NARCOTRÁFICO. Habla el director de la Oficina de la ONU contra la droga y el crimen
Las flores del mal
Los datos del nuevo informe de la ONU no dejan dudas. Afganistán, en tres años, se ha convertido en el líder mundial de la producción y el tráfico de opio. Gran parte de las ganancias del negocio de la droga termina en los bolsillos de los terroristas. Entrevista con Antonio Maria Costa
por Roberto Rotondo

Un convoy armado por las calles de Qalat, ciudad afgana situada cerca de la frontera con Pakistán
Con Costa, que está acostumbrado a estudiar el asunto no sólo desde el punto de vista de las cifras, sino en el campo mismo, gracias a sus repetidos viajes a las zonas donde trabaja su agencia, hemos puntualizado la situación de ese Great game, como llamaban los ingleses a Afganistán, el cual ahora se está convirtiendo en un Drug power game.
Doctor Costa, ¿se tenía que terminar así? ¿No era mejor quedarse con los talibanes?
ANTONIO MARIA COSTA: No. Entiendo su provocación, dada la situación, pero técnicamente no podemos decir que los talibanes estuvieran contra el narcotráfico, porque fue sólo en el último año de su régimen cuando destruyeron los cultivos; en los otros cinco años la producción fue de récord. En realidad, los campos fueron destruidos porque la producción había sido muy alta y había provocado el derrumbe de los precios por exceso de oferta. Digamos que se trató de una operación comercial, de un agiotaje.
Sin embargo, no podemos negar que el nuevo informe de la ONU sobre el argumento pinta un cuadro muy negro...
COSTA: Sí, la situación es muy difícil. No sólo porque los cultivos de adormidera, en un año, han aumentado en un 64% (cultivos en los que trabaja el 10% de la población afagana, por lo demás), sino, sobre todo, porque el comercio de narcóticos está contaminando el sistema, económico, político y social; de manera tal, que el peligro de que Afganistán degenere en una suerte de “narco-estado”, se está volviendo realidad. Pero el problema no son los campesinos, cuyos campos observamos, incluso los más pequeños, de cuatro metros por cuatro, gracias a nuestros satélites que giran a 875 km de distancia de la tierra. El problema o los problemas son la corrupción y el mal gobierno, sobre todo en las provincias. Son los militares, el Ministerio de Defensa, la policía y los funcionarios que se ocupan de exportación e importación y lo autorizan todo, con mucha manga ancha. El problema son los señores de la guerra que controlan vastas áreas de territorio. En realidad, todos se están beneficiando del narcotráfico, una especie de Plan Marshall que este país se ha inventado.

Campo de adormidera en las cercanías de Laskargah, en la provincia afgana de Helmand
COSTA: Es necesario considerar el problema en sus aspectos políticos, sociales, económicos y también estratégicos. Karzai puede afrontar los aspectos políticos y sociales, porque los campesinos, incluso los que cultivan adormidera, lo han llevado a la presidencia de manera plebiscitaria. Pero dar un golpe fuerte a los traficantes no está al alcance del nuevo gobierno, porque estamos hablando de organizaciones muy aguerridas. He visto un vídeo de los servicios secretos iranianos, en la que aparece un convoy de traficantes formado por unos sesenta vehículos, todoterrens muy bien armados y con escolta de tipo militar. Son operaciones estratégicas que ponen sobre el tapete una logística con la cual ni el gobierno ni el ejército de Karzai pueden competir. A estas organizaciones deben combatirlas los militares de las fuerzas internacionales presentes en Afganistán. Importa poco que sea la OTAN o la coalición “Enduring freedom”, o las formas de asistencia bilateral italiana, inglesa o americana.
Usted ha solicitado públicamente a las fuerzas presentes en Afganistán, de EE UU y de la OTAN, una mayor tenacidad en la tarea de frenar a los traficantes. ¿Piensa que no se hace bastante en este frente?
COSTA: Yo creo que se están realizando operaciones de inhibición contra los traficantes, operaciones secretas. A pesar de que los responsables de los gobiernos y cúpulas militares lo nieguen, incluso a mí, existen muchos indicios de que algo está sucediendo. De otro modo, las cuentas no me cuadran. En efecto, en el último año, el precio del opio en las provincias del centro del país ha sufrido una fuerte reducción. En los mercados, por un kilo de opio seco se pagan 92 dólares, contra los 285 del año pasado. En cambio, si observamos el valor de la mercancía en la frontera con Pakistán y en las repúblicas de Asia central, no notamos ninguna variación de precio. En pocas palabras, la ganancia de los campesinos ha disminuido enormemente y la de los traficantes ha aumentado de la misma manera. Esto se explica sólo por el hecho de que el riesgo de los traficantes, a la hora de sacar el opio y la heroína del país, ha aumentado, debido a operaciones de secuestro y destrucción de la mercancía. Esta es sólo una hipótesis, pero es una hipótesis confortada por las impresiones de los operadores de la ONU presentes en la zona y también por las de los servicios secretos pakistaníes. Además, el aumento notable de la ganancia de los traficantes en detrimento de la de los campesinos no puede explicarse con un incremento de la demanda internacional de heroína, porque, en realidad, el consumo está bajando y, hoy en día, en el mundo se consumen alrededor de 400 toneladas al año.
¿Las zonas de producción están en las áreas controladas por las fuerzas de la coalición? Es decir, ¿podría suceder que nuestros soldados montan la guardia a las plantaciones de adormidera?
COSTA: Antes que nada es necesario reconocer que la producción de opio se ha difundido en todas las 32 provincias afganas. Pero es evidente que la intensidad de la producción es absolutamente mayor en las zonas más remotas; zonas donde es menor el control del gobierno y mayor el de los terroristas o talibanes, los cuales pueden proteger y controlar tanto a los campesinos y laboratorios, como el tráfico en general. Además, en la frontera con Pakistán, hay una zona larga y estrecha donde están presentes muchos grupos terroristas. Por fuerza el producto debe pasar por allí. Y los terroristas, como antes de ellos también los señores de la guerra, solicitan lo que en Italia llamamos “il pizzo”, “la tangente”, en fin, las mordidas. A veces piden el 10% del valor de la mercancía. También hay muchos traficantes de armas que las ofrecen a cambio de droga, gracias a la mediación de los mismos terroristas. Es por esta razón por lo que digo siempre que luchar contra la droga es luchar contra el terrorismo. Porque la lucha contra la droga quita al terrorismo su principal fuente de sustento, el caldo de cultivo en el que este virus nace y crece.
Sí, la situación es muy difícil. No sólo porque los cultivos de opio, en un año, han aumentado en un 64% (cultivos en los que trabaja el 10% de la población afgana, por lo demás), sino, sobre todo, porque el comercio de narcóticos está contaminando el sistema, económico, político y social; de manera tal, que el peligro de que Afganistán degenere en una suerte de “narco-estado”, se está volviendo realidad
Pero esta opinión suya no ha tenido
éxito entre los responsables de las operaciones militares. Tanto es así que
dice usted que los Estados Unidos estaban buscando a “alguien”, en el sentido
de Bin Laden, en vez de buscar “algo”, ese algo que le permite existir a Al
Qaeda. ¿Es todavía así?COSTA: No, los Estados Unidos se han dado cuenta del terrible riesgo de inestabilidad que provoca la droga y la connivencia droga-terrorismo. Esto ha sido entendido por los altos cargos del gobierno país, el Congreso, el Departamento de Estado y, diría, también por los civiles del Departamento de Defensa.
¿Y en Afganistán lo han entendido?
COSTA: Hablemos claro. Durante muchos meses Afganistán se ha dedicado a una larga campaña electoral. La fuerza de las democracias consiste en el hecho de que sus representantes políticos actúan bajo mandato popular, pero su debilidad se encuentra en la incapacidad de actuar en los períodos de elecciones. En los últimos doce meses el presidente Karzai ha sido frenado, sobre todo en la tarea de arrancar los cultivos, entre otras cosas para no crear conflictos o enfrentamientos en las zonas periféricas del país. Sin duda, hoy en día, el presidente tiene las manos más libres.
La droga, una vez que sale de Afganistán, sigue su viaje y atraviesa muchos países, entre los cuales varias repúblicas ex-soviéticas. ¿Cuáles son los perjuicios mayores que causa a su paso?
COSTA: Produce lo que producen todas las grandes concentraciones de recursos financieros ilegales: problemas de seguridad y problemas de estabilidad, especialmente en algunos países de Asia central. Existen grupos terroristas importantes, como el movimiento islámico uzbeko, que recibe fondos provenientes del tráfico de droga. Pero lo más terrible es que el 80% de los nuevos casos de sida en el mundo, causados por inyecciones de heroína, se verifican en las repúblicas del centro de Asia, en Rusia, Ucraina, en las Repúblicas bálticas, en fin, en la ruta del narcotráfico que parte de Afganistán. Es un porcentaje espantoso.
¿Qué se puede hacer, además de secuestrar la droga a los traficantes? Me parece que no hay una identidad de puntos de vista, especialmente en lo que se refiere a cómo convencer a más de dos millones de campesinos a cambiar de cultivo...
COSTA: Obviamente se debe trabajar con los campesinos. Nosotros, en la ONU, no tenemos programas de destrucción de cultivos, pero son cosas que hay que hacer, porque el campesino debe darse cuenta de que desarrollar una actividad ilegal constituye un riesgo. Lo es asaltar un banco o robar al vecino y también lo es el cultivo de la adormidera. Ahora bien, el elemento represivo es necesario, pero no debemos olvidar que éste es el tercer país más pobre del mundo. La pobreza no puede ser una coartada, pero es evidente que vuelve a la gente especialmente vulnerable ante la tentación de entrar en “el negocio”. Por ello tenemos necesidad de programas de desarrollo alternativo, de inversiones y microcrédito. No podemos pedir a los campesinos que abandonen cultivos tan rentables, sobre todo si la alternativa es morirse de hambre. El DNA de los afganos no es ni mejor ni peor que el nuestro. Si deben elegir entre la legalidad y la ilegalidad, eligen la primera; pero, ante la disyuntiva hambre o ilegalidad, se inclinarán por la segunda.

COSTA: Menos de lo que ha ayudado a los Balcanes y mucho menos de lo que ha hecho en Timor Oriental. En Bosnia, por ejemplo, hemos invertido 260 dólares al año por habitante, en Afganistán, 55. No quiero parecer cínico, pero creo que, para los afganos, la droga es una suerte de Plan Marshall nacional. Dado que no hay nada más, han desarrollado autónomamente un negocio que crea 2,8 mil millones de dólares al año, sin ataduras ni controles. Ven el opio como algo que no les hace daño, porque lo exportan. Y si ya no existe un régimen como el talibán, que ajusticiaba por mucho menos, la gente se dice “¿por qué no?”. Un campesino de la provincia de Kunduz a quien pregunté por qué cultivaba adormidera, me respondió: «Ahora somos libres, hay democracia, ¿por qué no debería hacerlo?».
Nos volveremos a encontrar en el 2005 y registraremos un nuevo récord en la producción o un eventual decremento, si el clima no ha sido favorable...
COSTA: No, creo que los resultados del 2005 serán mejores. Esta extraña identificación entre democracia y narcotráfico no durará. El país ha empezado a darse cuenta de que tarde o temprano esta historia terminará como terminó en Pakistán y en Tailandia. Lo que estamos viendo es el último esfuerzo por acaparar la mayor cantidad posible de dólares.