El Anuario de los jesuitas de 2003
En el ancho mundo
El Anuario de los jesuitas de 2003
por Gianni Valente
Si se quiere ver una imagen directa de lo que son hoy los jesuitas en el mundo, basta hojear las páginas del Anuario publicado por la curia general de Borgo Santo Spirito, bajo la dirección del padre José María de Vera, director de la oficina de prensa. La edición de 2003 está llena de noticias y sugestiones a partir de la imagen de la portada: una pintura anónima de 1611, hallada en un desván de Nagasaki hace sólo setenta años, donde había sido escondida cuando en Japón comenzaron las persecuciones contra los cristianos. En el cuadro, san Ignacio y san Francisco Javier están retratados debajo de la Virgen y el Santísimo, dentro de un marco formado por las quince escenas de los misterios del rosario.
Hojeando las 160 páginas se observa una secuencia antológica de la multiforme variedad de historias, obras e iniciativas que florecen en todos los rincones del mundo gracias a ese «grupo de amigos en el Señor», como Ignacio y Francisco Javier definían a la Compañía. Se va desde la publicación del diccionario sino-francés Gran Ricci, el más grande en un idioma occidental, imprimido en 2002, a la casa de frontera entre Haití y la República Dominicana, donde los jesuitas han situado el centro de “Solidaridad Fronteriza” para ayudar a los inmigrantes haitianos clandestinos. En otras páginas vemos al padre Federico, que en Onoda, Japón, una vez a la semana reúne a los niños en la parroquia «para oír la historia de Jesús», o al doctor Dominique Peccoud, que transcurre su vocación jesuita trabajando en Ginebra como consejero especial en la dirección de la Organización Internacional del Trabajo, el organismo de las Naciones Unidas que se ocupa de las normas internacionales del trabajo y que adoptó desde su institución los principios de la encíclica Rerum novarum.
Numerosos artículo se detienen en la vocación urbana de la tradición jesuita. Ya Ignacio de Loyola prescribía que las casas de los jesuitas estuvieran en el centro de la ciudad, donde nacen y se modifican los estilos de vida y los modelos culturales, y donde hoy, como señala en la introducción el padre De Vera, «se ha extinguido el sonido de las campanas que llamaban a las personas a la oración». Por ejemplo, el Equipo de servicio urbano que trabaja en Camden, la segunda ciudad más pobre de Estados Unidos, se sigue inspirando con fidelidad creativa en esta recomendación ignaciana. En las zonas degradadas de los barrios-gueto hispanos y afroamericanos, verdaderos enclaves del cuarto mundo en el centro de la opulencia, el grupo de jesuitas de la parroquia Holy Name pone en marcha con fantasía realidades alternativas al devastador malestar social, desde los servicios médicos y de tutela legal para los no garantizados a clases de ordenador para jóvenes problemáticos. Como ha sucedido muchas veces en la historia de los jesuitas, también allí se da testimonio de Jesucristo hablando y haciendo otras cosas.
En las últimas páginas, la sección titulada “Testimonios” narra la historia del padre Luis Ruiz Suárez, volcánico “deus ex machina” de la Casa Ricci de Macao, que, después de haber pasado decenios soccorriendo a refugiados chinos y vietnamitas, desde 1985 coordina la apertura de centros de asistencia para leprosos, que se han multiplicado rápidamente por toda la China continental (ver entrevista al padre Kolvenbach). Y del futuro le acongoja sólo que dentro de poco cumplirá 90 años, y por orden de la policía municipal va a tener que dejar en el garaje su “vespa” con la que hasta ahora se movía por las cuestas de Macao.
Hojeando las 160 páginas se observa una secuencia antológica de la multiforme variedad de historias, obras e iniciativas que florecen en todos los rincones del mundo gracias a ese «grupo de amigos en el Señor», como Ignacio y Francisco Javier definían a la Compañía. Se va desde la publicación del diccionario sino-francés Gran Ricci, el más grande en un idioma occidental, imprimido en 2002, a la casa de frontera entre Haití y la República Dominicana, donde los jesuitas han situado el centro de “Solidaridad Fronteriza” para ayudar a los inmigrantes haitianos clandestinos. En otras páginas vemos al padre Federico, que en Onoda, Japón, una vez a la semana reúne a los niños en la parroquia «para oír la historia de Jesús», o al doctor Dominique Peccoud, que transcurre su vocación jesuita trabajando en Ginebra como consejero especial en la dirección de la Organización Internacional del Trabajo, el organismo de las Naciones Unidas que se ocupa de las normas internacionales del trabajo y que adoptó desde su institución los principios de la encíclica Rerum novarum.
Numerosos artículo se detienen en la vocación urbana de la tradición jesuita. Ya Ignacio de Loyola prescribía que las casas de los jesuitas estuvieran en el centro de la ciudad, donde nacen y se modifican los estilos de vida y los modelos culturales, y donde hoy, como señala en la introducción el padre De Vera, «se ha extinguido el sonido de las campanas que llamaban a las personas a la oración». Por ejemplo, el Equipo de servicio urbano que trabaja en Camden, la segunda ciudad más pobre de Estados Unidos, se sigue inspirando con fidelidad creativa en esta recomendación ignaciana. En las zonas degradadas de los barrios-gueto hispanos y afroamericanos, verdaderos enclaves del cuarto mundo en el centro de la opulencia, el grupo de jesuitas de la parroquia Holy Name pone en marcha con fantasía realidades alternativas al devastador malestar social, desde los servicios médicos y de tutela legal para los no garantizados a clases de ordenador para jóvenes problemáticos. Como ha sucedido muchas veces en la historia de los jesuitas, también allí se da testimonio de Jesucristo hablando y haciendo otras cosas.
En las últimas páginas, la sección titulada “Testimonios” narra la historia del padre Luis Ruiz Suárez, volcánico “deus ex machina” de la Casa Ricci de Macao, que, después de haber pasado decenios soccorriendo a refugiados chinos y vietnamitas, desde 1985 coordina la apertura de centros de asistencia para leprosos, que se han multiplicado rápidamente por toda la China continental (ver entrevista al padre Kolvenbach). Y del futuro le acongoja sólo que dentro de poco cumplirá 90 años, y por orden de la policía municipal va a tener que dejar en el garaje su “vespa” con la que hasta ahora se movía por las cuestas de Macao.