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EDITORIAL
Sacado del n. 10 - 2011

Don Giussani y la presencia del laicado en la Iglesia


Antes de hablar de don Luigi, sin embargo, quisiera aclarar un punto: muchos han interpretado incorrectamente la experiencia de don Giussani durante aquellos años como si hubiera estado en competición con la Acción Católica de aquel período. Yo pensaba ya entonces que esta era una interpretación equivocada, pues por lo que yo intuía desde fuera, Giussani nunca partía desde la oposición a algo sino siempre desde un planteamiento positivo


por Giulio Andreotti


Giulio Andreotti y don Luigi Giussani

Giulio Andreotti y don Luigi Giussani

 

Conocí a don Luigi Giussani a finales de los años ochenta, pero ya hacía tiempo que sabía quién era, sobre todo por la impresión tan positiva que causó en mí saber que, de manera especial en Milán, había alguien en las universidades que por fin reaccionaba a cierto clima ideológico. Teníamos entonces la sensación de que Milán era una ciudad donde predominaba la contestación y la expresión política tenía un ínfimo nivel. Había mucho miedo por la actividad de las Brigadas Rojas, los disparos a las piernas y los homicidios, pero también en la derecha había fermentos inquietantes. En las instituciones existía la esperanza de que el método democrático, a los que nosotros estábamos ligados y del que de ningún modo queríamos desvincularnos, en definitiva podía plantar cara por sí mismo al comunismo, pero quizá en aquel momento no era ya suficiente, y cuando los violentos pensaron que podían avasallar, el desquite comenzó con don Giussani y quienes le seguían. En realidad, don Giussani comenzó una especie de giro copernicano: ninguna connivencia con la ideología dominante pero tampoco la reacción opuesta, es decir, la oposición visceral al comunismo.

Antes de hablar de don Luigi, sin embargo, quisiera aclarar un punto: muchos han interpretado incorrectamente la experiencia de don Giussani durante aquellos años como si hubiera estado en competición con la Acción Católica de aquel perío­do. Yo pensaba ya entonces que esta era una interpretación equivocada, pues por lo que yo intuía desde fuera, Giussani nunca partía desde la oposición a algo sino siempre desde un planteamiento positivo.

La Acción Católica siempre tuvo una organización compuesta por hombres, mujeres, jóvenes, aspirantes, muchachos, y dos movimientos: los licenciados y los universitarios (la FUCI). Durante el período fascista, esta forma de organización funcionó bastante bien porque daba la autonomía necesaria y permitía ese orgullo de ser distinto sin crear ninguna dificultad. Fue importante haberla construido tan estructurada, casi “regimentada”. Recuerdo que durante una de las celebraciones de las jóvenes de la Acción Católica (las “boinas marrones”) en el Foro Mussolini, el socialista Saragat dijo: «Quiero ir a ver», y se quedó muy impresionado. La justa intuición de Pío XI había sido crear los movimientos y sus ramas, pero dejando que la base siguiera siendo parroquial. Luego, con el tiempo se percibió cierto cansancio. Esto no quería decir que la experiencia de las parroquias no fuera válida ya, sino que se había interrumpido el hilo de la formación. Hace unos diez años, en el centenario de la FUCI, casi me escandalicé al comprobar el siguiente planteamiento: “Que quede claro que no somos un movimiento de formación sino de investigación”. ¡Esto no había sido así para nosotros, los que habíamos crecido en la FUCI! Para nosotros los principales objetivos eran precisamente los formativos: la liturgia, el estudio del Viejo y del Nuevo Testamento, una presencia valiente en las universidades, una colaboración atenta con los otros estudiantes y con los profesores –cuyo aprecio debíamos ganarnos–, luego los vínculos internacionales a través de “Pax Romana” y una sensibilidad social cultivada con las misiones asistenciales en la Conferencia de San Vicente. Sobre este punto recuerdo a menudo que yo les debo a las familias pobres de Pietralata –adonde íbamos con la San Vicente– algunas de las cosas más importantes que he aprendido en mi vida.

Durante los años más gloriosos de la Acción Católica, como puede atestiguar el cardenal Angelini, las manifestaciones de masa habían demostrado tener también cierta fuerza y eran útiles, pero iban ligadas a un momento histórico: la propia movilización de los Comités Cívicos en 1948 tenía una finalidad específica, y unía a terciarios franciscanos, profesores universitarios y amas de casa. Pero estas manifestaciones, si bien positivas, aunque fuera de contexto, eran una especie de antídoto, y el riesgo que se corría era que se apreciera solamente el criterio de la cantidad, de la masa, mientras que al individuo, según los dictámenes de la ideología extracatólica de entonces, no se le tenía en ninguna consideración.

Don Giussani, decía antes, comunicaba esa sensación de no conformidad, de no tener miedo. Daba la sensación de que se podía reaccionar, incluso ideológicamente, aportando ideas, formación, actualización. Observando también el catolicismo en los demás países y lo que estaba ocurriendo en el mundo. Don Giussani innovó con este planteamiento, que yo pienso que tenía claro desde el principio, pero que introdujo gradualmente porque, quizá, si lo hubiera predicado inmediatamente, de manera directa, tal como yo tuve ocasión de escuchar, hubiera causado fascinación, sin duda, pero también es cierto que necesitaba antes preparar el terreno. Y cierta evolución sí que hubo.

Don Giussani y Rose Busingye

Don Giussani y Rose Busingye

Otro punto: don Giussani, las obras de Comunión y Liberación, la presencia de los laicos católicos en la sociedad. Me tomo la libertad de hacer un paragón: piensen en Marta y María del Evangelio. María escuchaba a Jesús y si Marta no se hubiera ocupado de la cocina –aunque ninguno hubiera muerto de hambre aquella noche porque estaba Jesús con ellos–, habría habido algún problema, porque alguien tenía que preparar la cena. Una de las primeras veces que asistí a un encuentro entre los cuadros de CL y don Giussani, me acordé de este episodio del Evangelio, porque a mí también me asombró la atmósfera del encuentro y lo que allí se decía, creí captar una distinción, una diferencia entre don Giussani y las obras, la Compañía de las Obras. Estas eran algo hermoso y positivo, pero me parecía que él se reconocía más en la figura de María. Así, pues, era una cosa sabia y positiva que alguien se ocupara de los aspectos organizativos, pero a él le interesaba otra cosa. Una vez escuché una relación suya sobre el concepto de obra, que si no está basada y sustentada por grandes ideas, se vuelve estéril, se marchita y muere. Me llamó la atención el punto central de esta observación suya que no era de ningún modo una crítica a las obras. Pero decía: «Atención, no tenemos que dejarnos llevar solo por lo material». Este tema vuelve de actualidad hoy que encontramos cierto “abatimiento” en las universidades –aunque también en otros ámbitos de la vida cotidiana–, habiéndose perdido un cierto tipo de dinamismo.

Un tercer elemento: Giussani tenía un modo de comunicarse especial, pero al principio yo no conseguía comprender su espíritu. Lo conseguí andando el tiempo, porque al principio era como si hablara una lengua distinta de la mía: decía cosas muy hermosas, que iban al corazón, pero yo no disponía de la clave de lectura de estas cosas. Tenía una expresión carismática, eso sí, veías que era distinto, que había algo distinto en él; si tuviera que compararlo con alguien, sería con Mazzolari, aunque también con don Gnocchi. Había algo en ellos que los distinguía, se movían siempre en un horizonte más amplio. Yo, en cambio, soy por naturaleza un burócrata, tengo tendencia a apreciar la administración ordinaria. Siempre he pensado que los ministros más encomiables son los que en vez de enfrascarse en la enésima reforma intentan hacer funcionar con humildad el mecanismo que ya existe.

Y para entender íntegramente a don Giussani me han valido dos cosas. La primera asistir al elogio fúnebre que hizo Ratzinger en su funeral. Me impresionó mucho porque el entonces cardenal Ratzinger hizo un retrato exacto de don Giussani. No era solo un discurso fúnebre, se veía que sentía mucho lo que estaba diciendo y, en mi opinión, hay ciertas líneas de su pontificado que pueden reconocerse en aquel modelo de apostolado que indicaba don Giussani. Por cómo habló en el funeral y luego posteriormente se intuye que no era solo admiración o amistad lo que le unía a Giussani, sino también concordancia en el modelo de vida cristiana que predicar.

Solo una nota sobre esto: para mí Ratzinger es un papa auténticamente moderno y la crítica que justamente hace a la falsa idea de modernidad que hoy impera creo que es la misma que enseñaba Giussani. Nuestra generación no estaba preparada para afrontar la idea de que la modernidad consistía solo en no tener reglas. Así como en el plano económico y social estábamos bastante preparados –pienso en el Código de Camaldoli, pienso en la modernidad de la reforma agraria–, en otros frentes seguimos determinadas líneas porque parecían una señal de modernidad, sin intuir sus consecuencias a largo plazo. Pienso, por ejemplo, en la modificación del Código de los artículos sobre el matrimonio, en el que el concepto de padre de familia, la autoridad, desaparece. Las padecimos para no parecer poco modernos.

Don Giacomo Tantardini y don Giussani en la plaza de San Pedro, Domingo de Ramos, Año Santo, 23 de marzo de 1975

Don Giacomo Tantardini y don Giussani en la plaza de San Pedro, Domingo de Ramos, Año Santo, 23 de marzo de 1975

Pues bien, Giussani y Ratzinger son personalidades que saben indicar un camino. Y no todas las grandes figuras del catolicismo, más allá de su fe personal, poseen este don. Por ejemplo Lazzati, que sin duda estará en el paraíso, porque le vi alguna que otra vez en misa, por la mañana temprano, en la Iglesia del Jesús, y parecía realmente en éxtasis, pero –lo afirmo con la conciencia de fe de alguien que pertenece al pueblo de Roma, como yo– no diría que consiguió indicar un camino a la Universidad Católica.

Pero volviendo a don Giussani, la otra cosa que me ha permitido conocerlo mejor fue participar muchas veces durante estos años en la misa de San Lorenzo Extramuros que celebra don Giacomo Tantardini, un sacerdote que siempre ha manifestado por don Giussani admiración y devoción; presentándolo siempre como el punto de referencia al que mirar. He tenido muchas veces la oportunidad, desde que soy director de 30Días, de participar en estas misas del sábado por la tarde, en los bautizos, en las confirmaciones, y siempre he visto algo único: estudiantes y trabajadores, matrimonios jóvenes con sus hijos de la mano que van juntos a recibir la comunión, algo verdaderamente paradisíaco. Me he preguntado, gracias también a una afortunada portada de 30Días de 2008 dedicada a Lourdes, si no era después de todo este el futuro del cristianismo, el modelo del laicado para los próximos años. Sin duda alguna me ha permitido comprender y entrar más en sintonía con las palabras que escuché en el pasado de boca de don Giussani.

 

 

(Ponencia en el XV Congreso Internacional sobre El Rostro Santo, que tuvo lugar en la Pontificia Universidad Urbaniana el 22 y 23 de octubre de 2011)



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