Varallo Sesia - Vercelli
La Jerusalén de los Alpes
El Sacromonte, o “nueva Jerusalén”, de Varallo es el más antiguo de los Sacromontes. Promovió su realización el padre Bernardino Caimi, quien habiendo sido custodio en Tierra Santa, sabía que los viajes a Palestina en aquellos tiempos eran una aventura fuera del alcance de casi toda la población. En las 43 capillas que forman el complejo del Sacromonte centenares de estatuas de tamaño natural hacen revivir al peregrino los lugares y escenarios de la vida de Jesús. Después de Varallo los Sacromontes se convirtieron en un fenómeno artístico y devocional de las zonas alpinas durante casi dos siglos
texto de Giuseppe Frangi; fotografías de Pepi Merisio

Sacromonte de Varallo, La Crucifixión, capilla XXXVIII, estatuas y frescos de Gaudenzio Ferrari
A poco más de cien años de su fundación y con las obras de embellecimiento, que durarán otros cien años, en plena actividad, comenzaba la dura lucha contra el tiempo para la salvaguardia de este inmenso patrimonio artístico y devocional.
La historia de los comienzos de esta extraordinaria empresa, aunque adornada de leyendas, está bien documentada y posee referencias, incluso literarias, muy concretas. Matteo Bandello, escritor lombardo, en la narración XXV dedicada al conde Ludovico Tizzone de Decina, habla, hacia mediados de 1500, de una gira al Sacromonte. Dice el prólogo de la narración: «Saliendo estos días de atrás fray Jerónimo, vuestro hijo y yo para ir a visitar el Sepulcro de Varallo y esos hermosos y devotos lugares, hechos y ordenados a semejanza de los lugares de Tierra Santa…».
Cierto que el proyecto del fraile franciscano Bernardino Caimi, de noble familia milanesa, suscitó gran interés no sólo en la zona de Valsesia, sino en todos los Alpes occidentales.
Este fraile que había vivido en Palestina donde había sido custodio y reverente peregrino de los Lugares Santos, al volver a Italia sintió nostalgia y pensó reproducir en lo posible una “Nueva Jerusalén” para la devoción popular.
En tiempos en que los viajes eran una aventura peligrosa y las posibilidades económicas un obstáculo insuperable para casi la totalidad de la población, el buen fraile pensó que lo mejor era realizar este lugar de recuerdo, de devoción y de plástica demostración.
Después de haber buscado durante tiempo un lugar adecuado en la zona prealpina, lo encontró en Varallo, en la cima del monte que domina el pueblo. El desnivel respecto a este último es algo más de 150 metros y su altitud supera de poco los 600 metros sobre el nivel del mar.
Aunque la ferviente predicación de fray Caimi suscitó entusiasmo, las negociaciones con los habitantes de la zona requirieron algún tiempo y la compra fue posible gracias a la participación de la nobleza local.
Hay que señalar que un proyecto de este tipo no tenía términos de comparación en ningún lugar, aunque ya existían grandes centros de devoción y peregrinación. No podemos, por tanto, descartar la hipótesis de que hubiera cierto escepticismo que, sin embargo, no triunfó dado que –como escribe Pietro Galloni, uno de los historiadores del Sacromonte más serio– el 14 de abril de 1493 «los hombres de Varallo entregaron al Reverendo Padre fray Bernardino de Caimi, vicario de la orden de los Frailes Menores de la provincia de Milán […] el monasterio con la iglesia [Santa María de las Gracias], campana y campanario, edificios, talleres y otras pertenencias, situados en el territorio junto a Varallo que solía llamarse Sotto Seletta o In Seletta con sus dependencias», que se convirtió en el taller para la construcción de las capillas. El complejo que hoy se presenta al viajero posee una grandiosidad y eficacia que, estamos seguros, supera el primitivo proyecto de Caimi, sencillo y modesto.
Arquitectura, pintura, escultura se armonizan en un escenario de libre y creadora fantasía con resultados asombrosos.
El trabajo de siglos siguió adelante con altibajos, a menudo las obras se paraban por falta de dinero, penuria de artistas o por causa de otras adversidades naturales y sociales. El complejo arquitectónico, con sus característicos tejados de pizarra, tomó forma en cuarenta y tres capillas, en el santuario y en construcciones para alojar a los peregrinos y a los pocos habitantes estables encargados del Sacromonte.
No queremos exceder en entusiasmo, pero ofrecemos algunas opiniones sobre la existencia de este fenómeno religioso y artístico que dio vida a otros proyectos análogos, que en torno a lo siglos XV, XVI y XVII se desarrollaron en la zona alpina piamontesa, lombarda, suiza y austriaca.
El inglés Samuel Butler (que podemos considerar uno de los descubridores de los Sacromontes) señala con amargura en su Studio artistico sulle opere d’arte del Sacro monte di Varallo e di Crea, publicado en italiano en 1894: «No logro entender cómo los numerosos ingleses amantes de las bellas artes que continuamente recorren Italia no se han percatado –o han descuidado– una zona que posee muchos tesoros interesantes y que no tiene rivales. Sin embargo, no debo quejarme mucho de esto, porque muchas imperfecciones y algunos errores de este libro serán perdonados por ser yo el primero que exalta Varallo dándole la importancia que se merece ante los lectores ingleses». Lectores ingleses que podían leer en el anuario de arte más famoso de la época este expeditivo juicio: «Si bien las capillas de la subida al Sacromonte causan maravilla y admiración a los innumerables peregrinos que frecuentan este santo lugar, el mal gusto, sin embargo, de los vestidos y del color hace que sean repugnantes a un ojo educado al arte» (Handbook of Painting, obra de sir Henry Layard).

La capilla de la Anunciación
Tampoco puede decirse que en Italia hubiera mayor consideración por las obras artísticas del Sacromonte de Varallo y de los otros análogos de Varese, Orta, Crea y de todos los que ahora podemos admirar.
Si nos fijamos en la vasta bibliografía sobre Varallo, más de 500 títulos desde su fundación hasta hoy, pocas son las obras de verdadera crítica artística y sólo marginalmente han tenido presentes las obras maestras conservadas en las capillas del Sacromonte.
Incuria, pereza, prejuicios sobre todo, consecuencia de esa incongruente dicotomía que, desde el siglo XV hasta el siglo XVII, ha dividido el arte figurativo en dos partes: el arte noble o el arte sin adjetivos y el arte popular, menos digno de entrar en los grandes circuitos de lo bello.
Pero volvamos a la historia, o crónica, de Varallo. El padre Caimi, el inventor de la “nueva Jerusalén”, moría en 1499 dejando hecho poco y, sin embargo, dejando mucho, es decir, dejando arraigada en los corazones de toda clase de personas la convicción religiosa de esta obra grandiosa.
Surgió entonces de la forja multiforme de Valsesia el astro artístico de Gaudenzio Ferrari.
Nacido en Valduggia entre 1475 y 1480, desde 1507 trabajaba como pintor en Varallo: está última es la fecha puesta en los frescos de la capilla de Santa Margarita en la iglesia de Santa María de las Gracias.
La construcción del Sacromonte era sin duda la obra más colosal de aquellos tiempos en Piamonte y Lombardía y la aspiración de varios artistas más o menos famosos.
Cuando el padre Caimi murió, Gaudenzio Ferrari era vagamente conocido y las construcciones del Sacromonte eran todavía poca cosa.
En 1517 Gaudenzio era ya un maestro y ese año la empresa de Varallo da un cambio decisivo y adquiere una fisonomía casi definitiva.
Escribe Giovanni Testori en un ensayo de 1956: «Pero ¿detrás de qué inspiración (quiero decir inspiración artística)? ¿Y siguiendo qué proyecto?
Este es el momento en que hay que introducir la figura de Gaudenzio, que mientras tanto había llegado a ser un maestro, en la historia del Sacromonte; y no sólo para reconocerle, al lado de las partes en pintura, las partes en escultura, sino toda la idea de la obra, su sentido, su significado, su proyecto práctico y concreto; esto es, la creación de un teatro en figura, el desarrollo de una acción dramática que vive del intercambio continuo entre su movimiento dinámico interior (pintura-escultura) y su posibilidad exterior de representar siempre, precisamente por ser estables y fijos, cada uno de los actos que lo componen».
En esas paredes y en esas estatuas que desarrollan los misterios de la vida de Cristo «Gaudenzio ha reunido realmente a toda la gente de su valle; se ven nobles, señores, soldados, campesinos, pastores, jóvenes curiosos y asustados, pero sobre todo una larga serie de madres; aquellas que desde joven, quizás a imagen de la suya, había visto primero mozas, luego casadas, trabajar duramente para sacar adelante la casa y criar los hijos; aquellas con las que debía de haber hablado mucho (por el cuidado patético que ha puesto en representarlas); jóvenes unas, otras entradas en años; todas rubias, como lo son hoy también, caras redondas; carnes dulces y encendidas por los vientos de Alagna; ojos agudos; inteligencias prácticas y sumisas; corazones sencillos, verdaderos y fieles; casi todas están representadas en el acto de estrechar contra su pecho, como partes de su propio cuerpo, a sus hijos; dulces, queridas, memorables imágenes de inocencia ante el teatro del dolor y de la sangre».
Sólo algunas alusiones para comprender que el Sacromonte no es solamente el fruto de una benéfica y cautivadora inspiración religiosa, sino también un concreto, doloroso y libre impulso artístico.
Gaudenzio Ferrari, además de un ejecutor de imágenes, fue el inventor y el guía, el director de escena podríamos decir, de esa inmensa, terrible y al mismo tiempo suave representación sagrada.
Si el beato Bernardino Caimi fue el inspirador y Gaudenzio Ferrari el inventor artístico del Sacromonte de Varallo, san Carlos Borromeo, el gran arzobispo de Milán de 1560 a 1584, fue el protagonista y el mecenas atento. Cuando lo visitó en 1578 quedó admirado y se prodigó para que sus contemporáneos lo conocieran mejor.
En la última visita de 1584 inmediatamente anterior a su muerte, como recuerda el Breviarium Romanum en la conmemoración del santo, dio disposiciones y medios para la construcción de otras capillas que completaran mejor la vida de Jesús y fueran de útil edificación para el pueblo amenazado por la herejía de la Reforma.
Durante el gobierno de san Carlos Borromeo en la archidiócesis milanesa muchas controversias afligían la vida del Sacromonte y él intervino firmemente para reglamentar el uso de las limosnas, como atestigua una carta del 19 de febrero de 1568. Habían nacido discordias entre los fabriqueros y los reverendos padres. Intervino el cardenal Borromeo como protector de la Orden de san Francisco disponiendo, de acuerdo con el ministro general de la Orden seráfica, el padre Luigi de Borgonuovo, que el cepillo de las limosnas para las misas volviera a ponerse en la sacristía, que los fabriqueros fueran libres de tener y poner cepillos para la Fábrica, que fuera propiedad de la Fábrica la cera y todas las cosas donadas, a condición de que los fabriqueros suministrasen lo necesario para la celebración de las misas.
Un poder especial del papa Gregorio XIII del 28 de octubre de 1581 encarga al cardenal Carlos Borromeo que resuelva las continuas discrepancias entre las autoridades civiles y religiosas del Sacromonte, pero al parecer la mediación no tuvo éxito pues, tres años después de la muerte del cardenal, el papa Sixto V tuvo que intervenir de nuevo el 30 de mayo de 1587 con un importante documento para reglamentar la administración del Sacromonte y acabar con todo pretexto de disputa.

La Virgen con el Niño, detalle de Los Reyes Magos en Belén, capilla V, estatua de Gaudenzio Ferrari
Con un breve pontificio del 15 de noviembre de 1603 se encarga a los frailes Reformados de san Francisco que se ocupen del Sacromonte en substitución de los frailes de la Observancia que habían sido, por medio de su hermano de hábito el padre Caimi, los fundadores.
Ciento sesenta y dos años después, el 4 de julio de 1765, Carlos Alberto, rey de Cerdeña, da su beneplácito a la petición de los padres Reformados que querían abandonar el gobierno del Sacromonte por los continuos roces con los fabriqueros y por la absoluta incompatibilidad de tendencias y métodos.
Con las Providencias reales del 17 julio del mismo año los sacerdotes eclesiásticos seculares toman posesión del Sacromonte, que de este modo vuelve a ser propiedad de la comunidad de Varallo.
Se cierra un capítulo muy controvertido de este centro religioso.
Un ilustrador de las bellezas de Italia –Federico Zuccaro– así bosquejaba en 1606 una visita al Sacromonte de Varallo: se subía «… por una larguísima Escalera de Piedra de trescientos o más escalones toda derecha, la cual a primera vista muestra llegar al Paraíso, en la cima está la Capilla del descanso, y poco después otras hasta que se llega a la cima del monte, que está rodeado por un muro de casi una milla de perímetro, dentro de esta circunscripción hay principalmente una Iglesia… en torno y por toda la cima del Monte, hay cuarenta Capillas lejanas una de otras un tiro de piedra, y en cada una de estas Capillas está representado un misterio de la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, a imitación de Tierra Santa, de singular devoción por estar en ellas representadas al natural, todas las figuras, y misterios de relieve, de barro cocido coloreadas, que vivas y verdaderas parecen…».
En aquella época ya habían sido construidas treinta y ocho capillas, y todo el complejo había adquirido casi totalmente la fisonomía actual, superando o modificando las intenciones del padre Caimi y desarrollando, como se decía, esa ilustración didáctica que los acontecimientos religiosos y políticos habían hecho necesaria para la salvaguardia del dogma.
A la intención primitiva de representar los misterios de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo se habían superpuesto los temas del pecado original, del juicio universal, del infierno, temas que la Contrarreforma defendía de la erosión de la herejía protestante.
Desde el punto de vista artístico, tras un momento de extravío debido a la muerte de Ferrari y de sus estrechos colaboradores, hubo un intento de sistematización general del arquitecto Galeazzo Alessi, el más famoso del Milán de entonces, que en 1565 intentó, encargado por el fabriquero Giacomo d’Adda, realizar una plataforma arquitectónica y urbanística que cumpliera con las exigencias de una peregrinación devota y de una decorosa presentación de los misterios.
De este proyecto, por suerte, poco pudo realizarse, sea por el gasto notable que comportaba, sea por la oposición de muchos que veían en esta sistematización una traición radical de las intenciones que habían inspirado el Sacromonte. Hoy queda el portal mayor, la primera capilla del pecado original de Adán y Eva y parte del trazado regular.
Si en la fase inicial de la edificación del Sacromonte hubo un aire innovador y creador con Gaudenzio Ferrari, que dejó su obra maestra en el Calvario, y con su escuela –Fermo Stella, Antonio Zanetti, Giulio Cesare Luini, su hijo Girolamo y otros menores–, en el siglo siguiente, bajo el impulso que le dio el obispo de Novara Giovanni Bascapè, trabajaron allí el arquitecto y pintor de Perusa Domenico Alfano, el escultor flamenco Giovanni De Wespin, llamado el Tabacchetti, Michele Prestinari, Pier Francesco Mazzucchelli, llamado el Morazzone, Antonio d’Enrico, llamado Tanzio, y su hermano Giovanni, naturales de la zona, y una decena de otros artistas.
En los siglos siguientes las construcciones están casi todas acabadas y los artistas que trabajan ahora son decoradores o se dedican a rehacer las paredes que la incuria y la humedad van destruyendo.
La eficacia representativa de esta tragedia sagrada sigue intacta. Hemos de estar agradecidos a los responsables religiosos y laicos de los maltratados siglos XVI y XVII porque, aún en los casos más disparatados y en las situaciones más penosas, supieron gratificarnos con tan gran decoro en la presentación “popular” de estos misterios.
Lo repetimos: la primera inspiración de esta gran representación fue el deseo de edificar a la gente sencilla, al pueblo, y hemos de decir que se hizo usando las mentes artísticas más representativas del tiempo de acuerdo con ese «celo por la casa del Señor» que nos ha donado las obras más bellas.