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COLEGIOS ECLESIÁSTICOS DE...
Sacado del n. 10 - 2010

PONTIFICIO SEMINARIO FRANCÉS

Las vocaciones no se pueden inventar: es el Señor quien llama


Entrevista con el presbítero Sylvain Bataille, de la sociedad Jean-Marie Vianney. Es el primer sacerdote diocesano que dirige el Pontificio Seminario Francés, después de ciento cincuenta y seis años de presencia de la congregación del Espíritu Santo


Entrevista a Sylvain Bataille por Pina Baglioni


Cuarenta y seis años recién cumplidos y aspecto de muchacho joven: don Sylvain Bataille parece más un estudiante que el rector del Pontificio Seminario Francés de Roma. Lo es desde el 4 de agosto del pasado año, día del 150 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars. Una figura con la que el nuevo rector tiene mucho en común: es miembro de la sociedad Jean-Marie Vianney, fundada el 18 de abril de 1990 por un grupo de jóvenes sacerdotes, incluido el propio Bataille, junto con monseñor Guy Bagnard, obispo de la diócesis de Belley-Ars. En 2000 llegó el nombramiento como superior del seminario mayor de Ars. Hasta que el 6 de junio de 2009 la Conferencia Episcopal Francesa lo eligió nuevo rector del Pontificio Seminario Francés de Roma. El nombramiento de un sacerdote diocesano interrumpió una tradición según la cual desde el 29 de abril de 1853, día de la fundación del Seminario, al frente del mismo tenían que estar los padres de la congregación del Espíritu Santo. Tradición establecida por el papa Pío IX, que debería haber durado à perpétuité .
Hemos ido a ver a don Sylvain Bataille para que nos cuente este primer año suyo en Roma, ciudad a la que está muy ligado porque vivió en ella de 1985 a 1988, cuando estudiaba Teología en la Universidad Gregoriana. “Roma me sorprende siempre: esta vez la he encontrado aún más hermosa que antes”, admite. “Aquí se respira un aire de Iglesia universal, y estoy contento de haber vuelto”.

El rector del Seminario, don Sylvain Bataille [© Paolo Galosi]

El rector del Seminario, don Sylvain Bataille [© Paolo Galosi]

Padre Bataille, su nombramiento para el Seminario fue considerado por algunos medios de comunicación de su país como la señal de un giro conservador dado por la Conferencia Episcopal francesa. ¿Qué tiene que decir al respecto?
SYLVAIN BATAILLE: Lo que hay de cierto es que fueron los padres de la congregación del Espíritu Santo quienes pidieron al episcopado francés que se les quitara esta obligación, por un motivo muy sencillo: durante los últimos años las vocaciones habían disminuido significativamente, por lo que se había reducido la posibilidad de enviar padres al Seminario Francés. En este momento la Congregación prefiere concentrar sus fuerzas en la acción misionera en los países de África y Asia. En esta situación, la Conferencia Episcopal francesa decidió, de acuerdo con la Santa Sede, ocuparse directamente del Seminario. De todos modos, para mantener la continuidad, tres padres de la Congregación siguieron trabajando con nosotros durante cierto período. Yo fui elegido a título personal, por lo que mi sucesor no pertenecerá necesariamente a la sociedad Jean-Marie Vianney.
El sitio Internet progresista francés Golias le ha descrito como “un cuarentón de viejo cuño más atraído por el Concilio de Trento que por el Vaticano II”. El padre Yves-Marie Fradet, último rector espiritano del Seminario, antes de dejar Roma, confesó a 30Días que se sentía sobre todo “un hijo del Concilio”. ¿Usted de quién se siente hijo?
De Dios, de la Iglesia, del papa, del magisterio, del catecismo, del Concilio Vaticano II. Y también de la Tradición, de la que también, me parece a mí, sigue formando parte el Concilio de Trento. La cuestión no es ser progresista o conservador, sino vivir la fe cristiana, con la Iglesia, en el mundo de hoy, confiando en la potencia del Espíritu Santo que toca el corazón de los hombres.
El papa Benedicto XVI ofrece un ejemplo extraordinario en ese sentido. En un período no precisamente fácil para la Iglesia, los cristianos podríamos ser víctimas de una tentación: la de encerrarnos en nosotros mismos, en posición de repliegue. En cambio, es importante atenerse a los hechos, estar abiertos y confiados frente a la realidad por lo que ésta es, comprendiéndola en su contexto. En una palabra: hay que mantener abiertas de par en par las puertas del corazón. Justo como hace al Papa. Nuestra tarea como formadores es ayudar a los jóvenes a convertirse en buenos curas que aman al Señor y a los hermanos, en la paz del corazón. Nosotros no estamos contra nadie.
Hace muchos años que está usted comprometido con la formación de los futuros sacerdotes. ¿Qué reflexiones le provoca el drama de los curas acusados de pederastia?
Dos reflexiones: la primera es que los hechos salidos a la luz durante los pasados meses son terribles y hemos de reconocerlos como tales. Se trata de episodios ocurridos en su mayoría hace mucho tiempo y que implican a sacerdotes ancianos o desaparecidos hace tiempo. Pero si es cierto que lo que está saliendo a la luz no nos toca directamente, también es verdad que no nos ha de dejar indiferentes. Porque los seminaristas serán un día sacerdotes.
Segunda reflexión: el punto sobre el que hay que reflexionar es el equilibrio humano de los futuros sacerdotes. Es vital para la Iglesia conseguir formar curas que estén en paz consigo mismos, con su propia historia. Es decir, personas capaces de reconocer qué ha inscrito el Señor en sus corazones. Los seminarios, los rectores, los directores espirituales sirven sólo para eso: para ayudar a estos muchachos a reconocer la llamada del Señor y para responder con todo su corazón, con toda su vida, por el bien del mundo entero.
Volviendo a la cuestión de los sacerdotes acusados de pederastia, en el Seminario se ha hablado de ello, como es obvio. Los seminaristas quedaron muy afectados por los ataques a la Iglesia y al Papa. Hay que ser realistas: esta es la vida de la Iglesia, siempre. No hay más que leer los Hechos de los Apóstoles para darse cuenta de la cantidad de situaciones difíciles que ha tenido que vivir la Iglesia ya desde sus primeros momentos. No hay que asustarse, sino rezar al Señor, vivir las Bienaventuranzas, seguir en la paz y en el gozo. Y perdonar. Si no lo hacemos nos colocamos en el mismo nivel de quienes quieren el mal de la Iglesia.
Lo que ha ocurrido durante los meses pasados no puede ser definido persecución, desde luego. Pero no hay que pecar de ingenuidad: si es cierto que los cristianos han de reconocer sus pecados también es verdad que se han utilizado estos pecados para golpear instrumentalmente al Papa.
¿Puede haber sido la crisis de vocaciones la causa de que durante los años no se hayan cuidado suficientemente los ingresos en el seminario?
Sí, puede haber existido esta tentación. Aunque en Francia esto no ha ocurrido mucho.
Para ser un buen sacerdote se necesitan tres cosas: la llamada del Señor; la capacidad de ejercer el ministerio; la voluntad de responder a la vocación. Lo más importante es la llamada del Señor: es Él quien elige libremente a sus apóstoles. Todavía hoy. A veces he tenido que comunicarles a algunos obispos que me habían indicado con entusiasmo a algunos jóvenes estupendos, inteligentísimos y buenísimos que, por desgracia, no habían recibido ninguna llamada del Señor. Y que, en la caridad, había que obligarlos a que cambiaran de camino. Por su bien y por el de la Iglesia.
En síntesis: en cada seminario es necesario ayudar a los jóvenes a dar una verdadera respuesta a la llamada del Señor, en la entrega de sí mismos, en la auténtica caridad pastoral. No hay que preocuparse de los números y las estadísticas, ¡un solo cura santo puede hacer mucho bien!
<I>El Pentecostés</I>, escena central de los mosaicos realizados por el padre Marko Ivan Rupnik en la iglesia del Seminario; en el centro, la estatua de la Virgen de Lourdes: se trata de una de las cuatro estatuas esculpidas para la Cueva  de Lourdes y descartadas por Bernadette Soubirous porque no se parecían bastante a la Virgen María [© Paolo Galosi]

El Pentecostés, escena central de los mosaicos realizados por el padre Marko Ivan Rupnik en la iglesia del Seminario; en el centro, la estatua de la Virgen de Lourdes: se trata de una de las cuatro estatuas esculpidas para la Cueva de Lourdes y descartadas por Bernadette Soubirous porque no se parecían bastante a la Virgen María [© Paolo Galosi]

¿Qué pensó cuando Benedicto XVI decidió confiar el Año sacerdotal a la protección del santo Cura de Ars?
Para mí fue una confirmación muy importante porque el santo Cura de Ars transmite dos cosas: la primera es que el sacerdocio es un don grande y hermosísimo, uno de los más preciosos que el Señor pueda conceder a la Iglesia. La segunda es que el cura es siempre pequeño. Nadie es digno de ser cura y todos necesitan al Señor, en la oración y en la humildad. No se puede tomar su lugar sino que hay que servirlo. En este sentido, el santo Cura de Ars es una de las figuras más extraordinarias de sacerdote que haya tenido nunca la Iglesia. Porque fue simplemente un cura, que celebraba misa, que administraba los sacramentos y recibía a todos. En especial a los pobres. Me alegré mucho al darme cuenta de que también en Roma es muy amado el santo Cura. Hasta el punto de que durante el Año sacerdotal hemos decidido organizar un espectáculo teatral sobre su vida: hemos tardado tres meses en prepararlo lo mejor posible y hemos implicado a cincuenta y tres personas entre actores y extras. Se han hecho dos representaciones en la iglesia de San Luis de los Franceses, a la que acudió muchísima gente, encantada y conmovida por la figura del Cura.
Quizá porque Jean-Marie Vianney no encarna una espiritualidad específica, un carisma particular, o una personalidad religiosa típicamente “francesa”, sino el corazón mismo del ministerio sacerdotal.
¿Cuáles son las características de la sociedad Jean-Marie Vianney?
Nuestra espiritualidad deriva sencillamente del sacramento del Orden sagrado. En el centro de nuestras “actividades” está la Eucaristía, donde el Señor se entrega a todos y donde nosotros podemos entregarnos al Señor. Todo el ministerio, configurado a Cristo sacerdote, consiste en vivir plenamente la Eucaristía, en vivir solo de este amor para difundirlo por todo el mundo.
La sociedad sacerdotal Jean-Marie Vianney nació hace veinte años cuando un pequeño grupo de sacerdotes diocesanos y yo, junto con el padre Bagnard, nos dimos cuenta de que necesitábamos ayuda para vivir lo mejor posible nuestro ministerio sacerdotal. El sacerdocio es un don grande pero vivirlo solos, en la vida diaria, puede ser fatigoso o difícil. Entonces empezamos a reunirnos una vez al mes para rezar y celebrar la Eucaristía. Pero también para afrontar juntos cuestiones que la vida de todos los días nos planteaba. Luego pasamos a vernos durante una semana de las vacaciones. Pero seguía sin ser suficiente. Entonces decidimos crear pequeñas comunidades para vivir juntos nuestra vocación de sacerdotes diocesanos, apoyándonos mutuamente. En aquel período el papa Juan Pablo II nombraba a Guy Bagnard obispo de la diócesis de Belley-Ars. Y también durante aquel período elegimos al santo Cura de Ars como patrón.
¿Qué criterios se siguen para seleccionar a los seminaristas que vienen a estudiar al Seminario francés de Roma?
De la selección se encargan los obispos diocesanos. Los seminaristas llegan después de asistir a la propedéutica y el curso bienal de Filosofía en los seminarias franceses, disponiendo de este modo de una buena formación para afrontar el estudio de la Teología en las universidades pontificias y conseguir el bachillerato y la licencia.
van a trabajar a numerosas parroquias romanas, a los hospitales, a los servicios para los pobres y los ancianos o dondequiera que se les necesite.
¿Puede ser una ventaja para los seminaristas franceses que vuelven a su país el haber estudiado en Roma?
Nuestro único objetivo es formar buenos curas diocesanos ordinarios, disponibles para las distintas necesidades pastorales. No se trata de hacer carrera eclesiástica, sino de responder prontamente a la llamada del Señor y ponerse a su servicio, sin reservas, donde los destinen. Probablemente quienes han tenido la gracia de estudiar en Roma podrían, por especiales exigencias de la diócesis, ser llamados a desempeñar trabajos importantes. Pero lo más sobresaliente es que cada estudiante nuestro se entrega completamente como respuesta a la llamada del Señor, poniendo a disposición todo su talento al servicio de la Iglesia.
La fachada de la iglesia del Seminario dedicada al Sagrado Corazón de María y a Santa Clara [© Paolo Galosi]

La fachada de la iglesia del Seminario dedicada al Sagrado Corazón de María y a Santa Clara [© Paolo Galosi]

¿Hay algún rasgo especial que identifica a esta nueva generación de seminaristas con respecto a las del Concilio y posconcilio?
Vivimos un momento más tranquilo: hoy no hay tensiones de carácter ideológico: derecha, izquierda, conservadores, progresistas... No cabe duda de que nuestros seminaristas y los jóvenes sacerdotes les dan importancia a su identidad cristiana, y por supuesto no la esconden. Sin embargo, no se trata de identitarismo: son solo muchachos felices de pertenecer a Cristo y a la Iglesia. El problema, si acaso, es un excesivo individualismo y un enfoque demasiado “afectivo” de sí mismos: un deseo, aunque legítimo, de realizarse puede a la larga convertirse en obstáculo a la hora de entregarse al Señor y a los demás. ¡Yo noto cierta dictadura del ego propio!
¿Que desea para este trozo de Iglesia de Francia que es el Seminario?
Que esta casa nuestra en el corazón de Roma haga de puente entre los católicos franceses y la Iglesia de Roma, para ofrecer una imagen del catolicismo francés más cercana a la realidad. En nuestro país la situación no es ni tan maravillosa ni tan desastrosa como se tiende a creer. Están surgiendo realidades esperanzadoras en algunas diócesis especialmente vivas. Pero no sólo esto, también hay nuevas comunidades y numerosas familias cristianas que viven el Evangelio con sencillez, junto a sus niños, en la oración y la fidelidad a la Iglesia. Ámbitos donde están floreciendo numerosas vocaciones. Y los frutos los vemos también aquí en el Seminario. Aunque algunos jóvenes se han convertido ya de adultos.
Después de tantos años dedicados a este servicio, para mí es siempre muy hermoso tener ante mis ojos a un joven que ha recibido del Señor la vocación sacerdotal. Porque es realmente Dios quien llama. Nosotros somos pequeños, pobres y no podemos inventarnos nada.
Quienes han sido llamados al sacerdocio, gracias a la oración incesante y a una vida espiritual intensa, reconocen cada vez más claramente lo que el Señor ha puesto en sus corazones. Y entonces la vocación se hace más fuerte, el deseo de entregarse completamente más puro, las motivaciones más justas, más espirituales. Y entonces lo que propone la autoridad se convierte en una exigencia libre y personal. El celibato, entonces, es la señal del gozo de ser todos de Cristo, entregados a su misión. Se descubre que es hermoso seguir el camino que el Señor ha indicado, que es fuente de fecundidad para toda la vida.


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