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04 - 2005 >
La libertad religiosa: una de las caras del prisma unitario de la libertad
La libertad religiosa: una de las caras del prisma unitario de la libertad
El discurso del papa Wojtyla a los participantes en la 69 Conferencia de la Unión Interparlamentaria

Juan Pablo II en la cumbre de la FAO, Roma, 13 de noviembre de 1996
1Aprecio de manera particular vuestra presencia aquí, con ocasión de la importante Conferencia que celebra en Roma la noble Institución de la que formáis parte. Gracias por vuestra visita.
Mis venerables predecesores manifestaron su interés por la Unión Interparlamentaria y le dirigieron palabras de estímulo. El Papa Pío XII, por ejemplo, el 9 de septiembre de 1948, subrayó la utilidad y oportunidad de una Asociación semejante. Hace diez años, cuando la Unión celebró en Italia una Conferencia, Pablo VI quiso tributar un explícito homenaje a vuestro trabajo de parlamentarios. Después de referirse a vuestra acción política en relación con el poder ejecutivo y con los nuevos “poderes” de los cuerpos intermedios y tecnócratas, Pablo VI diagnosticaba una cierta crisis de función e identidad del Parlamento; pero él manifestó su justo deseo de que esta Institución, dentro del cuadro de la necesaria evolución, cumpliese siempre de manera más eficaz su misión, al margen de disputas partidistas y de un cierto estéril juego político. De hecho, entendido así el Parlamento, contribuye a la salvaguarda de la democracia.
¿No enseña la experiencia diaria los riesgos que corre una nación cuando las autoridades gubernamentales, por una parte, y los grupos de presión, por otra, no dejan su justo lugar a los representantes de la sociedad., elegidos democráticamente para actuar libremente, en conciencia, con el fin de responder así a las legítimas aspiraciones de sus compatriotas, buscando el bien común del conjunto de la población y atendiendo a las realidades concretas y a los derechos fundamentales de las personas y e sus asociaciones?
2 Guiados por las profundas aspiraciones populares, que constituyen la base de vuestro mandato de representantes, sois ciertamente muy conscientes de la urgencia de contribuir a la seguridad y al progreso de aquellos de quienes sois mandatarios, no solamente dentro de cada nación, sino en un marco cada vez más amplio, conscientes de la estrecha relación que existe entre el bien común de cada población y su realización a escala mundial.
La validez de la Unión Interparlamentaria, en este plano internacional, queda atestiguada, además, por el aumento de las adhesiones: más de un tercio en el curso de los diez últimos años. La representatividad de la Unión es tanto más grande porque, en su seno –como sucede en otras Organizaciones Internacionales– se sientan codo con codo delegados de pueblos que se esfuerzan por mantener o aumentar su nivel de prosperidad, con frecuencia ya alto, y representantes de pueblos que están todavía luchando por su supervivencia, comprometida a causa del hambre, las enfermedades y la falta de bienes esenciales.
Esta diversidad de situaciones, lo mismo que las múltiples diferencias políticas, sociales y étnicas, dan a la Unión Interparlamentaria una notable capacidad de síntesis y de promoción, que se manifiesta, por lo demás, en los temas que discutís estos días: desde la relación entre reducción de gastos militares y desarrollo económico y social del Tercer Mundo, a la participación de los parlamentarios en el campo de las relaciones internacionales; desde la deseada uniformidad de legislaciones ecológicas para la defensa del equilibrio ambiental, a los medios concretos para combatir el hambre en el mundo; y finalmente, la abolición de los restos del viejo colonialismo y la prevención de toda suerte de neocolonialisino.
Precisamente, en lugar de tratar de nuevo sobre vuestra función de parlamentarios en los diversos países, quisiera abordar algunos de estos problemas mundiales, así como otros en los que la Iglesia católica tiene especial interés.
3 Deseo, en primer lugar, recordar mi mensaje de junio último a la Asamblea Extraordinaria de las Naciones Unidas, consagrada al problema primordial de detener la loca carrera de armamentos: no sólo de las armas nucleares, que ciertamente suscitan profunda inquietud por su capacidad terrorífica de destrucción, sino también de las llamadas armas convencionales, que absorben inmensos recursos de la humanidad, los cuales podrían y deberían ser destinados a otro tipo de finalidades.
No nos desanimemos. Es verdad que la reunión de Nueva York no dio todos los frutos que esperaban los pueblos y los hombres que han apostado por la paz. Pero deja abierta la esperanza a la continuación de este trabajo en profundidad. Trabajemos sin descanso junto a las instancias competentes para que la reducción de los armamentos sea una conquista efectiva de las generaciones actuales. Para ello es necesario reforzar el clima de confianza y colaboración. Las ocasiones no faltan. Citemos, por ejemplo, para el continente europeo, la reapertura inminente de la Conferencia de Madrid que puede ofrecer ocasión para realizar apreciables progresos en la seguridad y comprensión mutuas, en la línea del Acta final de Helsinki. Pero pienso también en reuniones a nivel de otros continentes: americano, africano, asiático, y en iniciativas que afectan a la totalidad del planeta.
Al comienzo de este año, en mi habitual mensaje para la jornada de la Paz, la definí: «un don de Dios confiado a los hombres». La paz os ha sido confiada también a vosotros, y de una manera particular por razón de vuestra vocación de política activa y de vuestras responsabilidades en este campo. ¡Ojalá podáis contribuir a que la paz sea salvaguardada, fortificada e instaurada allí donde no existe!
Y a este propósito, ¿cómo no tener ahora una preocupación especial por el Oriente Medio? Pero no me voy a extender sobre ello, porque ciertarmente sabéis que el miércoles pasado, al final de la audiencia general, expuse claramente la preocupación de la Iglesia por el problema y su convicción acerca de los medios indispensables para establecer allí una paz duradera.
Esto es para decirles, señoras y señores, hasta qué punto la Iglesia está dispuesta a dar su apoyo y su estímulo a todos los serios esfuerzos referentes a la paz, y que no duda en proclamar que, si bien los cristianos tienen razones particulares para ser testigos activos de este don divino de la paz, no es menos verdad que la acción de todos los que consagran sus mejores esfuerzos a esta causa se inscribe en el plan misterioso de Dios, y que, para nosotros cristianos, cuenta mucho para el reino de Dios inaugurado en Jesucristo, aunque se distinga de él (cf. Gaudiuni et spes, 39).

Juan Pablo II durante su viaje a Bolivia en 1998
4 llablando del desarme, hacía alusión a los recursos de la humanidad que hay que preservar y desarrollar. En este contexto entra el debate del problema del hambre en el mundo, que he visto con satisfacción que forma parte también de vuestro orden del día. La composición de vuestra Unión os predispone a tratar con seriedad este problema crucial de nuestro tiempo. Yo lo he abordado también con frecuencia, especialmente con los delegados y miembros de la FAO. Me limito aquí a hacer una constatación y una llamada. Cuando escuchamos a los expertos, ¿no es verdad que quedamos impresionados por una paradoja, que deja un malestar en nuestra conciencia? No solamente nos ponen ante los ojos las horrorosas estadísticas del hambre, sino que nos manifiestan que el conjunto de nuestro mundo tiene medios para alimentar bien a todos los hombres y que hay un cierto vínculo de causalidad entre los que comen hasta la hartura y los que mueren de hambre. Por ejemplo, la alimentación desordenada de quienes consumen tan gran cantidad de cereales para sus ganados, siendo así que ganarían ellos mismos procurándose una alimentación más equilibrada, ¿no les lleva a privar a sus hermanos subalimentados de las proteínas estrictamente necesarias para la supervivencia? ¿Y no se podrían mejorar también los circuitos de distribución? Muchas otras cuestiones de este tipo agobian nuestra conciencia. Tiene que haber soluciones para atajar esta plaga de la humanidad: es necesario buscarlas, es necesario hacer consciente a la opinión pública, es necesario ponerlas en práctica. No podéis dejar de estar angustiados por esta tragedia, como yo mismo lo estoy. Con todos vosotros, lanzo una llamada urgente para que nuestra solidaridad en este campo sea más eficaz; y deseo que los medios que proponga esta Conferencia contribuyan a ello.
5 Por otra parte, aunque lo que voy a decir vaya más allá del programa de la presente sesión, no quiero dejar pasar una ocasión tan importante sin recordar a vuestra sensibilidad de legisladores y guías políticos la importancia fundamental de los valores de la familia y sus tareas sociales. Estos deben encontrar su expresión también bajo la forma de intervenciones políticas, como lo he recordado en la Exhortación Familiaris consortio (núm. 44). Dicho de otro modo, las familias deben ser las primeras en velar para que las leyes y las instituciones del Estado no hieran, antes bien sostengan y defiendan positivamente los derechos y los deberes de la familia. No consideréis esta tarea primordial de los hogares como una interferencia en el poder público, con el riesgo de disminuir su autoridad, ya que de lo contrario habría una falta de coherencia con las repetidas llamadas a la participación y a la iniciativa.

Juan Pablo II y Mijaíl Gorbachov
6 Es oportuno también mencionar el problema de la libertad religiosa. Sabéis bien que la Iglesia no pide ningún privilegio al poder civil; con una claridad que, después del Concilio resulta más evidente que en el pasado, ella ha definido una posición global según la cual la libertad religiosa no es sino una de las caras del prisma unitario de la libertad: ésta es un elemento esencial de toda sociedad auténticamente moderna y democrática. Por tanto, ningún Estado puede pretender una estima positiva o, mucho menos, ser considerado como benemérito por el solo hecho de que parece que concede la libertad religiosa, cuando en la práctica la aísla de un contexto general de libertad. Un Estado no puede definirse “democrático” si obstaculiza, del modo que sea, las libertades religiosas no sólo en lo referente al ejercicio y práctica del culto, sino en lo tocante a la participación, en plano de igualdad, en las actividades académicas y educativas, así como en las iniciativas sociales, en las que cada día más se articula la vida del hombre moderno. La historia, incluso la más reciente, atestigua que las autoridades civiles, preocupadas por el bien de su pueblo, no tienen nada que temer de la Iglesia: por el contrario, respetando sus actividades, proporcionan al pueblo mismo un enriquecimiento, al utilizar un medio seguro de niejora y elevación.
7 Vuestras mismas reuniones anuales, ¿no tratan de buscar en común esta mejora y elevación para construir un mundo más humano? De hecho, no os contentáis con debatir y confrontar las técnicas del trabajo parlamentario o los grandes temas de actualidad política. Mediante las discusiones y los contactos que os permiten conoceros mutuamente, buscáis también modelos que permitan superar las profundas divisiones que nacen de las diferentes violaciones y limitaciones de los derechos del hombre, como, por ejemplo, la explotación en el trabajo y los múltiples abusos que hieren la dignidad humana. El 2 de octubre de 1979 tuve el honor de hablar a la Asamblea de las Naciones Unidas. En aquella ocasión afirmé que «el criterio fundamental, según el cual se puede establecer una confrontación entre los sistemas socio-económico-políticos no es, y no puede ser, el criterio de naturaleza hegemónica imperialista, sino que puede ser, es más, debe ser, el de naturaleza humanista, es decir, la verdadera capacidad de cada uno de reducir, frenar y eliminar al máximo las diversas formas de explotación del hombre y asegurarle, mediante el trabajo, no sólo la justa distribución de los bienes materiales indispensables, sino también una participación que corresponda a su dignidad, a todo el proceso de producción y a la misma vida social que en torno a este proceso se va formando. No olvidemos que el hombre, por más que dependa de los recursos del mundo material para vivir, no puede ser esclavo suyo, sino señor» (núm. 17).

El Papa, con Yasir Arafat, visita el campo de refugiados palestinos de Deheishe (Cisjordania), durante su viaje a Tierra Santa en marzo de 2000
8 Gracias y felicidades, señoras y señores parlamentarios, por vuestra contribución presente y futura en el seno de cada uno de vuestros Parlamentos y en el cuadro de vuestra Unión Interparlamentaria. Ayudad, por vuestra parte, al progreso humano de la humanidad que en muchos sectores soporta el peso de injusticias del pasado o de otras nuevas que surgen de esa humanidad que aspira a una igualdad de trato y a una participación responsable, que busca un legítimo bienestar en la paz, sin renunciar a una auténtica y fuerte libertad. El plan de Dios sobre el mundo incluye todo esto.
Pido al Señor que ilumine vuestra conciencia y le dé la fuerza de servir a este plan, con desinterés; estoy seguro, además, que todos los que tienen la dicha de compartir una fe religiosa no dejarán de orar por esta finalidad, pues Dios es más grande que nuestro propio corazón.
Sobre cada uno de vosotros, sobre vuestras familias, sobre vuestros países, invoco las abundantes bendiciones de Dios, fuente de todo bien.