La fuerza del papa inerme
Un comentario al libro de Gérard Pelletier sobre la teología y la política de la Santa Sede frente a la Revolución francesa. Del furor de finales del siglo XVIII el papado sale humillado, herido, pero sustancialmente reforzado. Aquellos años influyeron también en los grandes temas del catolicismo del siglo XX, como la relación con los regímenes autoritarios y las revoluciones, la libertad religiosa y el papel del episcopado
por Andrea Riccardi

Las Bulas del siglo XVIII, grabado anónimo, Museo Carnavalet, París. Francia, apoyada por la Declaración de los derechos del hombre, devuelve las bulas pontificias. Con la Revolución francesa el género de la caricatura abandona la vieja imagen del papa-anticristo para subrayar la impotencia del pontífice frente a las naciones
El primer punto importante de este libro de Gérard Pelletier gira precisamente en torno a la relación entre historia y teología. Las dos ciencias poseen una antigua historia de relaciones, marcada por el debate sobre cuál de las dos ha de ser considerada la más importante: ¿una historia teológica, al servicio de la teología, o una historia que considera a la Iglesia y el cristianismo prescindiendo de su dimensión teológica? Con gran serenidad, Pelletier hace historia de la Iglesia, pero enseña que ésta no puede ser delineada sin la conciencia de la dimensión teológica de las decisiones eclesiales. El estudio de las congregaciones cardenalicias, que se suceden en Roma en la época de los años revolucionarios, ilustra que sus debates no son puramente pragmáticos, sino que poseen un cariz y una orientación de carácter teológico. Una parte del volumen está dedicada a los orígenes teológicos de la ruptura: es decir, la afirmación del primado romano frente a las corrientes jurisdiccionalistas. Se van presentando a sus artífices: desde el cardenal Roberto Bellarmino y Edmond Richer, pasando por Pietro Tamburini, el abad Nicolas Sylvestre Bergir, Durand de Maillane, hasta llegar a Ermanno Domenico Cristianopulo, Francesco Maria Zaccaria, Gianvincenzo Bolgeni, el Giornale Ecclesiastico di Roma (verdadero instrumento de propaganda teológica y eclesiástica en aquel período, como lo fueron, tras el Vaticano II, Concilium o la revista de Siri, Renovatio), y a Nicola Spedalieri, teólogo de los derechos humanos fundados sobre los tomismos, como le gustaría a Blandine Kriegel. Y se podría seguir citando la galería de pensadores que se asoman en estas páginas, para llegar al triunfo –no deseado por muchos, aunque inducido por la historia– de aquel camaldolense (procedente no de los ermitaños de Toscana, entregados a una dura vida ascética en los Apeninos, sino de los cenobitas, muy abiertos a la cultura y residentes en el espléndido monasterio de San Gregorio al Celio de Roma), Mauro Cappellari, que luego sería Gregorio XVI. Su triunfo no es su decisión (es raro durante los últimos siglos que se elija a un papa con un pensamiento eclesiológico tan definido), sino, más bien, su gran obra, analizada por Pelletier con finura: El triunfo de la Santa Sede y de la Iglesia contra los asaltos de los innovadores combatidos y rechazados con sus propias armas. Es un texto básico para la evolución no sólo del pensamiento eclesiológico, sino de la actitud de la Iglesia frente al mundo del siglo XIX, es decir, de aquella intransigencia que representa su característica esencial (considero que no hay que tener miedo de utilizar este término, que reproduce la actitud fundamental de la Iglesia hacia la modernidad política del siglo XIX). En primer lugar, una intransigencia frente a los poderes y regímenes liberales, que provoca el repliegue de la Iglesia sobre sí misma, el encierro en su grandiosa soledad y en su empeño misionero, el de una Iglesia-movimiento (como quería Robert de Lamennais, condenado, por lo demás, por el papa Cappellari). Se debería advertir que el pontificado de Gregorio XVI marca un regreso de lo misionero y habría también que recordar que es con Pío IX con quien se establecen las bases de la intransigencia.

Napoleón impone a Pío VI el Tratado de Tolentino (19 de febrero de 1797), que comporta la definitiva renuncia a Aviñón y al Condado Venasino
¿Debe Pío VI bendecir a la Liga italiana que se resiste a los franceses? ¿Qué actitud adoptar frente a la revolución cristiana de la Vandea? Este es un problema que el cristianismo de los siglos precedentes había resuelto de otra manera, a veces bendiciendo a las tropas. ¿Debe la Iglesia defenderse incluso con las armas? Y luego, ya en el siglo XX, ¿qué decir de los cristeros mexicanos? ¿Y cómo responder a las propuestas que Hitler hacía a la Santa Sede para que la guerra contra la Rusia soviética fuera considerada una cruzada en defensa de la civilización cristiana contra el enemigo del catolicismo, es decir, el comunismo que había sido condenado varias veces por los papas? También las observaciones que se hallan en el Giornale Ecclesiastico di Roma, a propósito de la Revolución francesa, comienzan a alimentar en la Iglesia romana la conciencia de que las revoluciones dejan el mundo peor de lo que lo encontraron. El olivetano Agostino escribe que «toda guerra civil es más peligrosa que cualquier gobierno injusto» y termina citando una frase de François Pey: «La revuelta comienza siempre con los gritos de la libertad y termina con la esclavitud». Algo parecido hallamos también en Pablo VI y en Juan Pablo II. A ello se añade la idea del complot contra la Iglesia, en el que participan entidades no ligadas entre sí, y que sigue siendo un modelo al que en el siglo XIX se terminará añadiendo también a los comunistas: el complot de Bourg-Fontaine.

Pío VI sale para Siena, tabla conservada en los Museos Vaticanos. El 15 de febrero de 1798 las tropas francesas entran en Roma y proclaman la República romana. El Papa se ve obligado a huir, primero a Siena, luego a la Cartuja de San Casciano, Florencia, y por último a Valence, donde morirá el 29 de agosto de 1799
Pío VI comienza a viajar fuera de sus Estados: llega a Viena, donde asombra al pueblo y demuestra que el prejuicio según el cual el papa no es más que un obispo como los demás no está todavía tan arraigado en el sentimiento de la gente. Y luego, humillado por la cárcel, sufre un tratamiento que lo lleva, viejo y decaído, a morir en Valence. Pío VII, bajo Napoleón, es víctima de un duro destino, pero es la muerte de Pío VI lo que representa un giro copernicano en el papado. El mundo de los católicos no es insensible al Papa y a sus sufrimientos. Ningún poder europeo, ni siquiera el de Hitler (que temía no sólo las consecuencias sobre la opinión pública de los Aliados, sino también sobre los católicos alemanes), se atreverá a tratar al papa como lo hicieron los nuevos dirigentes de la Francia revolucionaria.
Los viajes y el sufrimiento de Pío VI tendrá consecuencias en la política de los papas. Efectivamente, nuestro autor termina diciendo con razón: «Después del viaje del Papa a Viena, en Roma se tomó conciencia de que se podía contar con el apoyo del pueblo más que con la política de los soberanos para afirmar la autoridad pontificia». Desde luego, no era una conciencia totalmente formada, sino más bien oscilante. Sin embargo, representa la intuición que el abad Lamennais sostenía con decisión: «Dios y el pueblo», o, si se prefiere: «Dios y libertad». Estos son los dos nuevos pilares de la Iglesia frente a monarquías que no persiguen los intereses cristianos, y frente a los nuevos poderes laicos y liberales. Aquí está la intuición de la Iglesia-movimiento de los nuevos tiempos.

La firma del Concordato entre Francia y la Santa Sede, dibujo de Jean-Baptiste Wicar, Museo de Versalles. Después de la caída de la República romana, el 29 de septiembre de 1799, debido al avance ruso y austríaco, Pío VII vuelve a Roma y el 15 de julio de 1801 firma el Concordato que sanciona la paz entre la Iglesia y Francia
Otros numerosos estímulos me nacen de la lectura de este volumen, junto con algunas comparaciones con la historia del siglo XX. Por un lado creo que merece subrayarse la ligazón entre quienes quieren afirmar el poder fuerte del Estado sobre la sociedad retomando teorías galicanas y nostalgias por la Iglesia primitiva. Pero el uso de la Biblia –se podría decir del Nuevo Testamento– ¿es como una constitución eterna de la Iglesia o, al contrario –y esto es algo mucho más grande–, representa la palabra de Dios que habla y se expande (como decía el papa romano Gregorio Magno) en el corazón de los fieles de la Iglesia? He ahí, pues, la eterna utilización del Nuevo Testamento y de los Hechos de los Apóstoles como instrumento polémico o reformador en la vida de la Iglesia. Sin embargo, existe un desarrollo de la autoconciencia de la Iglesia, conectado a la historia.

La coronación de Napoleón en presencia del papa Pío VII, obra de Jacques-Louis David, Museo del Louvre, París. Elegido emperador de Francia con un referéndum popular, Napoleón invita a Pío VII a la coronación. La ceremonia tiene lugar en Notre-Dame el 2 de diciembre de 1804; el Papa asiste a la autocoronación de Napoleón
Hay también problemas que encontramos en el catolicismo de la Rusia soviética y los países del Este, en la Iglesia clandestina de Checoslovaquia y en la vida católica de la Galizia ucrania del siglo XX, y cuestiones de la misma naturaleza –puesto que hay una división, como en Francia, entre la Iglesia constitucional y la Iglesia clandestina–, vividas aún hoy en China entre el llamado catolicismo patriótico y el clandestino (hablo de ello sabiendo que no se trata de dos mundos, sino de varios mundos). Roma es con el clero francés con quien no se doblega a las imposiciones del Estado, no solo en tema de juramentos sino también de reglas de funcionamiento de la Iglesia y de ordenación de obispos. Quizá Roma es más rígida con la cercana Francia del siglo XVIII de lo que lo será con la lejana China del siglo XX, por lo menos en estos últimos años. Está claro que hay que reflexionar realmente bien cuando se piensa que la nueva Iglesia francesa, la de Pío VII y del Concordato, la madre del gran catolicismo francés del siglo XIX, será la heredera de todo este sufrimiento. Será, sin embargo, una realidad tercera con respecto a los clandestinos y a los constitucionales. Una realidad marcada por el primado de Roma y por su acción creadora y diplomática, porque, entre otras cosas, la Revolución entierra el galicanismo.

A la derecha, la apertura del Concilio Vaticano I el 7 de diciembre de 1869. El 8 de diciembre de 1864 Pío IX había promulgado el Syllabo, una lista de ochenta errores filosóficos y ético-políticos
Existe una larga historia de la Iglesia que se mide con el absolutismo de los Estados y de la política (cuyo juramento impuesto al clero no es más que un primer paso): pero existe también este arraigo, con sus reglas y sus procesos de identidad, del catolicismo en la historia contemporánea, con un espacio de libertad que posee una consistencia alternativa con respecto a la sociedad civil. Acontecimientos distintos de los del mundo anglicano (con el que Pío VI retoma los contactos) o de los del mundo ortodoxo (al que, en la persona de la zarina, el papa Brasci pidió apoyo en su lucha contra la Revolución). No es casualidad que la Revolución estallara precisamente en París, en aquella Francia católica, hija mayor de la Iglesia, en la que se habían forjado los instrumentos galicanos y realistas de la lucha contra Roma, pero que estaba al mismo tiempo en el corazón del catolicismo romano. Del furor francés de finales del siglo XVIII el papado salió humillado, herido, pero sustancialmente reforzado: sale más fuerte que nunca. Pelletier, pues, nos ha ofrecido un libro muy importante que habrá de ser leído no sólo por quienes se aprestan a estudiar la Revolución francesa, sino también por aquellos que quieran analizar el cristianismo de los siglos XIX y XX.