La ordenación del primer obispo chino públicamente nombrado por el Papa después del nacimiento de la República Popular
Superar murallas
por Gianni Valente
La ordenación del primer obispo públicamente nombrado
en China por el Papa desde los tiempos del nacimiento de la República Popular
se desarrolló de una manera totalmente china. En Hengshui, en la provincia de
Hebei, los sacerdotes y los laicos de la diócesis entablaron una larga y franca
negociación, que terminó sólo poco antes de la ceremonia, para concordar con
las autoridades políticas el modo de realizar la liturgia de ordenación del
joven Pedro Feng Xinmao como obispo coadjutor de la diócesis, para que durante
el rito se dieran a conocer públicamente tanto el nombramiento recibido por el
Papa como el beneplácito de los organismos gubernamentales. Así, el pasado 6 de
enero, la liturgia comenzó en la pequeña iglesia de la ciudad, donde se
celebraron las fases iniciales del rito, incluida aquella en la que el
sacerdote más anciano de la diócesis da a conocer el nombramiento papal del
nuevo obispo. Después, y para no decepcionar a los fieles que no habían
conseguido entrar en la iglesia, el clero y el pueblo cruzaron la plaza, y la
liturgia de consagración se celebró en el salón de actos de la Casa del Pueblo.
El pasado verano causó interés la carta abierta en la que José Han Zhi-hai, obispo de Lanzhou no reconocido por el Gobierno, afirmaba la plena comunión de fe con los obispos chinos que están en comunión con Roma aunque se mueven dentro de los procedimientos y organismos “patrióticos” con los que el poder civil controla las actividades eclesiales (cf. 30Días, n. 10, 2003, págs.21-22). Sus palabras sonaron como un llamamiento autorizado para superar esas divisiones entre comunidades eclesiales “no registradas” y comunidades reconocidas por el Gobierno que en China ha producido el fenómeno de los organismos episcopales paralelos (el Vaticano no los reconoce).
En el juego de los signos cifrados que el Vaticano y los líderes chinos se envían por falta de canales de diálogo oficial, el procedimiento “concordado” de la ordenación de Hengshui, repetida el pasado 29 de abril en la consagración de Jinan, podría representar el modelo de solución provisional que experimentar con vistas a una tácita y gradual normalización. Un proceso que la Santa Sede acompaña suspendiendo de hecho las ordenaciones “clandestinas” (las últimas sin ningún reconocimiento de los órganos gubernamentales se realizaron a mediados de los años noventa) y tratando, dentro de lo posible, de dar de modo reservado su asentimiento al nombramiento de candidatos reconocidos como obispos por el Gobierno y no mal vistos por las comunidades llamadas “subterráneas”.
El pasado verano causó interés la carta abierta en la que José Han Zhi-hai, obispo de Lanzhou no reconocido por el Gobierno, afirmaba la plena comunión de fe con los obispos chinos que están en comunión con Roma aunque se mueven dentro de los procedimientos y organismos “patrióticos” con los que el poder civil controla las actividades eclesiales (cf. 30Días, n. 10, 2003, págs.21-22). Sus palabras sonaron como un llamamiento autorizado para superar esas divisiones entre comunidades eclesiales “no registradas” y comunidades reconocidas por el Gobierno que en China ha producido el fenómeno de los organismos episcopales paralelos (el Vaticano no los reconoce).
En el juego de los signos cifrados que el Vaticano y los líderes chinos se envían por falta de canales de diálogo oficial, el procedimiento “concordado” de la ordenación de Hengshui, repetida el pasado 29 de abril en la consagración de Jinan, podría representar el modelo de solución provisional que experimentar con vistas a una tácita y gradual normalización. Un proceso que la Santa Sede acompaña suspendiendo de hecho las ordenaciones “clandestinas” (las últimas sin ningún reconocimiento de los órganos gubernamentales se realizaron a mediados de los años noventa) y tratando, dentro de lo posible, de dar de modo reservado su asentimiento al nombramiento de candidatos reconocidos como obispos por el Gobierno y no mal vistos por las comunidades llamadas “subterráneas”.