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IGLESIA
Sacado del n. 08 - 2004

El diablo entre nosotros


Ofrecemos a nuestros lectores la entrevista que el teólogo de la Casa Pontificia, el cardenal Georges Cottier, concedió al periodista de Avvenire Luciano Moia y que el diario de la Conferencia Episcopal Italiana publicó el 28 de julio de 2004


por Luciano Moia


El demonio, probablemente. El gran engañador está detrás quizá de la mano asesina que el pasado domingo mató en la catedral de Santiago de Chile a un misionero italiano, el padre Faustino Gazziero De Stefani. Al parecer el joven homicida, tras asestar el golpe mortal al sacerdote, invocó a Satanás.
El diablo, probablemente, está detrás de la cadena de horribles delitos que están saliendo a la luz en la zona de Varese. Pero en este caso los investigadores aún tratan de comprender si, además de las cruces boca abajo y de la pasión por la música heavy metal, hay explícitamente un proyecto satánico. Quizás, en estos como en las otras decenas de casos en los que la crónica asocia la presencia diabólica con la maldad del hombre, el mayor éxito de Satanás es insinuar la inquietud de la duda.
«Es verdad –confirma el cardenal Georges Cottier, teólogo de la Casa pontificia– el diablo actúa en la sombra y deja al hombre en la incertidumbre. Un escritor francés le hace decir a Satanás: “Yo soy el que no existe”. El príncipe del mal actúa a escondidas. Si se manifestase abiertamente sería terrorífico, pero por lo menos su presencia sería evidente».
Predicación del Anticristo (detalle), Luca Signorelli, Capilla de San Brizio, Catedral de Orvieto

Predicación del Anticristo (detalle), Luca Signorelli, Capilla de San Brizio, Catedral de Orvieto


Pero, ¿cuánto tiene que ver en el gran misterio del mal la acción del diablo y cuánto la responsabilidad del hombre?
GEORGES COTTIER: No cabe duda de que el diablo es el gran seductor, porque trata de llevar al hombre al pecado presentando el mal como si fuera el bien. Pero la caída es responsabilidad nuestra porque la conciencia tiene capacidad para distinguir lo que es bueno de lo que es malo.
¿Por qué quiere el diablo inducir al pecado al hombre?
COTTIER: Por envidia y celos. El diablo quiere arrastrar consigo al hombre porque él mismo es un ángel caído. La caída del primer hombre estuvo precedida por la caída de los ángeles.
¿Es una herejía afirmar que el diablo forma parte también del proyecto de Dios?
COTTIER: Dios creó a Satanás como ángel bueno porque Dios no crea el mal. Todo lo que sale de la mano creadora de Dios es bueno. Si el demonio se hizo malo fue por su culpa. Fue él quien se hizo malo al usar mal su libertad.
¿Habrá redención para el demonio, como afirma algún teólogo?
COTTIER: Sentemos una premisa: el hombre cayó en el pecado porque el primer pecador, el demonio, lo arrastró a su abismo de maldad. ¿De qué se trata en substancia? Del rechazo de Dios y, sobre todo, de la contraposición al Reino de Dios como proyecto de providencia sobre el mundo. Este rechazo, que nace de la libertad de una criatura completamente espiritual como el diablo, es un rechazo total, irremediable y radical, como nos dice también el Catecismo de la Iglesia católica.
¿No existe, entonces, ninguna esperanza de que al final la misericordia de Dios pueda vencer el odio del diablo?
COTTIER: El carácter perfecto de la libertad del ángel caído hace que su decisión sea definitiva. Esto no significa poner límites a la misericordia de Dios, que es infinita. El límite si acaso es el uso que el diablo hace de la libertad. Es él quien le impide a Dios borrar su pecado.
¿Por qué el diablo, que es espíritu inteligentísimo, usa de esta manera la libertad que es siempre un don de Dios?
COTTIER: Nos hallamos frente al misterio. El misterio del mal es ante todo el misterio del pecado. Nos impresionan, justamente, los males físicos, pero hay un mal mucho más radical y más triste, el mal del pecado. El diablo se ha obcecado con su rechazo. Además el pecado del ángel es más grave que el del hombre. El hombre tiene tantas debilidades que de alguna manera su responsabilidad puede resultar atenuada; el ángel, al ser espíritu purísimo, no tiene excusas cuando elige el mal. El pecado del ángel es una decisión tremenda.
Parece imposible que un ángel creado en la luz de Dios pudiera elegir el mal…
COTTIER: Cuando hablamos de un ángel caído a causa del pecado afrontamos un tema muy serio y, por tanto, debemos tratarlo con seriedad. Tenemos en la tentación del hombre casi un reflejo de lo que fue el pecado del ángel. Esta es la seducción suprema: ponerse en lugar de Dios. Tampoco Satanás reconoció su condición de criatura.
¿Por qué se le llama al demonio príncipe de este mundo?
COTTIER: Es una expresión del evangelio de Juan. Significa que el mundo, cuando se olvida de Dios, cae bajo el dominio del pecado. El odio contra Dios guía la acción del demonio y puede causar graves daños cuando seguimos sus tentaciones. El mal principal del demonio es el mal espiritual, el del pecado. Esta acción se dirige tanto al individuo como a la sociedad.
¿No podría haber impedido Dios todo esto?
COTTIER: Sí, pero permitió que tanto el demonio como el hombre tuvieran la libertad de obrar y, algunas veces, de pecar. Es un misterio tremendo. Dice san Pablo: «Todo concurre al bien de los que aman a Dios». Es decir, cuando estamos con Dios, incluso el mal concurre a nuestro bien.
Es difícil aceptarlo…
COTTIER: Pensemos en los mártires, en el extraordinario bien espiritual que, a la luz de la fe, deriva de una tragedia como el martirio. Dice san Agustín comentado a san Pablo: «Dios no habría permitido el mal si no hubiera querido hacer de este mal un bien más grande». Hay bienes que la humanidad no habría conocido sin la presencia del pecado y del mal. Es difícil afirmar esto pero es la verdad.
¿Cómo actúa el diablo en la realidad de todos los días?
COTTIER: Lo podemos comprender por algunas expresiones del evangelio de Juan, cuando dice que el diablo es homicida desde el principio. Es decir, es destructor y causa la muerte, tanto en sentido propio como espiritualmente. Por eso le llama el gran tentador.
¿Nos referimos al diablo cuando en el Padrenuestro decimos «no nos dejes caer en la tentación»?
COTTIER: Sí, le pedimos a Dios que nos haga resistir a la tentación. Es equivocado pensar que todas las tentaciones vienen del demonio, pero las más fuertes y más sutiles, las más espirituales, llevan por supuesto su huella. Y son tentaciones individuales y colectivas. El demonio actúa sobre la historia humana. Su influjo es negativo. La muerte, el pecado y la mentira son señales de su presencia en el mundo.
Padre Cottier, dice usted que no todas las tentaciones vienen del demonio. ¿De qué debemos guardarnos además?
COTTIER: La tradición cristiana nos dice que las fuentes de la tentación son tres. La más terrible, desde luego, es la del demonio. Luego está el mundo, la sociedad, los “demás” en la acepción joánica. Y, en fin, la “carne”, es decir, nosotros mismos. San Juan de la Cruz dice que la más peligrosa de estas tres tentaciones es la última, es decir, nosotros mismos. Para cada uno de nosotros el enemigo más pérfido que tenemos somos nosotros mismos. Antes de atribuir las tentaciones al demonio y al mundo, pensemos en nosotros. Aquí vemos también la importancia de la humildad y del discernimiento. El Espíritu Santo nos da el don del discernimiento y nos preserva de la soberbia de confiar demasiado en nosotros mismos.
¿Cuál es la actitud más correcta que debe observar el cristiano frente al misterio del Maligno?
COTTIER: No olvidar nunca que la pasión y la muerte de Jesús triunfaron para siempre sobre el demonio. Esta es una certeza. Nos lo dice san Pablo. La fe es la victoria sobre el padre del pecado y de la mentira. Esto quiere decir que el demonio, al ser una criatura, no posee un poder infinito. A pesar de todos sus esfuerzos, el demonio no podrá nunca impedir la edificación del Reino de Dios, que crece a pesar de todas las persecuciones. El cristiano, gracias a la fidelidad en la fe, vence el mal.
Concluyendo…
COTTIER: Hemos de tomarnos muy en serio al demonio, pero no debemos creer que sea omnipotente. Hay gente que tiene un miedo irracional al demonio. La confianza cristiana, que se alimenta de oración, humildad y penitencia, ha de ser sobre todo confianza en el amor del Padre. Y este amor es más fuerte que todo. Debemos ser conscientes de que la misericordia de Dios es tan grande que supera todos los obstáculos.


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