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CHINA
Sacado del n. 12 - 2010

La apremiante necesidad de reanudar el diálogo

Testimonio con tinta china


«Para entrar de verdad en China hay que pasar a través de la puerta del corazón, de la amistad, como bien había entendido Matteo Ricci»


por el cardenal Roger Etchegaray


El cardenal Roger Etchegaray con el obispo de Shangai Aloysius Jin Luxian

El cardenal Roger Etchegaray con el obispo de Shangai Aloysius Jin Luxian

He descubierto China en cuatro viajes: la primera vez en 1980, luego en 1993, 2000 y 2003… pero harían falta cuarenta para decir que uno la conoce.
Providencialmente, a cien metros de mi casa natal en el País Vasco (en Espelette), había nacido, en 1826, el padre Armand David, lazarista, misionero y naturalista al mismo tiempo, como había tantos en aquella época. En sus exploraciones científicas tuvo la suerte de descubrir el Gran Panda, este oso blanco y negro que se ha convertido en talismán de China y símbolo ecológico.
Conocemos el significado simbólico y sagrado de la puerta en todos los paisajes orientales. Para entrar de verdad en China hay que pasar a través de la puerta del corazón, de la amistad, como bien había entendido Matteo Ricci, el culto jesuita del siglo XVI que escribió un delicioso “tratado sobre la amistad” antes de ser presentado a la corte imperial. Durante mi primera estancia en Pekín, me entregaron una placa: la palabra “amistad” estaba escrita sobre una flor de ciruelo, la flor que más resiste a las tempestades. Y cada vez que he regresado a China, lo he hecho en compañía de Matteo Ricci.
¿Qué dejar fijado aquí, en el espacio de una instantánea? Veo una Iglesia implantada en una sociedad que se mueve entre un materialismo práctico galopante y un materialismo ideológico renqueante que dejan, ambos, poco espacio a la fe cristiana. Veo una Iglesia que se ha hecho más consciente de su vocación china y que está decidida a darse los instrumentos para hacerse cargo mejor de su propio futuro; mediante las obras sociales resurge la vida de las comunidades religiosas, pero no aún la vida monástica, en un paisaje que, sin embargo, está poblado de bonzos. Veo también una Iglesia debilitada por su prueba más crucificante, la de su unidad incesantemente desgarrada desde dentro y desde fuera: pero esta Iglesia –y es un milagro continuo– es, a pesar de todo, una única Iglesia.
Lo que parece cada vez más necesario y urgente es la unidad vivida entorno al Papa, en el respeto de la libertad de conciencia, que todo Estado debe proteger. Y esta reunificación pasa necesariamente a través del camino evangélico de la reconciliación. La situación actual de la Iglesia es anacrónica, incluso en ambiente marxista, y, a largo plazo, se vuelve enfermiza. Las heridas y los rencores siguen estando tan vivos que algunos tienden a proteger su identidad católica escondiéndola bajo los rasgos de las sectas que pululan. Los católicos chinos, más conscientes del hecho de que la credibilidad de su testimonio depende de su unidad visible, cuentan, por esto, con el apoyo de la Iglesia universal que, sin embargo, desde lejos no puede hacer los sacrificios que la situación actual de aquéllos requiere. Me decía un obispo: «Hemos construido muchas iglesias, ayudadnos a construir la Iglesia de Pedro y Pablo».
Como en un corro de amor, el papa Juan Pablo II no cesó de dar vueltas en torno a la China popular. Aprovechó hasta las más mínimas ocasiones para manifestar su afecto a los católicos chinos: se cuentan más de cincuenta declaraciones. El 16 de noviembre de 1983 escribió directamente a Deng Xiaoping una larga carta que no tuvo respuesta. Nunca pudo entrar en la China continental, pero para tener el mayor número de posibilidades de realizar su sueño apostólico más bello llegó incluso a no responder a las repetidas invitaciones por parte de Taiwán, corriendo el peligro de dar la impresión de penalizar a los católicos de la isla. Es absolutamente necesario conocer su mensaje del 24 de octubre de 2001, con motivo del 400 aniversario de la llegada de Matteo Ricci a Pekín.
Respecto a la carta del papa Benedicto XVI, del 27 de mayo de 2007, amplia, concreta y afectuosa, no se puede aún medir su influencia, que parece creciente.
La historia de las relaciones entre la Iglesia y China está sembrada de citas fallidas, a menudo debido a pasos falsos, deplorados en primer lugar por el Papa. Se trata de pasar decididamente página, las páginas más antiguas que Pekín y Roma han tenido dificultad en escribir juntas, y las más recientes, escritas separadamente en la ignorancia o en la desconfianza recíproca. El momento nos llama a todos a un salto “olímpico” para estar a la altura de los retos gigantescos que amenazan al hombre, sobre todo en una China en plena transformación. Matteo Ricci nos enseña que se ha de comprender al pueblo chino a partir de él mismo, en su identidad reconocida y respetada: sobre este fundamento debe reanudar y desarrollarse un diálogo del que los dos interlocutores sienten una apremiante necesidad.



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