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REPORTAJE
Sacado del n. 01 - 2004

TURQUÍA. Campanas y alminares

Crónicas de Antioquía


La aventura diaria de un fraile italiano y una pequeña comunidad de católicos y ortodoxos en la ciudad donde vivieron Pedro y Pablo, Bernabé y Lucas, y donde «por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos»


por Gianni Valente


La pequeña campana católica que repica bajo la alta torre de los muecines de la mezquita Sarimyie, entre las callejas de la ciudad vieja, a lado de la Kurtulus Caddesi, puede coger de sorpresa al viajero occidental, aturdido por las ráfagas de fobia antislámica que desde hace años soplan en el norte del mundo. Hay otras iglesias y capillas a la sombra de los alminares aquí en Turquía, en Tierra Santa y en muchos países con mayoría musulmana. Lo que en cambio hace que sea única por siempre Antakya, deformación turca del antiguo nombre de Antioquía del Orontes, sucedió hace casi dos mil años y está escrito en los Hechos de los apóstoles. Donde se narra que aquí los discípulos de Cristo, que antes «no predicaban la Palabra a nadie más que a los judíos», por primera vez «venidos a Antioquía, hablaban también a los griegos y les anunciaban la Buena Nueva del Señor Jesús». Noticia que planteó preguntas en la comunidad apostólica de Jerusalén, que decidió enviar a Bernabé a echar un vistazo a esa inédita Iglesia florecida entre los paganos. «Cuando llegó y vio la gracia de Dios se alegró… En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos».
Los restos arqueológicos del antiguo puerto de Seleucia (hoy Samandag), a treinta kilómetros de Antioquía, de donde salió Pablo para sus viajes apostólicos

Los restos arqueológicos del antiguo puerto de Seleucia (hoy Samandag), a treinta kilómetros de Antioquía, de donde salió Pablo para sus viajes apostólicos

Ahora cinco patriarcas (tres católicos de rito oriental, un ortodoxo y un siro-jacobita) llevan el título de la ciudad donde nació Lucas, el médico griego evangelista, donde vivieron una temporada Pablo y Bernabé y donde fue obispo san Pedro antes de ir a Roma para luego morir martirizado en la colina del Vaticano. Pero ninguno de los cinco vive en la ciudad. Aquí, en su pequeño mundo, el único verdadero “sucesor de Pedro” es el padre Domenico, enjuto fraile capuchino de Módena, que comparte sin celos este primado sobre el terreno con el abuna Boulos de la vecina parroquia ortodoxa. Llegó a finales de los años ochenta a la ciudad antaño cosmopolita que los franceses cedieron en 1939 a los turcos con toda la región siria de Hatay, para garantizarse su neutralidad en el incipiente conflicto mundial. Ha ido arreglando dos viejas casas derruidas del antiguo barrio judío, donde probablemente se concentraban las viviendas de los primeros cristianos de aquí, y donde ahora viven solo los más pobres, porque quien puede escapa hacia los feos bloques de casas construidos en la otra orilla del Orontes. Sobre la puerta ha colocado una lápida de mármol que dice Türk Katolik Kilisesi, que quiere decir iglesia católica turca, para hacer saber a todo el mundo que no es asunto de extranjeros. Y desde aquel momento, en torno a la casa-iglesia del padre Domenico se ha ido desarrollando un entramado de amistades inesperadas, encuentros casuales, pequeños golpes de efecto diarios, que él comparte con sus colaboradoras: Germana, una descoyuntada religiosa de Roma, y Mariagrazia, una consagrada llegada de Milán.
Hay que darle las gracias, ante todo, al genial arquitecto musulmán alawita que ha restaurado la casa, recuperando el estilo oriental arabesco de las viejas residencias señoriles de Antioquía, pórticos y columnas, ventanas decoradas y pozos de piedra, terrazas almenadas. Así la casa se ha convertido en una de las atracciones de la ciudad. La alcaldesa lleva a sus huéspedes ilustres, cuando quiere quedar bien. Por allí pasan ministros y autoridades de visita a la ciudad, estirados generales con sus mujeres, comitivas de peregrinos occidentales, estudiantes con velo procedentes de Konya, la fortaleza de los integristas en Turquía. Y muchos viajeros solitarios que se mueven siguiendo las huellas de Pablo o en el camino de Jerusalén. Los clanes familiares musulmanes y también los judíos, después de los ritos de circuncisión, piden permiso para hacer la fiesta en el patio de la casa, en medio de naranjos y pomelos perfumados.

En Turquía la Iglesia
existe y basta
En la época de Pedro y Pablo, de Bernabé y Lucas, Antioquía era «la ciudad de los juegos públicos, de las danzas, de las fiestas y de las bacanales […] Una chusma increíble de charlatanes, vendedores de feria, comerciantes, bufones, encantadores, brujos, sacerdotes embaucadores, bailarinas, héroes de circo y de teatro» (Renan). En cambio, la frágil y singular aventura cristiana del padre Domenico y de sus amigos se desenvuelve en la enigmática Turquía de hoy, al mismo tiempo occidental y asiática, laica y musulmana, democrática y, sin embargo, estrechamente controlada por los aparatos militares y policiales.
La actual Antioquía vista desde el monte Silpius

La actual Antioquía vista desde el monte Silpius

Hay quien lamenta las dificultades y los límites que condicionan la presencia católica en tierra turca, entre la presión social islámica y la impronta laicista de la legislación, que no reconoce un status jurídico definido a la Iglesia católica, de modo que las obras y las propiedades católicas flotan en una existencia legalmente incierta, amenazada por la invasiva burocracia. Domenico no se preocupa más de lo debido. «En Turquía», dice, «la Iglesia jurídicamente no existe: está aquí y basta». No acostumbra a desgranar alarmismos sobre la condición “discriminada” de las minorías cristianas locales: «Estamos controlados, ¿y qué? Si se respetan las leyes, es más fácil trabajar y resolver los problemas». Domenico y sus colaboradores aluden a la vida y los problemas de cada día en Crónica de Antioquía, una especie de diario colectivo que publican cada año y envían a los muchos amigos conocidos en todas las partes del mundo. También en las pocas páginas de la crónica recién publicada, la de 2003, se habla de filas en las oficinas públicas para obtener permisos, y del candor astuto con el que Domenico aprovecha cada ocasión para cultivar buenas relaciones con las autoridades ciudadanas, en primer lugar con la alcaldesa, «que el año que viene espera ser elegida» y ha ilustrado su primer manifiesto electoral con la foto de su audiencia con el Papa, que el capuchino de Módena le organizó hace un par de años. Pero por estas ligeras páginas pasa un poco toda la vida ordinaria de esta zona de Turquía con sus claroscuros, los pequeños y grandes obstáculos, los encuentros casuales, el trabajo de todos. Como el episodio del pasado 15 de septiembre: «Turquía vive una larga y dolorosa crisis económica, escribe el padre Domenico, «y todo el mundo la sufre diariamente. Lo que me ha pasado hoy parece un chiste, pero por desgracia es verdad. A primeras horas de la tarde llega una distinguida señorita acompañada por dos hombres, uno bastante patibulario. Me dice que viene de Ankara. Necesita una bendición especial y me pide que no se la niegue. Primero me dice que trabaja en un sitio con mucha gente, muy difícil… luego me dice que se trata de un prostíbulo. Desde hace un poco de tiempo la clientela ha disminuido notablemente y no sabe explicarse el porqué, por eso me pide que le dé una bendición y que rece sobre su cabeza. También el Señor fue muy misericordioso con estas mujeres, por eso también yo rezo por ella […] Así que la crisis económica ha tocado también este sector».
En esta vida ordinaria, sin saltar a la vista, sin proclamas misioneros o proselitismos llamativos, todo puede ser útil y hacer crecer lo vivo. Como el dinero que la diócesis de Padua pone a disposición «para comprar el apartamento que linda con nuestro jardín. En tres días hemos concluido la compra. Ahora hay que arreglarlo lo antes posible para poder alojar a tres o cuatro familias cristianas pobres. La llamaremos la “Casa de San Lucas”. Ahora también la diócesis de Padua, que conserva las reliquias de este evangelista, puede decir que ha vuelto a esta ciudad».
En el mismo barrio donde probablemente se concentraban las domus ecclesiae, las casas privadas de los ricos como Lucas donde se reunían los primeros cristianos, en la antigua ciudad dominada por el popurrí de los cultos extraños de Oriente, los pocos cristianos de hoy se reúnen para rezar y leer el Evangelio en sus modestas casas, en medio de los ritos y los rituales sociales y religiosos de la comunidad islámica. Como el Kurban Bayram, o fiesta del sacrifico, el rito veterotestamentario con el que se recuerda la intervención divina que detuvo la mano de Abraham. «Por motivos higiénicos y de “buena educación”», se lee en la crónica del 11 de febrero, «el Ayuntamiento ha establecido lugares apropiados y lejos de los niños para los sacrificios. La verdad es que a pesar de las costosas multas pocos respetan esta prescripción. Nuestros vecinos degüellan un macho cabrío justo delante de la puerta de entrada de nuestro jardín. Así que también nosotros, queramos o no, participamos en este rito… con su derramamiento de sangre por todas partes».

Un panadero en el bazar de la ciudad. La leyenda sobre el horno dice: Alá grande y misericordioso

Un panadero en el bazar de la ciudad. La leyenda sobre el horno dice: Alá grande y misericordioso

La comunión también
a los ortodoxos
A fray Basilio de Novara, el primer capuchino que llegó a estas zonas a mediados del siglo XIX, le mataron después de un año. Unos sicarios musulmanes lo degollaron instigados por algún hermano cristiano oriental celoso. En esto Domenico tiene más suerte. De los ochenta jóvenes y adultos que asisten asiduamente a la misa que celebra el sábado por la tarde, hay caldeos, armenios, sirios, catecúmenos que se preparan al bautismo (y que dejan la celebración antes de que comience la liturgia eucarística). Pero sobre todo ortodoxos, ligados al patriarcado de Antioquía, cuyo obispo reside en Aleppo, Siria. Hace cuatro años cuando el patriarca Ignatios de Antioquía, residente en Damasco, fue a visitar la ciudad de la que lleva el título, Domenico le habló de esos jóvenes ortodoxos que tomaban la comunión de las manos de un sacerdote católico. «El Señor te recompensará siempre por estas obras», fue el comentario del patriarca. Aquí los cristianos son cuatro gatos, así que están de más las riñas por presuntos o reales proselitismos. Pero sorprende que uno de los catequistas más comprometidos en el Camino neocatecumenal en que se inspira la parroquia sea el hijo de Boulos, el pope ortodoxo. El pope no pierde ocasión, cuando tiene huéspedes católicos, para entonar, bajo la bóveda de su iglesia consagrada también a San Pedro y San Pablo, el himno Pange lingua de santo Tomás de Aquino, y darle gracias al Papa «porque me han dicho que también en la última encíclica ha repetido que los ortodoxos pueden tomar la eucaristía en las misas católicas». Lo cual es una síntesis como poco apresurada de los 62 párrafos de la encíclica Ecclesia de Eucharistia. Pero funciona bien, y confirma la comunión real que viven sobre el terreno los cristianos de Antioquía, católicos y ortodoxos. Desde 1988, con un permiso concedido ad experimentum por la Santa Sede, los católicos de Antioquía celebran la Pascua en el día fijado por el calendario ortodoxo. Por lo menos aquí ha desaparecido la discordancia de fechas en las celebraciones pascuales que en todo Oriente Medio se plantea como fácil argumento para echar en cara a los cristianos sus divisiones. Durante todo el año Domenico y Boulos colaboran como párrocos de dos iglesias vecinas. Participan juntos en vigilias y liturgias. Van juntos a tratar con los gobernantes y oficinas del gobierno. Administran en común las obras de caridad, como las 17 casas para pobres y ancianos que se piensan construir con el apoyo de la Caritas italiana. Y el 29 de junio, fiesta de san Pedro y san Pablo, todos juntos suben al monte Silpius, a la Gruta de Pedro, la iglesia rural ahora convertida en sucursal del museo local, que los sectarios guías turísticos locales señalan como la primera iglesia del mundo dedicada al Príncipe de los apóstoles. Allí, entre banderas turcas y grandes fotos de Ataturk, después de que la banda ha tocado el himno nacional, se leen pasajes del Evangelio y de los Hechos de los apóstoles. Todo ello ante el nuncio, los obispos católicos y ortodoxos, y las autoridades ciudadanas, incluidos el rabino y el muftí, que en el año 2000 aprovechó la situación y largó una inopinada apología del Corán y del Profeta.

La campana de la parroquia antioqueña de San Pedro y San Pablo, con el alminar de la mezquita en el fondo

La campana de la parroquia antioqueña de San Pedro y San Pablo, con el alminar de la mezquita en el fondo

Me enfrente a Pedro
ante todos
Aquella vez Domenico se enfadó, pero se le pasó enseguida. No se le pasa en cambio su irritación por el estado de abandono de la Gruta de Pedro, aún más evidente tras las burdas obras de restauración recientes. Desde 1967, por voluntad de Pablo VI, se puede lucrar la indulgencia plenaria visitando en peregrinación la húmeda y destartalada gruta santa, única huella histórica que queda de la antigua Antioquía cristiana, la “Reina de Oriente que competía con Roma”, Alejandría, Jerusalén y Constantinopla en la época de la Pentarquía. Y donde en los primeros siglos santos teólogos defendieron la fe en la humanidad íntegra de Cristo del veneno oculto de las herejías gnósticas. La iglesia rural conserva aún la fisionomía que le dieron los cruzados, que conquistaron Antioquía en 1098. Pero ya los bizantinos habían transformado en capilla el lugar donde se reunían los primeros cristianos en los periodos de persecución. Cuando la fuente de agua que aún hoy mana se usaba como pila bautismal y era útil también como simple reserva de agua durante los tiempos difíciles, y las galerías de la montaña eran providenciales caminos para escapar. En cambio, la estatua de Pedro y el trono de mármol que está detrás del altar son un legado de los franceses en los años de su protectorado. Signos postizos y descalabrados que aluden a Antioquía como Sedes Petri, ciudad donde Pedro ejerció durante algunos años su mandato de jefe de la Iglesia. Tampoco Domenico y sus amigos creen que el apóstol haya vivido en la cueva inhóspita que lleva su nombre. Pero que vivió en Antioquía es indiscutible. Lo dice Pablo en la Carta a los Gálatas, narrando el altercado que tuvieron («Cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara porque era digno de represión») que por sí solo basta para marcar la distancia incomparable entre la tarea encomendada a Pedro (y a sus sucesores) y todos los poderes religiosos paridos por la historia humana.
Había ocurrido que Pedro, primero cordial con los paganos de la ciudad que se habían convertido, comenzó a «recatarse y separase por temor de los circuncisos», algunos cristianos de procedencia judía llegados de Jerusalén que creían que la salvación no era posible para quien no observase la ley mosaica. «Y los demás judíos le imitaron en su simulación, hasta el punto de que el mismo Bernabé se vio arrastrado por la simulación de ellos». Por eso Pablo se enfrentó a Pedro, para que no fuera cómplice de los «falsos hermanos que solamente se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin de reducirnos a esclavitud». Pues «por las obras de la ley nadie será justificado». Porque «si por la ley se obtuviera la justificación entonces hubiera muerto Cristo en vano». Cuando los apóstoles y los ancianos debatieron la cuestión en Jerusalén durante el primer Concilio de la Iglesia, la carta apostólica que de allí salió fue enviada en primer lugar a la comunidad de Antioquía: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. […] Adiós».
También hoy en Antioquía ocurre que uno se convierte saboreando algo de esa libertad por la que Pablo se enfrentó a Pedro. Una ganancia fácil. Sin condiciones religiosas, étnicas y culturales previas. Como refiere Betul, que hoy se hace llamar Benita. Poýque considera «una suerte especial» haber nacido en la ciudad islámica donde vivieron Lucas y Pablo, Bernabé y Pedro, Ignacio y Crisóstomo, «visto que sin ellos quizá no me hubiera convertido». Es una suerte aún mayor haber sido bautizada a los cuarenta años, y participar en una historia donde «para pedir todo al Señor ya no hace falta abluciones ni sacrificios».


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