Profunda tristeza

Karol Wojtyla, nacido en Wadowice el 18 de mayo de 1920 y fallecido en Roma el 2 de abril de 2005, ha sido el Papa número 264
Quizá formaba parte de los designios de la Providencia que un Papa llegado de la Iglesia del silencio pudiera, en un pontificado de duración insólita, hablar –fuerte y omnipresente– a un mundo en muchos sentidos a menudo distraído y prisionero de ídolos de una modernidad mediocre y sin reglas. Se le ha querido enfrentar erróneamente a sus predecesores, cuando él en todos los documentos y en los coloquios personales siempre puso de relieve la continuidad del magisterio. No cabe duda de que han sido muchos sus gestos de revisión histórica y de apertura hacia el exterior. Pero fue suya la invitación a querer al Papa. Apreció especialmente el fiel recuerdo que nuestra revista demostraba en los aniversarios del brevísimo papa Juan Pablo I.
Volveremos pronto a hablar de Juan Pablo II, pero publicamos ahora algunas páginas del diario de nuestro director, fechadas el 6 de agosto de 1979, primer aniversario del tránsito de Pablo VI. Pero también queremos volver a leer juntos las palabras que Juan Pablo II le dirigió al presidente de la República, Carlo Azeglio Ciampi, en visita oficial al Vaticano, el 19 de octubre de 1999. No por nada los días pasados fue el propio presidente quien expresó con gravedad el dolor de toda Italia.
Juan Pablo II, beatificando a Pío IX tras tantos decenios de dudas y miedos, cerró realmente de manera definitiva el largo período de los conflictos entre la Iglesia y el Estado. Y yendo en persona a rendir homenaje al Parlamento italiano dio una nueva aportación a esta pacificación de los espíritus. Que nos asista ahora desde el Paraíso.
30Días