Hace 25 años Juan Pablo II realizaba el primero de sus 102 viajes al extranjero
Primera parada, Puebla
Del 27 de enero al 13 de febrero de 1979 se celebró en México la tercera Conferencia general del episcopado latinoamericano. Fue un acontecimiento de gran relevancia, no solamente eclesial. Los recuerdos del cardenal Alfonso López Trujillo, entonces Secretario general del Celam, y hoy presidente del Consejo pontificio para la familia. Albino Luciano no tenía intenciones de participar. Karol Wojtyla decidió ir…
por Gianni Cardinale
Hace 25 años, del 27 de enero al 13 de febrero de 1979, se celebró en Puebla la tercera Conferencia general del episcopado latinoamericano (Celam). Se trató de un acontecimiento de gran relevancia, no solamente eclesial. En aquella ocasión, en efecto, tuvo lugar el primero de los 102 viajes internacionales de Juan Pablo II. Puebla, además, fue percibida como un giro copernicano, en sentido conservador, por los líderes episcopales latinoamericanos con respecto a la precedente Conferencia general que se había desarrollado en Medellín, Colombia, en 1968.

Para recordar el cuarto de siglo de la Conferencia, 30Días le ha planteado algunas preguntas al cardenal Alfonso López Trujillo, 68 años recién cumplidos en noviembre, presidente desde 1990 del Consejo pontificio para la familia, y anteriormente arzobispo de Medellín. El purpurado colombiano fue, en efecto, uno de los protagonistas más destacados de Puebla, habiendo prestado un largo servicio en el Celam. Elegido secretario general del Celam en el cuatrienio 1972-1976, fue luego confirmado en su cargo para los cuatro años siguientes, hasta marzo de 1980. De 1980 a 1983 fue presidente del Celam.
«La tercera Conferencia latinoamericana de Puebla, en México, fue de importancia decisiva para la Iglesia de Latinoamérica», recuerda el cardenal López Trujillo. «El tema fue “La evangelización en el presente y futuro de América Latina”. El espíritu y el acicate de la Evangelii nuntiandi, documento de Pablo VI que no dudo en llamar excepcional, influyó grandemente en los trabajos de aquella Conferencia. Juan Pablo II afirmó que “la Iglesia de América Latina ha salido reforzada en su vigorosa unidad, en su identidad propia”».
Eminencia, la celebración de la Conferencia de Puebla estaba prevista para 1978. Pero aquel fue el año de los tres Papas, con la desaparición de Pablo VI y la repentina muerte de Juan Pablo I. ¿Esto creó alguna dificultad?
ALFONSO LÓPEZ TRUJILLO: ¡Desde luego! Algunos llegaron a pensar que se había de interpretar estos hechos como una señal de que la Providencia no quería la celebración de Puebla. Así que algunos trataron de obstaculizar su realización. Todo esto cuando ya todo estaba preparado. Pero en seguida se aclaró todo. Había muchos problemas sobre la mesa: era imposible no celebrar la Conferencia.
¿Iba muy adelantada la preparación con Pablo VI?
LÓPEZ TRUJILLO: Todo estaba listo para inaugurar la Conferencia el 12 de octubre de 1978. El Papa, que había convocado y seguido la preparación con la diligencia y la atención que le caracterizaban, fue llamado a la Casa del Padre cuando estábamos clausurando la última reunión de la presidencia de Puebla y del Celam, en Bogotá. Puede imaginarse el impacto. La noticia nos fue comunicada por el entonces nuncio en Colombia, el arzobispo –hoy cardenal– Eduardo Martínez Somalo, que colaboró mucho con el Celam en su preparación. Nos invadió la tristeza por la pérdida de un gran Pontífice, y también por lo que iba a ser de Puebla. De todos modos, decidimos que había que solicitar al nuevo Papa que volviera a convocar la Conferencia. Cosa que hizo Juan Pablo I.
¿Había pensado Pablo VI inaugurar personalmente la Conferencia?
LÓPEZ TRUJILLO: Si la salud y la edad se lo hubieran permitido, no dudo que lo habría hecho. En mayo de 1978, precisamente el 22, día en que se publicó mi nombramiento como arzobispo coadjutor de Medellín, el Papa recibió a la oficina de la presidencia de Puebla, yo incluido, que era el secretario. Nos acompañó también el cardenal Paolo Bertoli, consejero de la Comisión para América Latina. Al final de aquella inolvidable audiencia, en respuesta a la invitación para que inaugurara personalmente la Conferencia, el Papa respondió: «La Conferencia de Puebla la veré desde el Paraíso». Fue la última vez que vi a Pablo VI, el Pontífice que me había nombrado obispo y había estimulado mi servicio, con una comprensión que llevo en el corazón.

¿Cuándo había conocido a Pablo VI?
LÓPEZ TRUJILLO: Cuando vino a Colombia –fue el primer Papa que pisó América Latina–, para presidir el Congreso eucarístico y para inaugurar personalmente la Conferencia de Medellín, que tuvo lugar en la catedral de Bogotá. En aquella época yo era el encargado de la preparación del Congreso en lo relacionado con la pastoral. Para mí fue realmente una gracia, siendo un joven sacerdote como era entonces, besar sus manos en la nunciatura de Bogotá. Luego tuve la oportunidad de ser recibido en audiencia varias veces, como obispo auxiliar de Bogotá y como secretario del Celam. Mi admiración y gratitud hacia él es muy grande, y me animó mucho en mi trabajo en el Celam y en el campo de la Teología de la liberación.
¿Conocía a Albino Luciani antes de que se convirtiera en Papa?
LÓPEZ TRUJILLO: Personalmente, no. Cuando fue elegido pontífice, me llamó para lo de Puebla, que estaba a punto de empezar. Me concedió una larga audiencia sobre diversos aspectos de la Conferencia. Le interesaban especialmente varias cuestiones, como los ministerios laicos, algunos problemas de la Iglesia, los religiosos, la catequesis. El papa Juan Pablo I, en su cordialidad, quería información sobre varios puntos. Estaba preparando el mensaje inaugural televisado de la Conferencia, porque no pensaba participar personalmente. Había programado la grabación en dos momentos, porque –como supe después– no tenía costumbre de hablar durante mucho tiempo. Esto explica su estilo de intervenciones sintéticas y luminosas, como las publicadas en Illustrissimi, libro que había terminado de leer. Se cansaba cuando tenía que hablar demasiado, porque había tenido problemas pulmonares. Asombraba su amor por la Iglesia y su sencillez, que había impresionado al mundo. He ido dos veces a pronunciar conferencias al Centro creado en su diócesis y que lleva su nombre.
¿Conocía mucho al cardenal Wojtyla?
LÓPEZ TRUJILLO: Lo conocí más durante el Sínodo sobre la evangelización, del que el cardenal Wojtyla era relator general. Hay que recordar que fue el Sínodo del que salió la Evangelii nuntiandi. ýue un Sínodo clave porque se trataron, entre otros, puntos esenciales y problemáticas como los criterios para conseguir una genuina liberación cristiana, no hipotecada por ideologías: temáticas que fueron propuestas sobre todo por los delegados de Latiýoamérica y que eran casi completamente nuevas para quienes procedían de otras latitudes. También la cuestión de la inculturación, los matrimonios “coutumiers” que se practicaban en varias partes de África, las comunidades de base. Los criterios presentBdos por Pablo VI fueron un faro que iluminó todos los problemas.
Cuando luego la fumata blanca anunció la elección del cardenal Wojtyla, yo estaba en Roma, cerca del obelisco de la plaza de San Pedro. Iba acompañado por el padre Cipriano Calderón (que luego sería obispo y vicepresidente de la Comisión para América Latina), que curiosamente tenía en sus manos el libro Segno di contraddizione, que recogía los textos de los ejercicios espirituales predicados por el arzobispo de Cracovia en la Curia romana. ¡Para que vea lo que son los caminos de la Providencia!
¿Cuándo vio a Juan Pablo II para la preparación de Puebla?
LÓPEZ TRUJILLO: A decir verdad yo ya había informado a Karol Wojtyla sobre el tema antes de que fuera papa… Yo estaba en Roma con motivo del comienzo del pontificado de Juan Pablo I y al finalizar la Eucaristía me encontré en la salida de la sacristía de San Pedro con el cardenal Wojtyla, que estaba esperando un coche. Estaba lloviendo y le invité a que subiera al mío, pero él prefirió esperar. Mientras esperaba al chófer del cardenal, que tardó mucho porque había mucho tráfico por la lluvia, me hizo algunas preguntas sobre la Conferencia de Puebla. Me dio tiempo a informarle sobre diversos aspectos, sobre los puntos centrales que iban a debatirse, sobre el escenario de la Evangelii nuntiandi. Yo diría que la “información” fue suficiente, porque el coche tardó mucho en llegar. No imaginaba que, como secretario de Puebla, le estaba presentando una especie de relación al futuro Papa, que iba a inaugurar Puebla en el primero de sus viajes apostólicos que tan útiles han sido para el mundo.
¿Cómo se preparó el viaje del Papa?
LÓPEZ TRUJILLO: Fui llamado a Roma cuando el Papa convocó de nuevo la Conferencia de Puebla y se trazó el nuevo plan, postergando la fecha. El Celam estaba listo. Era evidente que el Papa tenía la intención de inaugurar la Conferencia, pero la decisión final presuponía que antes había que resolver varios problemas. Juan Pablo II consultó a sus colaboradores de la Curia romana, para quienes existían dificultades difíciles de superar. Por nuestra parte, es decir, por parte del Celam, deseábamos ardientemente este proyecto. Entre las cuestiones problemáticas estaba la falta de relaciones diplomáticas con México. El Papa sopesó todo y su firme decisión de participar puso en movimiento para la preparación del viaje a la Curia, al Celam, a la Iglesia de México, a toda América Latina. Que yo recuerde, fui el único del Celam que fue recibido por el Papa para preparar Puebla.

¿Cómo fue la inauguración¿ ¿Hubo que superar alguna dificultad no prevista?
LÓPEZ TRUJILLO: Tras la memorable concelebración en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, que fue memorable aunque tuviéramos que afrontar algunos problemas organizativos, nos reunimos para la celebración en Puebla frente a la multitud, y por la tarde para el discurso inaugural. El largo viaje duró tres horas, y el primer “papamóvil” improvisado, descapotable, le provocó a Juan Pablo II casi una insolación. Los médicos estaban preocupados, y recuerdo que sólo después de ingerir mucho líquido pudo el Papa pronunciar el célebre discurso de inauguración. Habló con profundidad y claridad. Fue el famoso “trípode” de Puebla: la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre. Fue la espina dorsal de la Conferencia.
¿Hubo momentos especialmente difíciles en la preparación y el desarrollo de Puebla?
LÓPEZ TRUJILLO: La preparación confiada al Celam fue un proceso intenso, participativo, normal, porque la unidad de los dirigentes era firme, la colaboración del equipo de reflexión, generosa, y la sintonía, sobre todo con los obispados, sólida. El presidente del Celam era el cardenal Aloísio Lorscheider, y los dirigentes preparamos juntos el documento de “consulta”, llamado documento verde por el color de las tapas, y una vez llegada la respuesta de los obispados, se preparó el documento de trabajo, para el cual invitamos también a algunos obispos no pertenecientes al Celam. Todo se desarrolló con normalidad, salvo algunas excepciones.
¿Cuáles?
LÓPEZ TRUJILLO: Había un grupo que se oponía a la celebración de Puebla, hubo incluso visitas intimidatorias al Vaticano para obstaculizar su preparación. Se llegó a decir que cinco obispados, entre ellos el de Brasil y Panamá, se oponían al documento de “consulta”. Y ello a pesar de que el documento todavía no se había distribuido a las Conferencias episcopales y que, por lo que respecta a Brasil, el cardenal Lorscheider, que presentaba el documento, era al mismo tiempo el presidente de la Conferencia episcopal de Brasil. Se trató de un montaje, que luego fue oportunamente aclarado por don Aloísio. Los obispados participaron plena y libremente, con plena conciencia. El equipo de reflexión con algunos miembros del Instituto teológico del Celam estudió puntos especialmente delicados, que fueron presentados como subsidios para Puebla, entre ellos el tema del martirio. Recibimos por parte de muchos una colaboración oportuna y preciosa. Esto no quiere decir que no hubiera voces discordantes, aunque pocas se hicieran oír públicamente, pero al final votaron todos unánimemente.
El principio era sólido: la Conferencia estaba presidida por los obispos, y el Celam se atuvo a este principio. Ni los expertos ni los grupos de presión los sustituyeron o limitaron su responsabilidad. Y no es casualidad que, sin rupturas, en serena continuidad, algunos meses después de Puebla me eligieran presidente del Celam.
Uno de los temas candentes de Puebla fue el de las llamadas comunidades de base y la Teología de la liberación.
LÓPEZ TRUJILLO: Puebla, al final, expresó su apoyo a las comunidades de base válidas, de carácter evangelizador, en comunión con los obispos. Pero advirtió que era necesario evitar su manipulación política y preservar su eclesialidad, dado que algunos interpretaban las comunidades de base como formadas por la “base” de la Iglesia popular. Con respecto a la Teología de la liberación, hay que recordar que bastantes optaron en América Latina por la vía violenta de la guerrilla, incluidos sacerdotes, religiosos, personas generosas pero engañadas por el mito marxista que, lejos de ayudar a redimir la pobreza, terminaba traicionándoles. Puebla, en cambio, significó el renacimiento mundial de la doctrina social, con la insistencia en la dignidad humana, la de los pobres y los pueblos oprimidos, explotados, heridos por las injusticias seculares.
Otro tema candente fue el de la opción preferencial por los pobres…
LÓPEZ TRUJILLO: Tanto durante la preparación como durante el desarrollo de la Conferencia se prestó especial atención a delinear los límites de la expresión, evitando una interpretación poco objetiva. Los obispos de Latinoamérica, tanto los que habían participado en el Concilio, como los que habían sido nombrados más recientemente, tenían una concepción suficiente de la doctrina social de la Iglesia. Trabajaban por los pobres, sin ceder frente a la difundida interpretación procedente del análisis marxista que los consideraba como la punta de la espada en la lucha de clase. En la anterior Conferencia de Medellín se había hecho una opción, no ideológica ni de apología de la violencia, pese a que algunos sometieran los textos de Medellín a caprichosas interpretaciones, a las que el Papa hizo alusión.
En Puebla, pues, se defendió la opción preferencial por los pobres, pero no reductiva, ni exclusiva ni excluyente. Esto no les gustó a los teólogos de la liberación…
¿Cuál fue la presencia y la postura de los teólogos de la liberación durante la Conferencia?
LÓPEZ TRUJILLO: Conviene recordar que en el Celam se hicieron múltiples esfuerzos de diálogo con los principales teólogos. Del equipo preparatorio, presidido por mí, formaba parte, por ejemplo, también Gustavo Gutiérrez. Los liberacionistas no participaron en la Conferencia en calidad de expertos o invitados porque se siguió el criterio, aprobado precedentemente, de que había que ser presentados por las Conferencias episcopales, cosa que no ocurrió con estas personas. La gran mayoría de los obispos mantenía claramente las distancias. De hecho hubo un grupo de presión en Puebla que tenía el propósito de influir desde el exterior, pero no tuvo repercusiones ni fue apoyado en su empresa ni en sus propósitos. Lo intentaron, pero sin resultados. Después del voto unánime del documento de Puebla se pusieron a criticar porque según ellos sería un paso atrás. Sólo después se convirtieron aparentemente, subrayando uno u otro punto.
El documento final de Puebla, pues, no estuvo influido por las reflexiones elaboradas por los teólogos de la liberación.
LÓPEZ TRUJILLO: En realidad trataron de influir, pero sin resultados. Los textos claros sobre la Teología de la liberación fueron escritos, como todos sabían, por dom Hélder Cámara y por mí. Hablo de los números 480-490 del documento final. Recibieron la plena aprobación de la Conferencia. En aquel texto no se condena la teología de la liberación cristiana auténtica y genuina. Todo lo contrario. Sin embargo, se reprueba sin medias tintas la deriva ideológica hacia el marxismo. Permítame que lea el número 486: «Es una liberación que sabe utilizar medios evangélicos, con su peculiar eficacia y que no acude a ninguna clase de violencia ni a la dialéctica de la lucha de clases, sino a la vigorosa energía y acción de los cristianos». Este fue el sentimiento predominante, y por lo mismo, unánime, en el documento. La genuina teología de la liberación sufriría de falta de originalidad si quedara atrapada y manipulada por las ideologías (cfr. N. 483).
¿Se ha entrevistado recientemente con algún teólogo de la liberación?
LÓPEZ TRUJILLO: Personalmente éramos amigos, incluso en el equipo. En este campo no hubo rupturas personales. Sobre el tema de la Teología de la liberación he escrito bastante, concentrándome siempre en los contenidos, no en las personas. Hace algunas semanas me encontré por casualidad con Gustavo Gutiérrez en la librería de las Paoline, en vía de la Conciliazione. Fue un encuentro muy cordial, recordamos los viejos tiempos. Pese a tener siete u ocho años más que yo, nos conocíamos ya antes de que yo fuera ordenado sacerdote, porque yo era presidente de la Acción católica de Bogotá antes de entrar en el seminario, y él era activo también en este campo. Es bien conocido que en el tema en cuestión nuestras posturas no coincidían. Y, a decir verdad, que yo sepa no ofreció la rectificación que se le había pedido sobre ciertos temas…
¿Qué se espera de una nueva Conferencia, a cincuenta años de la fundación del Celam?
LÓPEZ TRUJILLO: Espero que sea una Conferencia arraigada en el pasado, en la realidad actual y muy abierta al futuro, a los grandes problemas de la Iglesia del continente y del mundo. No debería dar demasiado espacio a ciertos temas que se debaten en Europa y que no tienen muy en consideración la misión, que se dedican a airear problemas, generalmente no fundados, como el llamado “centralismo romano”, o propugnan una ambigua noción de colegialidad, casi contraponiendo al Papa y los obispos.
Algunos han dicho que en Europa la amenaza es el nuevo paganismo. Este es también un peligro en América Latina, como se puede ver hoy especialmente en algunos Parlamentos e instituciones. La Iglesia latinoamericana, por ello, tiene una gran responsabilidad histórica: no sólo por el peso numérico que posee, sino, sobre todo, por el cualitativo, por la identidad, la comunión y el fervor de la evangelización que la caracteriza.

Alfonso López Trujillo
«La tercera Conferencia latinoamericana de Puebla, en México, fue de importancia decisiva para la Iglesia de Latinoamérica», recuerda el cardenal López Trujillo. «El tema fue “La evangelización en el presente y futuro de América Latina”. El espíritu y el acicate de la Evangelii nuntiandi, documento de Pablo VI que no dudo en llamar excepcional, influyó grandemente en los trabajos de aquella Conferencia. Juan Pablo II afirmó que “la Iglesia de América Latina ha salido reforzada en su vigorosa unidad, en su identidad propia”».
Eminencia, la celebración de la Conferencia de Puebla estaba prevista para 1978. Pero aquel fue el año de los tres Papas, con la desaparición de Pablo VI y la repentina muerte de Juan Pablo I. ¿Esto creó alguna dificultad?
ALFONSO LÓPEZ TRUJILLO: ¡Desde luego! Algunos llegaron a pensar que se había de interpretar estos hechos como una señal de que la Providencia no quería la celebración de Puebla. Así que algunos trataron de obstaculizar su realización. Todo esto cuando ya todo estaba preparado. Pero en seguida se aclaró todo. Había muchos problemas sobre la mesa: era imposible no celebrar la Conferencia.
¿Iba muy adelantada la preparación con Pablo VI?
LÓPEZ TRUJILLO: Todo estaba listo para inaugurar la Conferencia el 12 de octubre de 1978. El Papa, que había convocado y seguido la preparación con la diligencia y la atención que le caracterizaban, fue llamado a la Casa del Padre cuando estábamos clausurando la última reunión de la presidencia de Puebla y del Celam, en Bogotá. Puede imaginarse el impacto. La noticia nos fue comunicada por el entonces nuncio en Colombia, el arzobispo –hoy cardenal– Eduardo Martínez Somalo, que colaboró mucho con el Celam en su preparación. Nos invadió la tristeza por la pérdida de un gran Pontífice, y también por lo que iba a ser de Puebla. De todos modos, decidimos que había que solicitar al nuevo Papa que volviera a convocar la Conferencia. Cosa que hizo Juan Pablo I.
¿Había pensado Pablo VI inaugurar personalmente la Conferencia?
LÓPEZ TRUJILLO: Si la salud y la edad se lo hubieran permitido, no dudo que lo habría hecho. En mayo de 1978, precisamente el 22, día en que se publicó mi nombramiento como arzobispo coadjutor de Medellín, el Papa recibió a la oficina de la presidencia de Puebla, yo incluido, que era el secretario. Nos acompañó también el cardenal Paolo Bertoli, consejero de la Comisión para América Latina. Al final de aquella inolvidable audiencia, en respuesta a la invitación para que inaugurara personalmente la Conferencia, el Papa respondió: «La Conferencia de Puebla la veré desde el Paraíso». Fue la última vez que vi a Pablo VI, el Pontífice que me había nombrado obispo y había estimulado mi servicio, con una comprensión que llevo en el corazón.

Juan Pablo II es recibido con júbilo en Puebla por los fieles mexicanos durante su primer viaje apostólico
LÓPEZ TRUJILLO: Cuando vino a Colombia –fue el primer Papa que pisó América Latina–, para presidir el Congreso eucarístico y para inaugurar personalmente la Conferencia de Medellín, que tuvo lugar en la catedral de Bogotá. En aquella época yo era el encargado de la preparación del Congreso en lo relacionado con la pastoral. Para mí fue realmente una gracia, siendo un joven sacerdote como era entonces, besar sus manos en la nunciatura de Bogotá. Luego tuve la oportunidad de ser recibido en audiencia varias veces, como obispo auxiliar de Bogotá y como secretario del Celam. Mi admiración y gratitud hacia él es muy grande, y me animó mucho en mi trabajo en el Celam y en el campo de la Teología de la liberación.
¿Conocía a Albino Luciani antes de que se convirtiera en Papa?
LÓPEZ TRUJILLO: Personalmente, no. Cuando fue elegido pontífice, me llamó para lo de Puebla, que estaba a punto de empezar. Me concedió una larga audiencia sobre diversos aspectos de la Conferencia. Le interesaban especialmente varias cuestiones, como los ministerios laicos, algunos problemas de la Iglesia, los religiosos, la catequesis. El papa Juan Pablo I, en su cordialidad, quería información sobre varios puntos. Estaba preparando el mensaje inaugural televisado de la Conferencia, porque no pensaba participar personalmente. Había programado la grabación en dos momentos, porque –como supe después– no tenía costumbre de hablar durante mucho tiempo. Esto explica su estilo de intervenciones sintéticas y luminosas, como las publicadas en Illustrissimi, libro que había terminado de leer. Se cansaba cuando tenía que hablar demasiado, porque había tenido problemas pulmonares. Asombraba su amor por la Iglesia y su sencillez, que había impresionado al mundo. He ido dos veces a pronunciar conferencias al Centro creado en su diócesis y que lleva su nombre.
¿Conocía mucho al cardenal Wojtyla?
LÓPEZ TRUJILLO: Lo conocí más durante el Sínodo sobre la evangelización, del que el cardenal Wojtyla era relator general. Hay que recordar que fue el Sínodo del que salió la Evangelii nuntiandi. ýue un Sínodo clave porque se trataron, entre otros, puntos esenciales y problemáticas como los criterios para conseguir una genuina liberación cristiana, no hipotecada por ideologías: temáticas que fueron propuestas sobre todo por los delegados de Latiýoamérica y que eran casi completamente nuevas para quienes procedían de otras latitudes. También la cuestión de la inculturación, los matrimonios “coutumiers” que se practicaban en varias partes de África, las comunidades de base. Los criterios presentBdos por Pablo VI fueron un faro que iluminó todos los problemas.
Cuando luego la fumata blanca anunció la elección del cardenal Wojtyla, yo estaba en Roma, cerca del obelisco de la plaza de San Pedro. Iba acompañado por el padre Cipriano Calderón (que luego sería obispo y vicepresidente de la Comisión para América Latina), que curiosamente tenía en sus manos el libro Segno di contraddizione, que recogía los textos de los ejercicios espirituales predicados por el arzobispo de Cracovia en la Curia romana. ¡Para que vea lo que son los caminos de la Providencia!
¿Cuándo vio a Juan Pablo II para la preparación de Puebla?
LÓPEZ TRUJILLO: A decir verdad yo ya había informado a Karol Wojtyla sobre el tema antes de que fuera papa… Yo estaba en Roma con motivo del comienzo del pontificado de Juan Pablo I y al finalizar la Eucaristía me encontré en la salida de la sacristía de San Pedro con el cardenal Wojtyla, que estaba esperando un coche. Estaba lloviendo y le invité a que subiera al mío, pero él prefirió esperar. Mientras esperaba al chófer del cardenal, que tardó mucho porque había mucho tráfico por la lluvia, me hizo algunas preguntas sobre la Conferencia de Puebla. Me dio tiempo a informarle sobre diversos aspectos, sobre los puntos centrales que iban a debatirse, sobre el escenario de la Evangelii nuntiandi. Yo diría que la “información” fue suficiente, porque el coche tardó mucho en llegar. No imaginaba que, como secretario de Puebla, le estaba presentando una especie de relación al futuro Papa, que iba a inaugurar Puebla en el primero de sus viajes apostólicos que tan útiles han sido para el mundo.
¿Cómo se preparó el viaje del Papa?
LÓPEZ TRUJILLO: Fui llamado a Roma cuando el Papa convocó de nuevo la Conferencia de Puebla y se trazó el nuevo plan, postergando la fecha. El Celam estaba listo. Era evidente que el Papa tenía la intención de inaugurar la Conferencia, pero la decisión final presuponía que antes había que resolver varios problemas. Juan Pablo II consultó a sus colaboradores de la Curia romana, para quienes existían dificultades difíciles de superar. Por nuestra parte, es decir, por parte del Celam, deseábamos ardientemente este proyecto. Entre las cuestiones problemáticas estaba la falta de relaciones diplomáticas con México. El Papa sopesó todo y su firme decisión de participar puso en movimiento para la preparación del viaje a la Curia, al Celam, a la Iglesia de México, a toda América Latina. Que yo recuerde, fui el único del Celam que fue recibido por el Papa para preparar Puebla.

Juan Pablo II interviene en la tercera Conferencia general del Celam el 28 de enero de 1979. En primer plano puede verse al entonces arzobispo Alfonso López Trujillo
LÓPEZ TRUJILLO: Tras la memorable concelebración en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, que fue memorable aunque tuviéramos que afrontar algunos problemas organizativos, nos reunimos para la celebración en Puebla frente a la multitud, y por la tarde para el discurso inaugural. El largo viaje duró tres horas, y el primer “papamóvil” improvisado, descapotable, le provocó a Juan Pablo II casi una insolación. Los médicos estaban preocupados, y recuerdo que sólo después de ingerir mucho líquido pudo el Papa pronunciar el célebre discurso de inauguración. Habló con profundidad y claridad. Fue el famoso “trípode” de Puebla: la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre. Fue la espina dorsal de la Conferencia.
¿Hubo momentos especialmente difíciles en la preparación y el desarrollo de Puebla?
LÓPEZ TRUJILLO: La preparación confiada al Celam fue un proceso intenso, participativo, normal, porque la unidad de los dirigentes era firme, la colaboración del equipo de reflexión, generosa, y la sintonía, sobre todo con los obispados, sólida. El presidente del Celam era el cardenal Aloísio Lorscheider, y los dirigentes preparamos juntos el documento de “consulta”, llamado documento verde por el color de las tapas, y una vez llegada la respuesta de los obispados, se preparó el documento de trabajo, para el cual invitamos también a algunos obispos no pertenecientes al Celam. Todo se desarrolló con normalidad, salvo algunas excepciones.
¿Cuáles?
LÓPEZ TRUJILLO: Había un grupo que se oponía a la celebración de Puebla, hubo incluso visitas intimidatorias al Vaticano para obstaculizar su preparación. Se llegó a decir que cinco obispados, entre ellos el de Brasil y Panamá, se oponían al documento de “consulta”. Y ello a pesar de que el documento todavía no se había distribuido a las Conferencias episcopales y que, por lo que respecta a Brasil, el cardenal Lorscheider, que presentaba el documento, era al mismo tiempo el presidente de la Conferencia episcopal de Brasil. Se trató de un montaje, que luego fue oportunamente aclarado por don Aloísio. Los obispados participaron plena y libremente, con plena conciencia. El equipo de reflexión con algunos miembros del Instituto teológico del Celam estudió puntos especialmente delicados, que fueron presentados como subsidios para Puebla, entre ellos el tema del martirio. Recibimos por parte de muchos una colaboración oportuna y preciosa. Esto no quiere decir que no hubiera voces discordantes, aunque pocas se hicieran oír públicamente, pero al final votaron todos unánimemente.
El principio era sólido: la Conferencia estaba presidida por los obispos, y el Celam se atuvo a este principio. Ni los expertos ni los grupos de presión los sustituyeron o limitaron su responsabilidad. Y no es casualidad que, sin rupturas, en serena continuidad, algunos meses después de Puebla me eligieran presidente del Celam.
Uno de los temas candentes de Puebla fue el de las llamadas comunidades de base y la Teología de la liberación.
LÓPEZ TRUJILLO: Puebla, al final, expresó su apoyo a las comunidades de base válidas, de carácter evangelizador, en comunión con los obispos. Pero advirtió que era necesario evitar su manipulación política y preservar su eclesialidad, dado que algunos interpretaban las comunidades de base como formadas por la “base” de la Iglesia popular. Con respecto a la Teología de la liberación, hay que recordar que bastantes optaron en América Latina por la vía violenta de la guerrilla, incluidos sacerdotes, religiosos, personas generosas pero engañadas por el mito marxista que, lejos de ayudar a redimir la pobreza, terminaba traicionándoles. Puebla, en cambio, significó el renacimiento mundial de la doctrina social, con la insistencia en la dignidad humana, la de los pobres y los pueblos oprimidos, explotados, heridos por las injusticias seculares.
Otro tema candente fue el de la opción preferencial por los pobres…
LÓPEZ TRUJILLO: Tanto durante la preparación como durante el desarrollo de la Conferencia se prestó especial atención a delinear los límites de la expresión, evitando una interpretación poco objetiva. Los obispos de Latinoamérica, tanto los que habían participado en el Concilio, como los que habían sido nombrados más recientemente, tenían una concepción suficiente de la doctrina social de la Iglesia. Trabajaban por los pobres, sin ceder frente a la difundida interpretación procedente del análisis marxista que los consideraba como la punta de la espada en la lucha de clase. En la anterior Conferencia de Medellín se había hecho una opción, no ideológica ni de apología de la violencia, pese a que algunos sometieran los textos de Medellín a caprichosas interpretaciones, a las que el Papa hizo alusión.
En Puebla, pues, se defendió la opción preferencial por los pobres, pero no reductiva, ni exclusiva ni excluyente. Esto no les gustó a los teólogos de la liberación…
¿Cuál fue la presencia y la postura de los teólogos de la liberación durante la Conferencia?
LÓPEZ TRUJILLO: Conviene recordar que en el Celam se hicieron múltiples esfuerzos de diálogo con los principales teólogos. Del equipo preparatorio, presidido por mí, formaba parte, por ejemplo, también Gustavo Gutiérrez. Los liberacionistas no participaron en la Conferencia en calidad de expertos o invitados porque se siguió el criterio, aprobado precedentemente, de que había que ser presentados por las Conferencias episcopales, cosa que no ocurrió con estas personas. La gran mayoría de los obispos mantenía claramente las distancias. De hecho hubo un grupo de presión en Puebla que tenía el propósito de influir desde el exterior, pero no tuvo repercusiones ni fue apoyado en su empresa ni en sus propósitos. Lo intentaron, pero sin resultados. Después del voto unánime del documento de Puebla se pusieron a criticar porque según ellos sería un paso atrás. Sólo después se convirtieron aparentemente, subrayando uno u otro punto.
El documento final de Puebla, pues, no estuvo influido por las reflexiones elaboradas por los teólogos de la liberación.
LÓPEZ TRUJILLO: En realidad trataron de influir, pero sin resultados. Los textos claros sobre la Teología de la liberación fueron escritos, como todos sabían, por dom Hélder Cámara y por mí. Hablo de los números 480-490 del documento final. Recibieron la plena aprobación de la Conferencia. En aquel texto no se condena la teología de la liberación cristiana auténtica y genuina. Todo lo contrario. Sin embargo, se reprueba sin medias tintas la deriva ideológica hacia el marxismo. Permítame que lea el número 486: «Es una liberación que sabe utilizar medios evangélicos, con su peculiar eficacia y que no acude a ninguna clase de violencia ni a la dialéctica de la lucha de clases, sino a la vigorosa energía y acción de los cristianos». Este fue el sentimiento predominante, y por lo mismo, unánime, en el documento. La genuina teología de la liberación sufriría de falta de originalidad si quedara atrapada y manipulada por las ideologías (cfr. N. 483).
¿Se ha entrevistado recientemente con algún teólogo de la liberación?
LÓPEZ TRUJILLO: Personalmente éramos amigos, incluso en el equipo. En este campo no hubo rupturas personales. Sobre el tema de la Teología de la liberación he escrito bastante, concentrándome siempre en los contenidos, no en las personas. Hace algunas semanas me encontré por casualidad con Gustavo Gutiérrez en la librería de las Paoline, en vía de la Conciliazione. Fue un encuentro muy cordial, recordamos los viejos tiempos. Pese a tener siete u ocho años más que yo, nos conocíamos ya antes de que yo fuera ordenado sacerdote, porque yo era presidente de la Acción católica de Bogotá antes de entrar en el seminario, y él era activo también en este campo. Es bien conocido que en el tema en cuestión nuestras posturas no coincidían. Y, a decir verdad, que yo sepa no ofreció la rectificación que se le había pedido sobre ciertos temas…
¿Qué se espera de una nueva Conferencia, a cincuenta años de la fundación del Celam?
LÓPEZ TRUJILLO: Espero que sea una Conferencia arraigada en el pasado, en la realidad actual y muy abierta al futuro, a los grandes problemas de la Iglesia del continente y del mundo. No debería dar demasiado espacio a ciertos temas que se debaten en Europa y que no tienen muy en consideración la misión, que se dedican a airear problemas, generalmente no fundados, como el llamado “centralismo romano”, o propugnan una ambigua noción de colegialidad, casi contraponiendo al Papa y los obispos.
Algunos han dicho que en Europa la amenaza es el nuevo paganismo. Este es también un peligro en América Latina, como se puede ver hoy especialmente en algunos Parlamentos e instituciones. La Iglesia latinoamericana, por ello, tiene una gran responsabilidad histórica: no sólo por el peso numérico que posee, sino, sobre todo, por el cualitativo, por la identidad, la comunión y el fervor de la evangelización que la caracteriza.