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EDITORIAL
Sacado del n. 01/02 - 2005

Ligerezas políticas


La “Jornada de la memoria” se vio turbada por algunas tomas de posturas políticas, evidentemente finalizadas más a tácticas de actualidad que al recuerdo de los acontecimientos terribles de que se trata. No me asombra nada…


Giulio Andreotti


Arriba,  De Gasperi habla en la Conferencia por la paz de París en 1946

Arriba, De Gasperi habla en la Conferencia por la paz de París en 1946

La “Jornada de la memoria” se vio turbada por algunas tomas de posturas políticas, evidentemente finalizadas más a tácticas de actualidad que al recuerdo de los acontecimientos terribles de que se trata. No me asombra nada que muchos –todos enzarzados en este antagonismo bipolar en el que vivimos– traten de buscar elementos de riña rememorando hechos de los años cuarenta y cincuenta, cuando la Italia democrática tuvo que pagar el precio de los veinte años no democráticos.
Yo no habría intervenido si alguien no hubiera sacado a relucir al presidente De Gasperi.
En su discurso de septiembre de 1946, en la Conferencia de los vencedores de la guerra que dictaban las condiciones de paz (tras imponer rigurosamente la rendición sin condiciones), De Gasperi comprobó nuestro aislamiento, el aislamiento de los vencidos. Lo atestiguaba visualmente la relevancia dada por la prensa internacional al único gesto de cordialidad que recibió nuestro presidente: un apretón de manos del secretario de Estado norteamericano Byrnes (que dimitió pocos días después, por lo demás). Con alguna variante entre ellos, pero con planteamientos fuertemente punitivos, los vencedores habían programado penalizaciones contra las fronteras italianas. Era soportable la reivindicación francesa de Briga y Tenda; objetivamente limitadas, aunque idealmente muy peligrosas, eran en cambio las peticiones austríacas patrocinadas por los ingleses; y qué decir de las pretensiones yugoslavas, apoyadas con solidaria y despiadada dureza por los “compañeros” de Moscú. Nada podían hacer para atenuarla los comunistas italianos. Eugenio Reale, que formaba parte de nuestra delegación, advertía cierto malestar, pero nada más. Pocos años después abandonó clamorosamente el Partido comunista y reconstruyó correctamente aquellas atormentadas semanas.
También en virtud de su conocimiento del mundo de lengua alemana, De Gasperi consiguió bloquear la mutilación del Brenero. No era objetivamente importante (tanto desde un punto de vista económico como militar) perder algunos quilómetros cuadrados o un valle. Pero las viudas, los huérfanos y los mutilados de la guerra del 1915-18 hubieran reaccionado, incluso moralmente, a este “castigo” provocando reacciones con las que, además, hubieran especulado los enemigos del orden democrático. De ahí el Acuerdo con el ministro de Exteriores vienés Gruber, basado en un compromiso nuestro a asegurar la tutela de la población de lengua alemana (y también ladina) mediante un Estatuto regional especial. No faltó la polémica interna por haber internacionalizado el problema; pero sólo así se le alejó del diktat de los dieciocho Señores de la victoria. Por lo demás, se adelantó lo que sería más tarde un derecho-deber internacionalmente reconocido. Hay que decir, además, que se le debía la reparación a la minoría que había sido objeto de tanto rigor (con los acuerdos Hitler-Mussolini y lo demás).
Retóricamente se pregunta por qué no se consiguió salvar la frontera del Noreste. Fue el resultado de una hábil política bloquear la puesta en práctica del Territorio Libre de Trieste, impuesto por el Tratado; llegando en 1954 (Alianza Atlántica, etc.) a conseguir su devolución, con una pequeña aunque dolorosa excepción territorial. Nada se pudo hacer por la zona B.
Aquí llegamos a las polémicas actuales. Parece ser que algunos se olvidan de que el mariscal Tito estaba entre los vencedores de la guerra, ideológicamente muy ligado a los compañeros soviéticos, pero, en aquel momento, en relaciones normales también con Londres y Washington. Por lo demás, la idea original del Plan Marshall preveía ayudar a toda Europa. Y fue Stalin quien rechazó este plan, dando comienzo a la diversificación.


El éxodo de la población italiana (recuerdo especialmente Pola) fue lacerante. Porque además la dura situación en la que se encontraba la nación no permitía en lo inmediato garantizar un tipo de acogida que amortiguara el malestar de los exiliados. En cuanto fue posible, fue puesto en marcha un programa que tuvo sus mejores resultados en el Poblado Juliano de Roma y en la zona sarda de Fertilia.
En la criminalización de la actuación de los titistas durante la guerra intervino el descubrimiento de la matanza de Basovizza, con un número enorme de enterrados en dolinas. Es uno de los puntos clave de las polémicas de estos días. Se hacen distinciones entre estas aberraciones y los campos de exterminio nazis. Hacia estos últimos, por lo demás, no existía ningún tipo de responsabilidad por parte de los gobiernos de la posguerra. Recuerdo que hombres como Strauss eran durísimos en sus tomas de postura contra los alemanes hitlerianos. Tito seguía allí; y con los vecinos es siempre buena norma evitar posturas de enfrentamiento.
Las tropas de Tito abandonan Trieste en 1945 para ocupar la zona asignada a Yugoslavia por el Acuerdo de Belgrado

Las tropas de Tito abandonan Trieste en 1945 para ocupar la zona asignada a Yugoslavia por el Acuerdo de Belgrado

A algunos les gustaría que triunfara la tesis de un De Gasperi débil en su reacción contra el comunismo y silencioso sobre las dolinas para no enemistarse a los comunistas italianos (que, por lo demás, no tenían ninguna responsabilidad en las dolinas). Se olvida que fue De Gasperi, venciendo las reticencias de su propio partido, quien excluyó del gobierno en mayo de 1947 a los comunistas y los socialistas de Nenni. Tito, además, tras el período de fraternidad total con los compañeros soviéticos (junto a ellos zarandeó a Togliatti y Cía. por haberse dejado excluir del “poder”), comenzó una lenta marcha de desenganche, otorgando cierta consistencia efectiva al Movimiento de los No Alineados en el plano internacional. Nosotros (también como Alianza Atlántica), teníamos todo el interés en esta distinción. Puedo añadir que conforme los soviéticos iban cumpliendo sus maldades en Checoslovaquia y Hungría, Tito iba acentuando su alejamiento. Llegó a tener contactos con nosotros para reforzar la defensa de Yugoslavia sólo por la zona Este. La ruptura, incluso formal, con Kruchev fue importante y significativa.
Pero hay otro motivo para rechazar las opiniones antidegasperianas que se están poniendo en circulación. Trieste y Venecia Julia habían sido obligadas a superar una dura prueba en la última fase de la guerra por parte de los nazifascistas, con asesinatos escalofriantes, cuyo prototipo es el de la Risiera de San Sabba [campo de concentración nazi en territorio italiano, n. de la r.]. Utilizar la denuncia de todo esto para oponerse a los movimientos de derecha podía ser útil como propaganda; pero sumar dos denuncias (las dolinas y San Sabba) no sólo no era un proyecto que compensara, sino que entraba en frontal oposición con la pacificación que sabiamente a la larga se pretendía.
Por lo demás, la superioridad que yo definiría espiritual del presidente De Gasperi puede comprobarse en todo su comportamiento. Citaré al respecto un episodio significativo. Uno de los funcionarios del ex Ministerio de Cultura popular halló un día el voluminoso registro de subvenciones mensuales de las que habían gozado intelectuales hasta el 25 de julio de 1943. Creyó que con ello había ganado mucho mérito, porque además ninguno de ellos era ya de los nuestros y, por el contrario, algunos muy conocidos militaban sesudamente en la izquierda. El presidente le dejó de piedra diciendo que su publicación sería nociva para el prestigio mundial de la cultura italiana. También para mí supuso una profunda lección.
Por cosas como estas me duelen las sabihondas especulaciones antidegasperianas de estos días. Por lo demás, hoy día hay por ahí demasiados “neos”: neo-anticomunistas y neo-antifascistas.


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