La intervención en el Senado italiano
Después de la “tempestad” no viene nunca la calma
Publicamos la intervención de Giulio Andreotti en el Senado italiano, miércoles, 19 de febrero de 2003
por Giulio Andreotti

La abadía de Montecassino tras los terribles bombardeos de los aliados en 1944
Lo que estaba ocurriendo es que aún antes de conocer la conclusión, en la ONU o fuera de ella, de la crisis iraquí, se podía llegar al resultado nefasto de poner en crisis a la Unión Europea y a la propia Alianza Atlántica.
Hoy esto lo hemos recuperado y el tono que usted, presidente, ha usado es también útil, a mi modo de ver, para contrarrestar el nerviosismo que cada noche se apodera desde hace meses de todas las familias italianas por una guerra considerada inevitable, pensándose a veces que puede estallar dentro de pocas semanas, y otras veces que va ligada a factores temporales. Todo ello podría realmente envenenar la opinión pública, y también crear cierta reacción.
Creo que es difícil interpretar la manifestación del pasado sábado colocándole etiquetas parecidas a otras manifestaciones de ese tipo. Empezando por Roma, una ciudad que conozco, mucha gente ha participado en la manifestación casi con un sentimiento de liberación de una pesadilla, deseando que algo cambie en esta situación de tensión. Sería problemático englobarlo en una lucha que es lucha cotidiana, que, según mi parecer, a la fuerza tenía que comportar un sistema muy querido por muchos: el sistema bifronte del mayoritario (no quiero adentrarme en este aspecto, porque tendría que ir demasiado lejos).
Considero que el punto de partida es este. No podemos ignorar que el 11 de septiembre de 2001 representó un giro copernicano, al que los Estados Unidos han reaccionado de manera mucho más responsable de lo que se temía. El presidente de los Estados Unidos, evitando caer en el maniqueísmo entre islam y no islam, afirmó en algunas declaraciones que hizo después de los hechos, que Bin Laden era un traidor a su propia fe, encarrillando así, a mi modo de ver, una propaganda que, de otro modo, podía volver quizá a las peores formas del macarthismo, del odio y de la hostilidad hacia los inmigrantes. Esto hay que tenerlo en consideración.
Ahora quisiera detenerme rápidamente en tres puntos.
En primer lugar, ya durante la misión en Kosovo, en desacuerdo con el entonces ministro de la Defensa, Mattarella, me tomé la libertad de decir que había que prestar atención a la hora de citar el Tratado de la OTAN. De hecho, el Tratado de la Alianza Atlántica es extremadamente preciso y, como todos los tratados internacionales, está ratificado por el Parlamento. Nosotros entonces, guiados en cierta medida por el oportunismo y valiéndonos de la posibilidad de hacer converger a la oposición con el gobierno, dejamos a un lado este aspecto; pero, señor presidente del Gobierno, es algo en lo que hay que profundizar. En la Comisión de Asuntos Exteriores sostuvimos la necesidad de profundizar en ello y previmos por lo mismo una serie de audiciones; aquella legislatura ya se cerró y las audiciones siguen en la presente.
No hemos de persistir en un equívoco. Con la reunión de Washington que se celebró algún tiempo después, se creó la llamada nueva estrategia de la Alianza: un hecho técnico, porque ya era nueva cuando se pasó de la respuesta total a la respuesta flexible; aún más se hizo recientemente en Praga, donde se creó la “nueva Alianza”, previendo expresamente la posibilidad de actuar incluso fuera del área de competencia.
Nada de esto –ni lo excluyo ni lo admito–puede hacerse con técnicos o reuniones: hay que establecer obligaciones en los Parlamentos. No me cabe duda de que el 11 de septiembre fue un caso previsto por el Tratado de la Alianza, porque era un ataque. Es cierto que en 1949 nadie pensaba en un ataque de ese tipo, pero, de todos modos, era un ataque a uno de los países miembros. Así pues, la solidaridad de la Alianza era debida; ni se debía ni se debe poner en discusión.
Hoy estamos frente al siguiente problema: se ha recuperado el frente europeo y hemos de mantenerlo a toda costa; sería absurdo que, mientras se discute sobre la Convención, sobre la Carta de Europa, nos presentáramos, precisamente en un caso esencial de política común, en frentes separados. Es un equívoco que nadie comprendería.
Paso al segundo punto: hemos de evitar que se siga censando a quienes están con los americanos y a los que están en contra de ellos. Es un fenómeno incluso cultural y muy difundido –pensemos en el reciente libro de Revel sobre el antiamericanismo– que ya conocemos. Nosotros tenemos una tradición: la de haber buscado, atravesando por ello un largo período de incomprensión, la adhesión de un número cada vez mayor de italianos a la Alianza Atlántica, a una postura clara precisamente sobre el asunto de las relaciones con los americanos.
Fue relativamente fácil con los socialistas, algo más difícil con los comunistas (se consiguió sólo en 1987), pero esta era la línea sobre la que se construyó. Las otras argumentaciones son, qué duda cabe, importantes, como la de la aportación de los americanos en la Primera y Segunda Guerra Mundial.
Pero permítaseme abrir un paréntesis. El colega Contestabile ha recordado Montecassino. Bien, aquel febrero de hace sesenta años, frente al asombro de la destrucción de Montecassino, recuerdo que quienes estaban en contacto con las fuerzas aliadas –que entonces vivían en la clandestinidad en el Vaticano, porque estábamos en guerra– dijeron: probaremos inmediatamente que había muchas instalaciones de los alemanes. Estamos esperando todavía aquellas pruebas, porque la noticia no era verdadera: habían recibido información falsa. A veces, pues, las contrapruebas son necesarias.
Por lo que respecta a Sadam Husein, creo que soy el único que lo ha conocido personalmente. Fui huésped suyo durante dos días en 1978, cuando tuvimos que convencer a los países árabes, en grupo, para que dejaran de oponerse al acuerdo firmado por Egipto e Israel. En aquella ocasión pude conocer, en lo que me fue posible, al personaje. No pasaría de buen grado mis vacaciones con él, así como tampoco estoy convencido de que su fundamentalismo sea aceptable, pero no es el único pecador en un mundo de santos. Así pues, con todas las precauciones necesarias, si se quiere, ha de haber cierta coherencia.
Hablamos hoy de Corea: demos una ojeada a los papeles. ¿Quién ayudó a Corea del Norte cuando estaba entre los malos? ¿Quién la ayudó a poner en pie las instalaciones para la central nuclear? Desde luego, no nosotros. Recuerdo esto porque en el Parlamento hemos de recordar (hoy, afortunadamente, es uno de esos días en que se hace algo de política aquí dentro) que no se pueden hacer distinciones entre las amistades y las enemistades según convenga en cada momento.
El colega Contestabile ha recordado Montecassino. Bien, aquel febrero de hace sesenta años, frente al asombro de la destrucción de Montecassino, recuerdo que quienes estaban en contacto con las fuerzas aliadas –que entonces vivían en la clandestinidad en el Vaticano, porque estábamos en guerra– dijeron: probaremos inmediatamente que había muchas instalaciones de los alemanes. Estamos esperando todavía aquellas pruebas
Tampoco hay que considerar molesto a alguien como el Papa, que habla desde su magisterio en voz alta y sin transigencia de paz. Se hizo una declaración alucinante –valga el término– por parte del consejero americano para la Seguridad nacional, quien dijo que el Vaticano se comporta como de costumbre: hace lo mismo que hizo con Hitler. Esto no es justo. Desde luego, todos podemos tener un momento de despiste, de mal humor. Pero me veo obligado a recordar que cuando el Papa estaba de visita en Cuba y todavía no había terminado su discurso, en el que expresaba su deseo de que se llegara a la distensión entre Estados Unidos y Cuba, el portavoz de la Casa Blanca (repito, mientras todavía se estaba retransmitiendo el discurso del Papa) dijo: pero ¿por qué esta ingerencia? Esto es algo que ha de decidir el Congreso americano.Luego las cosas cambian. Vino la guerra en Afganistán (el último punto de toque), que sin duda tuvo una consecuencia positiva: el final del régimen de los talibanes (si bien la posguerra será larguísima, porque se trata de un país que nunca ha conocido la paz).
Hay un aspecto sobre el que llamo la atención del presidente del Gobierno: los documentos oficiales de la ONU dicen que con respecto a lo que, aunque fuera en parte, había ocurrido bajo los talibanes, es decir, el desmantelamiento de los cultivos de opio, hoy se ha vuelto atrás, reconsiderándolos y comerciando. De modo que, en la guerra contra el terrorismo, ¿el narcotráfico lo consideramos como algo determinante o, si lo realizan personas que en ese momento no nos causan ninguna molestia, hemos de considerarlo válido?
Muchas otras cosas podrían decirse, pero voy a concluir mi intervención con un deseo. La propuesta de resolución de la mayoría es aceptable, dado que, entre otras cosas, se corresponde con el planteamiento dado por el presidente del Consejo. Habría que incorporar, sin embargo, un añadido final, que podría sacarse del último párrafo del dispositivo de la propuesta de resolución cuyo primer firmatario es el senador Angius, que dice: «Compromete, en fin, al gobierno a no tomar en ningún caso ninguna determinación sobre el desarrollo futuro de la crisis iraquí sin la previa autorización del Parlamento».
Existe una vieja tradición italiana (incluida aquella Italia, por otros motivos maravillosa, de antes del fascismo): no darle al Parlamento en este campo su función. La Primera Guerra Mundial se desencadenó con la oposición de la Cámara de Diputados, donde existía una mayoría que defendía la necesidad de buscar en otra parte (en el Pacto de Londres, por ejemplo) la solución de nuestros problemas de fronteras. Que el hecho de que haya precedentes no le autorice, señor presidente, a repetir el que no haya que tomar en consideración al Parlamento.