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PALACIO DE CRISTAL
Sacado del n. 10 - 2004

Recordando a dom Hélder Câmara




«Esperanza, gran interés y voluntad de presentar su propia aportación» caracterizan la postura de la Santa Sede en el debate sobre la reforma de las Naciones Unidas. No es una novedad, pero el pasado 4 de octubre el observador permanente ante la Naciones Unidas, monseñor Celestino Migliore, lo quiso reafirmar en la Asamblea general, apoyándose en la intervención pronunciada el 29 de septiembre por el secretario para las Relaciones con los Estados, monseñor Giovanni Lajolo (la primera intervención después de que una resolución del pasado 1 de julio formalizara y concretara el status que desde 1964 tiene la Santa Sede en la ONU).
En tema de reformas de la ONU la Santa Sede pide «multilateralismo efectivo», recordando que no basta la ingeniería institucional si no se tienen bien presentes los valores en que se fundan las Naciones Unidas, en un sistema cooperativo que vive de «voluntad, confianza y cumplimiento de los compromisos adquiridos», y en cuya base está la conciencia de que «todos los Estados son por naturaleza de igual dignidad»; es decir, que quien tiene más es responsable también de quien tiene menos. ¿Cuáles son según la Santa Sede los “criterios esenciales” para la reforma de la ONU? En lo tocante a las estructuras es fundamental que garanticen la representatividad y la participación del mayor número de actores posible; por lo que concierne a los procedimientos, que se basen en la imparcialidad, eficiencia y eficacia; en fin, los resultados deben ser siempre justificables y responder a las expectativas de los Estados miembros.
El momento más significativo de la intervención del representante vaticano se refiere a la legitimidad de las decisiones de las Naciones Unidas, incluido, algo muy importante, el Consejo de Seguridad. Esta legitimidad tiene dos pilares: el grado y el ámbito de la representación y el proceso de decisión, en que hay que buscar el mayor consenso. Por eso el Consejo de Seguridad de la ONU ha de reformarse según los criterios esenciales de la representatividad mayor de la población mundial y de las regiones geopolíticas, de los distintos niveles de desarrollo económico y de los diferentes modelos de civilización. Y si se quieren añadir otros criterios a estos, para la Santa Sede deberán de todos modos facilitar la entrada de nuevos actores –países emergentes– en la sala de mando. En fin, a la ONU le hacen falta más conexiones con la sociedad civil: esto haría más fácil actuar en la comunidad internacional según un principio de subsidiariedad.
Para llenar de contenidos lo que la Santa Sede propone a nivel multilateral merece la pena recordar lo que dijo monseñor Lajolo en la susodicha intervención.
Ante todo, el primer puesto de la agenda de la ONU debe ser para el tema de la pobreza y del desarrollo, los «millones de seres humanos que sobreviven», cuando pueden, «por debajo del umbral de lo necesario» y las «decenas de millones de niños desnutridos o injustamente privados del derecho de vivir». Esto significa un sistema comercial internacional más flexible y justo, unas finanzas que favorezcan el desarrollo y la eliminación de la deuda externa, y que se compartan los resultados de las investigaciones científicas. En segundo lugar, el ministro de Exteriores vaticano habló de la necesidad de seguir adelante con la cuestión del desarme completo y general, aunque es consciente de que se trata de un camino constantemente «obstaculizado por enormes intereses económicos».
Respecto a los conflictos armados regionales, la Santa Sede pone en primer plano el palestino-israelí (invitando a continuar con la Hoja de ruta), seguido por el iraquí, que «no ha conducido a un mundo más seguro ni dentro ni fuera de Irak». De todos modos, la Santa Sede «considera que ahora hay que apoyar al gobierno actual en su esfuerzo por dar al país condiciones normales de vida». Acerca de las crisis africanas se confía en que muchas de ellas (Sudán, Somalia, Grandes Lagos, Costa de Marfil, etc.) puedan resolverse con la ayuda de la Unión Africana. Sólo en un segundo momento el jefe de la diplomacia vaticana habló del problema del terrorismo, con dos afirmaciones claras: no al principio de la unilateralidad, sí a una acción a largo plazo que afronte las «muchas y complejas causas» del terrorismo. Luego concentró su atención en la reafirmación del derecho a la libertad de religión, establecido en la Declaración universal de los derechos del hombre de 1948, y del derecho a la vida de todo ser humano, tocando aquí la cuestión de la clonación humana, para la que la Santa Sede pide que una convención establezca su prohibición.
Más compleja es la parte de la intervención de monseñor Lajolo en la que, repitiendo el deseo manifestado por Juan Pablo II en la última Jornada mundial de la paz, hizo votos por «un grado superior de ordenamiento internacional» en el que la ONU, alcanzado el «estadio de centro moral», tenga prerrogativas que le faciliten «la intervención humanitaria» cuando sea indispensable.
Si esta última postura de la Santa Sede puede no ser compartida por todos los Estados miembros, más difícil es no considerar lo que el cardenal secretario de Estado, Angelo Sodano, había dicho el 20 de septiembre en las Naciones Unidas –durante su participación en la iniciativa Acción contra el hambre y la pobreza, organizada por Brasil–, citando, frente al presidente Lula, «las palabras siempre actuales de un gran obispo de su tierra, señor presidente, el recordado monseñor Hélder Câmara, que decía: “El pobre apenas tiene lo indispensable para vivir y nada más, pero el mísero no tiene ni siquiera lo indispensable».


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