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MONASTERIOS DE CLAUSURA
Sacado del n. 12 - 2004

… para decirle: «Ven»


El prefecto de la Congregación para los institutos de vida consagrada explica el porqué de una vocación aún actual


por Franc Rodé C.M


El arzobispo Franc Rodé, lazarista, prefecto de los religiosos desde febrero de 2004

El arzobispo Franc Rodé, lazarista, prefecto de los religiosos desde febrero de 2004

Desde siempre una súplica asciende desde el corazón del hombre, súplica que expresa la esencia última de la humanidad, que se eleva desde todos los lugares y desde todos los tiempos, que encuentra morada en lo más íntimo, en lo hondo del ser humano: «Sed de ti tiene mi alma, en pos de ti languidece mi carne, cual tierra seca, agotada, sin agua» (Sal 62, 2).
Como escribe santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección, «porque sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace gran falta, que si del todo nos falta nos mata» (Camino de perfección XIX). La sed no es un problema de los días tristes o de circunstancias desafortunadas, no es un accidente, no es una situación discontinua, sino una condición ordinaria, normal, eterna. Esta sed se traduce en el deseo de una vida auténtica, que hunde sus raíces en la profundidad del ser y no en la superficie, en el núcleo, en el corazón de la persona y no en los márgenes: es sed de comunión, de amor, de encuentro, de miradas, de verdad, de belleza. Es sed de un Dios que baja a pasear en el jardín con la brisa de la noche.
Ese deseo de Dios es deseo de infinito, de perfección; es la respuesta a los interrogantes que plantea nuestra condición humana; es saber que el hombre no se explica por sí mismo, que nosotros y la realidad tenemos sentido solo a la luz de una realidad más grande, escondida para nuestros ojos, pero que nuestro corazón percibe y desea. Esta sed de días y de eternidad –de vida–, deseo de una fuente que mana por la vida eterna, puede ser apagada: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí» (Jn 7, 37-38). San Agustín, del que celebramos este año el 1650 aniversario de su nacimiento, en la célebre apertura de las Confesiones expresaba eficazmente la necesidad inextinguible que empuja al hombre a buscar el rostro de Dios: «Nos creaste para ti, Señor, y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti». Los contemplativos han respondido a la llamada de un Amor con mayúscula. Sólo Dios es su Esposo, sólo Él puede apagar su sed: «Capacem Dei, quidquid Deo minus est non implebit», quien puede contener a Dios, no puede ser colmado con algo que sea menos que Dios.
La vida de los contemplativos, dedicada a la oración, a la intercesión orante, al trabajo simple y pobre, a la humilde fraternidad, evoca la celda del corazón, el lugar del encuentro con el Amado, en el que cada uno está llamado a vivir la unión con el Esposo, ese lugar donde toda la existencia humana encuentra plenitud de significado y de gozo.
La clausura es el lugar del desierto, en que Dios une consigo a la amada, en una relación íntima e indisoluble: «La voy a seducir: la llevaré al desierto y hablaré a su corazón» (Os 2, 16). El desierto donde la necesidad de agua, la sed se hace más inextinguible, más urgente, cuestión de muerte y de vida.
He tenido la posibilidad de respirar el aire limpio y el suave perfume de la vida totalmente dedicada a la contemplación en una comunidad de la diócesis de Liubliana, de la que fui padre y pastor durante siete años: la comunidad de las Carmelitas Descalzas de Sora. La clausura «Acogida como don y elegida como libre respuesta de amor» (exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 59): veinte mujeres, jóvenes, de edad o de ganas de vivir, (es verdad que ¡los contemplativos no envejecen nunca!).
Quien entra en ese monasterio, como en los muchos monasterios de contemplativas y contemplativos diseminados por el mundo, siente la alegría profunda, pura, simple que allí reina; experimenta cómo es posible pasar de los puños cerrados sobre nuestras pobres cosas a los brazos abiertos de quien sabe acoger porque ha experimentado la dulzura de ser acogido, de ser amado eternamente, cómo se puede pasar de la propia cisterna agrietada y sellada, celosa de sí misma y de sus pocas gotas de agua amarga, a un cántaro derramado, a un corazón abierto a las grandes necesidades de los hombres y de la historia, abierto a quien busca el encuentro, la comunión, abierto a todos los sedientos y hambrientos de Dios y de su amor.
Su gozo, íntimo, profundo, que es pureza y nobleza de trato, se manifiesta en una sonrisa abierta, disponible, en las miradas y rostros transfigurados por el encuentro con Dios, que transforma poco a poco; se traduce en una comunidad donde la vulgaridad y la falsedad no encuentran asilo, quebrantadas por una atmósfera de verdad y sinceridad, donde habita un cariño libre de condicionamientos humanos.
De este modo, la clausura, además de ser «el lugar de la comunión espiritual con Dios» se convierte en el lugar de la comunión de amor «con los hermanos y hermanas, donde la limitación del espacio y de las relaciones con el mundo exterior favorecen la interiorización de los valores evangélicos» (Vita consecrata 59).
Como escribía santa Teresa de Lisieux, el lugar de los contemplativos está en el corazón de la Iglesia, y su vocación es el amor: «En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor, y seré todo». Estos hombres y estas mujeres ofrecen su vida por la Iglesia, por los obispos, por los sacerdotes, por todos los que están en la duda, por los que sufren, por los que están lejos de Dios y por todas las tragedias y las necesidades de la humanidad: a pesar de las celosías –o, de algún modo misterioso, precisamente a través de ellas– que materialmente les separan del mundo, a través de los angostos e infinitos espacios de su clausura, están presentes con su vida de escondimiento, de amor y de sacrificio en todos los dramas del mundo y de la Iglesia. Se convierten en la fuente de la que cada hombre y cada mujer pueden sacar fuerza, alegría, serenidad, valor, en una comunicación continua, hecha de palabras sencillas, de petición de oraciones, de cercanía espiritual, y todos los que llaman a la puerta del monasterio pueden experimentarlo concretamente.
La clausura es, pues, el lugar donde la Iglesia esposa da gloria a su Esposo y, movida por el Espíritu que la habita, le grita: «¡Ven¡» (Ap 22, 17). Todo contemplativo repite, incesantemente, y lleno de estupor, la oración de santa María Magdalena de Pazzi: «Oh Esposo, oh Verbo, así quiero llamarte siempre. ¡Eh! Admirad a mi Esposo Verbo, qué bello es, qué grande, qué digno, cuánto resplandece su cara. ¡Oh Esposo, o mi amoroso Verbo! ¿Qué hacéis, criaturas por él creadas? A todos os invito a mirar y considerar su grandeza, su magnificencia y su gloria».


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