La humanidad de Pablo VI
Montini era un papa sencillo, humano, en la vida de todos los días y en sus encuentros con las muchedumbres, en la soledad diaria, en los frecuentes contactos con sus colaboradores y en los momentos de las decisiones más importantes
por el arzobispo Romeo Panciroli

Pablo VI saluda a la multitud exultante durante su visita a la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes, en el barrio romano de Tormarancia, el 24 de febrero de 1964
Los cristianos no podemos ser espectadores neutrales de la pobreza y de la miseria ajenas, porque, como leemos en la Constitución conciliar Gaudium et spes, «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón».
El creyente de nuestro tiempo debe tomar partido por la justicia social, como nos han enseñado Jesucristo, los apóstoles y luego los sumos pontífices en sus memorables encíclicas, hasta la Populorum progressio de Pablo VI, en favor de los pueblos en vías de desarrollo: un documento de notable importancia porque entra directamente en lo vivo de los problemas más graves del mundo, un documento que propone una concepción nueva de caridad universal para reglamentar las relaciones entre los pueblos de la opulencia y los del hambre, con el fin de realizar un desarrollo integral del hombre.
Pablo VI sabía muy bien que la misión propia de la Iglesia, de acuerdo con la Constitución Gaudium et spes, es de orden espiritual, pero también era consciente de los vínculos que, precisamente en virtud de su misión religiosa, hacen que la Iglesia sea real e íntimamente solidaria con el género humano y con su historia.
El papa Montini, que con gusto recordamos en este 107 aniversario de su nacimiento, conocía bien los problemas del mundo porque estaba continuamente en contacto con el mundo. «Que a nadie le falte pan ni dignidad», dijo antes de su viaje a India, «y que todos tengan el bien común como supremo interés».
Durante su pontificado estos sentimientos se traducirán en numerosos gestos, grandes y pequeños, como, el primero de todos, el don a los pobres de la tiara, que le había regalado la diócesis de Milán, para recordar a todo el mundo que la Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo y de acuerdo con el Concilio, siempre ha sido madre de los pobres. No eran gestos improvisados, sino la expresión de una sensibilidad especial por los pobres, en total conformidad con las enseñanzas del Evangelio.
«Antes de nuestra elevación al Sumo Pontificado», había escrito en la Populorum progressio, «nuestros dos viajes a América Latina y a África nos pusieron ya en contacto inmediato con los lastimosos problemas que afligen a continentes llenos de vida y de esperanza. Revestidos de la paternidad universal, hemos podido, en nuestros viajes… ver con nuestros ojos y tocar con nuestras manos las gravísimas dificultades» de muchas poblaciones.
Y no sólo los viajes. Todos los días llegaban a su despacho carteras llenas de documentos, informes enviados por las representaciones pontificias, resúmenes de la prensa de todo el mundo, mucha correspondencia, síntesis de expedientes, cartas oficiales, proyectos de mensajes.
Pablo VI lo leía todo con atención. Lo examinaba todo con meticulosidad en un continuo trabajo que a menudo duraba hasta pasada la una de la noche, cuando antes del descanso, iba a la capilla para saludar al Señor al que ya había dedicado el primer espacio de la jornada, en la «audiencia con Dios». Necesitaba estar a solas con Él, escucharle largamente antes de hablar a los hombres, en virtud de su ministerio que le llevará a conceder audiencia a mucha gente de todo el mundo.
Aprovechamos la ocasión de este aniversario para examinar de cerca la compleja personalidad de este Siervo de Dios que nos ha dejado muchas enseñanzas y grandes ejemplos, pues estamos convencidos de que el tiempo exaltará cada vez más su figura y su obra.
Hoy todo el mundo reconoce la lúcida inteligencia con la que condujo y llevó a cabo el Concilio y la dolorosa sabiduría con que rigió la Iglesia en el atormentado periodo del postconcilio. Algunas decisiones valientes, que marcaron puntos firmes y que en aquel entonces unos consideraron “intransigencias”, después, por muchos aspectos, fueron consideradas proféticas.
Un ejemplo entre muchos, su evocación, hoy muy actual, de las raíces cristianas de Europa: «Es cierto que Europa entera toma del patrimonio tradicional de la religión de Cristo la superioridad de su uso jurídico, la nobleza de las grandes ideas de su humanismo y la riqueza de los principios distintivos y vivificantes de sus civilización. El día en que Europa repudiase este fundamental patrimonio ideológico, dejaría de ser sí misma».

Pablo VI con los campesinos colombianos en Bogotá el 23 de agosto de 1968
Quiso que en torno a su persona hubiera una atmósfera de sencillez. Mandó decorar su apartamento con sencillez y sin lujos; su despacho, su biblioteca, las salas donde recibía tenían la decoración que requiere el buen gusto y el significado de su misión. Todo bajo el signo de un estilo sobrio, a medida del hombre, que él instauró y consolidó.
La humanidad de Pablo VI se dejaba ver sobre todo en su relación con la gente: con los individuos y con las muchedumbres, con los jóvenes y con los adultos, con los grandes y los poderosos de este mundo, y con sus hermanos en el episcopado.
Lo definieron frío y despegado, y quizá se le demostró avaricia de amor, incluso por parte de muchos cristianos que no supieron descubrir el tesoro encerrado en una persona aparentemente tan frágil. Su carácter absorto no favorecía desde luego la fácil retórica, pero su humanidad tenía siempre algo sencillo que conquistaba. Todo encuentro con él, incluso breve, era una experiencia que dejaba huella.
Se presentaba con discreción, casi inadvertidamente, pero nada escapaba a la mirada aguda de sus ojos azules con reflejos grises, vivaces y expresivos, atentos en penetrar en la intimidad de su interlocutor. No era impetuoso, sino persuasivo; animaba con palabras apropiadas, palabras que te resonaban durante mucho tiempo.
Su paternidad y su facilidad de palabra nacían de su capacidad de escuchar y de su intuición. En él todo era sensibilidad y participación: su manera de escuchar, comprender, percibir, callar, hablar. Era abierto y nada le resultaba ajeno o lo pillaba desprevenido, a menudo pasaba por alto las formalidades para hacer más cordiales sus encuentros con los demás.
La muchedumbre sentía esta humanidad comunicativa y se acercaba a él cada vez más numerosa. Basta pensar en los encuentros del Año Santo de 1975, en las visitas a Roma y en los viajes fuera de Roma, cuando miles de personas exultantes y ávidas de escucharle lo recibían y aclamaban.
Estaba a gusto con los fieles, buscaba su contacto, y para recibirlos creó una casa espaciosa, la actual Sala Pablo VI. Es el lugar donde reza con ellos, escucha, enseña, da ánimos y amonesta, donde regala su palabra y gasta sus energías. Cada uno lo siente cercano y lo comprende, incluso los no católicos y los no creyentes; ante él los hermanos separados olvidan a menudo el “peso” del primado, en una comunión que no les excluye.
Algunos le acusaron de hablar difícil, y el trató de esforzarse, porque no siempre es fácil explicar el cristianismo; hacía todo lo posible para hacerse comprender, porque su misión era predicar: «Veis, siempre estoy predicando…». A menudo hablaba libremente, sin consultar apuntes, y usaba a ratos el “yo” y a ratos el “nos”, naturalmente propenso a sentirse entre los demás como uno de ellos, para llevar solo alegría y amor. Dijo Juan Pablo I de él: «Es un maestro de la fe porque sabe presentar la revelación de Dios de manera atractiva».
Verdadero anunciador de la Palabra, completamente entregado a su trabajo; pero cuánta humildad en su comportamiento diario, en todos sus gestos. Dijo una vez con gran convicción: «¿Quién os anuncia esto? Un pobre hombre, un fenómeno de pequeñez. Yo tiemblo, hermanos e hijos, tiemblo al hablar, porque siento que digo algo que me supera inmensamente, digo cosas que no he testimoniado ni servido suficientemente, cosas que merecen de verdad una voz profética, siento mi pequeñez y la desproporción aplastante entre el Mensaje que anuncio y mi capacidad para exponerlo y también para vivirlo».
En su gobierno de pastor universal eligió el diálogo y la persuasión como senda maestra, dedicando a este tema su primera y programática encíclica Ecclesia Suam: «Nos», se lee, «tenemos siempre presente esta inefable y dialogal relación, ofrecida e instaurada con nosotros por Dios Padre, mediante Cristo en el Espíritu Santo, para comprender qué relación debemos nosotros, esto es, la Iglesia, tratar de establecer y de promover con la humanidad».
Cuidó sobre todo la comunión con los obispos. Después de haber vivido con ellos la comunión del Concilio, los recibía periódicamente en el Sínodo para asesorarse, fue incluso a oírles a sus conferencias continentales, en América Latina, Asia, Oceanía. Del anillo episcopal, regalado a muchos obispos, y que muchos de nosotros todavía llevamos, hizo un vínculo de comunión, ofreciendo un modelo de estructura sencilla, más símbolo que decoración. Se siente unido a ellos y lo manifiesta en todas las ocasiones, escuchándoles con atención y celebrando juntos la Eucaristía, el signo de la unidad. «Unidos para que el mundo crea», dijo a los obispos, al clero y a los fieles de los ritos orientales católicos reunidos en la Basílica de Santa Ana de Jerusalén.
Se hizo animador de comunión entre todo el pueblo de Dios. Visitó las parroquias de su diócesis romana, habló con sus sacerdotes, comunidades religiosas y asambleas de fieles «para hacer que los católicos» decía, «sean hombres verdaderamente buenos, hombres sabios, hombres libres, hombres serenos y fuertes».

Pablo VI con un pobre enfermo, acogido en el Patriarcado latino de Jerusalén, durante su viaje a Tierra Santa del 4 al 6 de enero de 1964
Con un plan concreto y programado llegó a ciudades y naciones alejadas de su sede para animar con su presencia aniversarios significativos. Llevó calor humano y comunión eclesial a todas partes. Si cada obispo, cada párroco y cada cristiano hubieran hecho, en proporción, lo que él hizo en cuanto a animación y renovación, hoy la Iglesia estaría mucho más adelante en su camino.
Pablo VI era un hombre de notable valor que parecería temerario si ese valor no le viniera de su sólida fe y de ese Espíritu de Dios que lo llenaba: «De todas las experiencias que la vida humana puede tener, la más bella, la más rica en promesas y consuelo, es poseer el Espíritu de Dios».
Valor de seguir adelante en la misión pastoral que había recibido y en la obra de la renovación conciliar. Fue valiente su toma de partido en defensa de la vida con la encíclica Humanae vitae, valiente fue asimismo su encíclica Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, de la que se ha hablado mucho durante estos días en el coloquio internacional organizado por el Instituto Pablo VI; audaz, en fin, y conmovedora la profesión de fe, el Credo del pueblo de Dios, proclamada con tanta fuerza en la plaza de San Pedro al final del Año de la fe.
Siguen sólidamente grabadas en nuestro corazón sus cartas a las Brigadas Rojas y las palabras que pronunció en el funeral de su amigo Aldo Moro: «¿Quién puede escuchar nuestro lamento si no tú, oh Dios de la vida y de la muerte? Tú no has atendido nuestra súplica… por su incolumidad».
Pleno de humildad y dignidad fue su discurso al Consejo ecuménico de las Iglesias, en Ginebra: «Nuestro nombre es Pedro. Pedro es pescador de hombres, Pedro es pastor… Y el nombre que hemos elegido, el de Pablo, indica bastante la orientación que hemos querido dar a nuestro ministerio apostólico».
Fuerte y valiente es el comienzo de su homilía en Manila, pronunciada el 29 de noviembre de 1970 en un gran parque de la periferia de la ciudad, ante una muchedumbre inmensa formada sobre todo por jóvenes agricultores y pescadores; dijo con fuerza y decisión: «Yo, Pablo, sucesor de san Pedro, encargado de la misión pastoral para toda la Iglesia, no habría venido desde Roma a este país tan lejano, si no estuviera firmemente convencido de dos cosas fundamentales: la primera, de Cristo, la segunda, de vuestra salvación. Convencido de Cristo; sí, siento la necesidad de anunciarlo, no puedo callar, ¡ay de mí si no proclamase el Evangelio! Para esto me ha mandado Cristo. Soy un apóstol, soy un testigo».
Y porque era un mandado, tuvo el valor de decir varia veces que no, y esto le acarreó el rechazo de gran parte de la opinión pública, pero el alcance positivo de sus negativas lo podrá juzgar adecuadamente la historia. Dijo no a la anticoncepción generalizada, no al divorcio y al aborto, no a la violación de los derechos del hombre, no a las guerras no al matrimonio de los sacerdotes (en la Iglesia latina), no al sacerdocio de las mujeres, no a los impulsos disgregadores dentro de la Iglesia.
Durante su viaje a India recibió la noticia de que el Parlamento italiano había aprobado la ley sobre la posibilidad del divorcio; al regresar, con delicadeza pero con firmeza, desaprobó pública e inmediatamente el hecho «que por muchos motivos», dijo textualmente, «especialmente por el amor que sentimos por el pueblo italiano, nos consideramos infeliz».
Era un hombre de inagotable paciencia y sabía muy bien que el verdadero pastor, antes de separar de la comunión incluso al último de sus hermanos, debe buscar todos los otros caminos posibles. Paciencia a la hora de soportar ataques contra su persona, paciencia para aclarar dudas, ofrecer motivos de reflexión, crear puntos de diálogo especialmente en aquellos casos en que se interpretaban sus intervenciones desde un punto de vista político.
Por su “demasiada” paciencia, que a menudo era clarividencia, fue definido “hamlético”, incierto. Sin embargo, él mismo quiso puntualizar: «Leo a menudo que soy indeciso inquieto, temeroso, incierto entre influjos contrapuestos. Quizá soy lento, pero sé lo que quiero. Después de todo, tengo el derecho de reflexionar»; y en otra ocasión: «Las cuestiones candentes son también cuestiones complejas. La honestidad impone tratarlas con calma. Hemos de respetar su complejidad».
Quizá pocos papas se han encontrado en situaciones históricas tan complicadas, cuando los cambios sociales y en el terreno religioso adquirieron ritmos vertiginosos. Había heredado un Concilio en marcha, un estado de fermento en toda la Iglesia. A Pablo VI, maravillosamente preparado por la Providencia, le tocó la tarea de reorganizar y reformar, de conciliar el impulso de las ideas audaces, de plantar cara tanto a los fanáticos como a los alérgicos de las estructuras.
Tuvo que presidir, en la caridad, el ingreso en la vida de la Iglesia de las tensiones opuestas de impulsos hacia delante y fuerzas que frenaban; esto es evidente si miramos su obra en conjunto, a lo largo de los quince años de pontificado. Sus decisiones pacientes, sopesadas, a menudo innovadoras, muestran una coherencia y una lógica incontestables.

Pablo VI con su secretario monseñor Pasquale Macchi paseando por los Jardines vaticanos
«La Iglesia es nuestro amor constante», afirmaba, «nuestra solicitud primordial, nuestro pensamiento fijo; el primer y principal hilo conductor de nuestro humilde pontificado».
Es el Papa de la renovación de la Iglesia de acuerdo con el Concilio. Un camino que recorre con decisión, despacio hasta estar completamente seguro; pero una vez que ha decidido se muestra firme e inamovible. Apasionado tanto de los valores del pasado como de las perspectivas del futuro, sufre por cada decisión con toda la adhesión de su humanidad que ha recibido una tarea enorme que el mundo no siempre puede comprender.
Al regresar de su visita pastoral a India les dice a los fieles romanos que le esperaban entusiastas en la plaza de San Pedro: «Gran cosa es la Iglesia, realidad y misterio al mismo tiempo. Hemos comprendido una vez más y muy claramente que está hecha para el mundo, también para el mundo de hoy».
Y así nos enseño también cómo se ama a la Iglesia y cómo se escucha la Palabra de Dios, maestro de amor al hombre y a la Iglesia, un maestro que no ha cerrado sus oídos a los gritos de la humanidad, porque vive, asume, participa en todas las ansias del mundo.
«Nuestro corazón» decía, «es como un sismógrafo en el que repercuten todas las vibraciones de la pasión humana». Sabe sufrir con los que lloran y sabe alegrarse cuando es el momento, encarnando las angustias del mundo de hoy y las certezas gozosas del cristiano que cree y espera en Jesucristo resucitado.
Su misión apostólica lo acerca continuamente a los problemas de los pobres, de los necesitados, de los afectados por calamidades naturales y sociales, recordándonos «que nuestro prójimo, ese al que debemos amar como a nosotros mismos, no es solamente nuestro hermano cristiano».
Allá donde fue quiso siempre visitar a los pobres y enfermos, darse cuenta personalmente de sus condiciones, llevar palabras de consuelo y ayuda material, hablar y rezar con ellos. En Palestina, India, Fátima, Turquía, Colombia, Uganda, Polinesia, Bangladesh, Filipinas, Indonesia, Sri Lanka. Al volver de su viaje a América Latina dijo que había visto, en las infinitas y devotas multitudes que fueron a saludarle, «el reflejo del amor del Señor sobre la pobreza».

Pablo VI rezando en la gruta de la Virgen de Lourdes de los Jardines vaticanos
Era incansable, debido a su amor por los hombres, en las iniciativas por la justicia y el progreso; se siente defensor y hermano del hombre en virtud del mandato de Cristo, recordando a todos que la solución de los problemas grandes y pequeños de la humanidad es el amor, «no el amor débil y retórico», decía, «sino el que nos enseña Cristo en la Eucaristía, el amor que se da, el amor que se multiplica, al amor que se sacrifica»; y decía también: «Que Cristo derrote nuestras resistencias humanas y haga de cada uno de nosotros un testigo creíble de su amor».
A pesar de los sufrimientos de la humanidad y de los suyos personales, Pablo VI, en sus gestos y palabras, tenía una fuerza humana que hacía que estuviera lleno de esperanza. Un Papa optimista, pues, tan optimista que el día de Pentecostés de 1975 lanzó al mundo el reto de la alegría: por primera vez un sumo pontífice promulgó un documento sobre la alegría, una explícita interpretación positiva de la vida y de la historia, porque el cristianismo es alegría, porque Cristo resucitado es nuestra alegría y Él solamente es nuestra salvación.
Afirmó recientemente Juan Pablo II: «Llevaba en su corazón la luz del Tabor, y con esa luz caminó hasta el final, llevando con alegría evangélica su cruz».