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PALACIO DE CRISTAL
Sacado del n. 12 - 2004

Apuntes desde el Palacio de Cristal

«Debemos negarnos la licencia de hacer siempre lo que nos parezca»



por Gianni Cardinale


La Asamblea general de las Naciones Unidas

La Asamblea general de las Naciones Unidas

De las noventa y nueve páginas del texto en inglés correspondiente al informe de la ONU sobre retos, amenazas y reformas, que elaboró el comité de expertos elegidos por Kofi Annan, y que fue publicado el 1 de diciembre, las que contienen propuestas acerca de la reorganización del Consejo de Seguridad han tenido una amplia resonancia. El informe plantea con mucho cuidado lo que concierne a la definición y el análisis de la “seguridad” mundial, el bien primario que -se dice- debe alcanzar hoy la comunidad de los Estados. Según el documento, esa “seguridad” debe entenderse en un sentido amplio, como se deduce de la lista de los seis grupos de amenazas globales que actualmente la ponen en peligro. En primer lugar Annan coloca significativamente las amenazas económicas y sociales, que incluyen «la probreza, las enfermedades infecciosas y el deterioro del ambiente». Siguen después los conflictos entre Estados y los conflictos internos -guerra civil, genocidio y atrocidades a vasta escala-; las amenazas nucleares, químicas y biológicas; el terrorismo y la delicuencia organizada a nivel transnacional. En este marco el concepto clave es el de la prevención, fundada en el desarrollo «indispensable de un sistema de seguridad colectiva».
Y sin embargo, pese a un esfuerzo intelectual tan amplio, orientado a proporcionar un documento de base capaz de hacer de 2005 el año del renacimiento de la ONU, sólo una escasa paginita ha sido dedicada al análisis y las propuestas de una sólida reforma de la Asamblea General.
El perfil de la Asamblea que traza el texto no es halagador; describe un cuerpo que «ha perdido vitalidad y que frecuentemente no logra abordar eficazmente los temas más delicados del momento». Como remedio operativo el texto aconseja «una mejor conceptualización» de los puntos que aparezcan cada vez en el orden del día, así como la reducción y actualización de la agenda de la Asamblea (sugerencia de verdad oportuna, ya que desde hace sesenta años hay argumentos en discusión, incluso secundarios o ya obsoletos, que no han sido cancelados). Además, se solicita un vínculo más estrecho de la Asamblea con la llamada sociedad civil internacional y las ONG. Pero aquí el énfasis de la ONU sobre el papel creciente que hay que reconocer a las ONG esconde el nudo de la relación entre Estado y sociedad civil, dada la existencia de ONG potentísimas –con presupuestos que pueden provocar envidia a algunos países pobres–, sobre cuya gestión interna no es posible ejercer ningún control.
Ciertamente, en el documento no falta una exhortación a los Estados miembros para que renueven sus esfuerzos por restituir a la Asamblea su status de órgano deliberativo principal, pero, resulta difícil, con las cartas en la mano, no objetar que en la ONU se quiere hablar sobre todo, o casi exclusivamente, de Consejo de Seguridad y no de Asamblea General, al menos en la misma medida. Si es así, el proponer, justamente, una reforma del Consejo significa imprimir en caracteres áureos la perpetuación de la lógica orwelliana, para la cual todos son iguales (los 191 países miembros), pero algunos (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad renovado) son más iguales que otros y solamente a éstos corresponde la tarea de gobernar el mundo. Por el contario, los criterios de la representación y la democracia deberían subrayarse a través de una reforma decidida de la Asamblea General, con el fin de conferirle una mayor autoridad política. Este podría y debería ser el hilo conductor práctico para unas Naciones Unidas que pretenden entrar válidamente en el siglo XXI. Al respecto, dos frases que se encuentran al principio de la cuarta parte del informe (dedicada a la mayor eficacia de la ONU del futuro) nos parecen icásticas y nos llevan a reflexionar. La primera afirma que, «a la hora de afrontar la cuestión de la reforma de las Naciones Unidas, es importante, hoy como en 1945, conjugar poder y principios (...) Recomendaciones que reflejan simplemente una mera distribución de poder y no impulsan ningún esfuerzo dirigido a robustecer los principios internacionales, difícilmente ganarán la amplia adhesión necesaria para mutar la conducta internacional». La segunda tiene que ver con los Estados Unidos y lo que dijo su presidente Harry Truman en su discurso a la sesión plenaria final de la conferencia que instituyó las Naciones Unidas: «Todos debemos reconocer –no importa la magnitud de nuestra fuerza– que debemos negarnos la licencia de hacer siempre lo que nos parezca...».


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