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HISTORIA
Sacado del n. 01/02 - 2005

Los obispos y el atentado


¿Qué sabían las jerarquías eclesiásticas alemanas del intento de golpe de Estado del 20 de julio de 1944? ¿Estaban en contacto directo con los disidentes y al corriente del plan de los conspiradores contra Hitler? Un documento hasta ahora desconocido dice que…


por Stefania Falasca


Hitler y Mussolini inmediatamente después del atentado contra el cuartel general del Führer en Rastenburg el 20 de julio de 1944

Hitler y Mussolini inmediatamente después del atentado contra el cuartel general del Führer en Rastenburg el 20 de julio de 1944

«Coûte que coûte… cueste lo que cueste, el atentado se ha de hacer». Henning von Tresckow, el más decidido de los adversarios del régimen en las altas jerarquías del Estado nazi, había sentenciado con estas palabras la necesidad de «un último y decisivo gesto» para poner fin a la barbarie de la cruz gamada. A las 12,00 de aquel 20 de julio de 1944 en Rastenburg, el aristocrático coronel Claus Schenk von Stauffenberg se retiró pocos minutos a rezar antes de entrar en la “Guarida del lobo” para colocar el explosivo que la iba a volar. Pero aquel día, una vez más, Adolf Hitler salió indemne de la cita con la muerte. El golpe de Estado, que quizá hubiera podido salvar la vida de millones de personas y lavar por lo menos el honor de Alemania, había fracasado. Lo demás es conocido.
Aquella misma tarde Stauffenberg y los otros militares conjurados son fusilados. Hitler, dirigiéndose al pueblo alemán, declara que el intento de eliminarlo no había sido más que la obra de «una reducida camarilla de oficiales ambiciosos e irresponsables», contra los que actuaría «como los nacionalsocialistas estamos acostumbrados a hacer»: «Quiero que se les ahorque, que los cuelguen como ganado de los ganchos del matadero»1. Para que «arregle pronto el asunto» delega en el sanguinario presidente del Volksgerichtshof, el Tribunal del pueblo, Roland Freisler. El 8 de agosto fueron los primeros ajusticiamientos. Tampoco la prensa internacional se aleja de lo que se repite en Alemania. El New York Times escribe que el atentado contra Hitler hacía pensar más «en la atmósfera de un oscuro mundo criminal que en lo que uno se esperaría del cuerpo normal de oficiales de un Estado civil». El Herald Tribune no se queda corto: «A los americanos no les disgustará que la bomba no haya acabado con Hitler y que ahora éste se libere personalmente de sus generales. Por lo demás, los americanos no tienen nada que ver con los aristócratas, en especial con los que hacen honor a las puñaladas». También el premier inglés Winston Churchill, pese a tener conocimiento de muchas cosas, incluso de asuntos relacionados con los intentos de finales de los años treinta de acabar con el régimen por parte de la resistencia alemana, en su mensaje a la Cámara de los Comunes del 2 de agosto de 1944 liquida el atentado contra la “Guarida del lobo” «como una lucha de poder entre generales del Tercer Reich»2.
La caza contra el hombre por parte de los hombres del Volksgerichtshof, que comenzó la misma tarde del atentado, llevó en pocas semanas al arresto de seiscientas personas. A mediados de agosto el número llegó a cinco mil. A mediados de septiembre, cuando se pensaba que los mayores responsables habían sido ajusticiados, los investigadores descubrieron documentos secretos que contenían los planes de un golpe de Estado que había sido preparado a finales de los años treinta. Sorprendido por las ramificaciones de la disidencia, el propio Hitler, que inicialmente había pensado en procesos espectaculares, con audiencias filmadas y retransmisiones radiofónicas, tuvo que renunciar a ello bien pronto, por lo que al final la prensa ni siquiera dio noticia de las ejecuciones.
Pese a que la historiografía sobre el nazismo ha sido unánime durante muchos años a la hora de afirmar que durante la dictadura no hubo ningún tipo de oposición al régimen hitleriano, y la identificación entre nazis y pueblo alemán ha sofocado en el silencio las muertes de estos hombres, hace tiempo que quedó demostrado que la resistencia que desembocó en el atentado del 20 de julio no fue la empresa de pocos oficiales sin apoyo alguno, sino un verdadero intento de golpe de Estado, planeado con cuidado y con una vasta y ramificada participación en la que confluyeron distintas ramas de la disidencia militar y civil. Entre los numerosos testimonios ejemplares durante los procesos ante el Tribunal del pueblo, sobresale el del burgomaestre de Leipzig, Carl Friedrich Goerdeler, líder de la disidencia civil, quien defendió con fuerza y valor el trabajo llevado a cabo durante años por la resistencia civil y militar. «Para él», escribe su biógrafo, «el 20 de julio no fue simplemente un golpe de Estado, sino que se trató de la sublevación de un pueblo entero representado por las mejores mentes y los más nobles de todas las clases sociales, de todos los partidos, desde la derecha a la izquierda, y de ambas Iglesias cristianas»3.
El polo de la disidencia civil del nazismo lo constituían en Berlín los socios del llamado Círculo de Kreisau, que se reunían alrededor de algunas figuras de gran enjundia moral y religiosa, como el conde Helmuth James von Moltke y el conde Peter Yorck von Wartenburg. Del Círculo formaban parte varios intelectuales, socialistas, teólogos y miembros de la Iglesia luterana y algunos jesuitas, como el padre Alfred Delp, redactor de la revista Stimmen der Zeit, el padre Augustinus Rösch, provincial de Baviera, con su secretario, el padre Lothar König, junto con ex sindicalistas y ex miembros del Zentrum, el viejo partido de centro de inspiración cristiana. En el Círculo de Kreisau muchos de los miembros eran contrarios por motivos religiosos al tiranicidio. Pero a partir del 42, forzados por los acontecimientos polacos y cuando se supo de la existencia de las cámaras de gas reservadas a los judíos y disidentes, algunos sacaron a relucir la teoría del mal menor, que se consideraba más conforme con la doctrina cristiana4. Casi todos los miembros del Círculo y sus simpatizantes fueron arrestados, torturados y ajusticiados. El primero fue el conde Peter Yorck, que fue colgado de los ganchos de carnicero el 8 de agosto del 44. Al teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer le tocó la misma suerte el 9 de abril del 45. El padre Alfred Delp subió al patíbulo el 23 de enero de aquel año, junto al conde Von Moltke.
Una carta del arzobispo de Friburgo, Konrad Gröber, enviada en aquellos días al nuncio de Berlín, informa sobre aquellos hechos: «Si esta vez escribo a vuestra excelencia es para pedirle que informe a la Santa Sede de que muchas personas, que antes formaban parte del Zentrum, fueron arrestadas ayer por la mañana. […] Sólo aquí en Friburgo serán unos cincuenta entre hombres y mujeres, católicos sin tacha, los que han corrido esta suerte. […] Yo hasta el momento he hecho lo que estaba en mis manos. Pero he creído que era mi deber hacerlo saber también a vuestra excelencia, dado que se trata de personalidades que tanto el Santo Padre como usted conocen personalmente. Añado que esta oleada de detenciones no ha afectado a eclesiásticos»5.
Pío XII con el cardenal de Múnich, Michael von Faulhaber

Pío XII con el cardenal de Múnich, Michael von Faulhaber


Contactos arriesgados
Pero ¿qué sabían las altas jerarquías eclesiásticas del atentado? ¿Estaban al corriente los prelados alemanes del plan de los conspiradores? ¿Qué actitud tuvieron ante el hecho?
La Gestapo de Colonia, en una relación enviada a Berlín, advertía de «que muchos se habían asombrado de la ausencia de comentarios por parte de los obispos» y que «la mayor parte del clero lamenta para sus adentros que fallara el atentado contra Hitler». La reserva de la Iglesia católica con respecto al atentado fue comentada por un jerarca nazi con estas palabras: «Es típico de la actitud del clero que ni siquiera un sacerdote, incluidos los obispos, haya dicho una palabra de repulsa por el atentado de los traidores contra el Führer o se haya alegrado por haber salido indemne»6.
El nuncio apostólico ante el Reich, Cesare Orsenigo, como ha argumentado ampliamente el jesuita Giovanni Sale, historiador y escritor de la Civiltà Cattolica, es posible «que hubiera sido mantenido totalmente al margen por los conjurados sobre los preparativos del atentado contra Hitler del 20 de julio». «La dinámica de los hechos que él expone en la nota informativa enviada a la Secretaría de Estado vaticana un año después del fallido atentado», afirma Sale, «pone en evidencia que la tesis que él sostiene es la del falso complot político» y que de todos modos él «tras el atentado, aceptaba como buena, como todas las cancillerías europeas, la versión de los hechos divulgada por Hitler»7.
Se ha descubierto, sin embargo, que en los años 1942-43 el Vaticano no ignoraba completamente lo referido al intento de acabar con Hitler. La Santa Sede disponía también de otros canales de información, mediante los cuales el propio Pío XII se mantenía en contacto con la resistencia alemana. Y no solo con las noticias secretas que le llevaba el abogado, católico practicante, Josef Müller, «el hombre enlace entre los servicios secretos del Abwehr y el Vaticano». Según un informe de los servicios secretos americanos (Oss), fechado el 20 de agosto del 44 y basado en un coloquio del agente H. Stuart Hughes con el jesuita bávaro Georg Leiber, que había sido secretario de Pacelli en la época de la nunciatura en Alemania y estaba en contacto con Pío XII, las fuentes de información del jesuita Leiber estaban en aquella disidencia que incluía a algunos miembros del Círculo de Kreisau, el general Hans Oster, líder de la resistencia en el contraespionaje militar, Hans von Dohnayi y también el teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer8. Después del arresto de estos y de Müller, el enlace entre los disidentes y el Vaticano pasó a ser Hans Bernd Gisevius, delegado del Abwehr en Suiza, quien el 20 de julio estaba entre los conjurados presentes en el edificio de la Bendlerstrasse, donde Stauffenberg y los demás altos oficiales fueron fusilados. Además, no es ningún misterio que el propio Stauffenberg, católico practicante, era amigo de algunos socios del Círculo de Kreisau, por no decir de algunos influyentes jesuitas y de numerosos prelados alemanes.
Es lógico preguntarse, llegados aquí, si algunos de estos prelados alentó con sus consejos o con su tácita aprobación el atentado contra el dictador; atentado que algunos conjurados consideraban, utilizando categorías conceptuales propias de la moral católica, como un tiranicidio en toda regla.
La fuente escrita de la que proceden los elementos que prueban los contactos y los intercambios entre los ambientes de la disidencia activa tanto civil como militar y las altas jerarquías eclesiásticas alemanas está representada por el diario y las cartas del conde Von Moltke, fundador del Círculo de Kreisau.
Por el diario de Von Moltke sabemos que algunos importantes obispos estaban cercanos a la resistencia. En el diario se citan los nombres de dos de los prelados más decididamente opositores del nazismo: Konrad von Preysing, obispo de Berlín, y Clemens August von Galen, obispo de Münster; a estos se añaden el obispo de Fulda, Johannes Dietz, presidente de la Conferencia episcopal, y el cardenal de Munich, Michael von Faulhaber. El obispo Von Preysing está incluso en la lista de los «participantes esporádicos» en las reuniones del Círculo que tenían lugar en Berlín normalmente en la casa de Peter Yorck. Von Moltke había entrado en relación con el obispo en septiembre de 1941 y a partir de esta fecha los encuentros entre los dos fueron frecuentes: «La tarde de ayer pasada con Preysing», anota en su diario Von Moltke, «fue muy satisfactoria. Me pareció que él también estaba satisfecho. […] Enseguida me invitó a volver, lo que haré a intervalos de unas tres semanas»9. El 13 de noviembre el conde volvió a casa del obispo. El encuentro fue confidencial. El obispo le habló entre otras cosas del anciano arcipreste de la Catedral, Bernhard Lichtenberg, que había sido arrestado acusado de «actitud antinazi» por haber rezado junto a judíos y le leyó el resumen de los interrogatorios que aquel mismo día le había mandado la Gestapo10. El vínculo entre “el alma” del Círculo de Krisau y el obispo de Berlín, como se deduce también por otros fragmentos del diario, fue intenso.
El conde Helmuth von Moltke, fundador del Círculo de Kreisau, ante el Tribunal del pueblo

El conde Helmuth von Moltke, fundador del Círculo de Kreisau, ante el Tribunal del pueblo

El 1 de agosto de 1942 escribía Von Moltke: «Por la tarde llegaron desde Munich el padre Delp y el padre König quienes, pasando por Fulda, se habían reunido con el obispo de aquella ciudad. […] Creo que entre esta gente se ha creado la base de confianza necesaria para seguir adelante, aun más cuando, todavía más importante, Delp, que había venido por encargo de los obispos Faulhaber, Preysing y Dietz, nos transmitió a Karl Miriendorff y a mí la invitación para una reunión…»11. En enero de 1943 Von Moltke, de paso en Munich (donde se reunió con sus amigos jesuitas Rösch, König, Delp y el abogado Josef Müller), tuvo la oportunidad de verse con el cardenal Von Faulhaber a quien puso al corriente de los planes que se estaban preparando. «Después de escuchar», anota en su diario el conde, «el cardenal insistió en la estipulación de un concordato entre el Vaticano y el nuevo Estado alemán»12, el que debía instaurarse tras el golpe de Estado.
Es cierto, además, que poco antes del 20 de julio, el propio artífice del atentado Stauffenberg se había reunido con el obispo Von Preysing. El prelado, sin embargo, incluso después de acabar la guerra, nunca quiso revelar el contenido de aquella conversación. Tampoco decía palabra sobre sus contactos directos con los miembros de la disidencia. Sin embargo, sabemos, como recuerda el jesuita alemán Peter Gumpel, que el obispo de Berlín estaba en la lista de las investigaciones del Tribunal del pueblo, pero Von Preysing escapó airoso de las garras del tristemente célebre Roland Freisler por la muerte de éste, ocurrida en febrero del 45 durante un bombardeo aéreo.

Noviembre del 43.Goerdeler se entrevista con Von Galen
Hasta aquí todo lo que se conoce sobre la densa y significativa red de relaciones entre algunos prelados del episcopado alemán y los distintos ambientes de la resistencia activa que llevaron al atentado del 20 de julio, todo ello olvidado hasta hace poco tiempo por la historiografía. Sin embargo, incluso la escasa e incompleta documentación que puede encontrarse sobre el tema, debido al hecho inevitable de que bajo una dictadura la férrea regla es no dejar nada escrito, no ha permitido reconstruir totalmente la intensidad e influencia de estas relaciones. Como tampoco ha permitido formular certezas sobre qué es lo que realmente llegaron a saber los obispos de las modalidades de aquel «último y decisivo gesto».
Pero ahora existe otro elemento que se añade e ilumina el cuadro de estas relaciones. Relaciones sustanciales que vuelven a mostrar una vez más que también las altas jerarquías eclesiásticas no sólo estaban cerca de la disidencia militar y civil, sino que podían incluso estar al corriente de los planes para desbancar el régimen del terror nazi y apoyarlos. Bajo esta perspectiva adquiere una importancia relevante el documento que aquí publicamos por primera vez: el testimonio de Hermann Josef Pünder, ex secretario de Estado de la Cancillería del Reich, encerrado en un campo de concentración tras el atentado contra Hitler del 20 de julio y amigo personal del obispo de Münster, Clemens August von Galen.
El teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer (el segundo por la izquierda)

El teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer (el segundo por la izquierda)

El documento está contenido en la Positio super virtutibus relacionada con el prelado alemán. La carta de Pünder, fechada el 26 de junio de 1946, va dirigida al biógrafo y ex secretario de Von Galen, Heinrich Portmann, y acompaña su declaración en el proceso canónico13. En la carta Pünder refiere que fue el enlace para el encuentro secreto de noviembre de 1943 en Münster entre el obispo Von Galen y el personaje más relevante de la resistencia civil: el ex burgomaestre de Leipzig Carl Friedrich Goerdeler. Recordemos que Goerdeler, exponente político de los ambientes nacionalconservadores, había trabajado a finales de los años treinta para que las potencias extranjeras adoptasen una actitud más intransigente con Hitler y, tras convertirse en el eje de las distintas disidencias civiles y militares, fue el hombre designado para el papel de canciller del Estado alemán en los plantes de la futura nueva Alemania tras el derrocamiento de Hitler14.
El encuentro entre Von Galen y Goerdeler, a finales del 43, ocurrió en una fase crucial de las acciones de la disidencia. Después de que en enero de aquel año las potencias aliadas anunciaran la fórmula de la «rendición incondicional» de Alemania, a Goerdeler, como otros de la disidencia que habían tratado de entablar negociaciones para llegar a una paz separada con las potencias occidentales, le había decepcionado profundamente la petición. De modo que a finales de julio, tras el arresto de Müller y de otros miembros de la resistencia por el contraespionaje militar, Stauffenberg y los otros militares disidentes decidieron el plan “Walquiria” para derrocar el régimen. Y cuando en octubre Stauffenberg cubrió el cargo de jefe de Estado mayor de la oficina de Asuntos generales del ejército, la responsabilidad de poder actuar deprisa fue más concreta. Pünder no refiere el contenido de la conversación entre Goerdeler y Von Galen, pero afirma «que los dos estaban muy contentos de haberse conocido» y que Goerdeler se consideraba satisfecho «de haber hallado también en el obispo de Münster una persona calurosamente simpatizante con el movimiento de resistencia que él capitaneaba». En la carta atestigua que el nombre de Von Galen estaba en los protocolos de la Gestapo como persona visitada por Goerdeler durante el período de preparación del golpe de Estado. Recuerda además que, cuando lo volvió a ver tras la caída del régimen y volviendo sobre los hechos de aquel noviembre del 43, «conocidos sólo por nosotros dos», Von Galen «deploró la muerte violenta de Goerdeler, a quien había conocido como alemán recto y hombre realmente cristiano».
Una señal más del valeroso objetivo que se habían trazado estos hombres con conciencia, tratando «de preservar a Alemania de una miseria sin nombre»15 y de salvarse a sí mismos y a Alemania de la inaceptable barbarie de aquellos «”pequeños hombres” que se habían creído omnipotentes como Dios» y con los que, como había dicho públicamente el obispo de Münster, «no podemos sentirnos miembros del mismo pueblo».


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