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EDITORIAL
Sacado del n. 04 - 2003

La campaña de 2003


Para los historiadores del futuro no será una tarea fácil moverse por entre los documentos de este periodo, que ve, tras la derrota de los talibanes de Afganistán, la desaparición –vivo o muerto– del terrible Bin Laden y la guerra angloamericana contra Irak.


por Giulio Andreotti


Un soldado estadounidense

Un soldado estadounidense

Para los historiadores del futuro no será una tarea fácil moverse por entre los documentos de este periodo, que ve, tras la derrota de los talibanes de Afganistán, la desaparición –vivo o muerto– del terrible Bin Laden y la guerra angloamericana contra Irak.
La consideración negativa es casi general a propósito de Sadam Husein, pero no es casualidad que haya dos fases. Hasta 1990 gozaba de grandes simpatías no sólo occidentales (Mubarak, por ejemplo, lo avalaba). El haber intervenido contra el Irán de Jomeini le confería un papel de benemérito, a pesar de que los iraquíes hubieran usado armas químicas. Terminada la guerra entre los dos países, como mal menor Sadam Husein siguió gozando de simpatía. Si en su diseño imperialista no hubiera invadido Kuwait, esta benevolencia habría continuado. Aún más teniendo en cuenta que Teherán había tenido en vilo al gobierno de los Estados Unidos dejando que los estudiantes extremistas ocuparan su embajada durante más de un año.
En 1978 tuve la oportunidad de conocer a Sadam Husein durante la misión que se emprendió para limar asperezas en todos los Estados islámicos tras el acuerdo Rabin-Sadat, que había roto de repente la dura hostilidad contra el Estado judío. De las tres etapas reservadas al gobierno italiano, Bagdad fue la más difícil. Con Gadafi existía cierta comunicación, aunque sólo fuera por la vecindad de nuestros países. Por lo demás, se trató sólo de un encuentro formal sin comidas oficiales y sin hacer noche. También en Amán se celebró un encuentro oficial con Su Majestad, que también era crítico, aunque con el garbo y la compostura que le distinguían.
Al frente de la República iraquí estaba el general Bakr, pero de hecho el número uno era Sadam Husein. Forlani y yo celebramos con él dos largas entrevistas, y además un almuerzo y una comida de trabajo.
Bakr, a quien vimos en primer lugar, estuvo patético. Se asombraba de que no hubiéramos entendido que existía un modo más sencillo para resolver el candente problema del Estado de Israel. No le daba demasiada importancia al acuerdo estipulado por Sadat: su sucesor lo iba a derogar. Por lo demás, afirmaba que no habría ningún problema con los judíos que estaban allí antes de 1948 ni con sus descendientes: pero los demás tenían que volverse a sus casas, aunque como turistas siempre serían bien recibidos. Para aclarar mejor su pensamiento, nos dijo que era como si nosotros renunciáramos a recuperar Dalmacia. Sonrió cuando le dijimos que ni se nos había pasado por lo cabeza tal iniciativa. Para él estaba claro que la nuestra era una respuesta diplomática.
Mucho más concreto fue Sadam Husein. Nos impresionó enseguida su cortesía formal, y sobre todo su dureza. Consideraba una traición la disponibilidad del líder egipcio. La decisión de la ONU creaba dos Estados y, de hecho, tras concretarse sólo el nacimiento del Estado judío, había de anularse. El diálogo abarcó otros muchos temas, incluida la relación –o mejor dicho, la falta de relación– con los Estados Unidos. No manifestaba prejuicios, e incluso deseaba la normalización. Parecía que el tema le interesaba mucho, y advertía una fuerte conflictividad psicológica en los americanos, cosa que le pesaba. Expresó su deseo de que los países de la Comunidad Europea comprendieran, apreciando el pluralismo de esta nueva creación, en la que también Alemania podía hallar la satisfacción que se le había negado a Hitler. Y aquí nuestro anfitrión fue muy explícito. Comenzó alabando la pedagogía hitleriana referente a la instrucción militar a los niños desde los cuatro años. Objetamos que también en Italia había existido algo parecido, pero que había sido algo casi folklórico. Replicó con vigor: «¿Piensan ustedes que de no haber hecho eso Hitler hubiera podido crear en menos de ocho años un ejército que consiguió poner firme a casi todo el mundo?».
Alabó a Italia porque había renunciado a las colonias. Fingimos no haber escuchado; en el fondo, el que nos las quitaran fue una bendición, como descubrimos al cabo de poco tiempo.
Pensando que como católicos nos interesaría la cuestión, destacó que según el planteamiento laico del Irak revolucionario, sobre el pueblo no se ejercía ninguna imposición religiosa, como demostraba la libertad de culto cristiano (que en otros países islámicos no existía, sin que existieran denuncias internacionales). Esta disparidad, sin embargo, la presentaba como mentís a un presunto monolitismo islámico en lucha potencial con el resto del mundo. En el futuro contemplaba positivamente sólidos acuerdos con otros Estados. Deploraba que el sucesor del sha de Persia, que cuando era huésped suyo parecía un amigo, ahora hubiera cambiado de chaqueta. Veía con optimismo la unión con Siria: el comité mixto creado para la ocasión (del que más tarde se perdió todo rastro) procedía con rapidez.
Me llamaron la atención las medidas de seguridad. Cuando salí con él las calles no sólo estaban desiertas –sin coches aparcados– sino que llevábamos jeeps de la policía delante, detrás y a los lados.
ýurante la guerra Irak-Irán nos encontramos de turno en el Consejo de Seguridad, donde el favor hacia el enemigo de Jomeini era preponderante. Cierta equidistancia ítalo-alemano-japonesa se veía mal. Recuerdo que fuera de las sesiones corté de lleno la propuesta de una comisión de investigación sobre la responsabilidad de la guerra, con todos los gastos de los que se tendría que encargar también la comisión (los aspectos burocráticos son inexorables). Bastaba comprar por medio dólar un ejemplar atrasado del New York Times con el texto de la proclama con la que Sadam había iniciado las hostilidades.
Durante la guerra recibimos en Roma a una delegación parlamentaria iraquí, gesto que tenía un significado evidente de aportación para hallar una solución.
En 1990 la ocupación de Kuwait volvió a colocar a Irak en las primeras páginas de los periódicos del mundo.
Sadam Hussein no había previsto la reacción armada de la ONU cuando invadió el emirato. Circuló durante mucho tiempo el improbable rumor de que había entendido que quedaría impune tras un coloquio con la embajadora de Estados Unidos. Muchos –incluidos nosotros– tratamos de que diera marcha atrás; los enviados de Gorbachov, especialmente, realizaron apasionadas misiones desde Moscú, y también Daniel Ortega atravesó dos veces el Atlántico por este motivo. Mientras tanto, en torno a la ONU se había formado un poderoso despliegue militar, pero Sadam no dio su brazo a torcer. También desde Roma, mediante el cristiano Tareq Aziz, se le hicieron llegar llamamientos reiterados. Llegados aquí no está de más advertir que nuestra participación no iba en contra del artículo 11 de la Constitución italiana, porque no se trataba de resolver ninguna controversia internacional, sino de liberar un país ocupado. Si no hubiera existido la reacción armada –una vez agotadas todas las otras vías–, se hubiera abierto el camino a la prepotencia impune hacia los Estados débiles.
La guerra del Golfo fue rapidísima. Y aquí se plantea un interrogante que sigue estando de actualidad. ¿Por qué no fueron perseguidos los iraquíes derrotados, ocupando Bagdad y provocando la crisis del régimen? En los días pasados el presidente Bush padre retomó este delicado tema, achacando el stop a los aliados de los Estados Unidos. Este es un tema delicado para él, porque probablemente le supuso–poco después– el no ser reelegido. Sus conciudadanos, que habían sido inducidos gradualmente a odiar a Sadam, se preguntaban cómo es que seguía todavía en el poder. El demonio seguía en su trono, echando a perder, aparentemente, toda la movilización. Qué era Kuwait, o dónde estaba, era un misterio para los americanos. ¿Es verdad que fueron los aliados quienes impidieron la marcha sobre Bagdad? En realidad es así, empezando por la firme posición del presidente Mitterrand. Pero nosotros también, por nuestra parte, habíamos conseguido la adhesión del Parlamento para devolverle Kuwait al emir, y nada más.
Una mujer iraquí de Basora lleva en brazos a su hijo herido durante un bombardeo angloamericano.

Una mujer iraquí de Basora lleva en brazos a su hijo herido durante un bombardeo angloamericano.

Además de dudas fundadas sobre los riesgos humanos de la continuación, existía también el temor de que se produjera un terremoto en toda el área, e incluso fuera de ella. Aún no estaban cerradas las heridas del conflicto con Irán, y el riesgo de provocar la solidaridad defensiva islámica contra Occidente se consideraba probable.
Tampoco podemos olvidar lo delicado del problema de los kurdos, entre quienes serpeaba (uso el imperfecto, porque quiero ser optimista) un sentimiento de revancha reunificadora.
Desde entonces no han faltado intentos de derrocar a Sadam: desde comités adversarios financiados incluso oficialmente por Estados Unidos hasta sistemáticos bombardeos angloamericanos. Diré aún más: la ONU declaró el embargo contra Irak, permitiendo el comercio del petróleo sólo en modestas cantidades pagadas en víveres y medicinas. Por desgracia, el complejo mecanismo burocrático provocó en Irak una desproporcionada legión de muertos entre niños desnutridos y enfermos que no pudieron ser curados.
¿Y ahora?
En el fondo está la pesadilla del 11 de septiembre de 2001. Si los americanos hubieran llevado a cabo, bajo shock, reacciones a lo loco, habría sido irresponsable, pero quizá habría servido para descargar una dramática tensión. La guerra en Afganistán, en cambio, fue preparada y realizada en frío, con un éxito político relativo, dado que el régimen talibán cayó, pero de Bin Laden no se tiene rastro y, fuera de la capital, Kabul, la situación sigue siendo inestable.
Y ahora se ha abierto la caza al tirano iraquí, corriendo, tras un primer anuncio, un tupido velo sobre la relación Bin Laden-Sadam. Las fuerzas en conflicto son tan desiguales que los angloamericanos tienen forzosamente que ganar. ¿Y luego? ¿Podrá la ONU reanimarse o tendrán que buscarse otras fórmulas de cooperación mundial? ¿Se dejarán a un lado las acusaciones de Estados canallas referidos a otros países del área, o bien los angloamericanos seguirán declarando otras guerras? ¿Cómo se gobernará Irak, dado que no se pueden desempolvar viejas fórmulas democráticas, pues no existen? Y los políticos –iraquíes y extranjeros–, ¿podrán mantener el control, o serán los hombres de negocio quienes se harán con la situación?
Puede que cuando salga este artículo la situación se haya aclarado –aunque es duro usar este término–. Pero la regla de la rapidez en destruir, y la lentitud en reconstruir, es inexorable. Quizá, en el momento de la verdad, nadie saldrá victorioso de la campaña de 2003.


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