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CARDENALES
Sacado del n. 11 - 2004

Lo que mantiene a la Iglesia siempre joven


Un diálogo con el cardenal Ersilio Tonini: «Las oraciones de la mañana, que nuestras madres cuidaban con celo, creo que han sido la salvación de la Iglesia. Debemos recuperarlas. Si los obispos lanzáramos este programa, en vez de grandes reuniones…»


por Lorenzo Cappelletti y Giovanni Cubeddu


El cardenal Ersilio Tonini

El cardenal Ersilio Tonini

La cita con el cardenal es en las Capellette di san Luigi, el antiguo palacio Rospigliosi al lado de Santa María la Mayor, llamado tradicionalmente así por haber sido antaño la sede de los Misioneros Imperiales, donde muchos niños romanos durante los dos siglos pasados se prepararon para la primera comunión (entre ellos Pío XII, en 1886 simplemente Eugenio Pacelli). Y donde muchos sacerdotes residieron: desde el mismo Francesco Maria Imperiali a san Juan Bautista De Rossi, desde Giuseppe Rinaldi a Pirro Scavizzi.
El cardenal llega por la parte de atrás con paso rápido (acaba de grabar un programa de televisión) y sólo después se acordará con placer de que se trata de un lugar familiar, que en un primer momento no había reconocido. Decanta la hermosa transformación en un lugar de hospitalidad austero y lleno aún del encanto y del fervor de la fe católica que puede respirarse todavía en algunas partes de Roma.

El diálogo comienza por lo que tenemos delante: una inimaginable descristianización, por usar las palabras que empleó el cardenal Ratzinger hace unos años…
ERSILIO TONINI: Los momentos más trágicos de la Iglesia son los momentos de la juventud de la Iglesia. San Agustín estaba casi obsesionado por la destrucción de Roma. En primer lugar, porque era Roma y, en segundo, porque los paganos daban la culpa de la destrucción a los cristianos. Dice al principio de la Ciudad de Dios: «¿Creéis acaso que la Iglesia, el Evangelio, no van a sacar impulso de esto?». Dice que la juventud de la Iglesia coincide con la crucifixión de Jesucristo: «Haec iuventus Ecclesiae».
En este momento, mientras estamos desorientados y turbados y nos parece que el mundo se encamina hacia la destrucción total, yo estoy convencido que de esta tragedia… algo se sacará. Se está acabando el tiempo de las divisiones y de las contraposiciones y empieza el tiempo de la identificación. Esto es: las naciones desaparecen, la historia pasada pierde su importancia y nos damos cuenta de que sucede lo que al pueblo judío, que necesitaba las deportaciones para volver a comprender. El gran desafío, mirando al futuro, es este: ¿lograremos o no permanecer juntos?, como dice el gran libro de Alain Touraine, Pourrons-nous vivre ensemble? Égaux et différents.
La historia, en contra de lo que decían los griegos, no es circular, sino una flecha que se mueve hacia el futuro. La Iglesia está por el futuro, el Evangelio está todo en futuro. ¿O no? La Iglesia es madre en este sentido, la tarea de la Iglesia, cada vez más, especialmente después del Concilio, es ser responsable de las acciones futuras. Ni que se hubiera hecho adrede, la Iglesia pose precisamente el título de “católica”, “kathólou”, “todos juntos”. Agustín había comprendido que la batalla era contra los que querían que la Iglesia fuera solamente africana [el cardenal se refiere naturalmente a la larga controversia con los donatistas, n. de la r.].
El ábside de la Basílica de San Vital de Ravena

El ábside de la Basílica de San Vital de Ravena

Lo que decía al principio sobre la Iglesia nos ha recordado la Ecclesiam Suam de Pablo VI, de la que este año celebramos el 40 aniversario de su publicación. ¿Qué piensa usted de esta encíclica?
TONINI: Esta encíclica tiene una tonalidad muy suave. El Papa se presenta casi pidiendo perdón, de puntillas, habla de sí mismo sumisamente, es de una dulzura, de una suavidad enorme, temeroso y al mismo tiempo arrojado. Y comprende muy bien que el Papa tiene el futuro en la mano. Como en la otra encíclica sobre la economía mundial, la Populorum progressio. No hay que comparar un pontificado con otro. Algunos querían llamar “Magno” al papa reinante. Personalmente espero que no acepte. Son fórmulas que estaban bien hace siglos, pero no hoy; hoy hemos de ser humildes, sencillos, temblar por nuestra misma posición. Me decía mi madre: «¡Sálvate el alma, muchacho!». La madre de monseñor Tettamanzi, cuando recibió la noticia de que su hijo había sido nombrado arzobispo de Milán, dijo: «Esperemos que la vanidad no le agarre». Son cosas formidables.
Hoy no nos damos cuenta de que está en juego el primer articulo del Credo, está en juego el bien de Dios, el hombre está secuestrando el bien de Dios. El investigador americano Gregory Stock, autor de Redesigning Humans (“Re-diseñar a los seres humanos”), propone utilizar los genes de las plantas, de los animales y del hombre para hacer un ser totalmente nuevo, que ya no será un hombre y que, según Stock, «nos librará de la esclavitud a la que hasta ahora nos ha condenado la naturaleza». Quieren hacer desaparecer al ser creado por Dios. Se le privaría a Dios de su creación. Corre peligro también el misterio de la Encarnación, porque si se destruye la naturaleza humana, es un fracaso de la Encarnación, por así decir. Dentro de diez o veinte años estos grandes problemas estallarán. ¿Llegarán los chicos de hoy preparados al acontecimiento más extraordinario de la historia del mundo, cuando en los Parlamentos se decida si el bien de Dios merece o no merece respeto, si se puede o no se puede transmutar? Es por esto por lo que la Iglesia debe preguntarse cómo recuperar la atracción que tuvo en el siglo pasado. Antes el muchacho podía basarse en el ejemplo de sus padres, en su impulso, y además estaba siempre el sentido de la obediencia. Ahora el chico sigue solo su atractivo.
La Iglesia debe ser atractiva…
TONINI: Por supuesto. Si no sabe atraer, ¿qué pinta? Porque la Iglesia es amor, y el amor es atracción. Repetimos las cosas “en nombre de Cristo Señor”, pero ¿hasta qué punto Cristo Señor y yo, los dos yo, el yo y el Tú, se quieren personalmente? Cristo no vino a hacer a los hombres honestos, bastaba Sócrates. Para admirar al hombre, para hablar bien de su espiritualidad, bastaban Sócrates y los grandes pensadores. Es distinto. Cristo Jesús es una degustación de Dios, esta es la cuestión. Y la vida que Dios vivió en el cuerpo del hombre Cristo la quiere vivir dentro de nosotros. Él es quien quiere obrar dentro de nosotros, y entonces me pide que me preste a Él y que le permita inspirar y guiar. Cuando leo a Simone Weil que grita: «¿Por qué es un bien que yo exista y no sólo Dios?», he sentido un contragolpe, como un mareo. Y a veces me repito: «¿Por qué es un bien que yo exista y no solamente Dios?». Evidentemente porque tengo una tarea, la tarea de amar, que al fin y al cabo es permitirle a Cristo que ame en mí a los demás. Después está claro que ves las cosas de otra manera, las ves con los ojos de Cristo.
Jesús resucitado con Tomás y los demás apóstoles, mosaico, Basílica de San Apolinar Nuevo, Ravena

Jesús resucitado con Tomás y los demás apóstoles, mosaico, Basílica de San Apolinar Nuevo, Ravena

La cuestión es ese amor personal por Jesús que Jesús mismo genera, según la experiencia de muchos místicos. Decía la pequeña Teresa de Lisieux: «Cuando soy caritativa es Jesús quien obra en mí»…
TONINI: Hay que distinguir el misticismo explosivo del otro misticismo escondido del que sobreabunda la Iglesia. Como cuando a los ocho años mi madre me dijo: «Niño, preparate que el Señor tiene cosas buenas que has de hacer». O cuando a los catorce o quince años mi tía, al verme con una revista misionera en las manos, me dijo: «¿No pensarás meterte a misionero? Sabes que tu familia es pobre y tiene deudas. ¿Qué va a hacer sin ti?»; y mi madre, al día siguiente, me habla de que su hermana, mi tía, le había contado todo, y dice: «Hijo, no le hagas caso. Somos pobres, pero lo que el Señor quiera de ti lo querremos también nosotros». Lo había intuido todo. Como cuando, unos días antes de su muerte, quería causarle ilusión, le dije: «Mamá, dentro de unos días vuelves a casa y dentro de cinco años, cuando sea cura, te vienes conmigo», y ella respondió: «No llego, sabes, no soy digna». Y luego, la tarde antes de morir le dijo a mi padre: «Recemos el Rosario. Porque mañana por la tarde moriré». Así ocurrió, rodeada de sus cinco hijos, con una serenidad total.
Tonini a la edad de tres años en los brazos de su madre

Tonini a la edad de tres años en los brazos de su madre

De mística, nada…
TONINI: Nada de nada. En cuánta gente sencilla, que tal vez ni siquiera sabe lo que es la mística, se ve en el confesionario (en el confesionario he aprendido mucho) que la gracia de Dios obra, obra la complacencia de Dios. La gracia es esta complacencia por la que Dios es sabroso, es un bien infinito. Que te hace mirar las cosas como las mira él, te vienen los gustos de Dios, y entonces al más débil y al más pobre lo sientes tuyo.
¿Quién no desea tener un corazón más grande?
TONINI: Quizá no nos damos cuenta de que en el primer artículo del Credo («Creo en Dios Padre todo poderoso, creador del cielo y de la tierra», evocamos el nacimiento del mundo y nuestro mismo nacimiento. Las oraciones de la mañana, que nuestras madres cuidaban con celo, creo que han sido la salvación de la Iglesia. Debemos recuperar, lanzar este programa (si los obispos lanzáramos este programa, en vez de las grandes reuniones…): las oraciones de la mañana. Que quiere decir despertarse y renacer como la primera vez. Me despierto y me entran ganas de gritar: ¡estoy aquí, veo, oigo! Aún no me he acostumbrado a estar aquí. Fue mi madre la que me enseñó la sorpresa. A veces cuando me pongo los calcetines, me miro las venas y digo: «¡Parece mentira!». Mientras me lavo la cabeza, después de haber sabido que en el cerebro humano hay 40 mil millones de neuronas, me digo: «¡Aquí dentro hay 40 mil millones de neuronas!». ¡Qué hermosas esas páginas de la obra de Péguy, Véronique! Quisiera que el mundo entero conociera esas primeras páginas. La mirada del nacimiento. Les digo siempre a los padres: ¿Acaso no es verdad que cuando te nació un hijo, nacido de ti pero no hecho por ti, fue el mayor espectáculo del mundo?». Hemos perdido la estima, la sorpresa de vivir.
Tonini joven seminarista

Tonini joven seminarista

Lo último. La esperanza, esa que Péguy llama la virtud niña. Virtud niña porque el niño es esperanza, el niño se fía totalmente. En el momento en que nos fiamos de Dios totalmente, como un niño, entonces recibimos el honor más grande que pueda imaginarse y es lo que más toca al corazón de Dios. El hijo pródigo, cuando vuelve, tiene esperanza mezclada a temor, que su padre desmiente enseguida, porque le hace comprender que volver a tenerlo es un beneficio y no una pérdida. Creer en este amor de Dios que me considera una gloria suya… Por lo demás, no es poesía, lo dice Jesús en el capítulo 17 del Evangelio de Juan. Teilhard de Chardin decía que cada vez que se toma en mano la palabra del Evangelio hay que hacer dos cosas. Primero, recordar que son hechos verdaderos. Segundo, que estás en juego tú mismo. Cuando consagrando durante la misa digo: «Esto es mi cuerpo» y lo hago como algo mecánico, sin darme cuenta de que en medio estoy yo, soy un… mozo de cuerda, y nada más.
Otra cuestión delicada, que hay que exponer bien para que no crear polémicas, es el puesto de la jerarquía. Tengo miedo al hecho de que por ser un cardenal la gente piense que soy uno que ha tenido éxito. Lo temo inmensamente, porque, en cambio, yo estoy aquí para dar testimonio. El Señor me ha concedido una gracia enorme, pero si soy obispo no es por haber obtenido mejores resultados que otros. Tengo más responsabilidades, esto es seguro. Aunque, hoy por hoy, con la importancia creciente de los medios de comunicación, no vale nada el hecho de ser cardenal si uno dice banalidades. Una criada puede decir cosas que tocan el corazón más que un cardenal. Pero más allá de esto, el afán de hacer carrera es muy peligroso en la actitud del pastor, del obispo y demás. Y donde se insinúa lo destruye todo. Dice san Agustín que «quien en la Iglesia busca algo que no sea Dios, es un mercenario». Somos testigos, deberíamos preocuparnos siempre de que haya capacidad de amar, el deseo de decir de todas las personas que encuentro: «Este es un hijo de Dios, ¿qué puedo hacer por él?».


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