PONTIFICIO INSTITUTO SAN JUAN DAMASCENO
India en el corazón de Roma
El Instituto fue creado por Pío XII y hoy aloja a cuarenta sacerdotes de rito siro-malabar y de rito siro-malankar.
Nuestra visita nos permite conocer más de cerca estos dos ritos que, junto al latino, conforman la Iglesia católica india, de las más florecientes de la cristiandad
por Pina Baglioni
![La capilla del Pontificio Instituto San Juan Damasceno, decorada con iconos realizados por el padre Jacob Kooroth; en el centro, un mosaico de Marko Ivan Rupnik [© Paolo Galosi]](http://www.30giorni.it/upload/articoli_immagini_interne/16-10-011.jpg)
La capilla del Pontificio Instituto San Juan Damasceno, decorada con iconos realizados por el padre Jacob Kooroth; en el centro, un mosaico de Marko Ivan Rupnik [© Paolo Galosi]
Se respira un clima de gran alegría en el Instituto Pontificio San Juan Damasceno, donde viven cuarenta sacerdotes indios que están en Roma para perfeccionar sus estudios.
Son los hijos de la Iglesia de santo Tomás, fundada, según la tradición, por el apóstol del Señor en el extremo sur de India, el actual Estado federal de Kerala: treinta y uno de ellos pertenecen a la Iglesia católica siro-malabar. Los otros nueve, a la Iglesia católica siro-malankar. Todos ellos tienen entre treinta y treinta y cinco años, con varios años de sacerdocio a sus espaldas.
Al frente de ellos está el padre Varghese Kurisuthara: es siro-malabar y procede de Kerala. Dirige el San Juan Damasceno desde hace cuatro años, después de nueve transcurridos como vicedirector. Tras los estudios y la ordenación sacerdotal en India, consiguió por la Academia Alfonsiana el doctorado en Teología moral, disciplina que hoy enseña en el Teresianum, la Facultad teológica del Colegio internacional de los Carmelitas descalzos de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz.
El padre Varghese pertenece a la provincia de Malabar de la orden de los Carmelitas descalzos. «El papel de los carmelitas ha sido muy importante en la historia de los cristianos de santo Tomás», explica el rector. «Fueron enviados por el papa Alejandro VII bajo la jurisdicción de la Congregación de Propaganda Fide, a mediados del siglo XVII, para reunir a los fieles y apaciguar las continuas disputas entre los misioneros portugueses y los cristianos de santo Tomás. Se ganaron así la estima de los cristianos indios, sobre todo de Kerala, lo que llegó a inspirar incluso a congregaciones carmelitas indígenas».
Entre los sacerdotes que se alojan en el San Juan Damasceno hay estudiantes de la Congregación misionera del Santísimo Sacramento, de la Congregación Vicentina, de la Congregación de Santa Teresa, de la Sociedad de los Oblatos del Sagrado Corazón, de la Orden de la Imitación de Cristo y de la Sociedad misionera de Santo Tomás Apóstol.
Los cuarenta sacerdotes llegaron a Roma gracias a las becas concedidas por la Congregación para las Iglesias orientales. Algunos, para conseguir la licencia; la mayor parte, para sacar el doctorado: trece asisten a los cursos de Derecho canónico y de Liturgia oriental en el Pontificio Instituto Oriental. Los otros estudian sobre todo teología y filosofía en todas las otras universidades pontificias. «Este Instituto, inaugurado el 4 de diciembre de 1940, fue creado por el papa Pío XII tanto para los sacerdotes procedentes de las Iglesias orientales que no tenían casas de formación propia como para los que deseaban ejercer su ministerio sacerdotal en Oriente. En aquella época, no había ningún indio», cuenta el padre Varghese. «El Papa quiso darle el título de Juan Damasceno por el cariño del santo al papado y por su devoción particular a la Madre de Dios».
En aquellos años los seminaristas y sacerdotes indios se quedaban en un ala del Pontificio Colegio Russicum. Luego se les llevó al Colegio Pío Rumano, porque el régimen comunista prohibía a los sacerdotes rumanos que vinieran a Roma. Luego, en 1993, el Instituto fue trasladado a la sede actual, una ex clínica, dentro de una apretada red de callejuelas entre las Basílicas de San Juan de Letrán y Santa Cruz de Jerusalén, comprada por la Congregación para las Iglesias orientales y completamente reformada.
El San Juan Damasceno depende directamente del prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales, el cardenal Leonardo Sandri. Y desde el año académico 1996-1997 está reservado exclusivamente a los alumnos pertenecientes a la Iglesia católico siro-malabar y a la Iglesia católica siro-malankar.
![Los estudiantes del Pontificio Instituto San Juan Damasceno con el cardenal Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales, con motivo de la bendición de los iconostasis, el 4 de octubre de 2010 <BR>[© Pontificio Instituto San Juan Damasceno]](http://www.30giorni.it/upload/articoli_immagini_interne/17-10-011.jpg)
Los estudiantes del Pontificio Instituto San Juan Damasceno con el cardenal Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales, con motivo de la bendición de los iconostasis, el 4 de octubre de 2010
[© Pontificio Instituto San Juan Damasceno]
La jornada del Instituto, nos explica el rector, comienza con la misa de la mañana, a las 6,30. Se celebra en los dos ritos en las respectivas capillas: en la más grande, para los malabares, en el rito siro-malabar; en la más pequeña, para los malankares, en el rito siro-antioqueno. «Luego se celebra la misa también en rito latino, todos juntos. Una especie de “ejercicio” para cuando se va a decir misa, el domingo, en las parroquias romanas, o también en Navidad y Pascua. O bien en verano, cuando los sacerdotes indios van a echar una mano en muchas parroquias de Italia y Alemania».
Además, como testimonio directo de quien esto escribe, se puede decir que en el Instituto se puede disfrutar de un excelente arte culinario: dos veces por semana de origen indio; los otros días, italiano.
Le preguntamos al padre Varghese que irán a hacer estos sacerdotes una vez que vuelvan a India. «Una parte de ellos irá a enseñar a los seminarios, otra será empleada en la curia episcopal, en la pastoral juvenil y en la catequética de las diócesis. Los otros serán párrocos».
En Kerala los siro-malabares y siro-malankares dirigen muchísimas escuelas católicas de todo tipo y grado, donde se desarrollan los cursos normales estatales. «Y los gastos están en gran parte a cargo de las Iglesias. A ellas van, además de católicos, también un gran número de estudiantes hindúes por el altísimo nivel de instrucción que en ellas se imparte. Y precisamente gracias a las escuelas católicas, Kerala es el Estado más instruido de India». En India, los católicos –de rito latino, siro-malabares y siro-malankares– son en total 17 millones: menos del 2 por ciento de la población india.
Las tres Iglesias, todas juntas, administran veinticinco escuelas. Sin contar las miles de casas para viudas y huérfanos, refugios para leprosos y enfermos de sida, hospitales y residencias para ancianos. En Kerala, además, donde los cristianos son el 22 por ciento de la población, la instrucción, incluida la femenina, es de las más altas de toda India. Es también el Estado con los mayores índices de lectura. Desde 2008 se imprime en lengua local, el malayalam, también una edición semanal de L’Osservatore Romano, gracias a los Carmelitas descalzos de la provincia de Malabar. Además, Kerala es el Estado donde hay el mayor índice de pluralismo religioso: en fin, un ejemplo de convivencia.
«En las escuelas católicas, abiertas a todos, se desarrollan los programas escolares previstos por el ordenamiento estatal. Además hay cursos específicos para los estudiantes cristianos que comprenden doctrina, ética y moral».
¿Cuál es el motivo de la gran vitalidad de la Iglesia siro-malabar, que, con más de cuatro millones de fieles, es la Iglesia oriental más vigorosa y en rápido crecimiento de toda la cristiandad? Solo ella proporciona casi el 70 por ciento de las 120.000 vocaciones de toda la India católica. En este Estado casi todas las diócesis tienen un seminario menor y es una de las pocas regiones que pueden “exportar” sacerdotes y monjas.
«Depende de las familias, donde el apego al rezo del Angelus, al santo Rosario y a la santa misa, es fortísimo, conmovedor», revela el rector. «Los papás y las mamás, pero también los abuelos, enseñan a los niños, desde muy pequeños, la señal de la cruz y las primeras oraciones. En fin, maman todo esto desde pequeñitos. Por consiguiente, la familia es un ambiente que favorece el despertar de las vocaciones sacerdotales, que las familias tienen en gran consideración».
![El rector del Instituto, el padre Varghese Kurisuthara [© Paolo Galosi]](http://www.30giorni.it/upload/articoli_immagini_interne/19-10-011.jpg)
El rector del Instituto, el padre Varghese Kurisuthara [© Paolo Galosi]
Los sacerdotes católicos siro-malabares viven una situación paradójica: su Iglesia es una de las más florecientes de toda la cristiandad, pero fuera de Kerala están en tierra de misión. «Para llevar a cabo de la mejor manera nuestra misión y formar a los creyentes según nuestras tradiciones tendremos necesidad de eparquías nuestras. Por eso hace mucho tiempo que venimos pidiendo al Santo Padre una mayor jurisdicción fuera de Kerala», nos dice don Prince Panengadan Devassy, que está en Roma para conseguir la licencia en Teología bíblica en la Urbaniana.
Viene de la ciudad de Thrissur, donde hizo hasta el décimo curso, es decir, desde la escuela primaria hasta el Instituto; luego, dos años de seminario en Bangalore, en el Estado de Karnataka, para estudiar filosofía. «Luego fui en misión a la eparquía de Adilabad, en el Estado de Andhra Pradesh, en la India centro-oriental».
Adilabad es una de las eparquías más jóvenes de India, creada por el papa Juan Pablo II el 23 de junio de 1999. Antes de entonces formaba parte de la diócesis de Chanda, que se extendía por los Estados de Maharashtra y Andhra Pradesh, con dos lenguas y dos culturas distintas.
Los primeros sacerdotes siro-malabares llegaron a Adilabad en 1962. Allí fundaron estructuras escolares para favorecer el acceso a la instrucción de las niñas y los niños más pobres.
Además, en los pueblos los misioneros han trabajado intensamente para mejorar las condiciones sociales de la gente. Especialmente en el ámbito de la sanidad y la alimentación. Y muchas personas, atraídas por el testimonio de los misioneros, han elegido la vida cristiana. Hoy la Iglesia de Adilabad cuenta con 15.000 católicos, con sesenta sacerdotes todos ellos indios, veinticuatro de los cuales son diocesanos, y con siete vocaciones locales.
Don Prince es un testigo ocular de tanta hermosura. «Para poder comunicarme con esta gente he tenido que estudiar su lengua. En Kerala se habla el malayalam. En el Estado de Andhra Pradesh, el telugu. También la escritura es completamente distinta», cuenta.
Después de los años pasados en Adilabad, don Prince tuvo que subir al norte, a Madhya Pradesh, para estudiar teología durante cuatro años. Luego fue ordenado sacerdote y de nuevo volvió a Adilabad otros dos años. Le preguntamos, pues, qué significa hacer misión en medio de un océano de hindúes y un gran número de musulmanes. «Es lo maravilloso de la cultura india. India ha dado origen a varias religiones y ha acogido a todas las religiones del mundo. Los indios son tolerantes, pacíficos y acogen a todos. Respetar las otras religiones y recibir con los brazos abiertos el bien, venga de donde venga, es la característica de la cultura india. Cada cual tiene la libertad de creer en la religión que prefiera», añade el joven sacerdote. «Para nosotros hacer misión quiere decir ante todo ir sencillamente a visitar los pueblos desparramados por las grandes áreas rurales habitadas por jornaleros agrícolas y ganaderos. No decimos nada de Jesús ni del Evangelio, pero asistimos a los enfermos y ayudamos a los más pobres. Luego preguntamos a los padres si nos quieren confiar a sus hijos para que estudien gratis. Casi todos dicen que sí. Y de este modo llevamos a los niños a nuestras escuelas, donde les enseñamos las asignaturas obligatorias. Esta es la primera fase de la misión. Es decir, la fase en la que tratamos de construir una relación fuerte con las personas mediante la ayuda a sus necesidades. Muchos misioneros se han prodigado para llevar la electricidad y el agua a los pueblos aislados.
Después, solo cuando hemos establecido una relación de confianza mutua, tratamos de que sean conscientes de la dignidad de la vida y de los derechos humanos. A veces colaboramos para emanciparlos de la explotación y de la injusticia», sigue diciendo el padre Prince Panengadan Devassy. «Después de un tiempo de servicio en los pueblos y las escuelas, suele ocurrir que la gente nos pregunte por nuestra religión y nuestro Dios. Entonces les hablamos explícitamente de Jesús. No predicamos a Jesús con la fuerza ni tratamos de convertir a nadie con incentivos, sino que tratamos de dar testimonio de Jesús mediante nuestra vida, amando a todas las personas sin ninguna distinción. Este modo nuestro de vivir atrae a las personas, que se sienten empujadas a preguntarnos de dónde procede nuestra capacidad de acoger a todos, ricos y pobres, quién es realmente Jesús y qué es el Evangelio. Para facilitar la comprensión de nuestra fe, a veces proyectamos películas sobre la vida del Señor en alguna sala o en el espacio público del pueblo, visto que casi nadie tiene televisión. Lo hermoso es que muchas de estas personas, sobre todo los niños, hacen experiencia personal de Jesús. Porque gracias a la oración y a la relación personal con Él, ven una correspondencia en su vida, consiguen una respuesta a sus preguntas, como nunca antes les había pasado. Claro que muchos no quieren saber nada de Cristo. Pero los que dicen “sí” reciben una fe fortísima. En fin, nosotros no convertimos a nadie, sino que son las propias personas las que se convierten por la acción de la gracia divina. Es una decisión suya. Y en este contexto el Estado garantiza la libertad de creer en la religión elegida por cada uno. Esta es la tercera fase de la misión», termina diciendo don Prince. «Es comprensible que todas las personas a las que servimos y ayudamos no lleguen al mismo punto. Muchos se quedan en la primera o segunda fase. Pese a ello, no dejamos de desarrollar el ministerio. Seguimos sirviendo a esa gente, porque nuestras actividades no van dirigidas a la conversión, que es obra del Espíritu Santo, sino a la propuesta respetuosa y libre».
Se une mientras tanto a la conversación Benedict Kurian, de la Iglesia católica siro-malankar. Procede de la eparquía de Mavelikara, sufragánea de la archieparquía de Trivandrum. Ordenado en 2002, fue párroco durante cuatro años en Amburi, Kerala. En Roma desde 2007, está a punto de doctorarse en Derecho canónico oriental con una tesis sobre los derechos y deberes de los laicos. «Roma me gusta muchísimo. Porque además en India estudiamos en la escuela la historia del Imperio romano de manera intensa», dice.
Le preguntamos qué tienen de especial los católicos siro-malankares, que volvieron a la comunión con Roma solo en 1930. «La diferencia con nuestros hermanos malabares está solo en la liturgia; la nuestra es siro-antioquena. En cambio, la de la Iglesia siro-malabar procede de la tradición caldea. Una de las particularidades de nuestra liturgia estriba en que nosotros celebramos la misa con el sacerdote siempre cara al altar, y nuestros fieles están muy apegados a nuestra tradición litúrgica», explica el padre Benedict.
«La reunificación con el sucesor de Pedro, el papa, la hicieron cinco personas. Hoy somos quinientos mil. Y en nuestra Iglesia han nacido también dos congregaciones femeninas –denominadas Sisters of the Imitation of Christ y Daughters of Mary– y una congregación masculina, Order of Imitation of Christ.
Los siro-malankares tenemos la misma tradición apostólica, el mismo origen que los siro-malabares. También nosotros somos herederos de los cristianos de santo Tomás. Y también nosotros, como nuestros hermanos malabares, le pedimos a la Santa Madre Iglesia de Roma que nos ayude, que extienda nuestra jurisdicción».
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