Entrevista a Giovanni Sale, historiador de La Civiltà Cattolica
Esos “criminales” que querían poner fin a la guerra
El fallido atentado contra Hitler en 1944 fue definido por la prensa americana como un acto criminal realizado por traidores. También Churchill liquidó la cuestión como una lucha de poder entre generales enemigos. Giovanni Sale, historiador de La Civiltà Cattolica, explica cómo fue posible. Entrevista
por Davide Malacaria

Hitler y Mussolini en el cuartel general del Führer tras el atentado del 20 de julio de 1944
Dice usted que el atentado de 1944 fue quizás uno de los intentos más serios de poner fin a la dictadura nazi.
GIOVANNI SALE: Así es. Hubo otros intentos de eliminar al Führer, se salvó de unos sesenta atentados, entre ellos el de 1938 en una cervecería de Múnich que casi lo consigue. Todos intentos vanos, en parte por las precauciones que tomaba el Führer (cambiaba al último momento los horarios y citas) y también por una serie de circunstancias fortuitas verdaderamente increíbles… como si un espíritu maligno vigilara sobre su vida… Pero, pasando por alto esto, no cabe duda de que el intento de 1944 tiene las características de un verdadero golpe de Estado, planificado con cuidado y con la participación de un gran número de personas.
¿Revela este atentado que existía en Alemania una resistencia contra el régimen nazi?
SALE: Quizás es excesivo hablar de resistencia. Hubo, por supuesto, opositores individuales, y también algún grupo organizado, como por ejemplo los jóvenes católicos de la “Rosa blanca” que pagaron muy caro su heroica propaganda en las universidades… Pero eran fenómenos de poca importancia para el régimen. En el caso en cuestión se puede hablar más que de una verdadera resistencia, de un rechazo claro de las ideas y prácticas del régimen. Un rechazo que se iba coagulando esencialmente en dos ámbitos, el civil y el militar.
En sus artículos alude usted varias veces a los intentos que exponentes de la disidencia hicieron para ponerse en contacto con los aliados.
SALE: Se organizó una especie de diplomacia clandestina. Uno de los jefes de la resistencia civil, Karl Friedrich Goerdeler, se puso en contacto con los aliados en marzo de 1938. La acogida fue muy fría. En Londres, el primer consejero del ministro de Exteriores inglés, Robert Vansittart, lo acusó incluso de traición.… Lo mismo pasó con el teniente coronel Ulrich von Schwerin, que fue enviado a Londres antes de la invasión de Polonia para que tratara de convencer a los ingleses de que se podían desbaratar los planes de invasión si los ingleses le hacían comprender a Hitler que estaban dispuestos a defender a la nación eslava. «Sólo el peligro de una guerra en dos frentes puede detener a Hitler», fue el mensaje que llevó el coronel. Pero tampoco en este caso su mensaje fue tomado en consideración. Años después, a partir de 1942, fueron los emisarios del círculo de Kreisau, también por medio de hombres de Iglesia, los que trataron de explicar a los aliados que existía una disidencia que odiaba el nazismo y que los aliados no debían apresuradamente identificar el nazismo con el pueblo alemán. Pero los aliados no aceptaron esta distinción. Luego, cuando en enero de 1943, la Conferencia aliada de Casablanca pretendió de la nación alemana, y no sólo de su dictador, una rendición total e incondicional, no se discutió siquiera de dicha distinción. Esta postura dejaba a la disidencia sin apoyo alguno.
¿Estaba al corriente Pío XII de estos intentos de contactar con los aliados?
SALE: Por lo menos en uno fue implicado personalmente cuando, entre 1939 y 1940, el abogado Josif Muller, enviado del almirante Wilhelm Canaris, jefe del contraespionaje y alma de la resistencia militar, le pidió que intercediera ante el embajador inglés acreditado en el Vaticano para que hiciera llegar a Londres un mensaje, en el que se pedía negociar condiciones de paz con un nuevo gobierno alemán después del derrocamiento de Hitler. El Papa aceptó poner en contacto a la disidencia alemana y el gobierno inglés. Pero también este intento fracasó. Los aliados temían que se tratase de trampas, pero también les cegaba el nacionalismo imperante en la época, que convertía a estos personajes en traidores de su patria. Y ciertamente sobre estos hechos pesó esa identificación entre nazis y pueblo alemán, que fue de verdad desastrosa.
Hablaba antes de la disidencia civil…
SALE: Esta se coaguló en torno al círculo de Kreisau, que prodíamos definir como un círculo cultural, cuyos afiliados eran altos exponentes de la sociedad civil alemana de distinto origen social. El núcleo principal estaba formado por aristócratas, sindicalistas católicos y antiguos exponentes del disuelto Zentrum, partido de inspiración cristiana, por prestigiosos exponentes de la Iglesia luterana e intelectuales y sindicalistas de izquierda. Participaban también religiosos y sacerdotes. Pero, además de los miembros efectivos, en torno al círculo se movían distintas personalidades entre ellas el obispo de Berlín, Konrad von Preysing, y también otros exponentes de punta de la catolicidad alemana.
¿Qué actividades desarrollaban?
SALE: Obviamente no podían moverse con libertad… se reunían para dar conferencias privadas en las que se debatía y proyectaba el futuro de Alemania, un futuro sin Hitler, por supuesto… El fundador de este círculo fue el conde Helmuth James von Moltke, figura de alto nivel moral y espiritual. Como otros aristócratas afiliados al círculo veía en el derrocamiento del régimen no sólo la única posibilidad de salvación de Alemania, la liberación de la nación de la degradación nazi, sino también, a nivel personal, un modo de salvarse el alma. La convergencia entre el círculo de Kreisau y la disidencia militar ofreció una posibilidad de asestar seriamente un golpe al corazón del régimen. A los conspiradores se unió Claus Schenk von Stauffenberg, que pertenecía al entorno de los colaboradores del Führer. Era la primera vez que una conspiración podía contar con un personaje tan cercano al dictador. El plan, ideado en el círculo, tuvo que acelerarse cuando, por razones de oficio, Von Stauffenberg se enteró de una orden que disponía «para 40.000 o 42.000 judíos húngaros el “tratamiento especial” de Auschwitz».
¿Conocían las jerarquías eclesiásticas los planes del golpe de Estado?
SALE: Sabemos por los diarios de Moltke que «importantes obispos tenían contactos con la resistencia». Sabemos que en enero de 1943 Moltke, que había ido a Múnich para entrevistarse con los padres Augustinus Rosch, Lothar König y Alfred Delp (jesuitas afiliados al círculo de Kreisau, el último de los cuales fue ejecutado después del fallido atentado) y con el abogado Muller, el hombre de conexión con el Vaticano, habló del plan con el cardenal Michael Faulhaber que tácitamente no se opuso. No sabemos si Von Preysing llegó a conocer los planes, pero es muy probable que los conociera, dado que los dos se frecuentaban asiduamente.
¿Cómo se concretó el plan?
SALE: El 20 de julio de 1944 Von Stauffenberg logró introducir una maleta con dos cargas explosivas en la “guarida del lobo”, en Rastenburg, donde Hitler iba a reunirse con sus oficiales. Pero, una vez dentro, quizás por un contratiempo, Stauffenberg consiguió activar sólo una de las dos cargas. Además, colocó la maleta cerca de Hitler, pero al lado de una columna que disminuyó su fuerza explosiva. En fin, una vez más una serie de circunstancias casuales salvó la vida del Führer. Contemporáneamente comenzaron las operaciones para llevar a cabo el golpe de Estado. Pero las órdenes de Hitler se anticiparon a las de los conjurados, y sus hombres consiguieron desbaratar estos planes. Por la noche fueron arrestados en el Oberkommando der Werrmacht de Berlín los jefes de la conjura. Hitler dirigió un discurso a la nación la tarde del fallido atentado, explicando que un pequeño grupo de oficiales ambiciosos había intentado eliminarlo, pero que la “providencia” se lo había impedido.

El padre Alfred Delp, uno de los jesuitas miembros del círculo de Kreisau que fue ejecutado después del fracaso del atentado contra Hitler
SALE: Hitler quiso que se filmaran todas las fases del juicio y de la condena a muerte y ordenó que fueran ejecutados “como cerdos”. Los colgaron de ganchos de carnicero y las películas fueron enviadas al dictador, que se las veía y reveía con sus oficiales.
¿Cuáles fueron las reacciones internacionales?
SALE: En el mundo se difundió la interpretación que el mismo Hitler había dado de la conjura. The New York Times, comentando los hechos, escribió que este atentado «hacía pensar más en la atmósfera de un tenebroso mundo criminal» que en lo que se podía esperar de «un normal cuerpo de oficiales de un Estado civil», y se escandalizaba de que durante un año estos oficiales hubieran tramado «contra el comandante supremo de las fuerzas armadas» recurriendo, además, «a la bomba, arma típica del hampa». Otro importante periódico de los Estados Unidos, The Herald Tribune, comentaba: «En general, los americanos no sentirán que la bomba no haya matado a Hitler y que ahora se libre personalmente de sus generales. Por lo demás, los americanos no tienen nada que ver con los aristócratas, especialmente con los que honran las puñaladas». Winston Churchill, en un mensaje enviado a la Cámara de los Comunes el 2 de agosto de 1944, comentaba el episodio como «una lucha de poder entre los generales del tercer Reich».
Por aquellos años los aliados ya sabían de la solución final contra los judíos…
SALE: Sí, desde hacía más de un año… Pero creo que en este caso estamos frente a otro error dictado por el nacionalismo exasperado y por haber minimizado el acontecimiento…
¿Cuál fue el alcance de la represión después del atentado del 20 de julio?
SALE: La Gestapo descubrió que no se trataba de un pequeño grupo de conjurados. Arrestaron a miles de personas, muchas de ellas fueron ajusticiadas. Muchas eran católicas. El arzobispo de Friburgo, monseñor Konrad Grober, en una nota enviada durante aquellos días al nuncio apostólico de Berlín, habla de unas cincuenta detenciones en su ciudad, especificando que se trataba de «personalidades conocidas por el Santo Padre y por él»…
Escribe usted en sus artículos que después del 20 de julio se recrudeció la represión contra los católicos.
SALE: No es que antes no existiera la persecución. El padre Delp en una nota conservada en el archivo de la OSS (el servicio secreto angloamericano), escribía que desde 1940 los jesuitas estaban obligados a llevar la sigla “nzv”, no digno de confianza, como los judíos. Y que, desde 1942, comenzaron a mandarlos a los campos de concentración. Pero después del 20 de julio aumentó la determinación de acabar con la Iglesia. Los religiosos y sacerdotes que conocieron el horror de los campos de exterminio fueron muchos. Un hecho ignorado por la historia oficial. Por documentos inéditos, he podido saber que cuando los americanos liberaron Dachau hallaron 326 sacerdotes católicos…
Si el golpe de Estado hubiera tenido éxito, quizá la guerra habría terminado antes…
SALE: Pues sí, se hubieran salvado centenares de miles de vidas humanas. Las fuerzas angloamericanas comienzan a bombardear intensivamente Alemania sólo en el 44. Quizá no habríamos conocido la devastación de Dresde y las tormentas de fuego que diezmaron a la población alemana. Y se habrían salvado también las vidas de soldados aliados y rusos que en el 44 siguieron muriendo en los varios frentes de la guerra… Sin contar las cámaras de gas, que continuaron con su horrorosa tarea hasta el fin de la guerra.
¿Por qué han permanecido tanto tiempo en el olvido los acontecimientos del 20 de julio?
SALE: Después de la guerra a los aliados les convenía la interpretación que explicaba los hechos del 20 de julio como una conjura de pocos oficiales ambiciosos. Y esto porque servía para confirmar la tesis (sostenida ante todo por la propaganda nazi) de que durante el nazismo no había habido en Alemania ninguna forma de resistencia y de oposición al régimen, por lo que había que considerar a todos los alemanes como nazis y tratarlos de la misma manera. Un error al que la historia se ha encargado de hacer justicia.