Somalia: renace el Estado
Durante casi 14 años el país fue campo de batalla entre señores de la guerra. Después de trece intentos sin éxito, la comunidad internacional consiguió poner de acuerdo a los varios clanes. El pasado octubre fue elegido un presidente y, desde diciembre, Somalia tiene un nuevo Gobierno
por Davide Malacaria y Giovanni Cubeddu

Nairobi: el nuevo presidente somalí Adulahi Yusuf Ahmed, a la derecha en la foto, con Sharif Hassan Sheik Aden, presidente del Parlamento somalí
Para monseñor Giorgio Bertin, obispo de Yibuti y administrador apostólico «ad nutum Sanctae Sedis» de Mogadiscio, el peligro del fundamentalismo ha jugado un papel no secundario en el éxito de este último proceso de paz, que comenzó hace unos dos años. Lo entrevistamos en Roma, en la Casa del clero de la calle de la Scrofa. «Desde 1991 hasta hoy, esta es la decimocuarta vez que la comunidad internacional trata de sentar a los jefes de las varias facciones somalíes en torno a una mesa de paz». Explica Bertin: «Esta vez hay una esperanza más, porque parece que el mundo se ha dado cuenta de que dejar Somalia en esta situación es peligroso para todos. El año pasado estuve en Estados Unidos, gracias a los buenos oficios del ex embajador en Yibuti, y hablé con un equipo cuya tarea era preparar la documentación para la Administración americana. Estaban obsesionados por el terrorismo. Alguien había planteado la hipótesis de una “intervención quirúrgica” en el país. Objeté que entre los somalíes el elemento religioso y el político siempre han estado separados y la población nunca ha visto con buenos ojos a los fundamentalistas. Existen infiltraciones, desde luego, pero son elementos aislados. Pero si los atacaban, habrían creado una fusión entre estos elementos y el resto de la población. Les expliqué que era necesario favorecer la reorganización de un Estado unitario, que podría contrarrestar con mayor eficacia este fenómeno. La elección de Yusuf ha sido fatigosa, pero es un paso en esa dirección. Esperemos que esta vez salga todo bien». Un proceso de paz laborioso que ha tenido éxito donde había fracasado una intervención armada de Estados Unidos durante el gobierno de Bush, padre, en 1992, y también la desafortunada –quizás apresurada– misión Restore Hope, a la que siguió una larga intervención de los cascos azules, bajo la dirección de Unosom, terminada en 1995, que, a pesar de todo, tuvo el mérito de salvar miles de vidas. Luego vinieron los otros intentos, vanos, promovidos por la ONU. «Es verdad, hemos fracasado muchas veces», afirma Winston Tubman, representante de las Naciones Unidas para Somalia, «pero de todos los anteriores fracasos hemos aprendido algo, nosotros y también el pueblo somalí y los demás países de la región. Este nuevo intento nace bajo otros y mejores auspicios: por primera vez, en este proceso de paz, además de los varios jefes locales, han participado todos los países de la región. Malhumores entre algunos jefes existen aún, pero por ahora no van a encontrar apoyo en las naciones vecinas».

Refugiados somalíes en Mandera, Kenia
Han promovido el proceso de reconciliación los países del Igad (Intergovernmental authority on development, un organismo regional para el desarrollo de los países del África oriental, compuesto por Eritrea, Etiopía, Yibuti, Somalia, Kenia, Sudán y Uganda), apoyados por otros Estados y organismos internacionales, los llamados Igad partners, como la Unión Europea y la Liga Árabe, pero también, curiosidades de la política, Japón. La aportación de Italia, dice Tubman, ha sido grande (por lo demás, siempre ha mantenido alguna forma de vínculo con su antigua colonia). Los Estados Unidos, en cambio, se echaron a un lado, limitándose a seguir los trabajos. Pero el proceso de paz ha seguido adelante igualmente. Lo primero que se hizo fue establecer los cuatro grandes clanes tradicionales, a los que se agregaron clanes menores y facciones. Se les pidió que eligieran a sus representantes en el Parlamento, cuya sede, por motivos de seguridad, está provisionalmente en Nairobi, Kenia. Los 275 parlamentarios tomaron posesión de sus escaños el 22 de agosto y, tras elegir a Sharif Hassan Sheik Aden, como presidente de la Asamblea procedieron a la elección por nombramiento del presidente somalí. Dos los candidatos: Abdulahi Yusuf y el derrotado Ahmed Addou, ex embajador en Estados Unidos. Según los analistas, a Yusuf le ha favorecido su pasado de opositor del régimen de Said Barre, además del prestigio de ser el presidente del Estado somalí de Puntland, región del Cuerno de África que en 1998 se proclamó autónoma. Observa Tubman: «Un hecho ciertamente positivo es que en el momento de las elecciones los candidatos a la presidencia firmaron un documento en el que se comprometían a desarmar a sus propios clanes y a apoyar a quien saliera elegido». Efectivamente, el desarme de las milicias es el primer punto de la agenda del nuevo presidente. Según los cálculos de su equipo de gobierno, en Somalia circulan unos dos millones de armas pesadas y ligeras. Es difícil pensar en un mínimo de seguridad con tantos instrumentos de muerte. Por este motivo se ha decidido que el nuevo Gobierno se quede provisionalmente en Nairobi. Y Yusuf le ha pedido a la Unión Africana que envíe un contingente de 15-20.000 soldados. «Yusuf no es el único que piensa que hacen falta tropas extranjeras para desarmar a las facciones», sigue diciendo Tubman: «También el secretario de la ONU, Kofi Annan, hizo una petición análoga al Consejo de Seguridad. Pero esto debe ser paralelo a la creación de fuerzas de seguridad internas que ayuden a las tropas extranjeras en una tarea tan difícil. En Somalia hay muchos ex representantes de las fuerzas de seguridad que podrían ser adiestrados y encuadrados para este fin. Naturalmente es sólo el primer paso. Es preciso que el orden y la estabilidad vuelvan al país, de modo que se puedan crear las condiciones para atraer inversiones y dar nuevas oportunidades de trabajo».
Las etapas siguientes están ya fijadas: el actual gobierno de transición permanecerá en funciones durante cinco años, tiempo en el que tratará de dar vida, dentro de la sociedad, a los partidos políticos que tomarán parte en las sucesivas elecciones. Además, la comunidad internacional colaborará y apoyará las iniciativas del nuevo gobierno, mediante una comisión creada ad hoc. Queda por definir la cuestión del Somaliland –región del norte que corresponde más o menos a los territorios del ex protectorado inglés–, que en 1991 se declaró independiente y no ha participado en el proceso de reconciliación. Para no complicar más la normalización del país, la cuestión de las relaciones entre el gobierno de Mogadiscio y Somaliland fue aplazada sabiamente y los respectivos gobiernos la definirán autónomamente.

Monseñor Giorgio Bertin
Mientras esperan que el orden reine en Mogadiscio algunos señores de la guerra hacen demostración de sus fuerzas, unos dando a entender que no aceptan la paz, otros para subir el precio, y la macabra contabilidad de los muertos debe ponerse al día continuamente. Dicen en la ONU que el número real de las víctimas de este conflicto podrá conocerse sólo cuando vuelva la normalidad. Pero varios cálculos oficiosos dicen que el número de muertos desde 1991 hasta hoy oscila entre 300.000 y 500.000 y los refugiados son unos dos millones, sin contar las muertes por hambre y enfermedades que en este caos han aumentado exageradamente. Una lenta consunción, que el obispo de Yibuti, que durante años ha estado en Somalia, ha podido observar de cerca. «Antaño la Iglesia aquí era una presencia imponente y visible: administraba escuelas, servicios sanitarios y muchas otras cosas… Luego, en 1969, ocurrió el golpe de Estado de Siad Barre y el nacimiento de la República Democrática Somalí, de inspiración socialista. Su manifiesto revolucionario fue imprimido en la imprenta católica… Era la mejor». Sonríe pensando en las vueltas que da el destino. Y recuerda sin encono aquel régimen. En el fondo, explica, era como los demás, con sus luces y sus sombras. Entre las luces, seguramente, la introducción de la lengua somalí escrita y la alfabetización del país. Luego vino la nacionalización de las escuelas, y todos los edificios escolares privados, incluidos los católicos, fueron expropiados. Y también las casas de los misioneros, si eran adyacentes a los edificios escolares. Esta es la situación que Bertin, que ya había estado en Somalia desde 1969 a 1971, encuentra cuando regresa como joven sacerdote en 1978. «Hubo un periodo de desbandada. Muchos de nosotros se encontraron sin ocupación, o por lo menos sin la que estaban acostumbrados a desempeñar y se fueron. Fue un golpe, sin embargo, aunque una presencia institucional terminaba, no terminaba la presencia católica, que en la nueva situación iba a estar presente de otra forma, es decir, como servicio. Para mí, que soy franciscano, era volver a lo prescrito por san Francisco en la llamada Regla no bulada, donde explica que hay dos modos de ir en misión a los países de los Sarracenos, como se llamaban entonces: el primero es no discutir con nadie, someterse a las autoridades y decir que somos cristianos. El segundo, cuando Dios quiera, es anunciar abiertamente que el único salvador es Jesucristo. El cambio fue duro pero luego, poco a poco, las religiosas fueron reincorporadas a los hospitales estatales y a las escuelas públicas. Una dinámica que se había intensificado después de la desgraciada guerra de Ogaden, cuando Etiopía derrotó a Somalia en 1977. Los años que vinieron fueron difíciles, también económicamente. El régimen de Barre se debilitó. En aquellos años hubo una intentona de rebelión, llevada a cabo por un joven oficial entonces desconocido para mí, Abdulahi Yusuf. La intentona fracasó y Yusuf se refugió en Etiopía de donde continuó su lucha. Luego llegaron al país los ecos de la revolución iraní, que suscitó una oposición contra el régimen de tipo religioso. Pero la rebelión armada contra Barre venía de los clanes: los focos de rebelión aumentaban y poco a poco minaron el régimen, que cayó en el 91».
Para la Iglesia esos últimos años fueron especialmente duros. El 9 de julio de 1989 fue asesinado el obispo de Mogadiscio, monseñor Salvatore Colombo. «Entonces –recuerda Bertin– yo era vicario episcopal. Se acusó del crimen a los islámicos, pero yo no estoy convencido. Creo que se trató de una especie de homicidio de Estado. Es probable que Barre, o alguien de su entorno, quisiera presentar ante el Occidente el peligro islámico. Seguimos adelante, haciéndonos ilusiones de que no nos volverían a molestar. Pero luego, en el 91, quemaron la Catedral y tuvimos que irnos. Y con nosotros se fue el 90% de los cristianos, que eran sobre todo extranjeros». El prelado recuerda que, durante cierto periodo, en el país permanecieron algunos catequistas, que llevaban a cabo su obra pastoral relativamente tranquilos. Pero pronto la guerra entre bandas les impidió realizar su misión. Ahora en Somalia hay unos cuarenta cristianos. Monseñor Bertin habla de encuentros fugaces durante sus viajes apostólicos, de intercambios epistolares, de oraciones comunes robadas con cautela. No por ello la Iglesia ha cesado su obra al lado del pueblo somalí. En Mogadiscio trabajan las hermanas misioneras de la Consolación. Él y otros sacerdotes van y viene del país. «Vista la situación, es imposible imaginar una presencia abierta», dice Bertin: «Pero la Iglesia ha seguido al lado de este pueblo, según modalidades dictadas por la prudencia, porque en ese caos es fácil ser víctima. La presencia cristiana en Somalia está sobre todo en manos de los laicos, como Annalena Tonelli, asesinada en 2003, que estaba allí inspirada por su fe. O como Graziella Fumagalli, directora de la Cáritas de Merca, asesinada el día del Domund de 1995. Son solamente los ejemplos más impresionantes de una presencia cristiana que se ha difundido a través de los medios más diversos, sobre todo a través del trabajo con las organizaciones internacionales».

Arriba, Nairobi: sesión el Parlamento somalí; debajo, Milicianos en Mogadiscio
Serán las perspectivas abiertas por el proceso de paz, serán las contingencias, pero el flujo de los refugiados que están regresando a Somalia en los últimos tiempos parece aumentar. Sólo este año Naciones Unidas ha conseguido repatriar a 13.000 personas que estaban en Etiopía y Yibuti. El campo de refugiados de Hartisheik (uno de los más grandes del mundo), en Etiopía, que ha llegado a acoger a más de 400.000 refugiados, cerró sus puertas en junio. El de los exiliados es un problema muy sentido por Angelo Masetti, responsable del Forum Italia-Somalia para la paz y la reconstrucción, que está trabajando tras bambalinas para facilitar la reconciliación. Afirma Masetti: «La guerra civil ha alejado del país a casi el 80% de los profesionales, que actualmente viven sobre todo en países occidentales. Una pérdida enorme en términos de recursos humanos. Nuestro proyecto es identificar, mediante elecciones, a representantes de la diáspora que puedan apoyar el proceso de paz y que den a Somalia esa contribución económica, de inteligencia y conocimientos, indispensable para el renacimiento del país». Hay urgencia en sus palabras. Porque mientras con fatiga la diplomacia trata de acallar el ruido de las armas, en el Cuerno de África se sigue muriendo. La trágica situación humanitaria del país ha sido ilustrada en el último informe de la ONU del pasado 8 de octubre. Según dicho documento, desde hace cuatro años la sequía afecta a varias regiones de Somalia: alrededor de 670.000 personas necesitan asistencia inmediata. Además, en el valle inferior del río Juba, un conflicto entre clanes rivales ha hecho que varios operadores humanitarios abandonen la zona, pese a las malas cosechas. Pronto el hambre afectará a la población de esta región: está en peligro la supervivencia de más de 165.000 personas. Lo que no puede referir el documento son los problemas psicofísicos que pesan sobre los niños, porque se limita a señalar que Somalia tiene uno de los índices de escolarización más bajos del mundo. Varias organizaciones internacionales intentan como pueden frenar el desastre y llevar un mínimo de alivio a las poblaciones exhausta. Es el caso de la Coopi (Cooperación internacional), una ONG de Milán creada por el padre Vincenzo Barbieri. La Coopi trabaja en Somalia desde hace unos veinte años. Efrem Fumagalli, que supervisa sus actividades, nos dice: «Llevar a cabo una intervención humanitaria en un territorio en que no existe Estado es más difícil que en otra parte. Para poner en marcha una intervención hay que llegar a un acuerdo con los jefes de las facciones locales, y el trabajo que se hace es siempre arriesgado. Este año hemos tenido que evacuar a nuestro personal cuatro veces. De todos modos, en Somaliland, donde se concentra nuestra actividad, la situación es más tranquila. Aquí nos ocupamos de varios hospitales, entre ellos el de Borama, y hace poco firmamos un acuerdo para encargarnos del centro de asistencia de enfermos de tuberculosis creado por Tonelli. Pero en un sitio así hace falta de todo. Por ejemplo hemos puesto en marcha dos proyectos, uno en el sur y otro en la inestable frontera entre Somaliland y Puntland, para la vacunación del ganado y para la creación de abrevaderos en las cañadas por donde pasa el ganado. Es un modo para ayudar a muchas familias que viven de la ganadería. Nuestro modelo es realizar proyectos cuyos beneficios no se terminen cuando finalizan: de este modo nuestro personal sanitario y administrativo colabora con el local para ayudarlo en su formación y, al mismo tiempo, cuando es posible, tratamos de comprar las medicinas a los comerciantes locales para favorecer la actividad comercial». También las cinco hermanas de la Consolación trabajan para una ONG, la organización humanitaria SOS Kinderdorf. Sor Marzia, la superiora, está en Somalia desde hace 36 años. Su voz, al otro lado del teléfono, es de las que te dan paz. Cuenta que una de las religiosas está ahora fuera del país, en Nairobi, donde la Congregación tiene una escuela para enfermeros que cuenta con ochenta alumnos. «Son muy buenos», dice contenta, y añade: «Aquí en Mogadiscio tenemos una aldea para niños huérfanos y un hospital con departamentos de maternidad y pediatría. Asistimos a mujeres y niños. Es el único hospital de la zona. La gente recorre hasta quinientos kilómetros para venir aquí. Ofrecemos asistencia y medicinas gratis. Hay mucho que hacer y las urgencias son continuas». Dice que viste el hábito religioso sin que ello suscite desconfianza. La gente está acostumbrada a ver monjas en los hospitales, dicen que si el hospital funciona es gracias a las monjas. Para ellas, que ven un sacerdote sólo cuando las condiciones lo permiten, es difícil participar en la misa. Así que todos los días se reúnen para rezar, leer las Sagradas Escrituras y para la adoración eucarística. Se hace así, en situaciones difíciles. Dice que el nombramiento del presidente ha suscitado muchas esperanzas entre la gente, pero que sin el apoyo internacional también este intento está destinado al fracaso. «Esta gente ha pasado dolores indecibles, pero si tuviera un trabajo, una ocupación, una alternativa, todo cambiaría». Se corta la comunicación, volvemos a llamar. Sor Marzia responde y, educadamente, nos reprocha a los periodistas que sólo nos ocupemos de los hechos sensacionales: «En cambio, nadie habla nunca de la bondad del corazón de esta gente. Si Somalia sigue en pie, es precisamente por la ayuda recíproca que se dan los pobres. Es algo conmovedor… si llega una persona especialmente necesitada los demás hacen una colecta, sacan algo de lo poco que tienen y se lo dan con una delicadeza… Por ejemplo, ayer vino una mujer y los demás le dieron unos chelines para que se comprara algo. Se levanta, sale, pero vuelve casi enseguida. Le pregunto por qué no ha comprado nada y me explica que había dado esos chelines a otra mujer, más necesitada que ella. Son cosas que no salen en los periódicos, pero son flores perfumadas, que es fácil ver estando aquí».
«Dicen que soy un señor de la guerra –declaró el presidente en su primer discurso oficial–, desde hoy me conoceréis como hombre de paz». El 1 de diciembre, el primer ministro somalí, Alí Mohamed Yedi, nombrado por Yusuf, presentó en Nairobi un gobierno de unidad nacional. No será una empresa fácil la reconstrucción del Estado, pero hoy en Somalia, la pequeña, tenaz esperanza tiene un perfume nuevo.