Levanté hacia el Papa mis ojos bañados de lágrimas
El 20 de noviembre de
1870 Teresa de Lisieux, entonces quinceañera,
participa en una audiencia de León XIII

Después de la misa de
acción de gracias que siguió a la de Su Santidad, comenzó la audiencia. León
XIII estaba sentado en un gran sillón. Vestía simplemente una sotana blanca y
una muceta del mismo color, y en la cabeza no llevaba más que un pequeño
solideo. A un lado estaban, de pie, varios cardenales, arzobispos y obispos,
pero yo sólo los vi globalmente, pues mi atención estaba centrada en el Santo
Padre. Íbamos desfilando en procesión ante él. Cada peregrino, cuando le
llegaba su turno, se arrodillaba, besaba el pie y la mano de León XIII, recibía
su bendición y dos guardias nobles le tocaban, por ceremonia, indicándole así
que debía levantarse (al peregrino, pues me explico tan mal, que podría
entenderse que era al Papa). Antes de entrar en el salón pontificio, yo estaba
completamente decidida a hablar; pero sentí que mi valor flaqueaba cuando vi a la derecha del Santo
Padre a monseñor Révérony… Casi en aquel mismo instante nos dijeron de su parte que prohibía
hablar a León XIII, pues
la audiencia se estaba prolongando demasiado. Yo me volví hacia mi Celina
querida para conocer su opinión. «¡Habla!», me dijo. Un momento después estaba
yo a los pies del Santo Padre. Después de besarle la sandalia, me presentó la
mano; pero en lugar de besársela, junté las mías y elevando hacia su rostro mis
ojos bañados de lágrimas, exclamé: «¡Santísimo Padre, tengo que pediros una
gracia muy grande…!». Entonces el Sumo Pontífice inclinó hacia mí su cabeza, de
manera que mi rostro casi tocaba el suyo, y vi sus ojos negros y profundos que se fijaban en mí y parecían querer
penetrarme hasta el fondo del alma. «Santísimo Padre, en honor de vuestras
bodas de oro, permitidme entra en el Carmelo a los 15 años…!». Sin duda la
emoción hacía temblar mi voz. Por lo que el Santo Padre, volviéndose hacia
monseñor Révérony, que miraba asombrado y disgustado, le dijo: «No comprendo
bien». Si Dios lo hubiera permitido le habría sido fácil a monseñor Révérony
alcanzarme lo que deseaba, pero Dios quería darme cruz y no consuelo.
«Santísimo Padre (respondió el Vicario General), se trata de una niña que desea entrar en el Carmelo a los 15
años, pero los superiores están en estos momentos estudiando las cuestión».
El buen Papa estaba tan viejo que podía decirse que estaba muerto, nunca me lo hubiera imaginado así, no puede decir casi nada, y entonces es monseñor Révérony el que habla.
«Bueno hija mía –respondió el Santo Padre mirándome bondadosamente–, haz lo que te digan los superiores». Entonces, apoyando mis manos en sus rodillas, hice un último intento y le dije con voz suplicante: «¡Sí, Santísimo Padre! Pero si usted dijese que sí, todo el mundo estaría de acuerdo». Me miró fijamente y pronunció estas palabras, recalcando cada sílaba: «Vamos… vamos… Entrarás si Dios lo quiere…». (Y su acento tenía un no sé qué tan penetrante y convincente, que aún me parece estar oyéndole). Animada por la bondad del Santo Padre, quise seguir hablando, pero dos guardias nobles me tocaron cortésmente, para que me levantase; y viendo que con eso no bastaba me cogieron por los brazos y monseñor Révérony les ayudó a levantarme, pues seguía con las manos juntas apoyadas en las rodillas del Santo Padre, y tuvieron que arrancarme de sus pies a viva fuerza… Mientras me quitaban de en medio de esa manera, el Santo Padre acercó su mano a mis labios y después la levantó para bendecirme. Entonces los ojos se me llenaron de lágrimas, y monseñor Révérony pudo contemplar al menos tantos diamantes como había visto en Bayeux.
Sacado de Historia de un alma
participa en una audiencia de León XIII

Teresa de Lisieux
El buen Papa estaba tan viejo que podía decirse que estaba muerto, nunca me lo hubiera imaginado así, no puede decir casi nada, y entonces es monseñor Révérony el que habla.
«Bueno hija mía –respondió el Santo Padre mirándome bondadosamente–, haz lo que te digan los superiores». Entonces, apoyando mis manos en sus rodillas, hice un último intento y le dije con voz suplicante: «¡Sí, Santísimo Padre! Pero si usted dijese que sí, todo el mundo estaría de acuerdo». Me miró fijamente y pronunció estas palabras, recalcando cada sílaba: «Vamos… vamos… Entrarás si Dios lo quiere…». (Y su acento tenía un no sé qué tan penetrante y convincente, que aún me parece estar oyéndole). Animada por la bondad del Santo Padre, quise seguir hablando, pero dos guardias nobles me tocaron cortésmente, para que me levantase; y viendo que con eso no bastaba me cogieron por los brazos y monseñor Révérony les ayudó a levantarme, pues seguía con las manos juntas apoyadas en las rodillas del Santo Padre, y tuvieron que arrancarme de sus pies a viva fuerza… Mientras me quitaban de en medio de esa manera, el Santo Padre acercó su mano a mis labios y después la levantó para bendecirme. Entonces los ojos se me llenaron de lágrimas, y monseñor Révérony pudo contemplar al menos tantos diamantes como había visto en Bayeux.
Sacado de Historia de un alma