Cuatro años después de la guerra humanitaria
De guardia ante una paz frágil
El general Fabio Mini, comandante de la KFOR, confirma que los soldados italianos seguirán protegiendo los monasterios serbio-ortodoxos y describe los objetivos alcanzados y los no conseguidos todavía por la misión internacional de peacekeeping, en un área donde «la conflictividad interétnica sigue siendo una amenaza». Entrevista
por Gianni Valente

El general Fabio Mini, comandante de la KFOR, durante el encuentro con el obispo ortodoxo Artemije
El boletín oficial de la diócesis ortodoxa de Raska y Prizren subrayó que esta firme determinación anula el traslado de las tropas italianas destacadas en Decani que había sido programado durante el mandato del precedente comandante de la KFOR, el francés Marcel Valentin.
A partir del “caso” Decani, 30Días le ha planteado al general Fabio Mini algunas preguntas sobre la situación de Kosovo y sobre los resultados de la misión de peacekeeping. Nacido en Manfredonia hace 60 años, y crecido en Pésaro, casado y padre de dos hijos, el general Mini destaca por un recorrido profesional y humano fuera de lo común. Estuvo al frente de la Brigada Legnano en la operación Vespri Siciliani contra la delincuencia organizada en Sicilia. Desde 1993 hasta 1996 vivió en China como asesor militar de la embajada italiana en Pekín. En 2001 preparó para la Libreria Editrice Goriziana la edición italiana de la obra de los dos coroneles chinos Qiao Liang y Wang Xiangsui Guerra sin límites, el manual sobre el arte de la guerra “asimétrica” que se ha convertido en una obra de culto para los estudiosos de estrategia militar tras los atentados del 11 de septiembre.
General Mini, los últimos atentados contra dos iglesias ortodoxas en Kosovo ocurrieron en noviembre. ¿Les pasaría lo mismo a los complejos monásticos de Pec y Decani si se suspendiera la protección militar a los lugares santos de la ortodoxia serbia?
FABIO MINI: El riesgo existe. En Kosovo la conflictividad interétnica sigue siendo una amenaza. En este sentido, los dos monasterios citados representan un objetivo probable y, considerando también su elevado contenido histórico y artístico, están incluidos en la lista de los lugares fijos que hay que seguir protegiendo.
Tras tres años y medio del comienzo de la misión, ¿podemos considerar normalizada la situación de Kosovo?
MINI: La situación actual es completamente diferente de la de hace tres años. La KFOR ha sabido devolver la seguridad en todo Kosovo y la gente ha vuelto a vivir normalmente. Es obvio que los más beneficiados son los kosovares de etnia albanesa. Para estos la KFOR representa la fuerza de liberación y la esperanza de un futuro distinto. Por lo que se refiere a las minorías, la KFOR sigue garantizando la seguridad de la serbia protegiéndola directamente. Pero, qué duda cabe, la situación sigue siendo frágil.
¿Existen, de todos modos, programas de desmovilización paulatina de las fuerzas militares internacionales?
MINI: Dentro de la OTAN no hablamos de desmovilización, que implica el cese del compromiso, sino de racionalización, que implica usar los medios mejor y más eficazmente. La KFOR actúa siguiendo la Resolución de la ONU número 1244, en la que se enuncian las tareas y las características de la misión de las fuerzas de la OTAN en Kosovo. La presencia de la KFOR sirve precisamente para garantizar la seguridad y la estabilidad del territorio, para favorecer un clima más sereno y vivible para la población. Frente a la mejora de la situación, la OTAN está examinando la posibilidad de racionalizar las fuerzas, sin perjuicio de llevar a cabo las tareas asignadas. Teniendo también en cuenta las nuevas amenazas que proceden de la delincuencia organizada, de la violencia interétnica y la intolerancia política entre los propios grupos albaneses. Factores de inestabilidad por los que se hace necesario adoptar medidas de carácter educativo y preventivo, además de reprimir la delincuencia. La KFOR lucha contra la delincuencia en función de apoyo y disuasión. Además actúa en la prevención y represión de los extremismos interétnicos y políticos que pudieran convertirse en grupos armados. Pero la presencia militar puede modificarse en términos cualitativos y cuantitativos. Lo que se pretende es reducir las fuerzas de la KFOR para el próximo verano, actuando en el sector de apoyo donde tratamos de que confluyan los esfuerzos y la multinacionalización. Se seguirán reduciendo en este sentido hasta finales de este año.
¿No ve usted riesgos en esta reducción de la presencia militar?
MINI: Somos conscientes de tener que contar con determinados riesgos ligados a la reducción de las fuerzas militares y su visibilidad. Pero también somos conscientes de que si no concedemos más responsabilidad y confianza a las autoridades civiles, nunca podrán aprender a ser autosuficientes y no quedarán nunca legitimadas. Por ello la reducción de la presencia militar y de la dependencia de los órganos de gobierno locales de la KFOR es de fundamental importancia para la construcción de Kosovo. Con la creación y el funcionamiento de los órganos de gobierno internacionales y locales civiles, pretende también alejar de la población la idea de que la KFOR desarrolla funciones de ejército de ocupación.
Usted ha declarado recientemente que en 2003 la prioridad de las instituciones internacionales será el regreso a Kosovo de los refugiados. ¿Cómo se está organizando este asunto?
MINI: Se trata de un programa de la ONU complejo y de difícil realización, pero necesario para favorecer la creación de una sociedad multiétnica, condición que la comunidad internacional considera indispensable para que Kosovo pueda entrar a formar parte de Europa. La KFOR apoyará este programa en lo que esté en sus manos, tratando de garantizar un ambiente seguro en el que los refugiados y desplazados puedan volver a sus casas con seguridad, como dice la citada Resolución número 1244 de la ONU. La seguridad que hay que garantizar, sin embargo, no es sólo de carácter militar. Los regresos son posibles si existen también las condiciones de supervivencia y dignidad. La economía actualmente no presenta buenas perspectivas. El desempleo en Kosovo se sitúa alrededor del 60 por ciento y para los serbios y los gitanos es casi total. Los lugares para el regreso han de elegirse en función de su operatividad, y esto significa trabajo, escuelas, posibilidad de expresarse y moverse libremente. Cosas que actualmente no existen. Hacer que regresen los refugiados para tenerlos en guetos o campos vigilados por centinelas va contra su dignidad, pero también contra la de quienes deberían acogerlos. Mi mayor preocupación no procede del ámbito técnico-militar de proteger a quien vuelve, sino de hacer comprender que es necesario cambiar de mentalidad.

Soldados italianos del batallón San Marco montan guardia en la iglesia ortodoxa de Mitrovica
MINI: El regreso de los refugiados es, por encima de cualquier tipo de disquisición, una necesidad. No existe país en Europa que no acepte el principio de la convivencia pacífica entre grupos étnicos diferentes. Sin embargo, está claro que este proceso de integración habrá de realizarse gradual y sosteniblemente, y, por consiguiente, será duro y no carente de dificultades. Se ha de combatir tenazmente la idea de que la integración es asimilación. Sobre todo quienes han ganado gracias a la intervención internacional una gran batalla social son los primeros que han de demostrar que están dispuestos a tolerar las diferencias y aceptar todo ello y a todos quienes de alguna manera pertenezcan a esta tierra. En mi opinión, esto es un test para Kosovo. Si ni los albaneses, ni los serbios, ni los gitanos ni los otros superan este test será difícil considerar Kosovo estable y listo para entrar en Europa. Un Kosovo inestable e intolerante, prescindiendo de los motivos, es un problema para los Balcanes y para toda Europa.
Los representantes ortodoxos habían recibido mal los anuncios de que se iba a disminuir la protección militar que defendía las iglesias. ¿Se han restablecido las relaciones?
MINI: Las relaciones con las autoridades serbio-ortodoxas son excelentes, como también con los responsables de las demás comunidades religiosas presentes en Kosovo. El problema de la protección de los lugares religiosos lo sienten todos. El muftí de Kosovo ha publicado recientemente un informe sobre la destrucción de 212 mezquitas en 1998 como respuesta al de los ortodoxos sobre la destrucción de 107 iglesias en 1999. Estos son los resultados no de guerra de religión, sino del odio interétnico.
A mi llegada anuncié a los jefes religiosos mi compromiso personal y de la KFOR en el mantenimiento de la seguridad de los lugares religiosos de importancia histórico-artística. Les dije que compartía la política que se había llevado hasta entonces por parte de mis predecesores de pasar, cuando fuera posible, de la defensa de los edificios a la defensa de “áreas”. El incidente de noviembre afectó a iglesias que llevaban ya meses bajo responsabilidad local, en áreas donde la KFOR aseguraba sólo vigilancia no continuada en una fase de transición, y en mucho tiempo no se habían registrado problemas graves. El incidente puso de relieve el riesgo de la provocación y la instrumentalización. Con aquellos atentados ocurridos poco antes de la visita de Kofi Annan, alguien quiso lanzar un mensaje de la falta de seguridad en Kosovo, creando un gran daño a su desarrollo y sembrando el terror entre la comunidad serbia. Tras el ataque las autoridades religiosas serbias reaccionaron mal instrumentalizando un comunicado anterior del comando sobre el compromiso internacional para con los lugares religiosos en que se confirmaba la protección directa de los sitios de valor artístico y de los dedicados al culto y que los restantes pasarían gradualmente a ser de competencia local. Esta perspectiva, que hacía meses que ya conocían las autoridades religiosas y de la que no se habían quejado, fue distorsionada en Kosovo y sacada de contexto en Italia. Pedí reunirme con el obispo Artemije y, a pesar de algunos “roces”, debidos sobre todo a que el obispo quiso hablarme frente a una cámara y ante los micrófonos de una radio serbia, nos entendimos estupendamente. Después de aquel encuentro y otros que siguieron, el obispo y sus colaboradores comprendieron mejor nuestra policy, así como también yo pude comprender algunos aspectos singulares de la sensibilidad política que inciden mucho más de lo que se imagina en los líderes religiosos. La reducción a “presencia arqueológica” es mi mayor preocupación por lo que atañe a la supervivencia de la cultura serbia en Kosovo. Sin un cambio sustancial de actitud por parte de los kosovares albaneses y sin que se acepte cultural, intelectual y espiritualmente la presencia serbia, se corre el peligro de que la cuna de la espiritualidad ortodoxa se convierta en un parque arqueológico de ruinas. Por desgracia el factor étnico sigue siendo predominante, y la Iglesia ortodoxa está vista como baluarte étnico, más que como pilar religioso, por ambas partes.