La vida de Marcos de Aviano
El predicador que llenaba los confesionarios
La vida de Marcos de Aviano
por paolo Mattei

Marcos de Aviano con el crucifijo, fresco de la iglesia de Villota, Aviano
Marcos pronunció los votos en 1649 y fue ordenado sacerdote en 1655; luego, tras recibir en 1664 la cédula de predicador itinerante, comenzó a viajar; una continua peregrinación –emprendida por obediencia a sus superiores– que lo llevará a varios lugares de Italia y buena parte de Europa llamado por obispos, nobles, autoridades civiles y poblaciones de enteros pueblos y ciudades con un ritmo cada vez más apremiante, según se difundía su fama de santidad y los relatos de los milagros ocurridos durante las bendiciones que impartía. Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Alemania, Suiza, Austria, Eslovenia, fueron las tierras que el capuchino visitó y en las que predicó, sin conocer más idiomas que el italiano y el latín. Si bien en el lenguaje de las predicaciones de la época dominaba también el conceptismo barroco («El fin del artista es la maravilla / quien no sepa maravillar, vaya a almohazar», decía Giovanbattista Marino), Marcos prefirió, en cambio, decir cosas sencillas y sin metáforas, tanto a la gente común como a los nobles que iban a escucharle. Aunque más que las palabras que decía, era su persona lo que llamaba la atención de la gente, como escribe un anónimo poeta tirolés: «Sí, a primera vista / muestra gracia su rostro, que todos se arrepienten / antes de que haya dicho una palabra».
Predicaciones, cuaresmales, bendiciones, misas: la vida del padre Marcos fue sobre todo estas actividades. Pero especialmente la práctica de la confesión. Dice el padre Venanzio Renier, vicepostulador de la causa de beatificación: «Al padre Marcos le interesaba sobre todo la vida de gracia y que los que se habían alejado volvieran a ella. Apóstol del perdón por excelencia, llenaba los confesionarios. Los jesuitas de Bélgica, donde Marcos de Aviano estuvo en 1681, escribieron que no habían confesado nunca tanto como durante la estancia de este capuchino italiano. Y que este era su principal objetivo, tan grande que le hacía soportar cualquier dificultad, nos lo dice él mismo: “Tratándose de la salud del alma, me entregaré completamente”». Y lo hacía de verdad, visto la multitud de gente que lo seguía. Y desde el lugar donde estuviera –en un balcón, en la iglesia, en un terraplén- invitaba a todos a decir el Acto de dolor perfecto e impartía la bendición. Durante las bendiciones, se lee en las crónicas de la época, sucedían las curaciones milagrosas que hacían aumentar su fama de taumaturgo. En 1681 el padre Marcos obtuvo de Inocencio XI el privilegio, no concedido antes a ningún religioso, de impartir la bendición papal, con indulgencia plenaria para los difuntos, en el día de la comunión general.
Su obediencia a las circunstancias de la vida, a las órdenes de sus superiores y del Papa, le llevaron a predicar en cualquier parte que le llamaran, y con duras fatigas. Escribió en 1683 al embajador imperial en Venecia, el conde Della Torre: «Son tan grandes las ocupaciones, que es imposible resistir sin la ayuda especial de Dios». Y en 1688 al emperador Leopoldo: «Es tanta la concurrencia de gente que no estoy quieto ni de día ni de noche». Los acontecimientos le llevaron al centro de las cuestiones políticas que afligían a Europa en aquellos años, desde las relaciones tensas entre los Estados –la Francia del Rey Sol que se oponía al imperio de Leopoldo– al diálogo con los protestantes –con los que trató de establecer relaciones basadas en la caridad–, desde las relaciones entre el papado y los nobles a la presión de los turcos que en 1683 habían puesto cerco a Viena. «Me quieren político, cosa que aborrezco más que la muerte», dijo en un momento de gran cansancio: «Alejado de la conversación de los hombres, me estoy con Dios y me parece estar en el Paraíso». En todas estas situaciones, explica el padre Renier, «se presentó como un “profeta desarmado”, un hombre del diálogo y de la paz, como auténtico hijo de san Francisco. Su saludo a la multitud que lo aclamaba era siempre: “Pacem habete, pacem diligite”. Incluso su presencia, ordenada por la obediencia al Papa y a los superiores, en los lugares de acontecimientos bélicos que ensangrentaron a la Europa de su tiempo hay que interpretarla como el intento extremo de salvar al hombre, como individuo y como comunidad. Cuando la Iglesia, en el decreto de reconocimiento de sus virtudes heroicas, exalta la “santidad de su vida” no olvida este aspecto que acompañó todo el generoso apostolado del padre Marcos». Un aspecto de la personalidad del capuchino que fue reconocido y apreciado también por los judíos y por los musulmanes de su época. En 1684, en efecto, los judíos de Padua iban a ser linchados porque sus correligionarios de Buda habían sido acusados falsamente de crueldades contra los cristianos de la ciudad húngara, donde se combatía contra los turcos. El padre Marcos, que estaba en Hungría, escribió en seguida una carta para desmentir esta noticia y con ella salvó la vida a muchas personas; aún hoy los judíos de Padua celebran el “Purim de Buda” en recuerdo de aquel acontecimiento. Igualmente, después de la batalla de 1688 en que el ejército imperial conquistó Belgrado contra las milicias turcas. Marcos salvó la vida a ochocientos turcos, que se habían rendido dentro de la ciudad. Un cronista de la época atestigua que la fama de hombre justo «se extendió también entre los musulmanes».
En muchas de las cartas que conservamos de él se transluce el deseo de retirarse de las actividades que incesantemente le llevaban por Europa, a las cortes de los príncipes y a las agitaciones del mundo. Deseaba volver a su convento de Padua: «Gozo más con mi soledad que con todas las delicias y grandezas de los grandes del mundo», se lee en una carta. Pero los acontecimientos no le permitieron realizar su deseo; siguió viajando y su última meta fue precisamente Viena, donde el emperador Leopoldo lo había llamado, feliz por la paz finalmente firmada con Francia y con los turcos. «Ayúdeme vuestra reverencia», escribe Leopoldo a Marcos en 1699, «a dar gracias a ese Dios, qui nobis dedit illam quam mundus dare non potuit pacem». Marcos, cansado y enfermo, llegó a Viena ese mismo año, y el 13 de agosto murió, estrechando en su pecho el crucifijo, en el convento de los capuchinos del centro de la ciudad. Dios, por fin le había concedido la paz tan deseada, la única que dura para siempre.
Paolo Mattei