JESUITAS. Entrevista a Peter-Hans Kolvenbach
Nosotros, en los tiempos de esta guerra absurda
La Iglesia, el mundo y la Compañía de Jesús vistos por el vigésimo octavo sucesor de san Ignacio de Loyola.Que dice sobre la crisis iraquí: «Parece absurdo desencadenar una guerra contra todos los países, uno cada vez, gobernados por sistemas dictatoriales para llevar con la violencia exterior la democracia»
por Gianni Valente

Peter-Hans Kolvenbach, superior general de la Compañía de Jesús
Podemos apostar tranquilamente a que no se harán grandes celebraciones. Si algo ha distinguido los veinte años de ministerio del vigésimo octavo sucesor de san Ignacio de Loyola, es el estilo sobrio y lejano de todo protagonismo de este religioso de carácter ascético, reservado y amable. Son años que ha pasado sobre todo de viaje por el mundo, visitando las tropas y los destacamentos más lejanos de un “ejército” sui géneris que sigue sorprendiendo al mundo por la versatilidad casi mimética con que vive su propia vocación, adaptándose a la exterminada variedad de las circunstancias y situaciones locales. Ad maiorem Dei gloriam.
Por el papel que desempeña, casi por “deformación profesional”, el padre Kolvenbach está acostumbrado a desenvolverse en los amplios horizontes del mundo entero. Puede ser interesante realizar con él un breve viaje virtual por los lugares claves de la “geografía jesuita”, ahora que sobre el mundo se condensan las nubes funestas de otra guerra.
Padre Kolvenbach, veinte años a la cabeza de los jesuitas es una buena meta. Si tuviera que resumir en una frase, en una fórmula sintética y esencial toda la gran obra emprendida en el mundo por sus hermanos de hábito, ¿qué diría?
PETER-HANS KOLVENBACH: El primer superior general de los jesuitas, Ignacio de Loyola, resumía en una frase la misión de la Compañía de Jesús. Decía «ayudar a las almas», que nosotros traducimos explicando que se trata de ayudar a las personas a encontrar personalmente a su Señor y Salvador. Al fundar la Compañía de Jesús no deseaba más que seguir, aquí y ahora, la misión de Cristo con un grupo de amigos del Señor, de los que el Señor puede servirse para ir allí adonde aún no es conocido, o es mal conocido. Esta misión de “ayudar” no ha perdido su actualidad. En nuestro milenio, en el que la Iglesia no trata de imponerse, sino que trabaja para proponer a su Señor, el verbo “ayudar” habla de un anuncio vigoroso de la fe con la delicadeza desinteresada que respeta la libertad de conciencia de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que buscan a Dios de una manera o de otra. Como jesuitas somos conscientes de tener que cumplir la misión de Cristo, no según nuestras propias ideas y nuestros proyectos, sino según la manera en la que el Señor ayudó a la gente a encontrar el camino hacia su Padre y el nuestro.
Sé que la respuesta es quizás imposible, pero le pido que nos cuente un episodio, un hecho, una situación que haya visto o conocido en estos veinte años, y que represente para usted la imagen más concreta y sencilla de lo que son los jesuitas en la Iglesia y en el mundo.
KOLVENBACH: Estamos bien surtidos, porque a causa de mi responsabilidad tengo el privilegio de verme con los jesuitas en todo el mundo y admirar su servicio a la Iglesia del Señor en condiciones a menudo penosas y precarias. Pero como para responder a su pregunta tengo que elegir, digo la reunión de todos los superiores mayores de la Compañía de Jesús que tuvimos hace tres años en Loyola. No era solamente una imagen, sino la hermosa realidad de la unión de los corazones al servicio del mismo Señor y de su Iglesia. Más de cien superiores con una desconcertante diversidad de idiomas, mentalidades y culturas: humanamente imposible entenderse sobre una misión común, y, sin embargo, posible en el Señor. Porque nuestra espiritualidad está muy encarnada y se vive en las condiciones concretas, con las personas en su pluralidad conflictiva. La experiencia de un encuentro de este tipo testimonia que el mandamiento nuevo del Señor no es una utopía. Tampoco en nuestro mundo dividido, sino que es posible gracias al don y al perdón que hemos aprendido y recibido de Él.
Comencemos por la compleja situación internacional. Después del 11 de septiembre, toda una influyente corriente de pensamiento interpreta los conflictos y las crisis como una batalla con matices apocalípticos para proteger la llamada civilización occidental de raíces cristianas de los ataques que sufre. ¿Qué piensa usted de esta clave de lectura aplicada a los acontecimientos actuales?
KOLVENBACH: Los hechos horribles y espectaculares del 11 de septiembre desencadenaron todo un modo de hablar y pensar «con matices apocalípticos», con la inevitable angustia de salvar al mundo de una autodestrucción y también la inevitable división radical entre una buena civilización que defender y un terrorista “eje del mal” que destruir. Fácilmente se clasifica como apocalíptica toda catástrofe de dimensiones mundiales, pero no es este el sentido de la palabra que expresa el último libro de la Sagrada Escritura, el Apocalipsis. Allí se trata de la revelación de Aquel que, signo de contradicción, está por venir, viviendo la historia con nosotros. La imagen televisiva de los dos rascacielos de Nueva York quedará grabada en nuestra memoria y en nuestra conciencia, pero no como la única gran catástrofe. Hay en el mundo muchas otras grandes catástrofes de las que no se ocupa la prensa, como por ejemplo, la decenas de miles de muertos en Colombia. Se han de condenar, por supuesto, todos los terrorismos, pero la condena no puede servir de excusa para olvidarse de buscar las causas de este terrorismo con el fin de poner remedio.
Desde hace meses se está preparando una nueva guerra, esta vez la definen preventiva, patrocinada también en nombre de una indignación humanitaria contra los delitos de un dictador. ¿Qué piensa de este recurrir a motivaciones éticas o incluso religiosas para explicar los planes de gobierno global el mundo?
KOLVENBACH: Si bien 15 de los 19 terroristas del 11 de septiembre y su red de financiación eran saudíes, se prepara activamente una guerra contra una país árabe con la ayuda de una copertura más o menos impuesta a las Naciones Unidas. La guerra hacia la que nos encaminamos no es desde luego una guerra defensiva. En cuanto a la llamada guerra preventiva, hay que preguntarse quién tiene el derecho, fuera de las Naciones Unidas, de decidir la necesidad de una intervención armada contra otro país –que causará víctimas civiles inocentes y terremotos políticos– en el caso de que no se trate de legítima defensa. Con la teoría de la guerra preventiva existe el peligro de intervenir, como guardianes del mundo, contra una lista infinita de Estados que parecen preparar el uso de las armas de destrucción masiva, hoy presentes en numerosos países. Sería una ilusión peligrosa. El arzobispo de Nueva York ha pedido conocimiento claro y seguro de un peligro claro y seguro. En cualquier caso, dice el arzobispo, la comunidad internacional no debería precipitarse en el conflicto. Las armas para combatir el terrorismo son sobre todo el espionaje y los acuerdos internacionales. Parece absurdo desencadenar una guerra contra todos los países, uno cada vez, gobernados por sistemas dictatoriales para llevar con la violencia exterior la democracia. El régimen iraquí está en manos de una minoría musulmana suní, que gobierna un país mayoritariamente shií. Las motivaciones religiosas no parecen dominantes, pero todos los que conocen Asia y el mundo árabe saben que la gente identifica instintivamente a Estados Unidos con lo que es blanco y cristiano. Una guerra irritará por mucho tiempo a mil millones de musulmanes, de los cuales muchos no saben o no pueden imaginarse que la Santa Sede, la Conferencia episcopal de Estados Unidos –y los superiores mayores jesuitas americanos– defienden una posición moral contra la guerra.
Según dicen algunos, también en la Iglesia, el clima de “choque de civilizaciones” es una ocasión propicia para reafirmar la identidad cristiana y descubrir de nuevo las raíces cristianas de la civilización occidental. Aflora en muchos discursos la identificación entre cristianismo y cultura de Occidente. ¿Qué hay de oportuno y de equivocado en esta lectura del actual momento histórico?
KOLVENBACH: Ante todo, en una civilización que tiene miedo de definirse con claridad y que por este motivo hace que las palabras pierdan su sentido, el que habla con convicción y certeza es fácilmente considerado intolerante. Entonces es una gracia que la Iglesia, sobre todo por medio del Santo Padre, nos recuerde en todos los contextos la Verdad sin ambigüedad y sin compromisos para complacer, sin avergonzarnos de la cruz. Aun anunciando con claridad al Señor crucificado y resucitado, hay que encontrar al otro en su lenguaje para tocar su corazón. San Pablo vivió esta experiencia en Atenas: sin renegar de su Señor resucitado, trata de tocar el corazón de los atenienses presentándolo como ese Dios desconocido que ellos adoran. No cabe duda de que san Pablo se da cuenta de que, aun recurriendo al lenguaje más inculturado posible, permanece siempre la “locura” y el “escándalo” del crucifijo que hay que reconocer. Sin embargo, si no se coloca el anuncio de la fe en la realidad cotidiana de las distintas culturas y civilizaciones, el mensaje no llega.
¿Cómo no referirse a la experiencia, estimada por la Iglesia y por la Compañía de Jesús, de Matteo Ricci, nacido en Macerata el 6 de octubre de 1552? En aquel entonces, si bien en Europa dominaba la convicción del padre franciscano Alfaro, según el cual «con o sin soldados, querer ir a China es tratar de aferrar la luna», Matteo Ricci se hace chino con los chinos. Rechazando un humanismo incoloro, cultiva la amistad para anunciar en chino a su Señor, chocando con muchos obstáculos, por lo que dirá en una de sus cartas: «No nos faltarán los momentos en que tengamos que sufrir mucho por nuestro Señor». Siguiendo al Señor y anunciando su liberación se puede también pasar por sufrimientos y pruebas. ¿No es acaso este el criterio de un diálogo y de una inculturación verdaderos?

Un aula del colegio de San Ignacio en Medellín, Colombia
KOLVENBACH: Los jesuitas siempre se han sentido atraídos por China. Francisco Javier muere mientras esperaba entrar en China, y Matteo Ricci escribe en 1582: China es lo más importante y rico de todo el Oriente, supera a los demás reinos. Puede ser que hoy China atraiga en consideración de su número enorme de habitantes, que son más de mil millones y que, después de la caída de las ideologías, muestran también cierta sed de espiritualidad. En este contexto es doloroso, pero no irremediable, que la Iglesia católica esté dividida. Al lado de una Iglesia del silencio, existe la Asociación patriótica de los católicos chinos fundada en 1957, que insiste en perseguir una autonomía exclusivamente china, rechazando toda injerencia extranjera. Esta Asociación es una agencia gubernamental, no es una Iglesia. Hay una Iglesia reconocida por el gobierno, y algunos obispos y sacerdotes, religiosos y fieles de ésta pertenecen a la Asociación patriótica, pero es injusto identificar la Iglesia reconocida por el gobierno con la Asociación patriótica: amplios sectores de ésta última son más que reacios a la Asociación patriótica, como demostró el rechazo de muchos fieles, seminaristas y sacerdotes a participar el 6 de enero de 2000 en la consagración de obispos no aprobados por la Santa Sede que tuvo lugar en Pekín. Miembros de la Iglesia reconocida por el gobierno buscan la comunión con el Santo Padre o ya están en contacto con la Santa Sede. Mientras que la Asociación patriótica, luchando por su supervivencia, se resiste a la normalización de las relaciones diplomáticas con el Vaticano. Los jesuitas continúan su presencia académica, pastoral y social, por ejemplo, con los 101 lazaretos situados en 17 provincias chinas asistidos por los hermanos de la Casa Ricci de Macao. Trabajando, como ha pedido el Santo Padre, por la reconciliación de todos estos millones de católicos chinos, verdaderos testigos de Cristo en un continente que más que nunca necesita su gracia y su verdad.
Pasemos a Rusia, donde se vive un periodo de tormentas entre el patriarcado de Moscú y la Iglesia católica. También en la historia de las relaciones entre Roma y la santa Rusia los jesuitas desempeñaron desde el principio un papel de primer plano. Según usted, ¿hay motivos razonables que expliquen la actual desconfianza ortodoxa?
KOLVENBACH: Cuando el Santo Padre nos envió a Siberia para ofrecer ayuda pastoral a miles de católicos, todos deportados por el régimen estalinista, que desde hacía más de cincuenta años estaban sin sacerdotes, deseó que la Compañía de Jesús no enviara solamente jesuitas polacos, sino un grupo internacional para expresar la catolicidad de la Iglesia de Roma, y sobre todo dio directrices muy concretas para evitar toda forma de proselitismo. Después de tantos años de persecución cruel, la Iglesia ortodoxa de la santa Rusia necesita la ayuda de sus Iglesias hermanas, y esta ayuda recíproca es un dato de hecho a condición de que sea, también en el aspecto exterior, un servicio desinteresado y discreto. De este modo las diócesis católicas y ortodoxas cultivan los contactos. Existen también iniciativas comunes respecto a la formación del clero. La Iglesia ortodoxa rusa participa a menudo en reuniones con católicos que tienen por tema la espiritualidad, la historia y los retos de nuestros tiempos. Solamente cuando este diálogo de vida cristiana afronta el nivel de las estructuras eclesiales se choca con un problema de principio. Como Iglesia patriarcal, la santa Rusia no permite en su territorio una presencia institucional de otro patriarcado, pues estaría en contradicción con una tradición canónica oriental muy antigua. La Iglesia ortodoxa rusa no rechaza la presencia de obispos católicos en su territorio para el servicio pastoral de los católicos, pero no tolera que esta presencia de obispos desemboque en la institución de diócesis de la Iglesia católica. Estamos ante dos concepciones de la Iglesia, una nacional, la otra universal, que se confrontan. Probablemente hará falta aún mucha paciencia y mucho tiempo, pero en la medida en que en las dos Iglesias vive la pasión del Señor por la plena unión de los cristianos, tendremos un pastor y un redil, cuando el Señor lo quiera. A nosotros nos toca, siguiendo el ejemplo del Santo Padre, aprovechar todas las ocasiones para expresar esta pasión de la unión en encuentros, servicios recíprocos y sobre todo en la oración común.
En otra parte del mundo marcada por el genio misionero de los jesuitas, América Latina, se viven crisis terribles y nuevos fermentos.
KOLVENBACH: América Latina cambia pasando por una nueva crisis preocupante y desalentadora. Muchas esperanzas de un cambio socio-económico radical, alimentadas y sostenidas también con motivaciones teológicas, han llegado a la amarga constatación de que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez mas pobres, y el continente se aleja cada vez más del desarrollo, que en otras zonas está creciendo. La gente desencantada desconfía de los partidos políticos tradicionales y tiende a elegir, como dirigentes, a personajes carismáticos de los que se esperan soluciones rápidas y milagrosas, fruto de lo que se puede definir “realismo fantástico”. Por su parte la Iglesia sigue privilegiando la opción por los pobres, en línea con su magisterio social, señalando a las administraciones y a las instituciones su responsabilidad para con los pobres, responsabilidad que ya no puede eludirse descargando todas las causas de la creciente miseria en América Latina sobre el enemigo exterior. Aunque la Iglesia sigue siendo profética, se constata, sin embargo, un movimiento del Elías del Carmelo al Elías de Sarepta. Ahora el tema no es la acción violenta para acabar de un solo golpe con las estructuras de pecado, sino el lento y paciente esfuerzo, sobre todo a nivel local y municipal, para ayudar, mediante las instituciones, a todos los que sufren, para construir así, gradual pero sólidamente, una sociedad humana más justa. Un ejemplo es la obra social realizada en este sentido por las universidades y los colegios. Para la Iglesia se abre aquí un enorme campo de acción. Más difícil es prever cuánto tiempo la paciencia de la gente soportará la espera de un cambio social urgente.
El año pasado algunos documentos de la administración americana indicaban a algunas comunidades de jesuitas latinoamericanos como “grupos subversivos”. En América Latina muchos jesuitas recibieron en los años pasados su bautismo de sangre. Como le sucedió al padre Rutilio Grande, y a los profesores de la Universidad centroamericana, asesinados en San Salvador en el 89.
KOLVENBACH: Es verdad que el año pasado el Departamento de Estado americano publicó un documento que acusaba a los jesuitas de ser los fundadores en Colombia de uno de los movimientos guerrilleros. Tras pedir explicaciones, el Departamento de Estado corrigió sus declaraciones y reconoció que los jesuitas no estaban involucrados en los movimientos revolucionarios. Por desgracia sucede demasiado a menudo que a los que denuncian la injusticia para anunciar la justicia del Evangelio se les acusa de ser comunistas o marxistas. Hace años, mientras concelebraba misa con el padre Ignacio Ellacuría, más tarde asesinado en San Salvador, me asombró la violencia de sus palabras durante la homilía y la crueldad de las imágenes pintadas en las paredes de la capilla de su universidad. ¿Eran palabras de un líder de extrema izquierda o las de un sacerdote de Jesucristo? El padre Ellacuría me explicaba que ni la persona de Carlos Marx ni su teoría merecían su tarea sacerdotal, pero que las estructuras de pecado mantenidas por cristianos en su país requerían el lenguaje claro de Juan Bautista y de los profetas, la exigente palabra del Señor, amigo de los pobres, frente a la injusticia que obligaba a vivir en condiciones miserables a tantos salvadoreños.

La foto de grupo de los superiores mayores con motivo de la Asamblea de Loyola, septiembre de 2000
KOLVENBACH: En Zambia los jesuitas dirigen un centro de agricultura y un centro de reflexión teológica. El gobierno zambiano pidió a estos dos centros, y también a otros centros administrados por organizaciones no gubernamentales, una opinión sobre la donación de productos alimentarios genéticamente modificados, ofrecidos por las multinacionales estadounidenses. Al mismo tiempo una delegación gubernamental fue enviada a Estados Unidos para adquirir elementos y madurar una opinión desde el punto de vista científico. Los centros jesuitas se pronunciaron contra las donaciones de estos alimentos, pero no fueron los únicos. Dejando a un lado la cuestión aún abierta de las consecuencias a largo plazo de estos alimentos para la salud humana, los jesuitas pusieron de relieve el influjo desastroso de estas donaciones para la agricultura local del país, para el futuro de los campesinos que en mayoría producen el maíz de Zambia. El efecto económico de estas donaciones alimentarias puede comportar la desaparición de toda la agricultura local. La discusión sobre las consecuencias de estas donaciones continúa, pero mientras tanto, gracias también a una iniciativa ecuménica de las Iglesias del Señor en Zambia, algunas agencias importantes han prometido enviar productos alimentarios “normales”, para que la población no se muera de hambre.