«He hecho mi deber, gracias a Dios»
En 1944 la nunciatura de Budapest salvó de los nazis a decenas de miles de judíos. Monseñor Gennaro Verolino estaba allí. Esta es su primera entrevista
por Giovanni Cubeddu
Monseñor Gennaro Verolino ya ha cumplido
98 años. Es impresionante escuchar las narraciones de un testigo ocular de los
años en los que los nazis perseguían la solución final. Con el límpido candor
de su mirada benévola monseñor Gennaro, toda una vida transcurrida en la
Secretaría de Estado, de minutante a nuncio, cuenta hoy una historia de la que
fue actor sin haber buscado nunca protagonismo, sino cumpliendo su deber de
cristiano.

En 1944 Hungría –que hasta entonces, pese
a una severa legislación racial, había ofrecido refugio relativamente seguro
incluso a los judíos que escaparon de Polonia y Eslovaquia– fue poco a poco
siendo ocupada por las tropas alemanas y se convirtió en uno de los países en
donde fue más atroz la persecución homicida nazi. Gennaro Verolino estaba allí,
como secretario de la nunciatura a cuyo mando estaba monseñor Angelo Rotta, y
junto con los diplomáticos de los países entonces neutrales trabajó para salvar
el mayor número posible de judíos del viaje que los llevaría a morir a Auschwitz
o a Austria. En aquellos meses de ocupación nazi la nunciatura redactó y
distribuyó a los judíos entre 25 y 30 mil “cartas de protección”, con las que
se podía evitar la deportación.
El pasado mes de octubre el gobierno de Estocolmo otorgó a monseñor Verolino el premio “Per Anger”, en honor del valiente embajador sueco en aquellos años en Budapest.
Monseñor Verolino nos abrió de par en par su casa romana y sus recuerdos el 26 de enero, poco antes de la “jornada de la memoria”, en que se celebraban los sesenta años de la entrada de las tropas del Ejército rojo en Auschwitz.
¿Qué relaciones tenía la nunciatura con la comunidad judía húngara?
GENNARO VEROLINO: Las relaciones no eran nada del otro mundo. Pero cuando se trató de ayudarlos, cuando hubo necesidad, la nunciatura intervino para salvar a los judíos. Mandábamos notas de protesta al gobierno contra las persecuciones y expedíamos certificados con los que estas personas conseguían salvarse, es decir, cartas de protección en las que se afirmaba simplemente que el portador estaba bajo la tutela de la nunciatura. Gracias a estos documentos los judíos podían evitar que se les metiera en los convoyes “oficialmente” enviados a Alemania, donde, según los nazis, los judíos iban a “trabajar”. Pero, ¿cómo íbamos a creerles si se llevaban a viejos de ochenta años o a niños pequeños? No era verdad, pero los nazis querían engañar a la gente. A menudo conseguimos impedir que se llevaran a aquellos pobrecillos. A veces también mandábamos camiones para devolver de nuevo a Budapest a los que ya iban camino de la deportación.
Usted iba a los oficiales nazis para pedir que fuera reconocida la validez de las cartas de protección de la nunciatura…
VEROLINO: Sí, a veces ponían pegas, y entonces íbamos a hablar con ellos, pero sobre todo pedía ayuda a las autoridades húngaras locales. De este modo salvábamos a alguno más. El gobierno húngaro era más accesible, se podía conseguir que nos escuchara con más facilidad. Desde luego, en el momento de la verdad también ellos tenían que vérselas con los nazis, pero era la única manera de hacer algo…
¿Le habló alguien alguna vez de Auschwitz?
VEROLINO: La nunciatura se preocupaba por hacer que volvieran los que iban destinados allí, precisamente porque temíamos lo peor… Los guardias que acompañaban a los deportados hablaban, contaban… Naturalmente, la policía y los gendarmes húngaros no nos decían directamente nada a nosotros, pero de alguna manera nos enterábamos de cosas a través de hombres de buena voluntad.
¿Cómo se ponían los judíos en contacto con ustedes para pedir ayuda?
VEROLINO: Venían a la nunciatura, las puertas estaban abiertas para todos, no se les cerraban a nadie, fuera quien fuera. Nosotros no preguntábamos ni siquiera de qué religión se era. Pedían esta protección, y se les daba.
Quizá hasta puede que fueran para espiar las actividades de la nunciatura…
VEROLINO: Psé, no era necesario…
En una nota, monseñor Montini le preguntaba cuántas cartas de protección había escrito.
VEROLINO: Es difícil decirlo porque no las contamos, pero yo diría que entre las veinticinco y las treinta mil. Todas ellas salieron de la nunciatura en menos de un año.
¿Cómo llegaban a sus destinatarios?
VEROLINO: Venían ellos a recogerlas a la nunciatura. Nosotros ya sólo hacíamos eso, las “cartas”. Todos los demás trabajos fueron arrinconados, pensábamos sólo en escribir el texto de las cartas de protección: se escribía el nombre de la persona y abajo la protección de la nunciatura, luego seguía la firma del nuncio, y con eso bastaba. Delante de la nunciatura se formaban colas interminables, más largas que las que se formaban ante las tiendas de comida. La cola para los certificados era más larga.
A muchos judíos se les dio hospitalidad en la nunciatura, ¿no es así?
VEROLINO: Vivían con nosotros en la nunciatura, ni siquiera salían por el miedo a los nazis. Todas nuestras oficinas y las habitaciones habían sido puestas a su disposición, y los judíos vivieron con nosotros todo aquel tiempo.
¿Cómo se llegó a que vivieran con ustedes?
VEROLINO: Llamaron a la puerta, pidieron protección, sobre todo al nuncio, y se la dimos.
Decenas de miles de cartas sólo para los judíos húngaros…
VEROLINO: Para todos los judíos que venían. Sobre el impreso se escribían los datos personales, y nada más. Había un grupo de judíos voluntarios –algunos se alojaban en la nunciatura– que, trabajando por turnos, ayudaban a escribir a máquina el texto, y el nuncio durante el día no hacía otra cosa que firmar papeles.
Pero tuvieron ustedes que luchar con la jerarquía episcopal húngara para que fuera más activa…
VEROLINO: Los obispos húngaros también trataban de salvar a esta pobre gente. No recuerdo que monseñor Rotta censurara públicamente a los obispos húngaros. La Iglesia húngara estaba de acuerdo con la nunciatura, los obispos trataron de hacerlo lo mejor que podían.
¿También los obispos húngaros les mandaban a la nunciatura a los judíos para que les dieran el certificado?
VEROLINO: Nosotros no preguntábamos nada. Quienquiera que quisiera un certificado lo tenía. Preguntábamos simplemente los datos personales necesarios para rellenar el impreso.
Se sabe que en Hungría había muchos judíos bautizados.
VEROLINO: Sí, eran bastantes, entre otras cosas porque también los había que se habían convertido antes de la guerra. Durante la ocupación muchos esperaban que se les tratara mejor. Pero la nunciatura trató de salvarlos a todos, sin distinción de religión, bautizados o no.
En Budapest había muchísimos judíos que se bautizaban, ya desde tiempos antiguos, ya muchos años antes.
Pero otros se bautizaron durante la guerra…
VEROLINO: Naturalmente. Cuando comenzó la persecución, algunos pensaron que sería más fácil salvarse convirtiéndose al cristianismo. En realidad no era así, porque las leyes de los nazis consideraban el origen racial.
¿Se bautizaba también a las personas que lo pedían sólo para salvar la vida?
VEROLINO: Se les bautizaba sólo cuando se trataba de conversiones sinceras.
Eran decisiones difíciles.
VEROLINO: ¿Cómo íbamos a saberlo en aquella situación? Tratábamos con cosas humanas, intentábamos conocer la verdad; a veces lo conseguíamos, otras no.
Cuando los judíos fueron encerrados en el gueto de Budapest, trataron ustedes de salvar a los niños…

VEROLINO: También en aquella ocasión
enviamos notas de protesta al gobierno y tratamos de meter a los niños judíos
en los institutos religiosos. En general el gobierno húngaro respetaba los
lugares en los que la Iglesia había refugiado a aquella gente.
¿Llegó a bautizarse a alguno de estos niños? ¿Recuerda usted si alguien se quejó alguna vez de esto?
VEROLINO: Entonces no existía este problema. Nuestro principio era salvar a las personas respetando la religión de cada cual. La protección que dábamos era exclusivamente civil, era protección contra los nazis, que querían llevárselos. Los niños protegidos por la nunciatura en los institutos estaban generalmente con sus padres, con su carta de protección.
En aquella época el gobierno creó un Comité central judío. Escribe en sus notas el nuncio Rotta que este Comité «trata de sacrificar en primera línea» a los judíos bautizados «para satisfacer las exigencias del gobierno».
VEROLINO: Quizá se llevaron a más judíos bautizados que a otros.
No recuerdo de qué se ocupaba el Comité. Siento no poder responder a todas sus preguntas.
Se mandó a Auschwitz también a judíos bautizados…
VEROLINO: ¡Por supuesto! Los nazis no hacían ninguna distinción de religión, decían que “es la raza, la estirpe lo que nosotros combatimos, no la religión”.
¿Recibieron en la nunciatura amenazas de los nazis?
VEROLINO: Directamente no, sé que se discutía mucho de lo que hacíamos, incluso hablaba de ello la prensa. Pero gracias a Dios no pasó nada.
¿Temió alguna vez por su vida?
VEROLINO: A decir verdad, nunca me planteé el problema. Traté de hacer mi deber, y gracias a Dios nunca estuve en peligro. Pues sí, lo hice con gusto, porque era algo justo, y hoy lo volvería hacer de nuevo.
Se conocen las manifestaciones de agradecimiento de la época por parte de las organizaciones judías por la actividad de Pío XII y la Santa Sede. ¿Ha pensado alguna vez por qué posteriormente llegaron los reproches al papa Pacelli?
VEROLINO: Así funcionan las cosas de este mundo. Antes se aprueba, luego se censura. No sé qué decir. Habría que preguntárselo a quienes critican. Desde luego, la Iglesia y nuestra nunciatura trataron de hacer su deber y creo que lo hicimos bien.
¿Cuándo fue ordenado usted sacerdote?
VEROLINO: En 1928.
En 2003 celebró sus setenta y cinco años de sacerdocio…
VEROLINO: Son bastantes, yo era muy joven, tenía apenas veintidós años y pocos días cuando fui ordenado.
¿Por qué eligió el seminario?
VEROLINO: Tenía un tío, hermano de mi madre, que era sacerdote, un excelente sacerdote. Quizá su ejemplo me inspiró. De pequeño estuve en el seminario diocesano de Acerra, en la provincia de Nápoles, y luego en Posillipo, en el seminario regional, en los últimos años de la escuela, el bachillerato y luego los estudios de filosofía y teología.
¿Cómo llegó a la Secretaría de Estado?
VEROLINO: Fui ordenado muy joven y todavía no podía ejercer de sacerdote, así que para no malgastar el tiempo me fui a Roma a estudiar derecho canónico y derecho civil en el Apollinare. Mis profesores eran de la Secretaría de Estado, así que luego se acordaron de mí y me llamaron.
¿Recuerda el impacto con la Secretaría de Estado? ¿Cuáles fueron sus primeros contactos?
VEROLINO: Monseñor Montini, luego el cardenal Ottaviani.
¿Recuerda qué le dijeron?
VEROLINO: Montini era muy amable y muy bueno, como también Ottaviani.
Ha visto usted a muchos papas durante su vida. ¿A cuál de ellos recuerda especialmente, o ha considerado más cercano a usted?
VEROLINO: Qué quiere que le diga, todos me parecían muy buenos y personas de grandes virtudes y preparación intelectual. Decir que éste era mejor que aquel otro es muy difícil…
Para seguir en el tema histórico, ¿qué recuerdos tiene de Pío XII?
VEROLINO: Muy buenos. Fui a verlo pocas veces, porque entonces yo sólo era un joven secretario, pero siempre me recibió con mucha deferencia y mucha bondad.
Una pregunta personal. Después de tantos años de sacerdocio, ¿cómo reza sus oraciones?
VEROLINO: Digo misa como se ha de decir. Se reza según la liturgia aprobada por la Iglesia. Por lo general yo sigo diciendo misa en latín.
¿Cuál es el santo de su devoción?
VEROLINO: San Genaro, mi protector… lo que se dice un gran santo, obispo y mártir…
El cardenal Sodano ha escrito una nota personal de agradecimiento una vez más a monseñor Verolino. En Nazaret hay una escuela dirigida por los frailes franciscanos donde los 749 pequeños alumnos han escrito una carta de agradecimiento a monseñor Gennaro, que les ha donado todo el dinero del premio que el pasado mes de octubre le otorgó el gobierno sueco.
En la entrega del premio estaban presentes también dos judíos húngaros que sobrevivieron gracias a él (un era Giorgy, el muchacho que lo acompañaba durante los viajes con los camiones para sacar de los trenes a los que iban ya camino de los campos de exterminio). Cuando se le acercaron, con lágrimas de agradecimiento, monseñor no habló, se persignó y los acarició.

Monseñor Gennaro Verolino
El pasado mes de octubre el gobierno de Estocolmo otorgó a monseñor Verolino el premio “Per Anger”, en honor del valiente embajador sueco en aquellos años en Budapest.
Monseñor Verolino nos abrió de par en par su casa romana y sus recuerdos el 26 de enero, poco antes de la “jornada de la memoria”, en que se celebraban los sesenta años de la entrada de las tropas del Ejército rojo en Auschwitz.
¿Qué relaciones tenía la nunciatura con la comunidad judía húngara?
GENNARO VEROLINO: Las relaciones no eran nada del otro mundo. Pero cuando se trató de ayudarlos, cuando hubo necesidad, la nunciatura intervino para salvar a los judíos. Mandábamos notas de protesta al gobierno contra las persecuciones y expedíamos certificados con los que estas personas conseguían salvarse, es decir, cartas de protección en las que se afirmaba simplemente que el portador estaba bajo la tutela de la nunciatura. Gracias a estos documentos los judíos podían evitar que se les metiera en los convoyes “oficialmente” enviados a Alemania, donde, según los nazis, los judíos iban a “trabajar”. Pero, ¿cómo íbamos a creerles si se llevaban a viejos de ochenta años o a niños pequeños? No era verdad, pero los nazis querían engañar a la gente. A menudo conseguimos impedir que se llevaran a aquellos pobrecillos. A veces también mandábamos camiones para devolver de nuevo a Budapest a los que ya iban camino de la deportación.
Usted iba a los oficiales nazis para pedir que fuera reconocida la validez de las cartas de protección de la nunciatura…
VEROLINO: Sí, a veces ponían pegas, y entonces íbamos a hablar con ellos, pero sobre todo pedía ayuda a las autoridades húngaras locales. De este modo salvábamos a alguno más. El gobierno húngaro era más accesible, se podía conseguir que nos escuchara con más facilidad. Desde luego, en el momento de la verdad también ellos tenían que vérselas con los nazis, pero era la única manera de hacer algo…
¿Le habló alguien alguna vez de Auschwitz?
VEROLINO: La nunciatura se preocupaba por hacer que volvieran los que iban destinados allí, precisamente porque temíamos lo peor… Los guardias que acompañaban a los deportados hablaban, contaban… Naturalmente, la policía y los gendarmes húngaros no nos decían directamente nada a nosotros, pero de alguna manera nos enterábamos de cosas a través de hombres de buena voluntad.
¿Cómo se ponían los judíos en contacto con ustedes para pedir ayuda?
VEROLINO: Venían a la nunciatura, las puertas estaban abiertas para todos, no se les cerraban a nadie, fuera quien fuera. Nosotros no preguntábamos ni siquiera de qué religión se era. Pedían esta protección, y se les daba.
Quizá hasta puede que fueran para espiar las actividades de la nunciatura…
VEROLINO: Psé, no era necesario…
En una nota, monseñor Montini le preguntaba cuántas cartas de protección había escrito.
VEROLINO: Es difícil decirlo porque no las contamos, pero yo diría que entre las veinticinco y las treinta mil. Todas ellas salieron de la nunciatura en menos de un año.
¿Cómo llegaban a sus destinatarios?
VEROLINO: Venían ellos a recogerlas a la nunciatura. Nosotros ya sólo hacíamos eso, las “cartas”. Todos los demás trabajos fueron arrinconados, pensábamos sólo en escribir el texto de las cartas de protección: se escribía el nombre de la persona y abajo la protección de la nunciatura, luego seguía la firma del nuncio, y con eso bastaba. Delante de la nunciatura se formaban colas interminables, más largas que las que se formaban ante las tiendas de comida. La cola para los certificados era más larga.
A muchos judíos se les dio hospitalidad en la nunciatura, ¿no es así?
VEROLINO: Vivían con nosotros en la nunciatura, ni siquiera salían por el miedo a los nazis. Todas nuestras oficinas y las habitaciones habían sido puestas a su disposición, y los judíos vivieron con nosotros todo aquel tiempo.
¿Cómo se llegó a que vivieran con ustedes?
VEROLINO: Llamaron a la puerta, pidieron protección, sobre todo al nuncio, y se la dimos.
Decenas de miles de cartas sólo para los judíos húngaros…
VEROLINO: Para todos los judíos que venían. Sobre el impreso se escribían los datos personales, y nada más. Había un grupo de judíos voluntarios –algunos se alojaban en la nunciatura– que, trabajando por turnos, ayudaban a escribir a máquina el texto, y el nuncio durante el día no hacía otra cosa que firmar papeles.
Pero tuvieron ustedes que luchar con la jerarquía episcopal húngara para que fuera más activa…
VEROLINO: Los obispos húngaros también trataban de salvar a esta pobre gente. No recuerdo que monseñor Rotta censurara públicamente a los obispos húngaros. La Iglesia húngara estaba de acuerdo con la nunciatura, los obispos trataron de hacerlo lo mejor que podían.
¿También los obispos húngaros les mandaban a la nunciatura a los judíos para que les dieran el certificado?
VEROLINO: Nosotros no preguntábamos nada. Quienquiera que quisiera un certificado lo tenía. Preguntábamos simplemente los datos personales necesarios para rellenar el impreso.
Se sabe que en Hungría había muchos judíos bautizados.
VEROLINO: Sí, eran bastantes, entre otras cosas porque también los había que se habían convertido antes de la guerra. Durante la ocupación muchos esperaban que se les tratara mejor. Pero la nunciatura trató de salvarlos a todos, sin distinción de religión, bautizados o no.
En Budapest había muchísimos judíos que se bautizaban, ya desde tiempos antiguos, ya muchos años antes.
Pero otros se bautizaron durante la guerra…
VEROLINO: Naturalmente. Cuando comenzó la persecución, algunos pensaron que sería más fácil salvarse convirtiéndose al cristianismo. En realidad no era así, porque las leyes de los nazis consideraban el origen racial.
¿Se bautizaba también a las personas que lo pedían sólo para salvar la vida?
VEROLINO: Se les bautizaba sólo cuando se trataba de conversiones sinceras.
Eran decisiones difíciles.
VEROLINO: ¿Cómo íbamos a saberlo en aquella situación? Tratábamos con cosas humanas, intentábamos conocer la verdad; a veces lo conseguíamos, otras no.
Cuando los judíos fueron encerrados en el gueto de Budapest, trataron ustedes de salvar a los niños…

PERSECUCIÓN. Una pareja de judíos del gueto de Budapest enseña la estrella amarilla impuesta por el gobierno en abril de 1944
¿Llegó a bautizarse a alguno de estos niños? ¿Recuerda usted si alguien se quejó alguna vez de esto?
VEROLINO: Entonces no existía este problema. Nuestro principio era salvar a las personas respetando la religión de cada cual. La protección que dábamos era exclusivamente civil, era protección contra los nazis, que querían llevárselos. Los niños protegidos por la nunciatura en los institutos estaban generalmente con sus padres, con su carta de protección.
En aquella época el gobierno creó un Comité central judío. Escribe en sus notas el nuncio Rotta que este Comité «trata de sacrificar en primera línea» a los judíos bautizados «para satisfacer las exigencias del gobierno».
VEROLINO: Quizá se llevaron a más judíos bautizados que a otros.
No recuerdo de qué se ocupaba el Comité. Siento no poder responder a todas sus preguntas.
Se mandó a Auschwitz también a judíos bautizados…
VEROLINO: ¡Por supuesto! Los nazis no hacían ninguna distinción de religión, decían que “es la raza, la estirpe lo que nosotros combatimos, no la religión”.
¿Recibieron en la nunciatura amenazas de los nazis?
VEROLINO: Directamente no, sé que se discutía mucho de lo que hacíamos, incluso hablaba de ello la prensa. Pero gracias a Dios no pasó nada.
¿Temió alguna vez por su vida?
VEROLINO: A decir verdad, nunca me planteé el problema. Traté de hacer mi deber, y gracias a Dios nunca estuve en peligro. Pues sí, lo hice con gusto, porque era algo justo, y hoy lo volvería hacer de nuevo.
Se conocen las manifestaciones de agradecimiento de la época por parte de las organizaciones judías por la actividad de Pío XII y la Santa Sede. ¿Ha pensado alguna vez por qué posteriormente llegaron los reproches al papa Pacelli?
VEROLINO: Así funcionan las cosas de este mundo. Antes se aprueba, luego se censura. No sé qué decir. Habría que preguntárselo a quienes critican. Desde luego, la Iglesia y nuestra nunciatura trataron de hacer su deber y creo que lo hicimos bien.
¿Cuándo fue ordenado usted sacerdote?
VEROLINO: En 1928.
En 2003 celebró sus setenta y cinco años de sacerdocio…
VEROLINO: Son bastantes, yo era muy joven, tenía apenas veintidós años y pocos días cuando fui ordenado.
¿Por qué eligió el seminario?
VEROLINO: Tenía un tío, hermano de mi madre, que era sacerdote, un excelente sacerdote. Quizá su ejemplo me inspiró. De pequeño estuve en el seminario diocesano de Acerra, en la provincia de Nápoles, y luego en Posillipo, en el seminario regional, en los últimos años de la escuela, el bachillerato y luego los estudios de filosofía y teología.
¿Cómo llegó a la Secretaría de Estado?
VEROLINO: Fui ordenado muy joven y todavía no podía ejercer de sacerdote, así que para no malgastar el tiempo me fui a Roma a estudiar derecho canónico y derecho civil en el Apollinare. Mis profesores eran de la Secretaría de Estado, así que luego se acordaron de mí y me llamaron.
¿Recuerda el impacto con la Secretaría de Estado? ¿Cuáles fueron sus primeros contactos?
VEROLINO: Monseñor Montini, luego el cardenal Ottaviani.
¿Recuerda qué le dijeron?
VEROLINO: Montini era muy amable y muy bueno, como también Ottaviani.
Ha visto usted a muchos papas durante su vida. ¿A cuál de ellos recuerda especialmente, o ha considerado más cercano a usted?
VEROLINO: Qué quiere que le diga, todos me parecían muy buenos y personas de grandes virtudes y preparación intelectual. Decir que éste era mejor que aquel otro es muy difícil…
Para seguir en el tema histórico, ¿qué recuerdos tiene de Pío XII?
VEROLINO: Muy buenos. Fui a verlo pocas veces, porque entonces yo sólo era un joven secretario, pero siempre me recibió con mucha deferencia y mucha bondad.
Una pregunta personal. Después de tantos años de sacerdocio, ¿cómo reza sus oraciones?
VEROLINO: Digo misa como se ha de decir. Se reza según la liturgia aprobada por la Iglesia. Por lo general yo sigo diciendo misa en latín.
¿Cuál es el santo de su devoción?
VEROLINO: San Genaro, mi protector… lo que se dice un gran santo, obispo y mártir…
El cardenal Sodano ha escrito una nota personal de agradecimiento una vez más a monseñor Verolino. En Nazaret hay una escuela dirigida por los frailes franciscanos donde los 749 pequeños alumnos han escrito una carta de agradecimiento a monseñor Gennaro, que les ha donado todo el dinero del premio que el pasado mes de octubre le otorgó el gobierno sueco.
En la entrega del premio estaban presentes también dos judíos húngaros que sobrevivieron gracias a él (un era Giorgy, el muchacho que lo acompañaba durante los viajes con los camiones para sacar de los trenes a los que iban ya camino de los campos de exterminio). Cuando se le acercaron, con lágrimas de agradecimiento, monseñor no habló, se persignó y los acarició.