Caín funda la ciudad, Abel ofrece lo que Dios le da
por Lorenzo Cappelletti

Cristo en trono que preside el Concilio de Nicea
Varias veces en los últimos días el papa Benedicto ha citado pasajes de la Ecclesiam suam de Pablo VI. El domingo 25 de septiembre en la Konzerthaus de Friburgo de Brisgovia, precisamente durante el encuentro con católicos comprometidos con la Iglesia y la sociedad: «Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, “trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive” (Ecclesiam suam 24)». El domingo siguiente, 2 de octubre, durante el rezo del Ángelus, recordando la parábola de los viñadores homicidas, el Papa explicitaba la esencia de este tipo de Iglesia: «Solamente en él, por él y con él se edifica la Iglesia, pueblo de la nueva Alianza. Al respecto escribió el siervo de Dios Pablo VI: “El primer fruto de la conciencia profundizada de la Iglesia sobre sí misma es el renovado descubrimiento de su relación vital con Cristo. Cosa conocidísima, pero fundamental, indispensable y nunca bastante sabida, meditada y exaltada” (Ecclesiam suam 12)».
Este tipo de Iglesia traducido (y comprendido, habría que añadir, porque normalmente se tergiversa, no comprendiendo que las dos ciudades conviven sobre esta tierra) según las categorías agustinianas de las dos ciudades es el de la ciudad de Abel del libro XV del De civitate Dei. «Dice la Escritura que Caín fundó una ciudad, pero que Abel, como peregrino, no la fundó». Donde la cuestión no reside en el fundar o no fundar, sino en el saber quién funda y cómo funda. En efecto, Agustín sigue diciendo que nos hallamos ante dos formas de ciudad en esta tierra: «Una que (según una traducción rica en significado de Del Noce en un viejo artículo de 1986 en el periódico Corriere della Sera, con motivo del centenario de la conversión de Agustín) afirma su presencia, y otra que con su presencia sirve como señal para la ciudad celestial». Una que tiene el problema de afirmarse (suam praesentiam demonstrantem), la otra que simplemente existe por Otro (sua praesentia servientem).
Este tipo expresa la mens del Vaticano II sobre la Iglesia, como recordaba el padre Cottier en una reflexión sobre la Lumen gentium publicada en el último número de 30Días: «El último Concilio reconoce que el punto fontal de la Iglesia no es la Iglesia misma, sino la presencia viva de Cristo que edifica personalmente la Iglesia. La luz que es Cristo se refleja como en un espejo en la Iglesia. La conciencia de este dato elemental (la Iglesia es el reflejo en el mundo de la presencia y de la acción de Cristo) ilumina todo lo que el último Concilio dijo sobre la Iglesia».
Pero más en general este tipo de Iglesia expresa la tradición apostólica, que permaneció luminosa y pacífica sobre todo en el primer milenio de la Iglesia indivisa (como puede leerse cada vez con más frecuencia en los más variados autores, desde Messori a Morini, desde Magister a Melloni). Pero que vuelve a surgir también, si prestamos atención, en los momentos más críticos del segundo. Sería suficiente ir a ver el Decreto sobre la justificación del Concilio de Trento, que por no ser ante todo antiprotestante sino antipelagiano ha constituido en nuestros días la base más sólida y fructífera en el diálogo con los luteranos. O volver al Vaticano I, cuando se “autolimita”, podríamos decir, afirmando que «la doctrina de la fe que Dios ha revelado no ha sido propuesta como un hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino entregada a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e infaliblemente declarada» (Dei Filius).
El artículo que sigue muestra el significado concreto que asumió dicha perspectiva en las intervenciones del papa Celestino I (422-432) en los mismos años y según la misma mens con que Agustín componía el De civitate Dei. Pero puede constituir hoy también una imagen sencilla y hermosa de Iglesia que no se hace a sí misma como, repitiendo las palabras de la Ecclesiam suam, ha propuesto de nuevo en estos tiempos el papa Benedicto XVI.
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