Sudán, entre la guerra y la paz
Después de veinte años de conflictos, el Norte y el Sur del país han firmado un acuerdo de paz. Un paso importante que puede quedar en agua de borrajas por el conflicto en Darfur
por Davide Malacaria

Imágenes de un campo de refugiados de Darfur en Chad
«Ya otras veces el Norte y el Sur entablaron conversaciones, llegaron a acuerdos… pero esta vez parece distinto», explica el padre Fernando Colombo, comboniano, que lleva 25 años en África y tres en la diócesis de Rumbek, en el corazón del Sur de Sudán, ayudando al obispo local: «La población ha recibido los acuerdos entre el Norte y el Sur con gran alegría y gran esperanza. Claro que hay que ver si se respetan. Pero la novedad es que la comunidad internacional parece seriamente intencionada a sacar adelante el proceso de paz: esto es una novedad que permite albergar esperanzas y da cierta garantía». También el padre Renato Kizito Sesana recibió con alivio de la firma del acuerdo de paz. El padre Kizito, también comboniano, es un profundo conocedor de Sudán: entró muchas veces durante la guerra en aquel Estado para reunirse con las poblaciones locales, a veces de manera rocambolesca, siendo él persona poco grata tanto para el gobierno del Norte como para el jefe de los rebeldes del Sur. Sobre estos viajes y los inesperados encuentros con los sudaneses ha escrito un resumen en un hermosísimo libro (ver recuadro). Al teléfono no esconde sus dudas: «Por desgracia este acuerdo presenta diversos lados oscuros: es ponderoso, arrastra el lastre de una serie de cláusulas que lo hacen farragoso y de difícil aplicación. Tampoco se entiende bien cómo conseguirá la comunidad internacional vigilar el respeto de todas estas cláusulas. En fin, ya la propia estructura del acuerdo indica que la paz se ha impuesto desde el exterior, más que ser querida por quienes la han firmado. Se ha dado libertad de religión, pero no se prevé ningún proceso de democratización interior, ni en el Norte ni en el Sur. De hecho, si en el Norte hay vigente un régimen autoritario, también es verdad que en el Sur John Garang ha aplastado las disidencias internas y se ha marginado a los otros movimientos de liberación que no respetan sus planes». En definitiva, los acuerdos de Nairobi son quizá un punto de partida más que de llegada, pero en todo caso es un comienzo. Un buen comienzo.

Arriba, la firma de los acuerdos de paz entre el Norte y el Sur de Sudán en Nairobi
más de veinte años
Según un tópico común entre los analistas, los observadores internacionales y los medios de comunicación, el conflicto entre el Norte y el Sur de Sudán es una guerra entre el Norte árabe y musulmán y el Sur animista y cristiano. Pero esta definición no fotografía una realidad mucho más compleja y articulada. Explica el padre Kizito: «En Sudán no ha habido ninguna guerra de religión: no hay más que pensar que al comienzo del conflicto, hace veintidós años, los movimientos de liberación del Sur eran de inspiración marxista-leninista. Las cosas comienzan a cambiar a mediados de los noventa, cuando la derecha americana descubre la existencia de Sudán y la guerrilla se dispone a explotar esta oportunidad, consiguiendo presentarse como movimiento cristiano para conseguir ayudas políticas y económicas. En este error incluso ha caído de buena fe algún que otro eclesiástico del Sur. Esta confusión ha originado a veces un defecto a la hora de denunciar los abusos de la guerrilla sobre las poblaciones del Sur, pero sobre todo ha favorecido la aureola de que goza la guerrilla como movimiento cristiano. Hay algunos documentos del SPLA en los que se propone incluso definir a la Iglesia como “ala espiritual” del movimiento… cosas que era mucho mejor evitar. Desde luego, las diferencias religiosas han formado parte del conflicto, pero no es exacto hablar de guerra de religión. En realidad se ha tratado de una guerra por los derechos de los pueblos del Sur».
Por lo demás, para comprender que no se ha tratado de una guerra de religión, no hay más que ver lo ocurrido en los montes Nuba, donde la represión militar se ensañó sobremanera con la población civil y la resistencia armada en una guerra santa que ha colocado en el mismo plano a cristianos y musulmanes. Stefano Squarcina, secretario adjunto de la Unión Europea para las relaciones con el Tercer Mundo, que ha estado recientemente en Sudán como enviado de la UE, traza un perfil geopolítico muy interesante: «En realidad, muchos observadores internacionales concuerdan que existe un plan para presionar al gobierno sudanés. Es innegable que este gobierno es autoritario. Como también es innegable que en Sudán ha hallado apoyo el terrorismo internacional; no hay más que pensar que Osama Bin Laden estuvo refugiado aquí durante años. Esta situación no podía ser ignorada. Y, como ha ocurrido en Irak, también en lo referido a Sudán existen dos líneas de pensamiento: la diplomática y la dura, para simplificar digamos la dialogante de la Unión Europea y la de los halcones estadounidenses. En estos últimos ambientes parece que se acaricia la idea de desmembrar el Estado actual en tres áreas más homogéneas, y por lo mismo más controlables: el Norte, el Sur y el Este. En este sentido hay que interpretar también el apoyo de ciertos ambientes estadounidenses a los movimientos guerrilleros del Sur y del Este, donde también hay otros movimientos de liberación (el Free lion movement y el Beja congress), en especial en los Estados de Kassala y Gedaref. Pero hay que andarse con cuidado: desestabilizar Sudán es muy peligroso, el riesgo es que salte todo el área. Tampoco se puede excluir a priori un diálogo con el régimen sudanés que, como todos los regímenes, es una síntesis de realidades distintas y, junto a los duros, hay personas razonables con las que se puede dialogar». Esta última afirmación está confirmada por los acontecimientos de Nairobi.
En realidad tanta presión internacional sobre el Estado africano podría tener otros objetivos. Sudán es rico en petróleo, que se halla preponderantemente en las regiones del Sur, terreno de enfrentamiento entre la guerrilla y el gobierno. El oro negro estaba antiguamente bajo el control de compañías estadounidenses. Desde hace algunos años, desde que Sudán comenzó a ser uno de los países exportadores de petróleo, la producción sudanesa está administrada en gran parte por un consorcio chino-indonesio. Explica Squarcina: «Hay quienes observan que se está preparando una confrontación-enfrentamiento entre EE UU y China, que será cada año más aguda; de este modo, también el apoyo a la guerrilla de Sudán sería posible achacarla a una acción de ambientes estadounidenses para mantener bajo control las vías del petróleo chino… pero más allá de las hipótesis de interpretación, una cosa es cierta: la guerrilla del Sur no hubiera resistido más de veinte años sin el apoyo internacional».
Después del Sur, Darfur
Más allá de los análisis geopolíticos, en el Sur los enfrentamientos entre el ejército y los guerrilleros son por el momento un recuerdo del pasado. Una buena noticia para las sufridas poblaciones locales, que durante años tenían que tratar de huir cotidianamente de los bombardeos y de las fuerzas gubernamentales y las correrías de los rebeldes (entre otras cosas, el SPLA enrolaba a la fuerza a niños-soldados). Y, como cuenta el padre Colombo, en Rumbek, que será la futura capital del Sur, está volviendo lentamente una embrionaria actividad comercial. Se espera con cierta ansiedad el regreso de los refugiados, millones de personas que la guerra diseminó por el resto del país y de África. El padre Colombo nos dice preocupado: muchos de ellos, explica, han vivido durante años en zonas donde el virus del sida está muy difundido y teme que pronto el sida provoque en Sudán una situación de emergencia. En lo inmediato, explica, el problema será transformar una clase dirigente acostumbrada a las armas en una verdadera clase política. Y sobre todo, sofocar desórdenes entre las distintas facciones del Sur apaciguado. También monseñor Antonio Menegazzo, administrador apostólico de El Obeid, comparte esta preocupación: «La paz ha sido firmada por los jefes, pero entre la población civil hay todavía odio, rencores, divisiones. Tememos que estallen desórdenes. La Iglesia está trabajando para favorecer la calma, para reconciliar, pero el peligro existe». Entre otras cosas, este es el momento de decidir quién gobernará el Sur. John Garang, según los acuerdos, volará en un año a Jartum, donde se convertirá en el vicepresidente del país. Muchos temen que en el Sur pueda estallar una lucha para hacerse con el gobierno local.
