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SUDÁN
Sacado del n. 01/02 - 2005

Sudán, entre la guerra y la paz


Después de veinte años de conflictos, el Norte y el Sur del país han firmado un acuerdo de paz. Un paso importante que puede quedar en agua de borrajas por el conflicto en Darfur


por Davide Malacaria


Imágenes de un campo de refugiados de Darfur en Chad

Imágenes de un campo de refugiados de Darfur en Chad

Un largo conflicto que se cierra, otro que estalla: para Sudán estos meses son cruciales. El gran Estado africano, atormentado desde hace más de veinte años por una guerra civil entre el Norte y el Sur, tiene ahora en sus manos quizá la ocasión para encontrar la paz o bien para hundirse aún más en el abismo. En pocas palabras: el 9 de enero, en Nairobi, Kenia, el líder de los rebeldes del SPLA (Ejército Popular de Liberación de Sudán), John Garang, y el viceministro de Jartum, Ali Osman Taha, firmaron un acuerdo que pone fin a un conflicto que, desde 1983 a hoy, ha causado unos dos millones de muertos y 4.600.000 refugiados. Este acuerdo, perseguido desde hace mucho tiempo por la comunidad internacional, especialmente la ONU y la Unión Africana que, tras años de presiones, han obligado a las partes a sentarse en torno a una mesa y llegar a un compromiso. En sustancia, los acuerdos de Nairobi sancionan la división de Sudán en dos distintas áreas geopolíticas, Norte y Sur, que tendrán dos gobiernos distintos, dos ejércitos distintos, pero seguirán formando parte de la misma nación. Esto será así durante un período de transición de seis años, tras los cuales el Sur deberá decidir si se separa del Norte. Pero el punto crucial sobre el que se libró la verdadera batalla son los royalties sobre las entradas del petróleo, en el que es rico el suelo del Sur, que fueron repartidos a partes iguales entre el Norte y el Sur. Este resquicio de esperanza no ha de crear, sin embargo, falsas ilusiones. La paz todavía debe echar raíces en el país, tanto porque el acuerdo ha de aguantar los reveses de los frágiles equilibrios geopolíticos africanos, como porque al oeste del país, en la zona de Darfur, ha estallado un conflicto más reciente que el del Norte contra el Sur, pero no menos sangriento, en un crescendo de tensión que hace aún más precario el compromiso alcanzado en Nairobi. Esta precariedad la tienen clara quienes vivieron de cerca los horrores de esta guerra, los cuales, precisamente por ello, contemplan la reconciliación entre Norte y Sur con una mezcla de alivio y prudencia.
«Ya otras veces el Norte y el Sur entablaron conversaciones, llegaron a acuerdos… pero esta vez parece distinto», explica el padre Fernando Colombo, comboniano, que lleva 25 años en África y tres en la diócesis de Rumbek, en el corazón del Sur de Sudán, ayudando al obispo local: «La población ha recibido los acuerdos entre el Norte y el Sur con gran alegría y gran esperanza. Claro que hay que ver si se respetan. Pero la novedad es que la comunidad internacional parece seriamente intencionada a sacar adelante el proceso de paz: esto es una novedad que permite albergar esperanzas y da cierta garantía». También el padre Renato Kizito Sesana recibió con alivio de la firma del acuerdo de paz. El padre Kizito, también comboniano, es un profundo conocedor de Sudán: entró muchas veces durante la guerra en aquel Estado para reunirse con las poblaciones locales, a veces de manera rocambolesca, siendo él persona poco grata tanto para el gobierno del Norte como para el jefe de los rebeldes del Sur. Sobre estos viajes y los inesperados encuentros con los sudaneses ha escrito un resumen en un hermosísimo libro (ver recuadro). Al teléfono no esconde sus dudas: «Por desgracia este acuerdo presenta diversos lados oscuros: es ponderoso, arrastra el lastre de una serie de cláusulas que lo hacen farragoso y de difícil aplicación. Tampoco se entiende bien cómo conseguirá la comunidad internacional vigilar el respeto de todas estas cláusulas. En fin, ya la propia estructura del acuerdo indica que la paz se ha impuesto desde el exterior, más que ser querida por quienes la han firmado. Se ha dado libertad de religión, pero no se prevé ningún proceso de democratización interior, ni en el Norte ni en el Sur. De hecho, si en el Norte hay vigente un régimen autoritario, también es verdad que en el Sur John Garang ha aplastado las disidencias internas y se ha marginado a los otros movimientos de liberación que no respetan sus planes». En definitiva, los acuerdos de Nairobi son quizá un punto de partida más que de llegada, pero en todo caso es un comienzo. Un buen comienzo.

Arriba, la firma de los acuerdos de paz entre el Norte y el Sur de Sudán en Nairobi

Arriba, la firma de los acuerdos de paz entre el Norte y el Sur de Sudán en Nairobi

Una guerra que dura
más de veinte años
Según un tópico común entre los analistas, los observadores internacionales y los medios de comunicación, el conflicto entre el Norte y el Sur de Sudán es una guerra entre el Norte árabe y musulmán y el Sur animista y cristiano. Pero esta definición no fotografía una realidad mucho más compleja y articulada. Explica el padre Kizito: «En Sudán no ha habido ninguna guerra de religión: no hay más que pensar que al comienzo del conflicto, hace veintidós años, los movimientos de liberación del Sur eran de inspiración marxista-leninista. Las cosas comienzan a cambiar a mediados de los noventa, cuando la derecha americana descubre la existencia de Sudán y la guerrilla se dispone a explotar esta oportunidad, consiguiendo presentarse como movimiento cristiano para conseguir ayudas políticas y económicas. En este error incluso ha caído de buena fe algún que otro eclesiástico del Sur. Esta confusión ha originado a veces un defecto a la hora de denunciar los abusos de la guerrilla sobre las poblaciones del Sur, pero sobre todo ha favorecido la aureola de que goza la guerrilla como movimiento cristiano. Hay algunos documentos del SPLA en los que se propone incluso definir a la Iglesia como “ala espiritual” del movimiento… cosas que era mucho mejor evitar. Desde luego, las diferencias religiosas han formado parte del conflicto, pero no es exacto hablar de guerra de religión. En realidad se ha tratado de una guerra por los derechos de los pueblos del Sur».
Por lo demás, para comprender que no se ha tratado de una guerra de religión, no hay más que ver lo ocurrido en los montes Nuba, donde la represión militar se ensañó sobremanera con la población civil y la resistencia armada en una guerra santa que ha colocado en el mismo plano a cristianos y musulmanes. Stefano Squarcina, secretario adjunto de la Unión Europea para las relaciones con el Tercer Mundo, que ha estado recientemente en Sudán como enviado de la UE, traza un perfil geopolítico muy interesante: «En realidad, muchos observadores internacionales concuerdan que existe un plan para presionar al gobierno sudanés. Es innegable que este gobierno es autoritario. Como también es innegable que en Sudán ha hallado apoyo el terrorismo internacional; no hay más que pensar que Osama Bin Laden estuvo refugiado aquí durante años. Esta situación no podía ser ignorada. Y, como ha ocurrido en Irak, también en lo referido a Sudán existen dos líneas de pensamiento: la diplomática y la dura, para simplificar digamos la dialogante de la Unión Europea y la de los halcones estadounidenses. En estos últimos ambientes parece que se acaricia la idea de desmembrar el Estado actual en tres áreas más homogéneas, y por lo mismo más controlables: el Norte, el Sur y el Este. En este sentido hay que interpretar también el apoyo de ciertos ambientes estadounidenses a los movimientos guerrilleros del Sur y del Este, donde también hay otros movimientos de liberación (el Free lion movement y el Beja congress), en especial en los Estados de Kassala y Gedaref. Pero hay que andarse con cuidado: desestabilizar Sudán es muy peligroso, el riesgo es que salte todo el área. Tampoco se puede excluir a priori un diálogo con el régimen sudanés que, como todos los regímenes, es una síntesis de realidades distintas y, junto a los duros, hay personas razonables con las que se puede dialogar». Esta última afirmación está confirmada por los acontecimientos de Nairobi.
En realidad tanta presión internacional sobre el Estado africano podría tener otros objetivos. Sudán es rico en petróleo, que se halla preponderantemente en las regiones del Sur, terreno de enfrentamiento entre la guerrilla y el gobierno. El oro negro estaba antiguamente bajo el control de compañías estadounidenses. Desde hace algunos años, desde que Sudán comenzó a ser uno de los países exportadores de petróleo, la producción sudanesa está administrada en gran parte por un consorcio chino-indonesio. Explica Squarcina: «Hay quienes observan que se está preparando una confrontación-enfrentamiento entre EE UU y China, que será cada año más aguda; de este modo, también el apoyo a la guerrilla de Sudán sería posible achacarla a una acción de ambientes estadounidenses para mantener bajo control las vías del petróleo chino… pero más allá de las hipótesis de interpretación, una cosa es cierta: la guerrilla del Sur no hubiera resistido más de veinte años sin el apoyo internacional».

Después del Sur, Darfur
Más allá de los análisis geopolíticos, en el Sur los enfrentamientos entre el ejército y los guerrilleros son por el momento un recuerdo del pasado. Una buena noticia para las sufridas poblaciones locales, que durante años tenían que tratar de huir cotidianamente de los bombardeos y de las fuerzas gubernamentales y las correrías de los rebeldes (entre otras cosas, el SPLA enrolaba a la fuerza a niños-soldados). Y, como cuenta el padre Colombo, en Rumbek, que será la futura capital del Sur, está volviendo lentamente una embrionaria actividad comercial. Se espera con cierta ansiedad el regreso de los refugiados, millones de personas que la guerra diseminó por el resto del país y de África. El padre Colombo nos dice preocupado: muchos de ellos, explica, han vivido durante años en zonas donde el virus del sida está muy difundido y teme que pronto el sida provoque en Sudán una situación de emergencia. En lo inmediato, explica, el problema será transformar una clase dirigente acostumbrada a las armas en una verdadera clase política. Y sobre todo, sofocar desórdenes entre las distintas facciones del Sur apaciguado. También monseñor Antonio Menegazzo, administrador apostólico de El Obeid, comparte esta preocupación: «La paz ha sido firmada por los jefes, pero entre la población civil hay todavía odio, rencores, divisiones. Tememos que estallen desórdenes. La Iglesia está trabajando para favorecer la calma, para reconciliar, pero el peligro existe». Entre otras cosas, este es el momento de decidir quién gobernará el Sur. John Garang, según los acuerdos, volará en un año a Jartum, donde se convertirá en el vicepresidente del país. Muchos temen que en el Sur pueda estallar una lucha para hacerse con el gobierno local.

Pero el peligro real viene del Oeste. En Darfur, una región tan grande como Francia en la frontera con Chad, hace dos años estalló un conflicto sangriento cada día más enmarañado, lo que hace que cada vez se complique más cualquier intento de llevar la distensión al país. Aquí hace años que bandas de saqueadores, los llamados Janjaweed, atemorizan a la población local, de religión musulmana, enfrentándose con los guerrilleros del SLAM (“Sudan liberation movement-army”, Ejército-movimiento de liberación de Sudán, ligado al SPLA), que acusa al gobierno de Jartum de apoyar a los saqueadores Janjaweed. Estas acusaciones siempre fueron negadas por el gobierno. A comienzos de 2003 este conflicto de baja intensidad estalló y al SLAM se le unió otro movimiento de rebeldes, el JEM (“Justice and equality movement”, movimiento para la justicia y la igualdad). Este último está ligado a Hassan al Turabi, el ideólogo del fundamentalismo islámico de sello sudanés, hombre fuerte del régimen, que en los últimos años mantiene un pulso con las autoridades de Jartum hasta el punto que fue arrestado acusado de conspiración. El conflicto de Darfur es muy extraño: por una parte las fuerzas gubernamentales, acusadas de bombardear indiscriminadamente los pueblos y apoyar a las bandas de saqueadores sanguinarios, por otro una singular alianza entre rebeldes ligados a uno de los mentores del fundamentalismo islámico y guerrilleros que gozan del apoyo de los halcones estadounidenses… Quien paga este conflicto es la población local: hasta el momento los muertos han sido 70.000, entre personas muertas en los enfrentamientos y por inanición; los desplazados son unos dos millones. Se esperaba que el acuerdo entre el Norte y el Sur pudiera hacerse sentir también en Darfur. El propio Colin Powell, que tanto se afanó por conseguir esta paz, en el momento de la firma de los acuerdos alentó al gobierno y al líder del SPLA a alejar las violencias de la región. Pero, por el momento, esto no es así. Todo lo contrario, hay quienes temen que, libre ya del frente del Sur, el gobierno de Jartum aumente la presión en el Oeste. Monseñor Menegazzo expresa esta preocupación: Darfur, explica, pertenece a la inmensa diócesis que él guía. La primera quincena de diciembre, monseñor Menegazzo estuvo veinte días en aquella atormentada región, visitándola a lo largo y a lo ancho. Su resumen es dramático: «Las vías de comunicación son arriesgadas, existe siempre el peligro de que te asalten. El gobierno sigue insistiendo en la línea dura y, pese a los acuerdos del alto el fuego, las represiones continúan. De todos modos, por lo menos ahora en los campos de refugiados las organizaciones internacionales pueden llevar sus ayudas, pero la situación de esta gente, obligada a vivir en grupos de ocho y diez personas apelotonadas dentro de las tiendas en una zona donde durante la noche la temperatura baja incluso hasta bajo cero, sigue siendo muy penosa. Por no hablar de los desplazados que no viven en los campos de refugiados, sino en zonas donde el gobierno no autoriza la intervención humanitaria… Como Iglesia tratamos de llevar nuestra ayuda a esta pobre gente, doblemente afectada por esta tragedia». La situación de Darfur está ahora siendo controlada por la ONU. A principios de enero concluyó el trabajo de una comisión encargada de controlar la situación de la región. El resultado fue un documento que da cuenta de las muchas atrocidades cometidas durante el conflicto. Una acusación que dio la vuelta al mundo aún antes de hacerse pública. Había quienes se esperaban que la comisión demostrase que en Darfur se está cometiendo un genocidio por parte del gobierno de Jartum, acusación que habría comportado una acción inmediata contra este régimen. Pero los enviados de la ONU indicaron a los responsables de todas estas violencias probadas sin acusar globalmente al gobierno. Ahora el documento está siendo analizado por las Naciones Unidas, donde se están buscando otras formas de presión e intervención. Mientras tanto, en Darfur se seguirá muriendo. A menos que la misma razón y realismo que llevaron a los acuerdos de Nairobi consigan imponerse también aquí sobre el fragor de las armas.


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