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NOVELAS
Sacado del n. 03 - 2003

Entrevista con Nikolay Spasskiy, embajador de la Federación Rusa en Italia, sobre su libro Il Bizantino

Venecia contra Moscú por la herencia de Bizancio


Entrevista con Nikolay Spasskiy, embajador de la Federación Rusa en Italia, sobre su libro Il Bizantino. Casi una historia de espionaje ambientada en los tiempos de la caída de Bizancio en 1453. Un cuadro histórico riguroso y lleno de analogías con nuestros días


por Roberto Rotondo


Sixto IV (1471-1484) recibe a Iván III y a su mujer, anónimo del siglo XVI, pabellón Sixtino, Sala Baglivi, hospital Santo Spirito in Sassia, Roma

Sixto IV (1471-1484) recibe a Iván III y a su mujer, anónimo del siglo XVI, pabellón Sixtino, Sala Baglivi, hospital Santo Spirito in Sassia, Roma

Il Bizantino, o cómo Moscú se convirtió en la tercera Roma. La novela histórica de Nikolay Spasskiy, escritor y literato por pasión, embajador ruso en Italia por oficio, no es sólo una historia de espionaje ambientada en la segunda mitad del siglo XV. Intrigas, conspiraciones, chantajes y homicidios de corte se enlazan en un cuadro histórico detallado, que presenta impresionantes analogías con nuestros días. Estamos en los años sucesivos a la caída de Constantinopla en 1453 y, entonces como hoy, la sociedad occidental vive inquietudes y miedos. Cuando Mahoma II entró a caballo en la catedral de Santa Sofía, la conmoción fue muy fuerte. A pesar de que la agonía del Imperio romano de Oriente duraba desde hacía dos siglos, terminaba así un reino que había durado más de mil años. El desconcierto aumentó además por una serie de fenómenos naturales, como el paso de la cometa Halley en 1456, que aterrorizó a Europa con su larga cola curva que recordaba la cimitarra del islam. También entonces muchos hablaron de “choque de civilizaciones” y de nuevas murallas, culturales y militares, que había que levantar para detener al islam. La única perspectiva política que el papa Nicolás V y, después de él, Calixto II y Pío II logran concebir es una nueva cruzada del Occidente cristiano bajo la guía de Venecia, que de este modo queda coronada como la heredera de Bizancio. También comparte esta visión el cardenal Bessarion, griego, gran humanista y diplomático, la personalidad más influyente del mundo bizantino en el exilio, que residía en Bolonia. Pero la idea de una nueva cruzada no convencía a los franceses –que al contrario buscaban una alianza con los turcos contra Venecia– y tampoco a los alemanes, que seguían tomando tiempo.
Pero, en la novela de Spasskiy, una alternativa a Venecia heredera de Bizancio, alternativa que modifica el cuadro geopolítico de la época, nace precisamente en los círculos humanistas bizantinos de Bessarion. Es una idea que se encarna en el misterioso protagonista de la novela, un exiliado que llega a la poderosa corte boloñesa del cardenal y del que conocemos sólo la inicial de su nombre, N. Es el bizantino que, como escribe Spasskiy, «concibe un ambicioso proyecto para salvar Bizancio no en el mundo ilusorio construido en torno al mito de una nueva cruzada como panacea de todos los males, sino en el mundo real, duro y cruel que bien conocía. En este mundo no tenía cabida Bizancio como cojinete entre dos mundos y dos mares». Su plan consiste en traspasar la herencia de Bizancio a Moscú. Rusia conservaría la civilización cristiana bizantina y, a diferencia de Venecia, sería un puente entre Oriente y Occidente.
Embajador Spasskiy. ¿por qué ha elegido la segunda mitad del siglo XV para ambientar su novela? ¿Acaso por las analogías con nuestros días? ¿Me equivoco?
NIKOLAY SPASSKIY: En realidad ha sido por una serie de motivos. El primero es que en el siglo XV mi país se convierte en un Estado moderno. Tras la liberación de los tártaros, y en pocos decenios, lo que había sido una combinación de principados se configura como Estado nacional. El segundo motivo, es que la caída de Constantinopla y el fin del Imperio romano de Oriente, si por una parte fueron acontecimientos dramáticos que cambiaron Europa, por la otra fueron un momento clave del desarrollo de Rusia, porque la llevaron a su autodefinición como Estado sucesor del Imperio bizantino a nivel cultural, religioso y político. La novela se mueve en torno a la realización del famoso matrimonio entre la princesa bizantina Zoe y el gran príncipe de Moscú Iván III, que aumentará notablemente la influencia bizantina sobre Moscú. El tercer motivo, que está relacionado con los otros dos, es que siempre me he preguntado cómo fue posible llegar en pocos años a este “traslado” de la herencia de Bizancio a Moscú. Una idea que no podía haber sido elaborada por la generación de los protagonistas del Concilio de Florencia, entre ellos Bessarion. Distaba mucho de su modo de pensar. El matrimonio había recibido el beneplácito del Papa, y había un papel también para el cardenal, pero no podían ser ellos los que tejían la tela. Bessarion era un hombre que pertenecía a otro mundo, el de las últimas cruzadas, que habían sido un error, habían fracasado o se habían hecho mal. Así que he imaginado que detrás del proyecto del matrimonio entre Zoe e Iván III estaba la obra paciente de un personaje desconocido que se movía entre bastidores, un exiliado bizantino que participó en estos acontecimientos con un plan diferente al del Papa y del mismo Bessarion.
Pero, volviendo a su pregunta, he de decir que no somos sólo historiadores, sino también ciudadanos que vivimos al comienzo del siglo XXI y, naturalmente, mientras trabajaba en esta obra, pesaban en el destino de nuestro mundo y de mi país. Y no podía ignorar que se está acentuando dramáticamente lo que Huntington ha llamado «choque de civilizaciones».
¿Dónde es más fácil ver esta preocupación en su novela?
SPASSKIY: En el trasfondo de la escena donde se mueven mis personajes más que en la trama. Y es una preocupación que me viene de mi trabajo diario de diplomático. Porque no le niego que como ciudadano estoy muy preocupado por lo que está pasando. Y lo estoy desde hace unos años. Terminé mi novela antes de los trágicos hechos del 11 de septiembre de 2001. Y no he añadido ni un línea después de esta fecha. Desde hace algunos años vemos claramente que estamos en una época de grandes posibilidades para el progreso del mundo y para el triunfo de un nuevo humanismo, pero, al mismo tiempo, vivimos un periodo lleno de peligros para la humanidad que aún no ha encontrado un camino justo y realista para gobernar la fase sucesiva a la guerra fría.
El protagonista N. sacrifica toda su vida por la causa. Pero no se anda con bromas: manda envenenar a la primera mujer de Iván III, hace chantajes a Bessarion, paga a espías y asesinos, trafica y conspira. Un verdadero maquiavélico. En política, ¿el fin justifica siempre los medios?
SPASSKIY: No. Cierto cinismo de mis personajes y del mundo que los rodea se explica con el hecho de que he tratado de construir un ambiente que se acercara los más posible a la realidad histórica. En cambio, el mensaje que he querido dar es mucho más sencillo: la condición para ayudar y para facilitar hoy el diálogo, la comprensión, el acercamiento entre los pueblos y entre las distintas religiones es mirar a la cara la historia de los hombres que nos han precedido. Porque la historia es también historia de grandes crisis, tragedias, atropellos y odio. Y no podemos descargar todas las culpas de los errores del pasado sólo en algunos personajes que tuvieron el poder. Por tanto, una cosa es la corrección política de nuestra acción, otra es mirar a la historia sin censuras, porque la historia debe enseñarnos algo. Por eso cada capítulo de la novela lleva una cita de los Comentarios de Pío II. Estos fragmentos tienen a veces un lenguaje brutal, pero son una ventana que nos hace ver directamente ese periodo histórico, sin mediaciones. Son una lección importante.
En muchas páginas de su novela lo que invita a la reflexión es precisamente el cuadro geopolítico. Frente al peligro otomano, se enfrentan dos visones: la de quienes quieren coronar a Venecia como heredera de Bizancio. hacer de ella la líder de una nueva cruzada (también la búsqueda de Bessarion de la unidad con los ortodoxos persigue compactar las filas de la civilización cristiana) y la de quienes ven a Moscú como un puente entre Oriente y Occidente…
SPASSKIY: En realidad, el proyecto de mi protagonista N., trasladar la civilización bizantina a Moscú, no nace en contraposición a la visión de Bessarion, sino como reacción al fracaso de ésta. Con la caída de Constantinopla, se apaga la estrella del poderoso cardenal griego que había brillado con más luz al final del concilio de Florencia de 1439. El decreto sobre la unidad de las dos Iglesias, en efecto, representó el ápice de su gloria aún más que cuando entró en el cónclave con buenas posibilidades de ser elegido Papa. Pero después de Florencia Bessarion no recibió ningún apoyo, ni de los dignatarios del moribundo Imperio bizantino, que preferían caer y morir antes que conceder a la Iglesia católica occidental (y aquí está el numantismo del Imperio, una lección para estudiar y aprender), ni en Occidente. Se gastaron muchas palabras, pero nadie hizo nada para ayudar al moribundo Imperio del ataque final de los turcos.
Señala usted en su novela que en aquel siglo se podían ver a papas entre los humanistas y a humanistas entre los papas. ¿Era común a Roma y Moscú la influencia del humanismo?
SPASSKIY: Italia es el mejor lugar del mundo para comprender hasta qué punto las naciones pueden haber heredado un bagaje común de experiencias e ideas. Puede parecer superficial, pero cuando escribía mi libro pasé por Bolonia y viendo las almenas de las murallas de la plaza de San Petronio pensé en lo parecidas que son a las del Kremlin. Me puse a reflexionar sobre el destino de los muchos italianos que fueron a Moscú tras el matrimonio de Zoe e Iván III, y que contribuyeron notablemente al desarrollo de nuestra cultura. Pero tampoco el Renacimiento italiano hubiera sido tan grande sin esa generación de humanistas griegos que se refugiaron en Italia cuando se comenzó a vislumbrar la caída de Bizancio. Tanto ustedes como nosotros pertenecemos a la misma civilización; es verdad que hubo una ruptura, pero pertenecemos a la misma corriente histórica y ambos nos definimos cristianos.
Al final del libro el protagonista, herido de muerte por unos sicarios, dice: «Y, sin embargo, será Venecia la heredera de Bizancio, no Moscú». ¿Por qué piensa N. que ha fracasado?
SPASSKIY: El último capítulo del libro es el que está más relacionado con la historia personal del “Bizantino”. N., en el momento de su muerte, se pregunta para qué ha servido su vida. Pero tal vez nosotros podamos dar una respuesta mejor, porque somos capaces de hacer un balance más frío de aquellos años. Moscú, por supuesto, heredó mucho de Bizancio, pero también Venecia. Naturalmente yo soy un diplomático y esto es una novela, no un ensayo de historia. Pero cuando veo hoy San Marcos, una basílica absolutamente bizantina, centro de gravedad de Venecia, reflexiono sobre cómo la historia avanza por ciclos. Venecia, al principio de su apogeo, era casi una colonia de Bizancio. Pero será la Serenísima la que dé el golpe mortal al Imperio bizantino con la famosa cuarta cruzada de 1204, que dejó a Bizancio repartida, dividida, humillada. Luego Venecia, que no socorrió a Bizancio en el momento crucial, repitió, de alguna manera, la dinámica histórica: se convirtió en un baluarte contra los turcos y entró en el mismo proceso de decadencia total. Una decadencia fascinante, pero irreversible. Moscú, en cambio, heredó de Bizancio ese carácter de melting pot, de mezcla de varias etnias en la que se respetan las características culturales y nacionales de varios pueblos. Un carácter importante, porque Bizancio cayó cuando lo perdió.


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