Pío XII, Roncalli y los niños judíos. Los hechos y los prejuicios
En el debate abierto por el Corriere della Sera sobre el asunto de los niños judíos alojados en los conventos y las familias católicas y reclamados por las organizaciones judías al final de la guerra se ha atacado al papa Pacelli y a su sucesor Juan XXIII. Pero también han salido documentos hasta ahora inéditos que permiten la revisión objetiva del “caso”
por Gianni Valente

Pio XII
El artículo del Corriere
El 28 de diciembre, en un artículo aparecido en primera página con título y subtítulo capciosos (Pío XII mandó no devolver a los niños judíos. El futuro papa Roncalli no obedeció). Alberto Melloni, profesor de Historia contemporánea en la Universidad de Módena y Reggio Emilia, adelanta en el Corriere della Sera un documento inédito, fechado el 23 de octubre de 1946, sacado del aparato crítico del segundo tomo del volumen Anni di Francia. Agende del nunzio Roncalli 1945-1948, que será publicado a finales del 2005 por el historiador francés Etienne Fouilloux y el Instituto de Ciencias religiosas de Bolonia. Según Melloni, el documento revela que en el 46 le llegaron a Angelo Roncalli, entonces nuncio en París, «instrucciones elaboradas por el Santo Oficio y aprobadas por Pío XII» sobre los casos de niños judíos que se habían salvado en las casas y los conventos católicos, cuya devolución pedían insistentemente en aquellos años personalidades y organizaciones del mundo judío para devolverles al seno de la comunidad religiosa originaria. El documento, traducido al italiano del francés, se publica en un recuadro, con la advertencia de que es inédito y sacado del Centro nacional de los archivos de la Iglesia de Francia. En el artículo, las instrucciones contenidas en el documento y presentadas como «órdenes estremecedoras» dadas al nuncio Roncalli se sintetizan así: «No ha de responder por escrito a las autoridades judías y subrayar que la Iglesia estudiará cada caso; los niños bautizados pueden ser devueltos sólo a instituciones que puedan garantizar su educación cristiana; los niños que “ya no tienen padres” no han de ser devueltos y a los padres que hubieran sobrevivido se les devolverán sólo si no han sido bautizados».
En el debate que arranca de aquel artículo, mientras se disparan las polémicas (ataques a las figuras de Pío XII y Juan XXIII, disertaciones históricas sobre los casos de los bautizos forzados, mezquinas venganzas personales entre estudiosos y periodistas), salen a relucir también otros interesantes documentos inéditos. Estas aportaciones progresivas permiten encuadrar el texto publicado por el Corriere como un segmento conclusivo de una secuencia documental mucho más larga y orgánica, que a su vez tiene que ver sólo con el filón francés de una historia más general que afecta al conjunto de las relaciones entre la Santa Sede, la Iglesia católica y el mundo judío en los años que siguieron a la Shoah y ante el inminente nacimiento del Estado de Israel. Entonces había personalidades, instituciones y agencias judías dedicadas en toda Europa a buscar niños judíos, sobre todo huérfanos, que sobrevivieron al exterminio, con la intención de devolverlos a la tierra de Israel. Una historia que puede recomponerse alineando los documentos publicados en sentido inverso a su orden cronológico de publicación.

Prófugos judíos a bordo de un barco que sale de Marsella hacia Israel en septiembre de 1949
De los documentos
a los hechos
Todo comienza con la carta que el rabino jefe de Palestina, Isaac Herzog, envía al papa Pío XII el 12 de marzo del 46. En la misiva, publicada íntegramente y comentada por Andrea Tornielli en Il Giornale el pasado 19 de enero, el rabino vuelve a plantearle al Papa por escrito la petición que ya le hiciera durante una audiencia precedente. Tras usar expresiones de reconocimiento hacia el papa Pacelli, Herzog expone sus peticiones sobre los niños judíos que habían encontrado refugio en instituciones y familias católicas, huérfanos por la Shoah: «He venido a Roma», escribe Herzog, «a pedir su apoyo para que estos niños sean devueltos a su gente». El rabino advierte que «en todos los países interesados hay ya organizaciones judías que disponen de los medios para hacerse cargo de los niños». Cita en concreto el caso de Polonia, donde «se considera que por lo menos tres mil niños siguen viviendo en conventos católicos y en las casas privadas de familias católicas». Se le encarga la cuestión al Santo Oficio, que ya el 27 de marzo del 46 elabora un documento para la ocasión, sometido a la aprobación del Papa el día después. Da noticia del documento, aunque sin ofrecer el texto, que sigue estando inédito en los archivos vaticanos, Matteo Luigi Napolitano, profesor de Historia de las relaciones entre la Iglesia y el Estado de la Universidad de Urbino e informado director del sitio www.vaticanfiles.net, en su puntillosa reconstrucción aparecida en Avvenire del 18 de enero. En esa misma intervención Napolitano cita ampliamente un despacho enviado por el nuncio en París, Roncalli, a la Secretaría de Estado a finales de agosto del 46, que puede ser esencial para comprender el entorno y el proceso que la delicada cuestión está conociendo en los mismos meses en tierras galas. En esta carta, el nuncio refería que había recibido también él peticiones del rabino jefe de Francia, Isaiah Schwartz, para que la Santa Sede facilitara la devolución de los niños judíos recogidos en familias y conventos católicos solicitada por las instituciones judías. Roncalli ofrece también las instrucciones recogidas sobre el tema por el cardenal Suhard, arzobispo de París, y alega las cartas recibidas sobre el tema por Emile-Maurice Guerry, coadjutor del arzobispo de Cambrai, y el cardenal Pierre Gerlier, arzobispo de Lyón y presidente de los obispos franceses. Las opiniones y las peticiones formuladas por los prelados franceses los expuso, basándose en documentos inéditos guardados en los archivos de la Secretaría de Estado, el jesuita Giovanni Sale en la preciosa reconstrucción de toda la historia publicada en el cuaderno 3711 de la Civiltà Cattolica, la revista de los jesuitas cuyas galeradas se corrigen en el Vaticano. Todos los prelados franceses se mostraban propensos a satisfacer las peticiones judías, pensando que de lo contrario habría reacciones violentas. Gerlier hacía notar que «el reconocimiento que a menudo se nos ha hecho por la ayuda que prestamos a estos pobres pequeños se volvería con toda probabilidad resentimiento, que podría alimentar deplorables polémicas». Le comunicaba también al nuncio que los obispos franceses habían mandado que no se bautizara a los niños judíos refugiados en lso conventos.Pero por exceso de celo, algunas monjas habían desobedecido sus órdenes, bautizando a los pequeños y creando así «un problema teológico muy arduo». Precisamente sobre estos casos controvertidos pedían los obispos franceses consejo al Vaticano. Guerry, por su parte, consideraba oportuno seguir «la regla general de devolver los niños de origen judío a las comunidades judías». Y sobre los niños judíos bautizados, pese a las sabias prohibiciones de la jerarquía, sugería pedirle al Papa que fueran «dispensados de la ley eclesiástica». Es decir, de las normas canónicas que respondían «a la convicción, muy arraigada en la Iglesia, de que las realidades espirituales son las más importantes, porque afectan a la vida eterna, y por consiguiente, han de ser siempre tuteladas y defendidas, por lo que un niño que haya recibido el bautismo ha de tener asegurada la educación cristiana. Cosa que puede llevarse a cabo sólo si las personas que lo cuidan son cristianas» (G. Sale). Guerry aducía como precedente el caso de una muchacha judía convertida al catolicismo, a la cual, por orden de Pío XII, se le había permitido volver con su familia original, que se había opuesto a la conversión. Frente a las peticiones de los obispos franceses, «y sin valorar la cuestión (si bien parecía compartir la opinión de Guerry y Gerlier), el nuncio Roncalli a su vez pidió al Vaticano instrucciones detalladas» (Napolitano). Su carta, con los anexos, llegó al Vaticano al 5 de septiembre de 1946.
Las solicitudes que salieron de la nunciatura de París hacia la Secretaría de Estado desencadenan en el Vaticano los lógicos trámites y solicitudes de juicio con idas y venidas de la documentación de un dicasterio a otro. Según la citada reconstrucción de Napolitano, a mediados de septiembre del 46 desde el Santo Oficio sale hacia la Secretaría de Estado «un apunte con las normas de conducta del caso», que volvía a ofrecer los contenidos del pronunciamiento elaborado ya el 27 de marzo ante las peticiones presentadas al Papa por el rabino Herzog. Según este apunte se prepara en la Secretaría de Estado un despacho, que el “ministro de Exteriores” vaticano Domenico Tardini envía a París, al nuncio Roncalli, el 28 de septiembre del 46. Este despacho, escrito en italiano y reproducido en una nota en el artículo de la Civiltà Cattolica, es el documento efectivamente salido de Roma. En él Tardini «transcribe palabra por palabra» las instrucciones ya dispuestas por el Santo Oficio sobre la cuestión, para que el nuncio de París las haga llegar a los obispos franceses. De este “despacho” de Tardini la nunciatura de París prepara un extracto (publicado por Tornielli en Il Giornale el pasado 11 de febrero) en el que se ofrece todo el aparato de instrucciones llegadas del Santo Oficio. El texto mecanografiado de veinte líneas en lengua francesa publicado por Melloni resulta ser, a la luz de los hechos, una reproducción posterior no literal de las indicaciones vaticanas, una nota preparada también por la nunciatura, para uso de los obispos franceses. El despacho vaticano representa, pues, la “matriz” de la nota en francés preparada por la nunciatura. Tanto es así que en el Centro nacional de los archivos de la Iglesia de Francia, indicado por Tornielli como fuente de procedencia también del extracto del despacho de Tardini por él publicado, ambos documentos se recogen en un único fascículo, en la posición 7 CE del archivo de la secretaría del episcopado francés, junto con un tercer folio con la minuta del extracto.
En ambos documentos (el extracto del despacho enviado desde Roma y la posterior nota de la nunciatura) aparece la misma anotación escrita a mano en francés: «Document communiqué le 30/4/47 a S. Em. Le C.al Gerlier». Indicio de que quizá ambos documentos fueron entregados materialmente al presidente de los obispos franceses, sólo algunos meses después de la llegada de las instrucciones desde Roma.
Un punto abierto
El cotejo de los dos textos (el extracto del despacho de la Secretaría de Estado y la nota redactada por la nunciatura, reproducidos de forma sinóptica en los dos recuadros de la pág. 51 confirma que ambos se ofrecen como instrucciones de respuestas que dar a las peticiones de personalidades religiosas o instituciones judías. Este, y no la respuesta a posibles peticiones procedentes de las familias de los niños judíos, es el objeto de ambos. La nota hace relación al comienzo a las «institutions juives» que solicitan la devolución de los niños judíos cuidados en familias e instituciones católicas durante la ocupación nazi. El extracto del despacho enviado desde el Vaticano cita incluso la «petición del gran rabino de Jerusalén», a quien «los eminentísimos padres» del Santo Oficio habían respondido ya en la citada sesión del 27 de marzo. Precisamente los criterios generales establecidos en aquella ocasión por el Santo Oficio se vuelven a dar tanto en el despacho vaticano como en la nota preparada por la nunciatura, como instrucciones a las que los obispos franceses se deberían atener a la hora de responder a las solicitudes judías.
Los textos de ambos documentos reproducen con fórmulas y palabras distintas las mismas instrucciones. Se sugiere que no se responda por escrito a las peticiones de procedencia judía para evitar que las respuestas pudieran ser instrumentalizadas. En las posibles respuestas, hay que dejar claro que la Iglesia se reserva el derecho de valorar cada caso. Que los niños que hubieran sido bautizados no podrían darse «a instituciones que no puedan garantizar su educación cristiana» y que incluso a los no bautizados que estuvieran bajo la protección de la Iglesia y que no tuvieran ya familiares, no se les podría devolver a quienes –personas o instituciones– no alegaran ningún derecho sobre ellos.
Sólo en los incisos sobre la actitud que adoptar frente a posibles solicitudes procedentes de familiares de los niños se advierte en los dos documentos una diferencia que deja abierta la posibilidad de formular varias hipótesis de interpretación. La nota de la nunciatura, en el punto cinco, aclara que los niños pedidos por los familiares han de ser devueltos, «siempre que no hayan sido bautizados». El despacho enviado por el Vaticano, resumido por la propia nunciatura, después de excluir la devolución de los niños a instituciones que no tienen ningún derecho sobre ellos, cierra la serie de instrucciones con una fórmula general («otro asunto sería si los niños fueran pedidos por sus familiares»), fórmula que si bien alude a la “diversidad” con la que se habrían de tratar las solicitudes de las familias con respecto a las de las instituciones, evita de todos modos la cuestión, sin ofrecer ninguna instrucción positiva sobre el tema.
Durante la polémica periodística, precisamente basándose en esta diferencia entre los dos documentos, la nota preparada por la nunciatura fue definida como una «síntesis bastante imperfecta» (Napolitano) de las instrucciones procedentes del Santo Oficio. En efecto, la nota de la nunciatura afirma la posibilidad de devolver a las familias sólo a los niños no bautizados, con una formulación indirecta que parece excluir la posible devolución a sus familiares de los niños bautizados. Al mismo tiempo, ni siquiera el despacho de Tardini contiene en positivo la clara recomendación de devolver a los niños a los padres que los pidieran, si aquéllos habían sido bautizados. Según el padre Sale, sobre este punto las instrucciones vaticanas y la nota de la nunciatura mantuvieron un margen intencional de indefinición. Una especie de reticencia estudiada que, evitando entrar en contradicción evidente con normas y doctrinas canónicas sobre los deberes que vinculan a la Iglesia con los bautizados, abriera el camino a soluciones concretas que tenían en cuenta la situación anómala en la que los bautismos fueron administrados. Una ambigüedad con la que de alguna manera se pretendía «dejar a los obispos, en este tema tan controvertido, cierta libertad de acción» (G. Sale). Lo cierto es que precisamente sobre los casos de los niños judíos bautizados los obispos franceses habían pedido instrucciones precisas. Detalles que pudieran aclarar este punto delicado podrían quizá proceder del cotejo con el pronunciamiento formulado en relación a la cuestión por el Santo Oficio ya en marzo del 46, y aún sin publicar.
Los hechos y los prejuicios
Como ha reconocido el cardenal Camillo Ruini, la publicación coral de documentos de archivo ha permitido dar «respuestas precisas y adecuadas» a las «polémicas no nuevas, alejadas de la verdad histórica e inútilmente facciosas» que desde un principio se han interpuesto con el debate historiográfico. El punto álgido de la facciosidad se alcanzó muy pronto, con el artículo del polemista Daniel Goldhagen publicado en el Corriere della Sera ya el 4 de enero, en el que se denigraba a Pío XII como raptor de niños judíos y jefe «de una Iglesia que difundió un feroz antisemitismo precisamente mientras los judíos eran exterminados». Cuando después se supo que el documento inicialmente publicado por el Corriere era una nota redactada por la nunciatura de París, por una grotesca igualdad de oportunidades de la injuria, se acusó más o menos veladamente de antisemitismo a su titular, el futuro Papa bueno. «El documento “estremecedor» lo escribió Roncalli» sentenciaba el título de un artículo de Il Giornale el pasado 5 de enero. El mismo día en el Corriere della Sera se hacían insinuaciones sobre las presuntas simpatías por la Alemania hitleriana del entonces diplomático vaticano.
Pese a los esfuerzos conjuntos de los detractores, las figuras de Pacelli y Roncalli salen quizá aún mejor paradas, destacadas sobre el claroscuro de los acontecimientos concretos recreados por las recientes investigaciones históricas y periodísticas. Como el episodio romano de la mujer judía que en el 44 había pedido el bautismo para sí y para sus dos hijos, en el convento de hermanas franciscanas misionarias de la Balduina donde estaban alojados. Al final de la guerra, la mujer abandona el convento de las franciscanas dejando en él a sus dos hijos. Se volvió a presentar a la puerta del convento en noviembre del 47, acompañada por representantes de una organización judía, pidiendo que le devolvieran a sus hijos, diciendo que se había arrepentido y que quería devolverlos a su comunidad de origen. En cuarenta y ocho horas se somete el caso directamente a Pío XII, que ordena la inmediata devolución de los hijos a la madre. Un episodio fundamental para comprender la sensibilidad individual del papa Pacelli, que cuando se vio implicado personalmente en un caso concreto tan delicado, y pese a conocer las normas canónicas sobre los derechos que adquiere la Iglesia sobre los fieles en virtud del bautismo válidamente administrado, no se refugia en las normas eclesiásticas, a las que sigue siendo fiel, sino que resuelve la situación aplicando el buen sentido, que en él es el reflejo del sensus fidei. El mismo buen sentido, el mismo realismo flexible frente a las circunstancias controvertidas de la vida que atestiguan por lo común en aquellos primeros años de la posguerra obispos, sacerdotes, monjas, fieles de toda Europa, en la que la gran mayoría de los casos controvertidos se resuelven sin laceraciones.

Aquí arriba, Angelo Roncalli, nuncio apostólico en París
Después del huracán de la guerra, y frente al torbellino incontrolable de los sentimientos, los sufrimientos, las heridas, las exasperadas reivindicaciones de identidad que marcan la posguerra, Pacelli y Roncalli, cada cual con su propia índole y su propia historia, con sus flexibilidades y sus propios límites, son testigos e intérpretes concordes de un modus agendi eclesial, de una sensibilidad –la misma de que hicieron gala en aquellos mismos años en la Secretaría de Estado Tardini y Montini– que merecen sin duda alguna que sean investigados con libertad por los historiadores. Pero que, sin duda alguna, ya entonces, mucho antes del Concilio ecuménico Vaticano II, daban muestras de no sentir ninguna añoranza por los tiempos de las conversiones y los bautismos forzados.