REINO UNIDO 16-19 DE SEPTIEMBRE DE 2010
Una visita extraordinaria
El viaje de Benedicto XVI narrado por el arzobispo de Westminster: «Había que organizar los actos, pequeños o grandes, pero el modo en que estos tocaron el corazón de millones de personas pertenece a otro orden de cosas: pertenece al orden de la gracia y es fruto auténtico de la plegaria»
por Vincent Nichols
![Vincent Nichols, arzobispo de Westminster, saluda a Benedicto XVI a su llegada al aeropuerto internacional de Edimburgo, Escocia, jueves 16 de septiembre <BR>[© Osservatore Romano]](/upload/articoli_immagini_interne/1289314541635.jpg)
Vincent Nichols, arzobispo de Westminster, saluda a Benedicto XVI a su llegada al aeropuerto internacional de Edimburgo, Escocia, jueves 16 de septiembre
[© Osservatore Romano]
Muchos eran mensajes para felicitar a quienes tomaron parte en la organización de la visita, pero creo que todos somos conscientes de que su verdadero éxito se debió a una oración incesante. Había, por supuesto, que organizar los actos, pequeños o grandes, pero el modo en que estos tocaron el corazón de millones de personas pertenece a otro orden de cosas: pertenece al orden de la gracia y es fruto autentico de la plegaria incesante por el Santo Padre que se ha elevado de la Iglesia.
Un recuerdo indeleble de la visita es la intensidad y la entidad del amor y de la alegría con que fue recibido el Papa. Tuve el privilegio de pasar por las calles de Londres con el Santo Padre. Había más de 200.000 personas la tarde del sábado, por no hablar de la multitud de la tarde del viernes. Cada vez que pasaba el Santo Padre era una continua explosión de alegría y entusiasmo. Las caras estaban radiantes y los corazones rebosaban de ánimo por su presencia. Y lo mismo ocurrió durante el extraordinario primer día de su visita a Escocia.
También los momentos más formales estuvieron marcados por la misma atmósfera. Su Majestad la Reina, que había invitado oficialmente al papa Benedicto a venir al Reino Unido para esta visita de Estado, estaba radiante. Los líderes políticos presentes en el palacio arzobispal para entrevistarse con el Santo Padre derrochaban sonrisas y felicidad. Pero sobre todo no olvidaré nunca el cálido recibimiento que le dispensó una extraordinaria representación de exponentes de la vida política y civil en el escenario más solemne, en Westminster Hall. Fue sorprendente ver que los aplausos y sonrisas, realmente sentidos, no pararon durante todo el largo y lento trayecto que hizo el Santo Padre para cruzar la Great Hall en toda su longitud.
Si la acogida reservada al Santo Padre y las reacciones que suscitó fueron de verdad espléndidas, son igualmente memorables el mensaje y el ejemplo que transmitió, y merecen por nuestra parte una atenta consideración.
El Papa vino a sustentar y reforzar el lugar que ocupa la fe en Dios en nuestra sociedad pluralista. Vino a subrayar la riqueza de nuestras tradiciones cristianas y el peligro de minimizarlas o marginarlas. Creo que fue escuchado. Creo que la gente común ha comprendido la importancia de sus palabras. Creo que todos los que estaban reunidos en Westminster Hall se quedaron impresionados por la profundidad y la precisión de su discurso. El Papa presentó la cuestión crucial en estos términos: «Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil». Luego siguió analizando el papel de la fe y de la razón, que es el de ofrecer una base ética sólida para las decisiones políticas. Afirmó con claridad: «En otras palabras, la religión no es un problema que los legisladores deban solucionar, sino una contribución vital al debate nacional». Un discurso que todos deberían meditar con gran atención.
Creo que el Santo Padre ofreció una contribución realmente significativa a nuestra historia, al modo de relacionarnos y de ocuparnos de nuestro futuro.
En su discurso durante la ceremonia de despedida, el primer ministro pronunció palabras muy calurosas para con el Santo Padre. Definió la visita «un gran honor para nuestro país». Le aseguró al Papa que «la fe es parte del tejido de nuestro país. Siempre lo ha sido y siempre lo será»; y luego añadió: «Usted ha desafiado a todo el país a reflexionar ».
La visita tendrá muchas consecuencias a largo plazo. Puede ser que haya una colaboración más estrecha entre la Santa Sede y nuestro gobierno a la hora de hacer frente a algunos grandes problemas del mundo: pobreza, falta de instrucción primaria, cuidado del medio ambiente y lucha contra las enfermedades.
También nosotros debemos aprender de esta visita. Pienso que el Santo Padre nos ha enseñado la manera de afrontar la tarea de presentar nuestra fe a esta sociedad nuestra tan compleja. Lo que él ha hecho debemos aprenderlo a hacer también nosotros de modo coherente y atento. Se ha mostrado amable y cortés con todo el mundo. Ha sido cordial. Fue respetuoso con todos aquellos a los que se dirigía, reconociendo nuestros logros y nuestras preocupaciones. Habló con claridad y buen sentido, sin miedo de afrontar cuestiones espinosas, y planteándolas con atención y sensibilidad. No enfatizó las exigencias del credo religioso, sino que reconoció de qué manera razón y fe pueden integrarse y rectificarse recíprocamente. Nos ha ofrecido un modelo que por nuestra parte debemos seguir.
![El intercambio de dones entre el papa Benedicto XVI y la reina Isabel II
durante la audiencia en la Morning Drawing Room del Palacio Real de Holyroodhouse, Edimburgo, jueves 16 de septiembre [© Associated Press/La Presse]](/upload/articoli_immagini_interne/1289314508931.jpg)
El intercambio de dones entre el papa Benedicto XVI y la reina Isabel II durante la audiencia en la Morning Drawing Room del Palacio Real de Holyroodhouse, Edimburgo, jueves 16 de septiembre [© Associated Press/La Presse]
Creo también que nos enseñó qué es lo que tiene que estar en el centro del testimonio que debemos dar. En su homilía en la Catedral de Westminster dijo que debemos ser ante todo testigos de la belleza de la santidad. En mi opinión, la belleza de las celebraciones litúrgicas de la visita fue en gran parte lo que las hizo tan fascinantes. Como también lo fueron los momentos de silencio que caracterizaron cada una de ellas. ¿Quién podrá olvidar la intensidad del silencio de ochenta mil personas en oración ante el Santísimo Sacramento en Hyde Park? Ese silencio es de oro, bello y colma el corazón.
Dijo también el Papa que debemos dar testimonio de la bondad y el atractivo de la fe – el «esplendor de la verdad». ¡Que distinto es este enfoque respecto a ese otro que entiende la verdad como algo que se ha de presentar de modo forzado o rígido! La verdad tiene su propio encanto.
En tercer lugar nos pidió dar testimonio de «la alegría y la libertad que nace de una relación viva con Cristo». Son, obviamente, la alegría y la libertad que nacen de la experiencia de ser perdonados, de ser curados, experiencia que hacemos de la manera más clara por medio de los sacramentos de la Iglesia. La sangre de Cristo es nuestra salvación y la fuente de nuestra libertad y de nuestra alegría.
Momento culminante de la visita fue, naturalmente, la beatificación del cardenal John Henry Newman. La ceremonia de Cofton Park fue estupenda. Muchísimos de los que han aprendido a amar a John Henry Newman mediante sus escritos, su poesía o su ministerio en parroquia quedaron desbordados por la alegría en aquel momento. Ahora tenemos un párroco inglés beato. ¡Qué privilegio y qué fuente de inspiración!
Damos gracias a Dios por el milagro de esta extraordinaria visita. Miramos a los meses y años que tenemos delante, durante los cuales podremos asimilar las gracias y las enseñanzas de este maravilloso viaje apostólico.
28 de septiembre de 2010