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08/09 - 2010 >
«... has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a pequeños» (Mt 11, 25)
REFLEXIONES SOBRE EL MISTERO Y LA VIDA DE LA IGLESIA
«... has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a pequeños» (Mt 11, 25)
por el cardenal Georges Cottier, op

Cardenal Georges Cottier
La imagen del “magisterio que precede”, referida al sensus fidei del pueblo de Dios, me parece sugerir un criterio eficaz para captar de modo claro la relación que dicho sensus fidei tiene con el magisterio eclesial y la teología.
La constitución conciliar Lumen gentium, define en el n. 12 el sensus fidei con estas palabras: «La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2, 20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando “desde los obispos hasta los últimos fieles laicos” presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres».
La fe en cuanto tal no yerra. Es una virtud teologal, es, por tanto, un don sobrenatural de Dios, y quien la recibe participa a su manera de la dote profética de Cristo. La fuente de esta infalibilidad es el mismo Espíritu Santo, que inspira y mueve ese enfoque intuitivo a los misterios con el que el pueblo de Dios cree en la verdad revelada y sabe también discernir lo verdadero de lo falso. Esta dinámica la describió con sugestivas palabras el cardenal Charles Journet en su obra Le message révélé de 1963, partiendo de una cita de santo Tomás: «“La luz de la fe”, dice santo Tomás, “hace ver las cosas que se creen…; por el hábito de fe, se inclina la mente del hombre a prestar asentimiento a lo que concierne a la fe recta y no a otras cosas”. Hay una proporción, una adaptación secreta, una connaturalidad entre la virtud de fe que vive en el alma del cristiano y los datos que se han de creer que le presenta la revelación: por una parte y por otra, en efecto, es el mismo Espíritu que actúa: aquí mediante la luz profética, allí por la luz santificante. De ahí la inclinación espontánea del fiel a creer en la verdad revelada. Esta inclinación se intensifica cuando la fe es amorosa, cuando los dones del Espíritu Santo la hacen penetrante e intuitiva y como profética. Entra entonces en las profundidades, pre-siente, sugiere con instinto certero lo que hallándose aún implícito y escondido está listo para florecer y manifestarse».
Como es obvio el sensus fidei no se identifica con la opinión común de la mayoría, no se define en base a las estadísticas de las encuestas. Ha sucedido en la historia de la Iglesia que en ciertos contextos individualidades aisladas, santos particulares, han manifestado el sensus fidei, mientras que la opinión común seguía doctrinas no conformes a la fe apostólica. Es lo que sucedió cuando bajo el influjo del jansenismo se insistía en la severidad del juicio de Dios, en detrimento de su misericordia.
En el mismo ensayo, Journet describe también la relación entre el sensus fidei y el magisterio de la Iglesia. Hay que distinguir –explica Journet– las dos realidades: la primera «no es ni una enseñanza ni un magisterio, sino solamente la persuasión experimental de una verdad». Y si por un lado la fe, en cuanto don del Espíritu, no puede errar, por otro lado, «el fiel, aun estando en estado de gracia, aun siendo ferviente, puede errar, mezclar su fe con datos y sentimientos extraños. A no ser que esté iluminado como lo estaban los apóstoles, necesita la ayuda, la orientación y el juicio del magisterio asistido por Dios». En esta perspectiva el magisterio de los obispos reunidos entorno al sucesor de Pedro tiene la tarea de discernir y confirmar lo que el sensus fidei presiente, indica y anticipa. Cuando ejercen esta función, el papa y los obispos atestiguan solamente que una verdad percibida y acogida por el sensus fidelium puede efectivamente ser reconocida y acogida como el desarrollo de un dato ya contenido en el depositum fidei, el depósito de la fe. Está dinámica, como decía Benedicto XVI en su catequesis sobre Duns Scoto, ha tenido una manifestación ejemplar en la definición de los dogmas marianos de la Inmaculada Concepción y de la Asunción de María. Estos artículos de la fe apostólica han sido definidos predominantemente basándose en el sensus fidelium. La devoción popular a la concepción inmaculada de María reconocía ya la apostolicidad de dicha doctrina mucho antes de que ésta fuera definida dogmáticamente. Con estas definiciones dogmáticas, los papas, pues, no pensaban inventar o añadir alguna teoría teológica nueva, sino reconocer solamente lo que ya estaba en el corazón de la Iglesia.
Desde esta perspectiva siguen siendo estimulantes muchas de las páginas escritas por el beato John Henry Newman en su célebre artículo publicado en la revista The Rambler el mes de julio de 1859 sobre el tema de consultar a los fieles en temas de doctrina, republicado en Italia por la editorial Morcelliana en 1991.
Newman escribió ese ensayo como respuesta a los ataques de «ciertas almas cándidas» que se habían escandalizado por un artículo publicado anteriormente en la misma revista, en el que se mencionaba el hecho de que para preparar la definición dogmática sobre la Inmaculada Concepción se había consultado a los fieles. La argumentación que usó Newman en esa ocasión sigue siendo un concentrado muy actual de argumentos históricos y doctrinales que tienden a documentar la naturaleza del sensus fidelium como instrumentum traditionis.
«“La luz de la fe”, dice santo Tomás, “hace ver las cosas que se creen…;
por el hábito de fe, se inclina la mente del hombre a prestar asentimiento a lo que concierne a la fe recta y no a otras cosas”. Hay una proporción, una adaptación secreta, una connaturalidad entre la virtud de fe que vive en el alma del cristiano y los datos que se han
de creer que le presenta la revelación: por una parte y por otra, en efecto, es el mismo Espíritu que actúa: aquí mediante la luz profética,
allí por la luz santificante»
Según Newman «la tradición de la Iglesia, confiada a los miembros y a los diferentes organismos de la Iglesia entera per modum unius, se manifiesta de forma diferente en las diferentes épocas: por boca de los obispos, por los doctores, el pueblo, la liturgia, los
ritos, las ceremonias y las costumbres, los acontecimientos, las disputas, y
todos los otros fenómenos que encierra el término “historia”. Por eso no se ha de descuidar ningún canal de esa tradición, y está fuera discusión que el privilegio de discernir, distinguir, definir y promulgar una parte de
esta tradición pertenece únicamente a la
Ecclesia docens». Como prueba del papel decisivo desempeñado por el sensus fidelium en la vida y en la historia de la Iglesia, Newman recorre la historia emblemática de la crisis arriana: «No carece de significado el hecho de que, también históricamente hablando, el siglo IV fue una época de grandes doctores, como los santos Atanasio, Hilario, los dos Gregorio,
Basilio, Crisóstomo, Ambrosio, Agustín, de los cuales todos menos uno eran obispos. Sin embargo, precisamente en ese
periodo la divina tradición confiada a la Iglesia infalible fue proclamada y defendida mucho más por el pueblo de Dios que por el episcopado. […]. En esa época de gran confusión, el dogma de la divinidad de Nuestro Señor fue proclamado, defendido y preservado con mucha más fuerza por la
Ecclesia discens que por la Ecclesia docens; el cuerpo episcopal no estuvo a la altura de su misión, mientras que el cuerpo de los fieles permaneció fiel a su bautismo […]. Fue precisamente el pueblo de Dios el que, gracias a la Divina Providencia,
apoyó a Atanasio, Hilario, Eusebio de Vercelli y a otros grandes y solitarios
confesores, que sin su ayuda hubieran sido los perdedores». En la historia del arrianismo Newman ve «un ejemplo palmario de la situación de la Iglesia en un momento histórico en el que fue necesario recurrir al pueblo de Dios para conocer la tradición apostólica», concluyendo que «la voz de la tradición puede en algunos casos manifestarse no por medio de los Concilios, los Padres
y los obispos, sino por medio del
communis fidelium sensus».
Obviamente, todo esto interpela también a la teología. Si la investigación teológica quiere desarrollarse en la Iglesia, en beneficio de toda la comunidad de fieles, su inevitable punto de referencia es el sensus fidei, que se manifiesta eminentemente en la santidad. Por esto me llamó la atención que en su último discurso a la Pontificia Comisión teológica el Papa propusiera de nuevo las figuras de los «santos pequeños», mencionando a Bernardita y Teresa de Lisieux, como aquellos que «han conocido ese misterio» y han entrado «en el corazón de la Sagrada Escritura», mientras que a veces lo esencial ha quedado oculto a una teología que, sin embargo, tiene pretensiones de cientificidad. Ya en el pasado el cardenal Ratzinger había retomado el criterio expuesto por santo Tomás de Aquino según el cual el fundamento de la auténtica teología es la «ciencia de los santos». Para santo Tomás –decía Ratzinger en el libro Mirar a Cristo– la teología es scientia subalternata, porque «no es ella la que ve y demuestra sus últimos fundamentos. Ella está, por decir así, suspendida al “saber de los santos”, a su visión. […] En este sentido, el trabajo de los teólogos es siempre “secundario”, relativo a la experiencia real de los santos. Sin este punto de referencia, sin este íntimo anclaje en semejantes experiencias, la Teología pierde su carácter de realidad. Esta es la humildad que se les pide a los teólogos… La teología se vuelve un puro juego intelectual y pierde también su carácter de ciencia, sin el realismo de los santos, sin su contacto con la realidad que aquí está en cuestión».
Algunas veces se ve con evidencia que en la vida y en la obra de algunos santos hay como una anticipación profética, una señalación anticipada de lo que en el tiempo va a servir a la Iglesia para ser salvaguardada en la fe de los apóstoles. Los santos, cuando están aún en la tierra, no tienen la visión beatífica, tienen la fe, pero las grandes intuiciones de la fe impulsada por la caridad y por los dones del Espíritu Santo hacen que ellos adivinen, en la oscuridad, las grandes verdades que veremos con toda claridad en el cielo. En efecto, para santo Tomás los santos son ante todo los bienaventurados. Pienso por ejemplo en algunos santos modernos o contemporáneos como santa Margarita María Alacoque, santa Teresa del Niño Jesús, santa Faustina o la madre Teresa: con su intuición de la infinita misericordia divina sugieren lo que es necesario mirar, en este tiempo dramático también para la Iglesia.