Home > Archivo > 11 - 2004 > Las cartas de Von Galen a Pío XII
VON GALEN
Sacado del n. 11 - 2004

Las cartas de Von Galen a Pío XII




En el número 8 de 2004 30Días ofreció a los lectores tres de las cartas que Pío XII dirigió a Clemens August von Galen, en las que el papa Pacelli expresa su plena aprobación y su gratitud por el firme valor con el que el obispo alemán se había contrapuesto al nazismo de Hitler. Aquellas cartas, desconocidas para la mayoría, forman parte de un carteo que Pío XII mantuvo con Von Galen entre 1940 y 1946.
De este carteo, nunca estudiado hasta ahora, publicamos en estas páginas tres misivas de las ocho
que el León de Münster dirigió al papa Pacelli en aquellos años de guerra. Se trata de cartas nunca hasta hoy traducidas y desconocidas en Italia. Respondiendo a Pío XII, Von Gallen le informa aquí
no sólo de la persecución padecida bajo el régimen nazi, sino también de las terribles devastaciones provocadas por los bombardeos aliados sobre Alemania, sobre los que el obispo tienen palabras muy duras. Son cartas que subrayan aún más la estrecha sintonía y la unidad de pensamiento entre Pío XII
y Von Galen en la firme condena del nazismo así como en el decidido repudio de una culpa colectiva que se quería atribuir al pueblo alemán





Clemens August von Galen

Clemens August von Galen


Carta de Von Galen del 4 de noviembre de 1943 a Pío XII
¡Padre Santo!

Arrodillándome espiritualmente a los pies de Su Santidad, séame consentido expresar mi infinita gratitud por la magnánima designación como asistente al trono de Su Santidad, comunicada el 8 de septiembre de 1943 por su eminencia el cardenal secretario de Estado al Cabildo de nuestra catedral. Que yo tenga el honor de ser recibido en la restringida “familia pontificia” es un privilegio inmerecido que alegra y llena de gozo mi corazón ya que, por gracia de Dios y por educación familiar, desde mi juventud mi unen al Vicario de Cristo en la tierra profundos vínculos de temor, de amor y de sumisión; esta es una disposición de ánimo que la paternal afabilidad y la benevolencia de Su Santidad por mi persona han hecho crecer aún más. Ruego a Dios que sostenga mi débil voluntad para seguir firmemente, hasta el final, en la fidelidad a Roma, a la roca de Pedro y al supremo Sucesor del Jefe de los Apóstoles, y también para perseverar y reforzar en la fidelidad al Santo Padre al clero y los fieles bajo mi custodia. Que Él, en su benevolencia y misericordia, disponga que pronto se me permita acercarme personalmente a Su Santidad, para poder expresar de palabra mis sentimientos de temor, amor y gratitud.
Me urge agradecer de manera muy especial a Su Santidad la carta autógrafa del 24 de febrero de 1943, que me fue entregada en mayo por su excelencia el nuncio apostólico. Lleno de gozo he comunicado a mi clero y a mis fieles las enseñanzas y admoniciones paternales y sabias allí contenidas. Estas han de servirnos de guía y aliento en el cuidado de las almas, con frecuencia tan difícil, pero también, de manera especial, en la lucha por nuestra personal santificación.
Junto a otros documentos recientes, quisiera someter a Su Santidad el texto de dos sermones que pronuncié el 29 de junio y el 19 de septiembre en nuestra catedral, en los que comuniqué a los fieles las palabras de enseñanza y aliento de Su Santidad y, al mismo tiempo, rechazaba enérgicamente las repugnantes calumnias que a escondidas se siembran contra Su Santidad. Por desgracia los textos de estos dos sermones, como también todas las demás relaciones y documentos preparados para ser enviados a Roma, se quemaron en la destrucción de la residencia obispal y del despacho causada por una incursión aérea enemiga el 10 de octubre pasado.
Gente sin casa entre las ruinas de la ciudad de Aachen, destruida por los bombardeos en octubre de 1944

Gente sin casa entre las ruinas de la ciudad de Aachen, destruida por los bombardeos en octubre de 1944

Durante el pasado año las agresiones aéreas enemigas han atacado y dañado a menudo sobre todo nuestras ciudades industriales: Bottrop, Bocholt, Sterkrade, Gladbeck y en especial Duisburg-Hamborn. En estos ataques resultaron dañados gravemente también un gran número de iglesias, de edificios eclesiásticos y muchos hospitales. También en Münster, el 10 de junio, una grave incursión dejó entre otras cosas temporalmente inutilizables muchas iglesias, y la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús lo estará durante largo tiempo. El domingo 10 de octubre, una incursión aérea de bombarderos enemigos, breve pero extremamente brutal, convirtió en escombros gran parte del antiguo y venerando centro histórico de Münster. Sentimos mucho dolor por las víctimas causadas: junto a un gran número de laicos, perecieron cuatro sacerdotes: dos miembros del Cabildo de nuestra catedral, los prelados Prof. Dr. Emmerich y Prof. Dr. Diekamp, y además el Prof. Emérito Dr. Vrede y el enseñante Dr. Hautkappe. En la casa madre de nuestra “Congregación de las hermanas misericordiosas de la Santísima Virgen y Madre María dolorosa (Clemensschwestern)”, perdió la vida la superiora general, junto con dos superioras provinciales de las dos provincias de la orden; además, también murieron 56 hermanas, en su mayoría superioras locales que, precisamente en aquel momento, habían sido llamadas para participar en los ejercicios en la casa madre. También quedaron gravemente dañadas otras tres casas religiosas en la ciudad, como también el seminario y el internado teológico.
Deploramos sobre todo la destrucción de las antiguas y grandes iglesias de la ciudad de Münster. Una bomba rompedora incendió el campanario norte de la catedral; los escombros y detritus provocaron el derrumbe de dos bóvedas de la construcción principal y varias otras resultaron dañadas; dentro ha habido mucha destrucción; todo el techo fue devorado por el fuego. En las iglesias parroquiales de Nuestra Señora y de San Lamberto se derrumbaron las bóvedas del coro, las iglesias de San Martín, de San Clemente y de San Pedro han sufrido daños tan graves que es bastante improbable que se puedan restaurar.
En la plaza de la catedral se han quemado y destruido completamente las curias del preboste y del deán de la catedral y las casas de otros tres canónigos capitulares de la catedral, por lo que estas reverendas personas no pudieron salvar nada, fuera de alguna poca ropa; uno de los damnificados es el señor canónigo capitular de la catedral, Franz Vorwerk, quien, sin culpa alguna, todavía está exiliado.
Gracias a la misericordiosa protección de Dios, yo he salido ileso, salvo algunas ligeras heridas, en la explosión de dos bombas rompedoras que cayeron en el patio del episcopio destruyéndolo parcialmente; pero en el incendio que se declaró inevitablemente perdí todo el mobiliario, todos los libros, los escritos y los documentos y, entre ellos, las amorosas cartas autógrafas de Su Santidad, circunstancia que me causa un dolor especial; la mayor parte de los paramentos pontificales y objetos sacros quedaron destruidos; y sin embargo hemos conseguido poner a salvo las prendas más necesarias.
Aún más grave y cargado de repercusiones no evaluables es el que se hayan quemado y destruido completamente las oficinas del Vicariato general y del Oficialato, junto a todos los documentos allí conservados desde más o menos 1820. Ya le he rogado a su excelencia el nuncio apostólico que me conceda por esta vez la dispensa para la redacción de la “Relatio de statu dioecesis” que hay que hacer este año, pues se han perdido todos los documentos preparatorios, los materiales y los documentos necesarios para su redacción.
Los B-17, las famosas “fortalezas volantes” estadounidenses, durante un bombardeo sobre Alemania

Los B-17, las famosas “fortalezas volantes” estadounidenses, durante un bombardeo sobre Alemania

¡Padre Santo! Aún más que estas pérdidas exteriores me pesa la preocupación por la salvación de las almas de los fieles bajo mi custodia y por el mantenimiento de la religión cristiana en nuestro país. Sin duda siguen siendo muchos miles los que, procedentes de todas las franjas sociales y profesionales, incluso entre los jóvenes, son fieles a Cristo y a su santa Iglesia, y con gratitud hacia Dios he podido constatar que los habitantes de las zonas de nuestra diócesis que, desde hace un tiempo inmemorable, son mayoritariamente católicas dan en esta prueba gran testimonio y soportan valiente y resignadamente las penas causadas por la guerra y se las ofrecen a Dios. También este año, en mis desplazamientos con motivo de las confirmaciones y las peregrinaciones, he podido gozar y sentirme edificado por el testimonio extraordinariamente vivo, en lo posible, de un fiel sentimiento católico y devoción hacia el Pastor que Dios ha dado a la diócesis. Sin embargo, es innegable que, en general, partes realmente considerables del pueblo alemán miran al cristianismo, a la verdadera fe en Dios, con indiferencia, incluso con enemistad, abandonando cada vez más los vínculos morales del legado cristiano recibidos en herencia. Quizá hemos de ver en la guerra de aniquilación, que podría reducir a gran parte de la Europa no cristiana a un cúmulo de escombros y en un páramo desolado, un justo castigo para los que «han abandonado la fuente del agua viva y se han excavado pozos que no tienen agua». Indicarles el camino del regreso a las “fontes Salvatoris” es nuestra gran tarea gravosa. Mientras tanto, lo más necesario es que nosotros, junto a todos los que han seguido siendo fieles, siguiendo el ejemplo y la frecuente admonición de Su Santidad, aceptemos de la mano de Dios, dócilmente y con gratitud, las penas y las privaciones, y se las ofrezcamos a la Majestad divina como tributo de penitencia y expiación. Al finalizar estas líneas permítaseme expresar mi profunda gratitud a Su Santidad por todas las enseñanzas y admoniciones que nos han llegado. En estas últimas semanas han sido para mí fuente de consuelo y de fuerza especialmente el contenido de la encíclica Mystici Corporis Christi, sobre todo la referencia al «tremendum sane mysterium, ac satis nunquam meditatum: multorum salutem a mystici Iesu Christi Corporis membrorum precibus voluntariisque afflictionibus pendere», porque de ella saco la esperanza de que nuestros sacrificios y nuestros sufrimientos, en unidad con la cruz de Cristo, consigan y aceleren la misericordia de Dios por nosotros, por nuestro pueblo y por todos los pueblos.
En la esperanza deque nuestras oraciones y los sacrificios padecidos por nosotros puedan contribuir a impetrar para Su Santidad todo don celestial, la libertad y la salud, pido humildemente para mis diocesanos, laicos y sacerdotes, especialmente para quienes se hallan en el frente, y para nuestra juventud, la bendición apostólica, y quedo en la más profunda veneración de Su Santidad, devotísimo y obedientísimo hijo y servidor

+ C.A.



Carta del 20 de agosto de 1945 a Pío XII
¡Padre Santo!

Con la mayor veneración y amor filial me postro espiritualmente a los pies del trono papal, para saludar al sublime Vicario de Jesucristo, el padre común de la cristiandad. Ya hace meses que presenté una instancia al gobierno militar británico para que autorice y haga posible el libre intercambio epistolar con Roma, como también una visita personal a Su Santidad. Y sin embargo, hasta la fecha, ¡sin ningún resultado! Espero ahora, con motivo de la próxima Conferencia episcopal de Fulda, poder por lo menos hacer llegar a Su Santidad estas pocas líneas a través de su excelencia el nuncio apostólico.
Siento el deber y el deseo de expresar ante todo mi gratitud hacia Su Santidad, también en nombre de mis diocesanos. El aislamiento de Roma, que dura desde hace meses, y la imposibilidad de recibir información sobre el estado, las palabras y las acciones de Su Santidad, no han hecho que disminuya el amor por el Santo Padre ni nuestro fervor a la hora de rezar por Vos, y ni siquiera nuestra aspiración de recibir de Vos enseñanza, guía y consuelo. Las primeras palabras de Su Santidad que después de tanto tiempo hemos recibido fueron las de la alocución ante el Colegio cardenalicio del pasado 2 de junio, que recientemente nos mandó a través del nuncio apostólico y posteriormente me fueron entregadas por el secretario de la cancillería, Dr. Pünder, que por fin ha vuelto a su patria. La franqueza, junto con la exposición indiscutiblemente clara del pasado, de la situación actual y de sus peligros, nos muestra de nuevo la benévola comprensión y el perenne amor de Su Santidad por nosotros, por nuestro pobre pueblo y por nuestra patria, hacia la cual casi todo el resto del mundo parece sentir solamente odio, animadversión y sed de venganza. Incluso los nuevos periódicos alemanes, dirigidos por las fuerzas de ocupación, han de publicar continuamente declaraciones con las que pretenden achacar a todo el pueblo alemán, incluso a los que nunca comulgaron con las erróneas doctrinas del nacionalsocialismo y hasta que opusieron a ellas según sus medios, una culpa colectiva y la responsabilidad por todos los crímenes cometidos por quienes ocupaban anteriormente el poder. Parece que esta disposición de ánimo es la razón del trato a los soldados alemanes prisioneros de guerra, que no respeta la Convención de Ginebra (aún se carece de información sobre los que perecieron prisioneros en Rusia); que sea la razón para permitir campañas de rapiña y saqueo a manos de los trabajadores extranjeros que en su tiempo fueron deportados a Alemania, especialmente rusos y polacos, con una secuela de incendios provocados, homicidios y violencias carnales a mujeres respetables y vírgenes; que sea la razón, además, de la despiadada expulsión de la población alemana de su patria y sus propiedades, cosa ya en parte realizada, y en parte programada para el futuro. Es realmente aterrador que el nacionalismo exasperado que culmina en el culto a la raza domine hoy también entre los vencedores, hasta el punto de que en Potsdam se ha decidido expulsar a toda la población alemana de los territorios asignados a Polonia y a Checoslovaquia (la Prusia oriental, la Pomerania, el Brandeburgo oriental, Slesia, Bohemia, etc.) y amasarlos en los territorios alemanes occidentales ya ahora superpoblados.
Refugiados alemanes en la estación ferroviaria de Berlín en 1945

Refugiados alemanes en la estación ferroviaria de Berlín en 1945

Por otra parte, en Holanda se llega a impedir el regreso y hasta visitar a las esposas e hijos a los alemanes que llevan años viviendo en aquel país, que están allí casados con mujeres holandesas y cuyas familias viven allí y esperan el regreso a casa del padre. Esta violenta laceración de las familias recuerda precisamente las doctrinas de la raza del nacionalsocialismo, que se manifestaban en la persecución de los judíos y en la violenta laceración también de matrimonios de cristianos con judíos bautizados.
Cuán agradecidos estamos, en medio de esta actitud del mundo, por las palabras amorosas, comprensivas, consoladoras y de ánimo de Su Santidad del 2 de junio de 1945. Las sentimos como las palabras del Vicario de Aquel que vino al mundo «non ut iudicet mundum, sed ut salvetur mundus per ipsum».
Escribo a Su Santidad desde las ruinas de la ciudad de Münster, que de nuevo durante los últimos días de guerra, el 23 y el 25 de marzo de 1945, volvió a recibir otra descarga de bombas rompedoras e incendiarias. En aquella ocasión, con la catedral, quedaron casi completamente destruidas y quemadas las partes antiguas de la ciudad; de las antiguas iglesias queda utilizable únicamente la iglesia de San Mauricio, que está fuera de la ciudad. Las obras de reconstrucción, de reparación y protección de los restos que aún son utilizables no corren a cargo de las fuerzas de ocupación, y vista la penuria de alojamientos, estas obras serán sin duda alguna aplazadas.
Miramos el futuro con la mayor preocupación. Con los bombardeos son muchísimos los que han perdido su casa, su trabajo, su actividad. Muchísimos en Oriente y Occidente, escapando de los frentes de guerra, han abandonado su patria y no pueden volver; esto es válido sobre todo por lo que se refiere a los que huyeron de las tropas rusas, los cuales no pueden ni volver ni recibir noticias de sus seres queridos que quedaron allí. Nuestra gente cristiana de los campos ha acogido con gran magnanimidad a los prófugos escapados de las ciudades, de las fronteras, de las zonas de guerra, compartiendo con los forasteros la comida y el alojamiento.
Pero, a la larga, la vida en común obligada de familias antes independientes en casas pequeñas, con todos los espacios, muebles y vajilla en común, pone a dura prueba no solo la paciencia y el amor, sino también las buenas maneras. A ello se añade el estado de casi desesperación y sin futuro de nuestra economía, y el peligro latente de la proletarización, y hasta del total empobrecimiento de grandes familias hasta ahora suficientemente pudientes, incluso de los estratos más cultos.
¡Qué difícil será preservar la fe en la bondad paternal de Dios y en el fiel cumplimiento de los mandamientos de la justicia y del amor al prójimo en todos estos hombres que habrán de soportar el “destino proletario de una existencia incierta”! Ya hoy, los apóstoles de un comunismo sin Dios desarrollan una febril actividad de agitación, especialmente en las zonas industriales: tememos que la marcha triunfal de las ideas bolcheviques se extienda más allá de las fronteras de la zona de ocupación rusa. Por desgracia las fuerzas de ocupación de la parte occidental, Inglaterra y América, parecen no advertir este peligro, o bien no tienen el valor de tomar las necesarias medidas, emprendiendo una acción eficaz contra el peligro de la proletarización del pueblo alemán.
¡Padre Santo! Pido humildemente perdón si aflijo el corazón de padre de Su Santidad con la exposición de nuestra difícil situación. Por otro lado, puedo asegurar que nuestro pueblo creyente hasta el momento persevera firme en la fe, que los soldados que vuelven a casa, en gran parte regresan muy pronto a la tradición católica paterna, que los sacerdotes-soldados y los seminaristas dan sin duda alguna la impresión de haber mantenido su santa vocación, habiendo atravesado todos los peligros honrosamente y sin mancha. Dios sea alabado por estas gracias numerosas y reales, y por el consuelo que dan estas constataciones. Me servirán de acicate para la confianza ilimitada en Dios y el optimismo gozoso en el trabajo y la diligencia por el reino de Cristo.
También he de pedir perdón por atreverme a escribir a Su Santidad de una manera que es poco digna e inadecuada en su forma, papel y escritura. Pido humildemente que se considere como justificación de esta circunstancia mi indigencia, ya que he de conformarme con lo que encuentro. Siguiendo el deseo filial de mi corazón, me atrevo a hacer llegar al benévolo corazón paternal que está en el trono de Pedro mi profundo respeto y a exponer mis preocupaciones. Confiando en la benevolencia que Su Santidad ha demostrado tantas veces hacia mi mísera persona, me permito añadir esta otra comunicación: mi hermano menor Franz, camarero secreto de Su Santidad y que Su Santidad conoce, arrestado por la Gestapo en agosto de 1944 y alejado sin ninguna aparente razón, fue liberado en abril del campo de concentración de Sachsenhausen en Oranienburg, y en julio volvió con su familia, vivo, aunque debilitado y con la salud seriamente comprometida.
Me permito adjuntar el texto de un sermón que pronuncié el 1 de julio de 1945 en el santuario de Telgte, en Münster, pido humildemente la bendición apostólica para mí, mi diócesis, mis sacerdotes, los soldados que regresan del frente, para tantas familias divididas y en la indigencia, la juventud amenazada, y permanezco, con reverencia filial, Hijo y servidor obedientísimo de Su Santidad

+C.A.

Obispo de Münster



Carta del 6 de enero de 1946 a Pío XII
¡Padre Santo!

Con reverencia filial me postro espiritualmente a los pies de Su Santidad, y en vano busco las palabras que puedan expresar lo que siento en lo más profundo de mi corazón. La radio y luego los periódicos han difundido la noticia de que Su Santidad ha tenido a bien ampliar el Sagrado Colegio cardenalicio con el nombramiento de un gran número de nuevos miembros. Llamando al supremo Senado y Consejo del Jefe de la Iglesia a hombres de todas las partes del mundo, pueblos y naciones, Su Santidad ha demostrado y manifestado de manera insuperable al mundo entero la supranacionalidad de la santa Iglesia católica, su cohesión y su unidad, que enseñan lo vergonzoso que es el odio de los pueblos. Ni siquiera nuestro pobre pueblo alemán, devastado por la guerra, humillado por la derrota, y hoy día pisoteado en todas partes por el odio y la sed de venganza, ha sido olvidado, habiendo sido nombrados tres obispos alemanes para el Colegio cardenalicio; y por ello, con corazón profundamente conmovido, los católicos alemanes junto con sus obispos y sacerdotes, y también muchos alemanes no católicos, le dan las gracias al Vicario de Cristo en la tierra.
Si Su Santidad ha dispuesto que también mi pobre persona esté entre estos y entre en el Sagrado Colegio de cardenales, puedo únicamente decir que esta dignidad y nombramiento inesperado e inmerecido me confunde y me pesa, por lo que quisiera decir con Pedro: «Exi a me, quia homo peccator sum, Domine».
La larga procesión en los funerales de Von Galen atraviesa las calles de Münster

La larga procesión en los funerales de Von Galen atraviesa las calles de Münster

Solo el principio, que he pretendido honrar en lo posible durante toda mi existencia, de considerar todo deseo del Papa como un mandamiento de Aquel que lo ha colocado como Pastor universal, me lleva a proferir humildemente mi «Adsum», como ya el día de mi consagración sacerdotal, y a aceptar la dignidad y el honor que se me confieren. Me consuela poder entrever en ello un reconocimiento a la conducta valerosa de la mayoría de los católicos de la diócesis de Münster bajo mi custodia, quienes, en los años de la persecución y la opresión, se mantuvieron fieles a Cristo, a su santa Iglesia, al Santo Padre, y mediante su fuerza de ánimo y su conducta hicieron posible que, incluso públicamente, pudiera defender los derechos de Dios y de la Iglesia, y los derechos dados por Dios a la persona. Las incesantes declaraciones de amistad que me han llegado de mis diocesanos tras el anuncio de mi nombramiento, las innumerables enhorabuenas llegadas de toda la diócesis y de toda Alemania me confieren el derecho de interpretar en este sentido y aceptar esta acción de gracia de Su Santidad.
Por ello, con abandono filial, expreso a Su Santidad, en nombre de los fieles de mi diócesis y también de los católicos alemanes, mi más deferente gratitud por esta renovada e inmerecida demostración de benevolencia y amor paternal. Con ello renuevo el voto solemne de perenne fidelidad, de asidua obediencia y de amor filial al Jefe de la Iglesia, al Vicario de Cristo en la tierra y a la sublime persona de Su Santidad, para la cual, en nuestras pobres oraciones, pedimos diariamente la gracia, la protección y la asistencia de Dios.
En la gozosa esperanza de poder pronto arrodillarme a los pies de Su Santidad, y con la humilde petición de la bendición apostólica para mí y mis diocesanos, permanezco, en la más profunda deferencia, hijo y servidor obediente de Su Santidad.

+ C.A.


Italiano English Français Deutsch Português