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HISTORIA
Sacado del n. 05 - 2004

La fuerza del papa inerme


Un comentario al libro de Gérard Pelletier sobre la teología y la política de la Santa Sede frente a la Revolución francesa. Del furor de finales del siglo XVIII el papado sale humillado, herido, pero sustancialmente reforzado. Aquellos años influyeron también en los grandes temas del catolicismo del siglo XX, como la relación con los regímenes autoritarios y las revoluciones, la libertad religiosa y el papel del episcopado


por Andrea Riccardi


<I>Las Bulas del siglo XVIII</I>, grabado anónimo, Museo Carnavalet, París. Francia, apoyada por la Declaración de los derechos del hombre, devuelve las bulas pontificias. Con la Revolución francesa el género de la caricatura abandona la vieja imagen del papa-anticristo para subrayar la impotencia del pontífice frente a las naciones

Las Bulas del siglo XVIII, grabado anónimo, Museo Carnavalet, París. Francia, apoyada por la Declaración de los derechos del hombre, devuelve las bulas pontificias. Con la Revolución francesa el género de la caricatura abandona la vieja imagen del papa-anticristo para subrayar la impotencia del pontífice frente a las naciones

Antes de hablar de este libro de Gérard Pelletier, he de expresar mi agradecimiento al embajador de Francia, quien, en virtud de la amistad que nos une, casi me ha obligado a presentar esta obra. Pues de una obligación se trata, dado que yo era consciente de que el período tratado no era de los que más he estudiado durante mi vida. De modo que no tenía ningún título para interesarme por una investigación tan monumental. Sin embargo, después de leer este libro, me di cuenta de que el estudio de la actitud de Roma durante los diez años de la Revolución francesa, desde 1789 hasta 1799, contiene todos “mis temas”: los que he encontrado ocupándome del siglo XIX, los que presentaba monseñor Maret (citado al final del volumen de Pelletier sobre el problema de la relación entre fe y libertad); los que afrontó el Vaticano I sobre el primado y el episcopado; las grandes cuestiones del catolicismo del siglo XX, su relación con los regímenes autoritarios, el comunismo y las revoluciones; para llegar, por fin, a los temas del Vaticano II, como la libertad religiosa y el papel del episcopado. Algunos de estos problemas se remontan a mucho antes de la crisis de finales del siglo XVIII (piénsese en el galicanismo), pero todos ellos se congregan en torno a los acontecimientos revolucionarios que hacen que el Estado adquiera un nuevo cariz frente a la Iglesia, los ciudadanos, su libertad y su obediencia. En este libro se advierte el eco de la gran debilidad del catolicismo y del papado de finales del siglo XVIII. El de una Roma que ha perdido la gran red universalista de la Compañía de Jesús; porque los papas –por lo menos los del segundo milenio– necesitaron no sólo la relación con los episcopados, sino también una conexión total con todo el mundo católico.
El primer punto importante de este libro de Gérard Pelletier gira precisamente en torno a la relación entre historia y teología. Las dos ciencias poseen una antigua historia de relaciones, marcada por el debate sobre cuál de las dos ha de ser considerada la más importante: ¿una historia teológica, al servicio de la teología, o una historia que considera a la Iglesia y el cristianismo prescindiendo de su dimensión teológica? Con gran serenidad, Pelletier hace historia de la Iglesia, pero enseña que ésta no puede ser delineada sin la conciencia de la dimensión teológica de las decisiones eclesiales. El estudio de las congregaciones cardenalicias, que se suceden en Roma en la época de los años revolucionarios, ilustra que sus debates no son puramente pragmáticos, sino que poseen un cariz y una orientación de carácter teológico. Una parte del volumen está dedicada a los orígenes teológicos de la ruptura: es decir, la afirmación del primado romano frente a las corrientes jurisdiccionalistas. Se van presentando a sus artífices: desde el cardenal Roberto Bellarmino y Edmond Richer, pasando por Pietro Tamburini, el abad Nicolas Sylvestre Bergir, Durand de Maillane, hasta llegar a Ermanno Domenico Cristianopulo, Francesco Maria Zaccaria, Gianvincenzo Bolgeni, el Giornale Ecclesiastico di Roma (verdadero instrumento de propaganda teológica y eclesiástica en aquel período, como lo fueron, tras el Vaticano II, Concilium o la revista de Siri, Renovatio), y a Nicola Spedalieri, teólogo de los derechos humanos fundados sobre los tomismos, como le gustaría a Blandine Kriegel. Y se podría seguir citando la galería de pensadores que se asoman en estas páginas, para llegar al triunfo –no deseado por muchos, aunque inducido por la historia– de aquel camaldolense (procedente no de los ermitaños de Toscana, entregados a una dura vida ascética en los Apeninos, sino de los cenobitas, muy abiertos a la cultura y residentes en el espléndido monasterio de San Gregorio al Celio de Roma), Mauro Cappellari, que luego sería Gregorio XVI. Su triunfo no es su decisión (es raro durante los últimos siglos que se elija a un papa con un pensamiento eclesiológico tan definido), sino, más bien, su gran obra, analizada por Pelletier con finura: El triunfo de la Santa Sede y de la Iglesia contra los asaltos de los innovadores combatidos y rechazados con sus propias armas. Es un texto básico para la evolución no sólo del pensamiento eclesiológico, sino de la actitud de la Iglesia frente al mundo del siglo XIX, es decir, de aquella intransigencia que representa su característica esencial (considero que no hay que tener miedo de utilizar este término, que reproduce la actitud fundamental de la Iglesia hacia la modernidad política del siglo XIX). En primer lugar, una intransigencia frente a los poderes y regímenes liberales, que provoca el repliegue de la Iglesia sobre sí misma, el encierro en su grandiosa soledad y en su empeño misionero, el de una Iglesia-movimiento (como quería Robert de Lamennais, condenado, por lo demás, por el papa Cappellari). Se debería advertir que el pontificado de Gregorio XVI marca un regreso de lo misionero y habría también que recordar que es con Pío IX con quien se establecen las bases de la intransigencia.
Napoleón impone a Pío VI el Tratado de Tolentino (19 de febrero de 1797), que comporta la definitiva renuncia a Aviñón y al Condado Venasino

Napoleón impone a Pío VI el Tratado de Tolentino (19 de febrero de 1797), que comporta la definitiva renuncia a Aviñón y al Condado Venasino

Pero estamos cronológicamente fuera de los diez años estudiados por nuestro autor. Sin embargo, estoy convencido de que durante este decenio se debaten problemas antiguos y siempre actuales, como el del “primado-episcopado”, y también nuevos problemas, como los de la relación entre el poder laico y la Iglesia, incluidos los aspectos totalitarios de ese poder, o los de la vida de la Iglesia fuera del régimen de cristiandad. Por lo demás, los hombres de las dos últimas décadas del siglo XVIII advierten que algo nuevo está ocurriendo: «No sólo en campo eclesiástico, sino también en campo político estamos amenazados por cierta extraña revolución», escribe Zaccaria en 1789. Se podría decir que el libro delinea los contornos de este proceso, representado por la toma de conciencia del fenómeno de la Revolución francesa, que es la base de la toma de conciencia del fenómeno, más general, de la revolución en la historia contemporánea. Aquí crece la autoconciencia, expresada agudamente después por los papas del siglo XX, aunque ya también por los del XIX, de que el mundo y la Iglesia no pueden esperar nada bueno de las guerras y las revoluciones. Aquí están las raíces de los mensajes de paz de los papas del siglo XX, aunque también del pensamiento antirrevolucionario del catolicismo del XIX, que lleva, especialmente en épocas recientes, a teorizar la solución pacífica (cuyos modelos son la polaca de 1989 y la chilena después de Pinochet) de los procesos revolucionarios.
¿Debe Pío VI bendecir a la Liga italiana que se resiste a los franceses? ¿Qué actitud adoptar frente a la revolución cristiana de la Vandea? Este es un problema que el cristianismo de los siglos precedentes había resuelto de otra manera, a veces bendiciendo a las tropas. ¿Debe la Iglesia defenderse incluso con las armas? Y luego, ya en el siglo XX, ¿qué decir de los cristeros mexicanos? ¿Y cómo responder a las propuestas que Hitler hacía a la Santa Sede para que la guerra contra la Rusia soviética fuera considerada una cruzada en defensa de la civilización cristiana contra el enemigo del catolicismo, es decir, el comunismo que había sido condenado varias veces por los papas? También las observaciones que se hallan en el Giornale Ecclesiastico di Roma, a propósito de la Revolución francesa, comienzan a alimentar en la Iglesia romana la conciencia de que las revoluciones dejan el mundo peor de lo que lo encontraron. El olivetano Agostino escribe que «toda guerra civil es más peligrosa que cualquier gobierno injusto» y termina citando una frase de François Pey: «La revuelta comienza siempre con los gritos de la libertad y termina con la esclavitud». Algo parecido hallamos también en Pablo VI y en Juan Pablo II. A ello se añade la idea del complot contra la Iglesia, en el que participan entidades no ligadas entre sí, y que sigue siendo un modelo al que en el siglo XIX se terminará añadiendo también a los comunistas: el complot de Bourg-Fontaine.
Pío VI sale para Siena, tabla conservada en los Museos Vaticanos. El 15 de febrero de 1798 las tropas francesas entran en Roma y proclaman la República romana. El Papa se ve obligado a huir, primero a Siena, luego a la Cartuja de San Casciano, Florencia, y por último a Valence, donde morirá el 29 de agosto de 1799

Pío VI sale para Siena, tabla conservada en los Museos Vaticanos. El 15 de febrero de 1798 las tropas francesas entran en Roma y proclaman la República romana. El Papa se ve obligado a huir, primero a Siena, luego a la Cartuja de San Casciano, Florencia, y por último a Valence, donde morirá el 29 de agosto de 1799

Este volumen es también la historia de un pontificado, el más largo hasta el momento, el de Pío VI, nacido en Cesena, que se estudia mediante un atento examen de su curia. Se añaden páginas a la historia ideal, jamás escrita, de la Curia romana, que ya Giuseppe De Luca consideraba como una de las lagunas de la historia de la Iglesia de su tiempo, y que así ha quedado (si bien hay que señalar que la École Française de Roma, con la colaboración de Jean-Dominique Durand y de quien esto escribe, ha contribuido a ello con el estudio de la Secretaría de Estado del final del poder temporal de los papas). Entre las numerosas cosas que habría que decir sobre este Pío VI inédito, que hallamos en las páginas de Pelletier, quisiera indicar una solamente: la relación entre el Papa y los pueblos. Desde los tiempos revolucionarios el papado sale menguado en su poder temporal (ya por la pérdida de Aviñón), pero, al mismo tiempo, adquiere una aureola de martirio. Los papas, con sus historias de sufrimiento, ya no son los sucesores anónimos de una larga cadena, sino hombres con su historia de dolor.
Pío VI comienza a viajar fuera de sus Estados: llega a Viena, donde asombra al pueblo y demuestra que el prejuicio según el cual el papa no es más que un obispo como los demás no está todavía tan arraigado en el sentimiento de la gente. Y luego, humillado por la cárcel, sufre un tratamiento que lo lleva, viejo y decaído, a morir en Valence. Pío VII, bajo Napoleón, es víctima de un duro destino, pero es la muerte de Pío VI lo que representa un giro copernicano en el papado. El mundo de los católicos no es insensible al Papa y a sus sufrimientos. Ningún poder europeo, ni siquiera el de Hitler (que temía no sólo las consecuencias sobre la opinión pública de los Aliados, sino también sobre los católicos alemanes), se atreverá a tratar al papa como lo hicieron los nuevos dirigentes de la Francia revolucionaria.
Los viajes y el sufrimiento de Pío VI tendrá consecuencias en la política de los papas. Efectivamente, nuestro autor termina diciendo con razón: «Después del viaje del Papa a Viena, en Roma se tomó conciencia de que se podía contar con el apoyo del pueblo más que con la política de los soberanos para afirmar la autoridad pontificia». Desde luego, no era una conciencia totalmente formada, sino más bien oscilante. Sin embargo, representa la intuición que el abad Lamennais sostenía con decisión: «Dios y el pueblo», o, si se prefiere: «Dios y libertad». Estos son los dos nuevos pilares de la Iglesia frente a monarquías que no persiguen los intereses cristianos, y frente a los nuevos poderes laicos y liberales. Aquí está la intuición de la Iglesia-movimiento de los nuevos tiempos.
La firma del Concordato entre Francia y la Santa Sede, dibujo de Jean-Baptiste Wicar, Museo de Versalles. Después de la caída de la República romana, el 29 de septiembre de 1799, debido al avance ruso y austríaco, Pío VII vuelve a Roma y el 15 de julio de 1801 firma el Concordato que sanciona la paz entre la Iglesia y Francia

La firma del Concordato entre Francia y la Santa Sede, dibujo de Jean-Baptiste Wicar, Museo de Versalles. Después de la caída de la República romana, el 29 de septiembre de 1799, debido al avance ruso y austríaco, Pío VII vuelve a Roma y el 15 de julio de 1801 firma el Concordato que sanciona la paz entre la Iglesia y Francia

Pero hay que prestar atención a que las nuevas ideas no lleven a abandonar las viejas y que las nuevas estrategias convivan con los antiguos instrumentos, en este gran aparato de política y pensamiento que es la Santa Sede, en la que las novedades se imponen codo a codo con una evidente continuidad. Porque en Roma, incluso en la Roma de Pío VI e incluso bajo la presión de los acontecimientos revolucionarios que llaman a la puerta, se discuten los problemas, las ideas, las ideologías, la política. Las decisiones del Papa necesitan motivos teológicos porque Roma no es una dictadura. Si bien sigue estando abierta –se evidencia en las páginas de esta investigación– la cuestión de cuál es el régimen de la Iglesia católica: una monarquía, una monarquía templada por una aristocracia, una república como la de Venecia, una comunión, una democracia, etc. Desde los tiempos de Verdadera y falsa reforma de la Iglesia, el padre Yves Congar advertía, y Pelletier lo recuerda, que la Iglesia misma no consigue definirse a sí misma ni a darse cuenta de todo lo que lleva en sí. A menudo, para comprenderse y definirse, la Iglesia necesita medirse con el resto del mundo, y esta comparación –lo atestigua el decenio considerado– es a veces muy dramática.
Otros numerosos estímulos me nacen de la lectura de este volumen, junto con algunas comparaciones con la historia del siglo XX. Por un lado creo que merece subrayarse la ligazón entre quienes quieren afirmar el poder fuerte del Estado sobre la sociedad retomando teorías galicanas y nostalgias por la Iglesia primitiva. Pero el uso de la Biblia –se podría decir del Nuevo Testamento– ¿es como una constitución eterna de la Iglesia o, al contrario –y esto es algo mucho más grande–, representa la palabra de Dios que habla y se expande (como decía el papa romano Gregorio Magno) en el corazón de los fieles de la Iglesia? He ahí, pues, la eterna utilización del Nuevo Testamento y de los Hechos de los Apóstoles como instrumento polémico o reformador en la vida de la Iglesia. Sin embargo, existe un desarrollo de la autoconciencia de la Iglesia, conectado a la historia.
La coronación de Napoleón en presencia del papa Pío VII, obra de Jacques-Louis David, Museo del Louvre, París. Elegido emperador de Francia con un referéndum popular, Napoleón invita a Pío VII a la coronación. La ceremonia tiene lugar en Notre-Dame el 2 de diciembre de 1804; el Papa asiste a la autocoronación de Napoleón

La coronación de Napoleón en presencia del papa Pío VII, obra de Jacques-Louis David, Museo del Louvre, París. Elegido emperador de Francia con un referéndum popular, Napoleón invita a Pío VII a la coronación. La ceremonia tiene lugar en Notre-Dame el 2 de diciembre de 1804; el Papa asiste a la autocoronación de Napoleón

Quisiera añadir además que, observando el estado de clandestinidad de la Iglesia francesa “non assermentée” (es decir, que no se doblega al poder civil) de aquel período, se me ocurre pensar en la experiencia de los católicos de la Gran Bretaña anticatólica (hasta el punto de que Propaganda Fide llega a ocuparse de la Francia revolucionaria como tierra de misión). Hay problemas no resueltos de un catolicismo clandestino y las tesis distintas sobre el Estado y sus instituciones. No es casualidad que el severo prelado Jacques André Emery, referencia sulpiciana de gran parte del clero francés, adopte una posición muy moderada y cuente más que los obispos.
Hay también problemas que encontramos en el catolicismo de la Rusia soviética y los países del Este, en la Iglesia clandestina de Checoslovaquia y en la vida católica de la Galizia ucrania del siglo XX, y cuestiones de la misma naturaleza –puesto que hay una división, como en Francia, entre la Iglesia constitucional y la Iglesia clandestina–, vividas aún hoy en China entre el llamado catolicismo patriótico y el clandestino (hablo de ello sabiendo que no se trata de dos mundos, sino de varios mundos). Roma es con el clero francés con quien no se doblega a las imposiciones del Estado, no solo en tema de juramentos sino también de reglas de funcionamiento de la Iglesia y de ordenación de obispos. Quizá Roma es más rígida con la cercana Francia del siglo XVIII de lo que lo será con la lejana China del siglo XX, por lo menos en estos últimos años. Está claro que hay que reflexionar realmente bien cuando se piensa que la nueva Iglesia francesa, la de Pío VII y del Concordato, la madre del gran catolicismo francés del siglo XIX, será la heredera de todo este sufrimiento. Será, sin embargo, una realidad tercera con respecto a los clandestinos y a los constitucionales. Una realidad marcada por el primado de Roma y por su acción creadora y diplomática, porque, entre otras cosas, la Revolución entierra el galicanismo.
A la derecha, la apertura del Concilio Vaticano I el 7 de diciembre de 1869. El 8 de diciembre de 1864 Pío IX había promulgado el <I>Syllabo</I>, una lista de ochenta errores filosóficos y ético-políticos

A la derecha, la apertura del Concilio Vaticano I el 7 de diciembre de 1869. El 8 de diciembre de 1864 Pío IX había promulgado el Syllabo, una lista de ochenta errores filosóficos y ético-políticos

Comparto la conclusión de Gérard Pelletier, que me permito citar al final: «Muriendo, abandonado por las potencias que siguen intentando, como Carlos IV, aprovecharse de la situación, Pío VI designa al enemigo y abre un nuevo espacio de libertad de la que los contemporáneos casi no eran conscientes, a excepción, sin duda alguna, de Consalvi, que comprende que a partir de entonces había que negociar con todos y manipular hábilmente la situación para poner a un país contra otro, o, del mismo modo, de Chiaramonti quien, recién elegido, se niega a ir a Viena bajo la estrecha protección del emperador. ¿Por qué obedecer a quien no ha defendido a su predecesor? Espacio de libertad para el primado pontificio, fundado y definido teológicamente, comprendido poco a poco por los fieles que abarrotan Viena en 1782, Valence en 1799, París en 1804. No han leído a Joseph-Valentin Eybel, ni a Tamburini, ni el Auctorem fidei, ni mucho menos a Cappellari. Pero buscan la bendición de una autoridad, en la que depositan su confianza».
Existe una larga historia de la Iglesia que se mide con el absolutismo de los Estados y de la política (cuyo juramento impuesto al clero no es más que un primer paso): pero existe también este arraigo, con sus reglas y sus procesos de identidad, del catolicismo en la historia contemporánea, con un espacio de libertad que posee una consistencia alternativa con respecto a la sociedad civil. Acontecimientos distintos de los del mundo anglicano (con el que Pío VI retoma los contactos) o de los del mundo ortodoxo (al que, en la persona de la zarina, el papa Brasci pidió apoyo en su lucha contra la Revolución). No es casualidad que la Revolución estallara precisamente en París, en aquella Francia católica, hija mayor de la Iglesia, en la que se habían forjado los instrumentos galicanos y realistas de la lucha contra Roma, pero que estaba al mismo tiempo en el corazón del catolicismo romano. Del furor francés de finales del siglo XVIII el papado salió humillado, herido, pero sustancialmente reforzado: sale más fuerte que nunca. Pelletier, pues, nos ha ofrecido un libro muy importante que habrá de ser leído no sólo por quienes se aprestan a estudiar la Revolución francesa, sino también por aquellos que quieran analizar el cristianismo de los siglos XIX y XX.


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