Fray Tomás de Olera
A pesar de que aún no ha recibido el honor de los altares, este fraile del siglo XVI sigue siendo recordado e invocado en los valles de la zona de Bérgamo. Tomás era un iletrado, pero el pueblo reconocía su extraordinaria humildad y bondad, y los poderosos la sabiduría infudida por la gracia. La colección de sus obras era una de las lecturas preferidas de Juan XXIII
por Giovanni Ricciardi

Una estatua de fray Tomás Acerbis
«Olera: un puñado de pobres casas a 523 metros de altitud, rodeado de montes y amenizado por el canto de un torrente. Una callejuela, estrecha como un pasillo, con peldaños de piedra, me lleva al centro del pueblo. A dos mujeres, que tiritaban de frío envueltas en sus chales, les pregunté si habían oído hablar de fray Tomás. “¡Oh, el beato Tomás!”, me respondieron con calor. Me hablaban de él como si fuera uno de casa; y yo las escuchaba con conmoción creciente».
Quien escribe estas notas es el padre capuchino Fernando de Reise, que llegó a Olera en 1962 para recoger noticias sobre fray Tomás. Faltaba un año al cuarto centenario del nacimiento del fraile y los capuchinos pensaban tramitar su causa de beatificación. El padre Fernando quedó sorprendido del vivo recuerdo que conservaba la gente después de cuatro siglos.
«Nunca hubiera creído que en Olera se recordaran todavía del capuchino bergamasco fray Tomás Acerbis, que a la edad de 17 años (en 1580) dejó su pueblo natal para pasar el resto de su vida en los conventos de los capuchinos, conjugando de manera admirable la vida del claustro con la de los caminos del norte de Italia y del Tirol».
Un edificio antiguo de Olera, habitado aún por los descendientes de los Acerbis, familia de antigua nobleza venida a menos, conserva en la fachada el escudo de armas. En esta casa nació, a finales de 1563, el futuro fray Tomás. En los mismos días se clausuraba el Concilio de Trento, y los vientos de la Reforma seguían soplando en Europa. Bérgamo y Val Seriana eran entonces territorio de la República de Venecia. En 1580, con sus 17 años, Tomás llamó a la puerta del convento de los frailes capuchinos de Verona –su provincia eclesiástica– para vestir el hábito de san Francisco. Sin instrucción alguna, Tomás había madurado su vocación pastoreando las ovejas y viviendo pobremente con su familia. No tuvo otra escuela, sino los tres años de noviciado que pasó en Verona, durante los cuales sus superiores le enseñaron a leer y escribir, haciendo una excepción a la regla de san Francisco que prohíbe expresamente a «los que no saben letras, aprenderlas».
Y, sin embargo, como iletrado compuso tratados de mística y ascética que fueron recogidos, muchos años después de su muerte, bajo el título de Fuoco d’amore y publicados en 1682. Un texto que, hasta hoy, que se está preparando, no tuvo nunca una verdadera edición crítica. Un volumen que otro gran bergamasco, Angelo Roncalli, apreciaba y leía asiduamente.
«Aún recuerdo la impresión que me causó la alegría que el papa Juan sintió cuando el 14 de noviembre de 1959 recibió como regalo de un señor de Innsbruck (Giuseppe Mitterstiller) el libro Fuoco d’amore de fray Tomás de Olera».
Quien escribe es monseñor Loris Capovilla, entonces secretario del papa Juan XXIII:
«Me acuerdo muy bien de que el Papa decía que hallaba en este libro un viejo conocido suyo, es decir, este lego capuchino cuya vida conocía desde su juventud, así como también sus obras y la fama de santidad que tenía en Alto Adige […] El papa Juan releía frecuentemente las páginas de Fuoco d’amore, que tenía siempre a la vista sobre su mesa con los libros de oración y de meditación. Muchas veces me leyó abundantes páginas, comentándolas y dando opiniones de estima y veneración por el piadoso escritor. […] Decía que ciertamente el Espíritu del Señor había hecho que fray Tomás redactara páginas tan claras y conformes con la doctrina ortodoxa».
A pesar de los estudios que hizo con fervor y diligencia durante los años del noviciado veronés, su italiano era elemental y con muchas faltas gramaticales. Y, sin embargo, sus escritos revelan una profundidad espiritual y una exactitud doctrinal sorprendentes. Un hermano de hábito suyo, fray Ilarione de Mantua, escribía al respecto:
«Le he visto muchas veces después de la Comunión retirarse a su celda a escribir cosas de meditaciones de la vida y pasión del Señor; y habiéndome leído algunas veces sus obras espirituales después de haberlas escrito, confidencialmente me decía […] que por sí mismo no podía comprender cómo había puesto esas cosas sobre el papel».
Durante toda su vida desempeñó trabajos humildes, «buscando limosna, lavando las escudillas, trabajando en la cocina y el huerto», como escribió una vez. Se parece al fray Galdino de Manzoni, que en la misma tierra lombarda, entre Bérgamo y Lecco, llama a la puerta de Lucía pidiendo limosna y cuenta la graciosa “parábola” del “milagro de las nueces”. Pero fray Galdino es sólo un personaje secundario de Los Novios. Fray Tomás, en cambio, se convertirá, a pesar de su papel de simple fraile demandador, en una personalidad extraordinaria para su época.
Después de su definitivo ingreso en la orden capuchina, en 1583, se quedó en Verona hasta 1605; luego, hasta 1619, visitó varias ciudades del Véneto: Vicenza, Padua, Rovereto. Por todas partes se difunde la fama de santidad de este “apóstol sin estola”. Visita a los enfermos, lleva la paz en las contiendas, llama a la puerta de los pobres y de los ricos para difundir el Evangelio: el pueblo reconoce su extraordinaria bondad y humildad, los poderosos la sabiduría infundida por la gracia de un iletrado capaz de aconsejar y corregir, guiar y consolar. La fuente de esta sabiduría es la mirada continuamente puesta en el crucifijo, típica de la tradición franciscana. «No he leído nunca una sílaba de los libros», escribió, «pero me esfuerzo en leer a Cristo martirizado».
Asombrado por la fama de santidad de fray Tomás, el archiduque Leopoldo V le llamó en 1619 a Tirol, para que frenase con su ejemplo y predicación la difusión del luteranismo en sus tierras. Fray Tomás se trasladó a Innsbruck, donde estuvo doce años, hasta 1631, año de su muerte. Fue el consejero más escuchado del archiduque y fue recibido varias veces por el emperador Fernando II. Fue también consejero espiritual de los arzobispos de Trento y Salzburgo, a los que sugería la manera mejor de aplicar las reformas del Concilio de Trento en sus diócesis. Todo esto, sin descuidar jamás sus deberes, la cuestación diaria, el trabajo manual, el contacto con los pobres del Tirol. “Der Bruder von Tirol”, el fraile de Tirol, era el apodo que le pusieron. Durante estos años fray Tomás no volvió a ver su tierra natal. Pero en Val Serina, sobre todo, se dejó sentir su intercesión, incluso en tiempos no muy lejanos.

Arriba, el frontispicio de Fuoco d’amore, la colección de tratados de mística y ascética de Fray Tomás Acerbis que el papa Juan XXIII (a la derecha) gustaba leer y meditar
El padre Fernando de Riese, que fue el primer postulador de su causa de beatificación, recogió muchos testimonios sobre la intercesión de fray Tomás en favor de sus paisanos.
«La señora Renata Zanchi, de 24 años, en septiembre de 1962 estaba en condiciones desesperadas a causa de una flebitis debida al parto. Los médicos no sabían qué hacer y la enferma estaba resignada a la muerte. Su familia vino a pedirme que celebrara una misa en honor de fray Tomás y, unos días después, la señora se curó perfectamente».
Es, en resumen, uno de los testimonios del entonces párroco de Olera, el sacerdote Franco Cavalieri. En la iglesia, al lado del cuadro que representa la “verdadera imagen del siervo de Dios fray Tomás, capuchino lego de Olera”, arrodillado ante la Inmaculada hay un sinfín de ex votos.
En su trabajo diario para defender el credo católico y contrarrestar el calvinismo y el luteranismo, tanto en la corte como entre la gente, fray Tomás llegaba a intuir la profundidad del misterio de María. Lo demuestran sus escritos, que además anticipan de un modo claro la formulación del dogma de la Inmaculada concepción. Y no solamente sus escritos.
En Volders, a orillas del río Inn, en Tirol, hay una iglesia dedicada a la Inmaculada concepción de María, cuya construcción deseaba fray Tomás y que fue terminada veintitrés años después de su muerte por Ippolito Guarinoni, médico de corte en Innsbruck, hijo espiritual y gran amigo de fray Tomás. Corría el año 1654, exactamente doscientos años antes de la proclamación del dogma hecha por Pío IX.
Quizá también por esto el papa Juan estimaba tanto los escritos de fray Tomás, y quiso oírlos como lectura espiritual en su lecho de muerte. Escribe monseñor Capovilla:
«En los últimos días de su vida, sobre todo cuando empezó a guardar cama –el 20 de mayo de 1963– el papa Juan quiso que por turnos –el enfermero fray Federico Bellotti, los jóvenes ayudantes Guido y Giampalo Gusso y yo– le leyéramos además de páginas de la Imitación de Cristo, del breviario y de otros libros de piedad, muchos fragmentos del Fuoco d’amore. De la delicia que recibía de esta lectura hablaba con todos los que iban a visitarle, comenzando por su confesor monseñor Cavagna, y también con los médicos, las monjas y el personal de servicio».
Muchos son los motivos de interés en los tratados recogidos en Fuoco d‘amore de fray Tomás. Por ejemplo, los siete capítulos dedicados al Corazón de Jesús, que con treinta años de antelación anticipan las revelaciones de Jesús a santa Margarita Alacoque, que tanta importancia tendrán en la espiritualidad occidental de los últimos siglos.
Las largas meditaciones sobre el corazón traspasado de Jesús evocan La incredulidad de Tomás, obra de otro gran bergamasco, Caravaggio, que fue contemporáneo de fray Tomás y que con él tuvo en común, además del nacimiento, el hecho de frecuentar los ambientes más humildes y las casas de los poderosos.
Estos son, además de otros muchos, los motivos que han llevado al obispo de Bérgamo, Roberto Amadei, a reavivar con una carta abierta al Papa, la esperanza de que fray Tomás –cuyas “virtudes heroicas fueron proclamadas en 1987– sea beatificado pronto. Se espera ahora en una curación prodigiosa, sustentada por pruebas científicas. Pero la gente de Olera no tiene dudas de que fray Tomás intercede por ellos desde hace más de cuatro siglos.
«Hablando con las personas de la aldea», escribía el padre Fernando de Riese, «les preguntábamos sobre fray Tomás, y nos dieron siempre respuestas llenas de veneración y fe en su patrocinio. Ponían invariablemente antes de su nombre el apelativo de beato. Fue para mí un placer y una sorpresa ver que su recuerdo seguía vivo. La mañana siguiente, mientras me disponía a irme, el párroco me presentó a la señora Orsola Acerbis de Schiavi, que con evidente gusto me dijo: “Desde hace diecisiete años le rezo todos los días nueve Gloria Patri al beato Tomás. El beato Tomás me ha salvado a un hijo. Se llama Romano y ahora tiene veinte años. En enero de 1960 tuvo una hemiplejía: no podía mover ni el brazo ni la pierna izquierdos. Cuando lo llevaron al hospital de Bérgamo, yo me fui corriendo a nuestra iglesia y me arrodillé ante el altar donde se conserva el cuadro del beato Tomás de rodillas ante la Inmaculada. Levanté hacia la imagen sagrada una camisa de mi hijo y le pedí al beato que me hiciera la gracia. Luego me fui al hospital con la camisa bendecida. Romano se la puso y sintió algo “extraño”. Vio que podía mover la mano izquierda, luego el brazo y por último la pierna. Pocos días después volvía a casa completamente sano. Desde entonces está bien, trabaja y no tiene ningún malestar. Para probar lo que me estaba contando llamó a su hijo y me lo presentó. Era un joven alto y sano. Él mismo me dijo que todos los días rezaba a su poderoso benefactor. Volviendo a mi convento de Padua, me convencía aún más de que el venerable fray Tomás de Olera no sólo merece ser conocido como un personaje ilustre de un tiempo lejano […], sino también –y sobre todo– ser amado e invocado: como se hace con un santo, seguros de que va a escuchar nuestras súplicas».