Ser cristianos
Giulio Andreotti
Aludo aquí por incidens a una contraposición actual, esta vez sobre la maternidad por fecundación. La ausencia de normas legislativas era muy grave; y pese a tratarse de un texto no perfecto, muchos lo votamos en ambas Cámaras anunciando nuestra disponibilidad a perfeccionarlo posteriormente. La reacción laicista contra esta ley está en pleno fermento con la recogida de firmas para conseguir celebrar un referéndum que la anule.…
Entre las personas a las que les debo
enseñanzas fundamentales para mi formación juvenil está un sacerdote que por
entonces me parecía paradójico, pero cuya inteligencia y profundidad comprendí
más adelante. Entre otras cosas decía con frecuencia que en el decálogo de
Moisés la máxima más importante es la premisa: «No pronunciar el nombre de Dios
en vano».Reflexionaba sobre ello durante las últimas semanas ante el alud de polémicas que, comenzadas ocasionalmente con el tema “europeo” de Rocco Buttiglione, desembocaron en complicadas disputas sobre la libertad política de los católicos, sobre la relación política-religión, sobre una especie de llamamiento a las armas de la población contra la expansión islámica, y así sucesivamente. También forman parte de este cuadro las consecuencias por la no inclusión de la referencia a las “raíces cristianas” en el texto de la Constitución europea, donde, de todos modos, existe una referencia cristiana, en la fecha, porque 2004 está en el calendario de los años del Señor (cuando se usaba el latín se decía Anno Domini).
Sobre el tema relacionado del papel de los intelectuales católicos en la sociedad italiana se ha desarrollado en Génova un convenio de estudio del MEIC (Movimiento de Licenciados Católicos), que ha conseguido centrarse perfectamente en la contraposición a la que antes aludía. Por un lado, siguiendo a Croce, muchos afirman que no pueden definirse cristianos; pero, por el contrario, está creciendo un frente laicista, muy polémico –a veces sutilmente, en otros casos de tonos duros– frente a los católicos declarados.
Las reflexiones de Génova fueron especialmente puntuales. No tenía cabida ningún tipo de preocupación política práctica, por así decir.
Es cierto: muchos de los jóvenes que constituyeron en la posguerra el esqueleto de la Democracia Cristiana (junto a los procedentes de las batallas populares prefascistas) procedían de la FUCI y del Movimiento de Licenciados, que eran núcleos cualitativos dentro de la Acción Católica, a diferencia de las “ramas” dirigidas hacia la organización de masa. Las actas de la Asamblea constituyente atestiguan estas aportaciones de hombres que sabían escuchar y hacerse escuchar, para alcanzar síntesis de mediación de altísimo nivel con quienes representaban a las otras dos fuerzas presentes en Montecitorio: los liberales y la izquierda socialista y comunista.

El aula Julio César del Campidoglio durante los discursos oficiales antes de la ceremonia de la firma de la Constitución europea, que se celebró en la sala de los Orazi y Curiazi el 29 de octubre de 2004
Aludo aquí por incidens a una contraposición actual, esta vez sobre la maternidad por fecundación. La ausencia de normas legislativas era muy grave; y pese a tratarse de un texto no perfecto, muchos lo votamos en ambas Cámaras anunciando nuestra disponibilidad a perfeccionarlo posteriormente. La reacción laicista contra esta ley está en pleno fermento con la recogida de firmas para conseguir celebrar un referéndum que la anule. Expreso mi consideración de que hay que tratar de evitar este referéndum; naturalmente sin saltarse las reglas de corrección moral. La oposición a esta tentativa es propia de una mentalidad que ya en las dos ocasiones referendarias recordadas llevó al mundo católico a dolorosas y tremendas derrotas.

La Virgen con el Niño, conservada en el aula Julio César
La disputa actual trata de un tema más complejo y, en cierto sentido, de menor resonancia práctica. Pero la campaña de los favorables al referéndum parece como si prescindiera del tema específico, y en ella se llama, en la pannelliana [del líder radical italianoMarco Pannella, n. de la r.] recogida de firmas para que se unan al No, a los anticlericales de todas las extracciones e historias.
Adriano Ossicini, prestigioso presidente honorífico del Comité Nacional para la Bioética, escribió para nosotros en el número de octubre de la edición italiana de 30Días el documentado artículo cuya difusión debería ayudar a deshacerse de todas las cerrazones que turban o incluso impiden la confrontación de tesis. Ossicini estuvo largo tiempo en el Senado, y su competencia era de inestimable ayuda para eliminar prejuicios y oponerse a tesis carentes de validez científica. Hoy advertimos su ausencia, porque además pertenecía a ese tipo de auténticos parlamentarios para los cuales la objetividad y el diálogo son características ineludibles y no partidistas.
Un terreno aún más candente es la relación con los islámicos, que se ha hecho especialmente importante (y lo será cada vez más) por las grandes emigraciones. Injustamente interfiere aquí el tema del terrorismo, ya que es arbitrario poner en relación los dos campos. Existen muchos terroristas no musulmanes, y muchísimos musulmanes no terroristas. Una cosa que excita los ánimos es hablar de su “peligro” futuro, justificándolo con lo prolífico de las mujeres islámicas e incluso con la poligamia (que está prohibida por nuestro ordenamiento jurídico).
... Expreso mi consideración de que hay que tratar de evitar este referéndum; naturalmente sin saltarse las reglas de corrección moral. La oposición a esta tentativa es propia de una mentalidad que ya en las dos ocasiones referendarias recordadas llevó al mundo católico a dolorosas y tremendas derrotas
La defensa de la civilización y las
tradiciones cristianas ha sido asumida por ciertos escritores y sus relativos
círculos culturales con una fuerza polémica que parece ilimitada.Incluso, como en el caso de Oriana Fallaci, se presenta a la Iglesia como un comité de negocios y se hacen burlas de santa Bernadette, atribuyéndole como único mérito el de haber convertido a Lourdes en meta turística. Es estremecedor. Que se meta conmigo personalmente, dando rienda suelta a su fantasía sobre mi papel de convicción sobre Pablo VI para que se construyera la mezquita de Roma, es algo irrelevante. Pero lo demás, no.
Hace algunos años, consiguiendo la participación de la hija del asesinado presidente egipcio Sadat, creamos un “triálogo” entre cristianos, judíos e islámicos. No tuvimos éxito, porque los prejuicios políticos resultaron ser insuperables. El mismo resultado tuvo una iniciativa del Centro Pio Manzù. El orador musulmán estableció como acto preliminar una declaración hostil al Estado de Israel, y todo terminó allí.
Se constata también la dificultad de conseguir interlocutores válidos. Antes la célebre Universidad de El Cairo parecía ser el más adecuado, pero la politización del período de Nasser impidió el coloquio extra partes. Actualmente se están buscando nuevos foros interreligiosos, pero los obstáculos mayores son tanto la tendencia absolutista de la que algunos cristianos –o autoproclamados paladines del cristianismo– hacen gala, como el escaso entusiasmo de los otros.
La incomunicabilidad, sin embargo, debería ser impedida por las tendencias culturales contemporáneas. Se puede trabajar en esta dirección. Pero hay algo más.
La sabiduría de los estadistas de la segunda posguerra europea dio vida a acuerdos de los que nació en un primer momento la Comunidad y posteriormente la Unión Europea. El desarrollo del área relativa y las posteriores y previsibles ampliaciones nos comprometen también como católicos.
“Fucinos” [universitarios católicos, n. de la r.] y licenciados comprenden hoy lo acertada y preciosa que fue la formación recibida en Pax Romana, a la búsqueda de encuentros y perspectivas evolutivas, comparando tradiciones, escuelas, experiencias.
Por desgracia hemos de hacer frente a una concepción perversa, según la cual la modernidad consiste en el rechazo y la ausencia de reglas, incluso de las leyes de la naturaleza.

Mezquita de Roma
Paralelamente se coloca la sensibilidad social. No es casualidad que el esquema de formación montiniano comprendiera la participación de los universitarios en la actividad de las Conferencias de San Vincenzo. Pero hay más.
Según la enseñanza pontificia en la que se apoyaba grandemente Pío XII, la paz es fruto de la justicia. La aportación de los intelectuales católicos se despliega, pues, en la tendencia a contribuir a que la sociedad sea cada vez menos injusta, aquí y lejos de nosotros; mediante acuerdos, cooperaciones para el desarrollo, organismos internacionales creados para la ocasión. Quienes nos veían sólo como necesarios (por lo que hasta les costaba trabajo tolerarnos) para la defensa contra el comunismo, y pensaban que hablar de reformas era un hábil recurso propagandista no habían entendido nada de nuestro itinerario público. No pedimos privilegios, queremos sólo la libertad de poder desarrollar –de la mejor manera posible– nuestra misión; y nunca oponiéndonos a los intereses generales.
No es importante llarmarse cristianos. Es esencial tratar de serlo y respetar a quienes viven de este modo su vida en la familia, en la profesión, en el área pública.
El recordado sacerdote de pueblo concluía a menudo su homilía dominical repitiendo la advertencia evangélica según la cual no todo el que dice: «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos.