de un modo único el sucesor del príncipe de los apóstoles, cuya figura es única entre los apóstoles en el Nuevo Testamento. La importancia política de Roma en el siglo I es probablemente el motivo por el cual Pedro y Pablo fueron allí, pero no es el motivo del papel actual del obispo de Roma entre todos los obispos.

La última cena, fresco del siglo XII, Karanlik Kilise, Göreme, Capadocia, Turquía
MOREROD: Esto vale para todos los cristianos, y de algún modo todos estamos de acuerdo sobre esto. El punto de partida de la fe de todo cristiano no es el hecho de estar con el papa. El punto de partida es el encuentro con Jesús, como escribe Benedicto XVI al inicio de la encíclica Spe salvi. Y todo cristiano, si realmente lo es, no hace más que permanecer en la misma fe de Pedro y de los apóstoles. Pero como católicos podemos añadir una pregunta: ¿cómo saber si se comparte la misma fe de los apóstoles? Hay criterios “experimentales”, como el de verificar la correspondencia entre lo que alguien dice hoy y lo que está escrito en el Nuevo Testamento, o lo que decían los primeros Concilios, los Padres de la Iglesia, y así sucesivamente. Pero a veces esta correspondencia es objeto de discusión. Precisamente en tales casos, los católicos consideran que estar con el Papa es «una gran fortuna y consolación», como dijo Pablo VI.
¿Cuándo lo dijo?
MOREROD: El 22 de enero de 1964, precisamente durante la Semana de oración por la unidad de los cristianos: «Si vosotros tenéis la inteligencia de este gran problema de la recomposición de los cristianos en la unidad querida por Cristo, si tenéis la percepción de su importancia y de su maduración histórica, sentiréis subir desde lo más hondo de vuestra alma un maravilloso y preciso testimonio de aquella seguridad católica, que os dirá interiormente: yo ya estoy en la unidad querida por Cristo, ya estoy dentro de su redil, porque soy católico, porque estoy con Pedro. Es una gran fortuna, es una gran consolación; católicos, sabed gozarla. Fieles, tened conciencia de esta privilegiada posición, ciertamente debida no al mérito de uno sino a la bondad de Dios, que nos ha llamado a un destino tan feliz».
Hilarión, en el mismo discurso, resaltaba que precisamente la unidad sustancial de fe custodiada por las Iglesias ortodoxas, en ausencia de una estructura jurídica piramidal, hace todavía más evidente que tal unidad es un milagro del Señor.
MOREROD: Es bello ver la permanencia de la fe como ocurre en la Iglesia ortodoxa. Pero no se puede decir que las ortodoxas sean Iglesias sin estructura. Esto tal vez pueden decirlo los pentecostales, no los ortodoxos, que tienen una estructura muy robusta que mantienen como tal desde hace siglos. Por otro lado, tampoco la Iglesia católica justifica su duración en razón de su propia estructura. Nadie puede creer que la fuente de la unidad es el “poder central” del papa. En realidad, también los católicos podemos decir lo que pueden decir los ortodoxos sobre la estructura y sobre el aspecto milagroso de la transmisión de la fe en la Iglesia a través de los siglos. No hace falta contraponer dialécticamente las estructuras y los milagros obrados por el Espíritu Santo. Lo que es esencial, en cambio, es reconocer que ninguna autoridad en la Iglesia se auto-establece. La Iglesia misma no se auto-establece. No la establecen en la historia ni siquiera los apóstoles, en virtud de su testimonio. Ella comienza con los apóstoles porque ellos vieron a Cristo, lo encontraron y vivieron con Él resucitado.
De nuevo Hilarión (y con él, los ortodoxos) sostiene que la infalibilidad, como fue formulada por el Concilio Vaticano I, pone al papa por encima de la Iglesia. Con la infalibilidad, los actos papales se consideran como actos inmodificables «a causa de la autoridad propia e independientemente de la aprobación eclesial». ¿Realmente es así?
MOREROD: Entiendo por qué se expresa así: se refiere al Concilio Vaticano I, según el cual una definición del papa –cuando habla infaliblemente– es válida por autoridad propia y no a causa del consenso de la Iglesia. Pero cuando esto ocurre, el papa se limita a expresar de este modo la fe de la Iglesia. Y esta fe nunca es el resultado de un sondeo de opiniones para hacer prevalecer la mayoría. Tampoco los ortodoxos, cuando hagan su Concilio panortodoxo, pretenderán hacer coincidir la fe con la opinión de la mayoría. Expresiones muy claras y comprensibles sobre este punto han sido escritas en el documento sobre el don de la autoridad, elaborado por la Comisión de diálogo entre católicos y anglicanos en 1998.
Nada menos.
MOREROD: En ese documento está escrito que «toda definición solemne pronunciada por la cátedra de Pedro en la Iglesia de Pedro y Pablo puede expresar sólo la fe de la Iglesia». Se reconoce que «el obispo de Roma en determinadas circunstancias tiene el deber de discernir y de hacer explícita la fe de todos los bautizados en comunión, y sólo esta», y que este específico ministerio suyo de primado universal es un «don» que debería ser «acogido por todas las Iglesias».
Diversos sectores de la ortodoxia todavía presentan el ejercicio histórico del primado del obispo de Roma como una forma de dominio. Pero, ¿sería justificable según la doctrina y el criterio católicos un primado ejercido como dominio? >En las reflexiones sobre el ecumenismo se cita con frecuencia la llamada “fórmula Ratzinger”: en lo que respecta al primado del papa, Roma no debe exigir de las Iglesias ortodoxas nada más que aquello que en el primer milenio fue establecido y vivido. ¿Qué sucede con las definiciones dogmáticas surgidas en el segundo milenio?
MOREROD: Los dogmas definidos por la Iglesia católica durante el segundo milenio los reconocemos como parte de la fe. Y no se puede imaginar una comunidad en plena comunión en la cual algunos creen que la Asunción y la Inmaculada Concepción de María forman parte de la fe, y otros no. Por supuesto, lo que causa problemas es, sobre todo, la definición sobre la infalibilidad del sucesor de Pedro. Pero si el diálogo teológico prosigue, se hablará también de esto.
¿Qué camino es mejor tomar, en este punto controvertido, para no quedar estancados?
MOREROD: El documento del diálogo católico-anglicano que he citado reconoce que el obispo de Roma, en circunstancias particulares, puede expresar por sí solo la fe de toda la Iglesia y reconoce esta posibilidad como un don que todas las Iglesias deberían acoger. A los ortodoxos, como punto de partida, habría que mostrarles que precisamente el Concilio Vaticano I ha sido un paso importante hacia una correcta recepción de la infalibilidad, limitando incluso drásticamente su ámbito de aplicación. Antes algunos pensaban que el papa era infalible en muchos de sus pronunciamientos.
¿Y para otras definiciones dogmáticas?
MOREROD: También en esto puede ayudar la confrontación con la situación del primer milenio, cuando había diferencias e incluso tensiones entre la Iglesia de Occidente y la de Oriente, que, sin embargo, no llevaban a la división. Es necesario reconocer que hay modos diversos de expresar la misma fe apostólica. Tomemos el ejemplo del Filioque: también el Papa ha dicho a veces el Credo sin el Filioque, lo mismo hacen los católicos de rito latino en Grecia desde hace algunos decenios y los católicos de rito griego del sur de Italia, según una práctica reconocida por el papa Benedicto XIV en 1742. Esto quiere decir que la misma fe trinitaria se puede confesar con o sin Filioque. Y que, por lo tanto, la adición del Filioque no comporta una ruptura de la comunión en la fe confesada conjuntamente.
A propósito de Benedicto XVI, algunos tienden a subrayar una particular simpatía y atención por parte ortodoxa hacia Benedicto XVI. ¿Puede confirmarlo?
MOREROD: También yo lo he notado, encontrando a representantes de diversas Iglesias ortodoxas. Tienen gran estima por él, también tal vez porque ven en él una figura de tipo monástico, y todos los obispos ortodoxos son monjes. Además, entre los otros cristianos está difundida la idea errónea de que, para los católicos, el papa lo es todo. Si el papa no se pone a sí mismo delante, si repite sólo aquello que ha recibido, si permanece un poco escondido detrás de su ministerio, esto de por sí ayuda al ecumenismo. Un papa que, ejerciendo el propio ministerio, pone “lo menos posible” de lo suyo y se concentra en lo esencial, está destinado a agradar más a los ortodoxos.