La dulce Virgen de càndido màrmol
Un Monte Sagrado menor, apartado en la orilla occidental del lago de Como. Aquí, una pastorcilla sordomuda, mientras pacía su rebaño donde Plinio el Joven decía que en la antigüedad se erigía el templo de Ceres, encontró una estatua de la Virgen con el Niño...

El santuario
Les gustaba a los romanos, como le gustó a Manzoni (que se alojaba en Villa Beccaria, a pocos quilómetros de aquí) y como les gusta hoy a las estrellas de Hollywood (el último de ellos, George Clooney), este tramo de lago que se asoma precisamente a la isla de Como, la única del Lario, teatro de feroces contiendas durante los siglos entre los lombardos y los bizantinos, entre Berenguer II y Odón I, entre los milaneses y Barbarroja.
Pero al lado de estos retazos de historia mayor hay que colocar también un episodio de historia menor, que marcó el destino de esta tierra. Es la historia de una pastorcilla sordomuda que, mientras cuidaba su rebaño en el lugar donde Plinio el Joven había indicado que se encontraba en la antigüedad el templo de Ceres, encontró una estatua de la Virgen con el Niño e inmediatamente recobró la palabra. No existe una fecha exacta para este episodio, pero la estatua, que aún se conserva en el santuario de la Virgen del Socorro, se remonta a principios del siglo XV; está esculpida en mármol blanco, extraído de las canteras locales de Musso. Se cuenta que varias veces los fieles habían llevado la estatua a la Colegiata de Isola, pero ésta regresaba milagrosamente al lugar del hallazgo. Hasta que, a principios del siglo XVI, se decidió construir en el lugar una iglesia para guardar en ella la estatua milagrosa. El lugar es de los que dejan deslumbrados: a 200 metros sobre el lago (y 419 sobre el nivel del mar), una vista que abarca Bellagio, Varenna, hasta las Grigne y las primeras cumbres de los Alpes. El primero que nos habló de ello largo y tendido fue el obispo de Como, Feliciano Ninguarda, que llegó aquí en visita pastoral en 1593. En las Actas de su visita escribe: «Una milla y media de duro camino», y luego sigue diciendo: «Antes había un capitel con una imagen de la Bienaventurada Virgen que aún se ve, y por algunos milagros de curación de enfermos siguió creciendo en forma de iglesia».
La imagen es la misma que los peregrinos siguen viendo hoy día, de un mármol blanco cándido, aunque antiguamente estaba cubierto de partes doradas, como se ve todavía hoy en los pliegues del vestido. María, en pose hierática aunque repleta de dulzura, tiene al Niño en pie sobre sus rodillas; los dos juntos asen con la derecha un cetro florido; el Niño, en la izquierda, tiene un pajarillo. La Virgen, además, lleva una corona en la cabeza, un detalle clave para la continuación de la historia.
Efectivamente, aquella estatua coronada es hoy la quinceava capilla de un recorrido que comienza un quilómetro más abajo: a los bordes de un camino empedrado, que sube zigzagueando suavemente a la sombra de los plátanos, están dispuestas las otras catorce capillas con los misterios del Rosario. Es decir, que en Ossuccio se repite, con menor riqueza, la “filosofía” del Sacromonte varesino. El camino, lugar de procesión, es su espina dorsal; las capillas a los lados marcan la subida evocando con estatuas y frescos el objeto de la oración de los fieles.
También en Ossuccio la construcción del Monte Sagrado va ligada a la presencia de frailes franciscanos (todavía hoy el santuario está dirigido por los capuchinos de la abadía de Acquafredda); el artífice del proyecto fue un fraile de origen nórdico, Timoteo Snider, que fue fabriquero durante cuarenta años, entre 1645 y 1685. Un retrato colgado dentro del santuario lo representa con la planta de un edificio en la mano, probablemente la de una de las catorce capillas.
Pero el caso del fraile Snider nos lleva a uno de los factores clave que hicieron posible la existencia del Sacromonte de Ossuccio. Esta fue, en efecto, tierra de intensas relaciones con el norte de Europa, tierra de emigración. Las familias de la costa, al no conseguir vivir con lo que daba la tierra, preferían ingeniárselas e inventarse comercios que garantizaban otro tipo de riquezas. Son historias de extraordinario espíritu empresarial sacadas a la luz por Lucia Pini, que ha estudiado los documentos de los archivos parroquiales de la zona y el archivo de Estado de Como. Tenemos, por ejemplo, la historia de la familia Brentano, que había hecho fortuna vendiendo en Alemania limones del lago (que en realidad, por una serie de parientes, se hacían mandar de Sicilia…); tenemos también a los Salice da Campo, que vendían la “espina Christi”, un acebo espinoso que venía de los montes de Ossuccio; y por último, a la familia de Andrea Cetti, originario del pueblo cercano Lenno, que había llegado a ser monedero del emperador de Alemania, Leopoldo. Todas estas familias, por gratitud hacia su pueblo de origen, se hicieron cargo de una, dos (los Brentano) y hasta tres (los Letti) capillas: sus blasones respectivos indican a los peregrinos aquellos hechos de filantropía que se remontan a los últimos decenios del siglo XVII.
El resultado, pese a estar poco enfatizado, es digno de nota: 230 estatuas, incluidos los ángeles, más seis caballos y nueve animales diversos, todos guardados en capillas elegantes pero muy sobrias, de planta central, la mayor parte de ellas con un pórtico para facilitarles a los peregrinos la visión de las escenas. La parte artística fue cuidada por manos curtidas en obras complicadas como las de los Montes Sagrados; en especial fue fundamental el papel de Agostino Silva, escultor suizo, hijo de Francesco, protagonista del Montesacro varesino.
No busquen en Ossuccio obras maestras, como en Varallo o en Cerveno, fuera de las rejas de las capillas. Aquí trabajan honrados artesanos, muy hábiles a la hora de conseguir grandes efectos con pocos medios y con gran capacidad. Pero se puede hallar también alguna que otra conmovedora curiosidad. Como los seis personajes con paperas, que testimonia lo difundida que estaba la enfermedad en aquella sociedad pobre, obligada por la pobreza a una mala alimentación, casi exclusivamente basada en la col, carente de proteínas. O como el rostro abatido y dulcísimo de María en la capilla de la Bajada del Espíritu Santo.
Hay también estatuas curiosas, colocadas casi como para alegrar un poco el cansancio de los peregrinos. Imaginen, por ejemplo, las exclamaciones de estupor o admiración ante esos soldados que parecen participar en las escenas como si desfilaran en una pasarela. Sus elegantísimas armaduras, especialmente en la capilla VIII o en la Coronación de espinas, parecen estar fuera de lugar, casi anacrónicas. Muestran sus canilleras, finamente decoradas, con cierto toque de vanidad. Por lo demás, así sucede en la vida, y así sucede también en el escenario de los Montes Sagrados…