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ECUMENISMO
Sacado del n. 03 - 2003

Entrevista con Michael L. Fitzgerald, presidente del Consejo pontificio para el dialogo interreligioso

Nadie es forastero en Roma


«A menudo quien lanza acusaciones de fundamentalismo contra el islam es el primer culpable de fundamentalismo. Hay que conjurar el miedo al islam». Entrevista con Michael L. Fitzgerald, presidente del Consejo pontificio para el dialogo interreligioso


por Giovanni Cubeddu


Michael L. Fitzgerald

Michael L. Fitzgerald

Narran las crónicas de 1916 que al morir Charles de Foucauld sus amigos los tuaregs, musulmanes orgullosos, recorrieron más de mil millas de desierto para rendir su último homenaje al hombre que, con humildad y amistad, había dado testimonio de Jesús entre ellos. Musa ag Amastane, jefe beduino, lo recordó ante los suyos con estas palabras: «Charles, nuestro marabut (hombre santo en el léxico islámico, n. de la r.) ha muerto por todos nosotros. Que Dios tenga misericordia de él y que podamos encontrarnos con él en el paraíso».
Las palabras de Musa evocaban la delicadeza que ochocientos años antes había caracterizado las relaciones de Gregorio VII con el sultán Al Nasir, que, entregándole algunos libertos suyos, le pidió al Papa que enviase un sacerdote para que se ocupara de algunos cristianos presentes en su sultanato. Y si Musa hubiera sabido de san Francisco de Asís y de su entrevista en Egipto con el nieto de Saladino, se habría preguntado por qué en la Iglesia pueden convivir hombres tan compasivos con otros que aspiran a las cruzadas.
Siguiendo este ejemplo de caridad, el Concilio Ecuménico Vaticano II, en la constitución dogmática Lumen gentium, menciona explícitamente a los musulmanes («Pero el designio de salvación abarca también a los que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día postrero», LG 16). Sucesivamente será la declaración conciliar Nostra aetate la que establezca las bases del diálogo islámico-cristiano contemporáneo («La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes […]. Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, defiendan y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres», NA 3).
Para saber qué significa hoy para la Iglesia el diálogo interreligioso, especialmente con los musulmanes, hemos ido a entrevistar a Michael L. Fitzgerald, misionero de los Padres blancos, arzobispo, y desde octubre de 2002 presidente del Consejo pontificio para el diálogo interreligioso (donde comenzó a trabajar en 1972 y del que era secretario desde 1987).
Creado por Pablo VI en 1964 como Secretariado de los no cristianos, este órgano para el diálogo tenía, en la idea de Montini, la misma función que el Secretariado «para los cristianos separados». Pablo VI lo presentó al mundo en su homilía de Pentecostés de ese año con estas palabras: «Ningún peregrino, por lejos que esté, religiosa y geográficamente, el país de donde viene, será del todo forastero en esta Roma, fiel aún hoy al programa histórico que la fe católica le reserva de patria communis».
La caridad cristiana
para con todos

Son dos los textos fundamentales de este Consejo pontificio: Actitud de la Iglesia frente a los seguidores de otras religiones. Reflexiones y orientaciones sobre diálogo y misión, publicado en 1984 con motivo del 20 aniversario de la creación del dicasterio, y Diálogo y Anuncio, reflexiones y orientaciones sobre el diálogo inter-religioso y el anuncio del Evangelio de Jesucristo, de 1991. En estos textos el término diálogo se pone en relación con “misión” y “anuncio”. No existe entre ellos una contraposición dialéctica. ¿Pero no se corre el riesgo de que el diálogo sea una repetición, irritante, de los principios de cada uno? Nuestro coloquio con monseñor Fitzgerald comienza por aquí.
«Los dos documentos citados colocan el diálogo en el centro de la misión de la Iglesia, misión entendida en su integridad», aclara en seguida Fitzgerald. «Como dice el documento del 84 en el párrafo 13, “la misión se presenta en la conciencia de la Iglesia como una realidad unitaria, pero compleja y articulada”. Según cinco elementos: presencia; servicio; oración y contemplación; diálogo; anuncio y catequesis. Explico siempre que también se hace misión simplemente estando presentes, un creyente que da testimonio con su vida cotidiana es misionero. Pero no hay misión sino se reza, si no se celebra la eucaristía, si no servimos a los pobres, que no tienen por qué ser obligatoriamente cristianos. La madre Teresa no puso ningún límite a su caridad cristiana para con los pobres. A los moribundos que recogía en las calles y que velaba en sus últimas horas, les hacía dar el consuelo religioso según la fe de cada uno, que no era, de hecho, necesariamente cristiana. ¿Acaso por esto amaba menos al Señor? “He vivido toda la vida como un animal, ahora muero como un ángel”, dijo un pobre que ella misma había recogido en una esquina de Calcuta. El diálogo no tiene por finalidad la conversión obligatoria, pero la Iglesia debe anunciar a Cristo e invitar a formar parte de ella con el bautismo. Es algo que deseamos, pues conocemos la riqueza del Señor y le estamos agradecidos. Pero la plenitud de la gracia del Señor se acepta libremente».
Le preguntamos a monseñor Fitzgerald si el haber definido en un texto la “justa relación” entre diálogo e invitación a la conversión no ha comportado muchos distingos. «El texto sobe Diálogo y Anuncio del 91 lo escribió nuestro Consejo con la Congregación para la evangelización de los pueblos. Para la solución de la pregunta –qué es el diálogo y cuándo éste es anuncio– podemos comenzar por la experiencia. Yo mismo, cuando estuve en Sudán desde 1978 a 1980, pude anunciar a Jesús a algunos, y luego con el bautismo acompañarlos a la Iglesia. Con otros, los musulmanes del norte, podía simplemente dialogar, y lo hice. No es contradictorio que la misma persona lleve a cabo dos actividades distintas frente a personas distintas. La relación entre diálogo y anuncio no puede resolverse completamente en la teoría, porque son dos gestos vividos en la tensión del individuo, y son verdaderos en su deseo de que ocurra algo. La exhortación de Pablo VI Evangelii nuntiandi habla de la evangelización a veces en sentido muy amplio, como penetración en la sociedad de los valores del Evangelio. De este texto hemos tomado la definición de evangelización que incluye el diálogo. También Juan Pablo II en la Redemptoris missio confirma que el diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. No cabe duda. A los que dicen: “no queremos dialogar, no queremos dialogar”, el Papa les responde en cambio que esto forma parte de la misión del a Iglesia».
Arriba, san Francisco ante al sultán, Historias de san Francisco, Giotto, Basílica superior, Asís

Arriba, san Francisco ante al sultán, Historias de san Francisco, Giotto, Basílica superior, Asís


Ningún complejo
de superioridad

En marzo de 1999 el entonces presidente del Consejo pontificio para el diálogo interreligioso, el cardenal Francis Arinze, envió una Carta a los presidentes de las Conferencias episcopales acerca de la espiritualidad del diálogo, que sigue siendo para los hombres del dialogo una pequeña summa. Este documento será en adelante el contenido de nuestro coloquio con monseñor Fitzgerald, porque, valorizando las ideas de la Carta, y tras haber oído las opiniones de las conferencias episcopales, va a ser publicado este año un nuevo documento-clave, cuyas galeradas han pasado (y volverán a pasar) el examen de la Congregación para la Doctrina de la fe.
Escribía el cardenal Arinze: «Es nuestra firme convicción que Dios quiere que todas las personas se salven y que Él pueda conceder su gracia también fuera de los límites visibles de la Iglesia. Al mismo tiempo, el cristiano es consciente de que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es el único y sólo Salvador de toda la humanidad, y que sólo en la Iglesia que Cristo ha fundado pueden ser encontrados los medios de salvación en toda su plenitud. Esto no debe, de ningún modo, inducir a asumir una actitud triunfalista o a actuar con un complejo de superioridad. Al contrario, es con humildad y con el deseo de un mutuo enriquecimiento como uno podrá encontrarse con los otros creyentes, mientras se mantiene firme en las verdades de la fe cristiana».
¿Qué significan estas palabras para monseñor Fitzgerald?
«Si queremos buscar en la Sagrada Escritura una base para el diálogo, podemos leer la primera carta de Pedro, cuando dice que da razón de nuestra esperanza con toda modestia y humildad. En la carta a los Filipenses, Pablo escribe que Cristo no se aferró a su condición divina, sino que se humilló a sí mismo hasta la muerte. La espiritualidad del diálogo es contemplativa, no teme ver la intervención de Dios en los demás, aunque tengan otra fe. Por lo menos no podemos negar los interrogantes que este hecho nos plantea. Y no podemos reprimir la compasión por el hombre que no conoce al Señor. Esta es la experiencia que he tenido, por ejemplo, con un monje budista que vino a Asís en 1986. Bajo, delgado, casi de noventa años. Me llamó la atención su gran bondad de hombre, abierto al cristianismo, pero no cristiano. En el 99, vino a Roma para dar su testimonio una señora hindú, una discípula de Gandhi, menuda y humilde. ¿Puedo confesar que se intuía en ella una delicadeza inusitada, una santidad? Si existe, nosotros la atribuimos al Señor, que actúa también fuera de los límites visibles de su Iglesia.
Y así podemos reconocer que no poseemos la gracia. Hemos recibido la vocación de vivir nuestra fe, pero somos débiles. Muchas personas no tienen la ventaja de la fe que tenemos nosotros y moralmente son mejores que nosotros».

Diálogo entre pobres pecadores
De la Carta a los presidentes de las Conferencias episcopales acerca de la espiritualidad del diálogo: «En el diálogo, el cristiano es llamado a ser un testigo de Cristo, imitando al Señor en su proclamación del Reino, su preocupación y compasión por cada persona individual y en el respeto por su libertad personal». Comenta Fitzgerald: «En los Evangelios Jesús siempre es paciente. Es paciente con los mismos apóstoles, que a veces no le comprenden. Y a toda la gente con la que se encuentra no le pide que le siga enseguida. Cura, ayuda, responde, y luego dice: “vete a casa”. Perdona los pecados y dice: “vuelve a tu casa”. No dice “tienes que hacerte discípulo mío”. Es increíble. Una compasión tan grande, un amor por la libertad tan grande, es un misterio. La mayor parte de las personas con las que Jesús se encontraba era del pueblo judío. Jesús no practicaba el diálogo interreligioso como lo entendemos nosotros, porque sólo raramente se vio con personas que no pertenecían al pueblo judío –lo diremos en el próximo documento de nuestro Consejo pontificio–, pero nos da el ejemplo de la conducta fundamental que se da antes de cualquier diálogo. El Señor es paciente, conoce el valor de lo implícito, mientras que hoy abunda lo explícito verbal. Jesús en los Evangelios es siempre paciente, menos con los hipócritas…».
Dice también la Carta: «El anuncio aspira a la conversión en el sentido de la aceptación libre de la Buena Noticia de Cristo y a convertirse en un miembro de la Iglesia. El diálogo, por su parte, presupone la conversión en el sentido de un retorno al corazón de Dios en el amor y la obediencia a Su voluntad, en otras palabras, apertura del corazón a la acción divina […]. Es Dios quien atrae a las personas a Sí mismo, enviando su Espíritu que actúa en lo profundo de los corazones». Comenta Fitzgerald: «Esto es una gran liberación para todos. Es Dios quien decide, nosotros somos instrumentos. En el diálogo interviene siempre también mi conversión, mi deseo de estar cerca del Señor. Un diálogo sincero sobre la fe, sobre la propia fe, ha de comenzar reconociendo los propios límites personales. El diálogo no es “yo tengo todo, tú no tienes nada; tú vienes a mí y yo te doy todas las riquezas de la fe cristiana”. El diálogo pone al descubierto que somos pecadores».
Respecto a la relación con las otras religiones, dice la Carta: «Se podrá notar que existen muchos puntos comunes […]. Las diferencias, en todo caso, no deben ser subestimadas […]. Mientras se aprecia la acción del Espíritu de Dios entre las gentes de otras religiones, no sólo en los corazones de los individuos, sino también en algunos de sus ritos religiosos […], la unicidad de la fe cristiana ha de ser respetada». Explica Fitzgerald: «Quiere decir que en la adhesión a nuestra fe tenemos la libertad de poder apreciar una inspiración donde exista, donde se dé. Por ejemplo, el mes del Ramadán de los musulmanes es para ellos un medio –el ayuno– de acercarse a Dios, que sigue la costumbre de los judíos y de los cristianos. ¿Podemos decir que este rito suyo es algo malo? ¿Qué es malo su postrarse en oración?».

Fructum dabit tempore suo
La mencionada Carta dice también que «la espiritualidad para animar y sostener el diálogo interreligioso es la que es vivida en la fe, la esperanza y la caridad». Y el presidente del Consejo pontificio comenta: «Podríamos afirmar que el diálogo interreligioso es la vida cristiana vivida al lado de personas que no son cristianas. La caridad crea vínculos de amistad entre los hombres. Mis hermanos de hábito que han vivido durante mucho tiempo en países musulmanes no han tenido la posibilidad de celebrar muchos bautismos, pero han recibido por la caridad del Señor ciertos frutos en la amistad de muchos hombres de distinta fe».
El último fragmento de la Carta: «La esperanza que caracteriza un diálogo que no pide ver resultados inmediatos, pero asume con firmeza la convicción que el diálogo es un camino para el Reino y seguramente dará sus frutos, aunque los tiempos y momentos los tiene fijados el Padre. La caridad que viene de Dios, y nos es comunicada por el Espíritu Santo, anima al cristiano a compartir el amor de Dios con otros creyentes de un modo gratuito».
Los sacerdotes

Los sacerdotes

«No se pretenden resultados. Por eso como obispo he elegido el lema “Fructum dabit”, citando el Salmo 1, “fructum dabit tempore suo”: el justo es como el árbol que está plantado cerca de un río y que dará el fruto a su tiempo. Las cosas deben crecer. Las cosechas deben crecer, la amistad debe crecer. Saint-Exupéry decía que se debe conquistar al otro con la dulzura. Quien apremia para ver inmediatamente los resultados del diálogo es enemigo del diálogo, porque estos frutos no se pesan con la balanza, y, sin embargo, a veces existen. Aunque el fruto sea simplemente la falta de conflicto donde en otras partes hay guerra. Conozco a un matrimonio musulmán de Macedonia que ha resistido durante mucho tiempo, a diferencia de otros, a la idea de tener que dejarlo todo y marcharse, asustados por las presiones de las facciones extremistas de los ortodoxos. Un día se rindieron al miedo y decidieron vender su casa e irse a otro lugar. Sus vecinos, ortodoxos, se presentaron una mañana a su puerta: “queremos deciros que nosotros os protegeremos”. Ese matrimonio se quedó en su casa. Alguien podría decir que es un episodio insignificante, que no ha pasado nada, que no es un “resultado”. Pero quien lo dice no sabe que la vida de todos los días está hecha de estas pequeñas señales».

Musulmanes auténticos
y otros no tanto

Entre los siglos IX y X en Bagdad florecían los estudios clásicos: cristianos y musulmanes se ejercitaban en descubrir los puntos comunes entre sus creencias. Hoy, al borde de la guerra preventiva contra Irak, no podemos dejar de preguntarle al presidente del Consejo pontificio para el diálogo interreligioso si en la relación con el islam su Consejo pontificio ha tenido que marcar el paso. Monseñor Fitzgerald dice que «después del 11 de septiembre no se hace más que acusar al fundamentalismo islámico. Es una simplificación, en la que se subrayan algunas cosas ocultando otras. Y a menudo quien lanza acusaciones de fundamentalismo es el primer culpable de fundamentalismo. Hacer distinciones es necesario, y creo que esta es la tarea de nuestro organismo. Siendo realista y viendo las dificultades del momento, admito que algunos de los que cometen actos terroristas lo hacen en nombre del islam. Pero no deberían considerarse musulmanes verdaderos aquellos que tratan de manipular el islam. De hecho, también los socios musulmanes de nuestro Consejo pontificio condenaron el 11 de septiembre. Hay que conjurar el miedo al islam, que impide que nos encontremos. Para dialogar hace falta confianza. Como presidente del Consejo pontificio he de ser prudente, ser un hombre de Iglesia, conocer todas las circunstancias del encuentro entre cristianos y musulmanes y saber que hay cristianos que sufren mucho en los países musulmanes. Por tanto, no dispongo de toda la libertad que puede tener Michael Fitzgerald con sus amigos musulmanes. Trato de tener en cuenta todos los aspectos».

Mientras nos despedimos vemos sobre la mesa muchos libros y papeles. Hay también una foto de la reunión romana de Pablo VI con los ulemas saudíes en octubre de 1976, cuando, tras agradecerle a sus huéspedes el regalo de una alfombra para rezar, el papa Montini dijo: «pues, recemos». Y el mejor diálogo fue ese minuto de silencio.



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