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Sacado del n. 04 - 2005

El Papa y el Presidente



El discurso del presidente de la República italiana al Santo Padre con motivo de la visita oficial a


El presidente Carlo Azeglio Ciampi regala un cáliz a Juan Pablo II

El presidente Carlo Azeglio Ciampi regala un cáliz a Juan Pablo II

Santidad:
Le agradezco su paternal atención por Italia y le agradezco la amabilidad y la calidez de su acogida y las otras oportunidades anteriores a esta visita oficial como presidente de la República italiana.
Esta visita coincide con el comienzo del XXII año de su pontificado: está vivo el recuerdo de las esperanzas que, aquel 16 de octubre de 1978, se abrieron paso en nuestros corazones, y que luego Su Santidad ha puesto en práctica en estos años de su misión.
El pueblo italiano admira su fuerza espiritual, la firmeza en los propósitos, la profundidad de los valores, la vitalidad de su mensaje de fe que habla a la conciencia de todos los hombres. Escucha su incitación a los más altos valores de justicia y solidaridad, su llamamiento constante al valor central de la persona.
Italia, cuya contribución a la edificación de una Europa del espíritu ha subrayado Su Santidad, sabe bien que los valores cristianos van indisolublemente unidos al crecimiento de Europa, a la fundación de la Unión Europea y la nueva e ingente tarea de reforzar su identidad y autoridad.
Hoy, para eliminar las causas de los dolorosos conflictos que han martirizado a la Europa suroriental, se impone la consecución de una verdadera paz europea, una paz que englobe en más vastos confines de libertad y justicia a todos los pueblos del continente.
La ampliación de la Unión Europea es un tema primordial en mis viajes por Europa. Lo volveré a tocar con determinación también en su tierra natal, Polonia, país que visitaré el próximo mes de marzo.
La integración en la Unión Europea de los pueblos del continente es un compromiso con nosotros mismos, no sólo frente a los países candidatos. Es una responsabilidad también si recordamos la indomable voluntad de la Iglesia católica, durante los años de la guerra fría, de rechazar la división del continente y mantener encendida, mediante un esfuerzo tenaz y laborioso incluso en el silencio, la llama de la libertad religiosa, indivisible de todas las demás libertades.
La política y la economía han hecho mucho por la unidad de Europa, pero han de ir acompañadas por ulteriores impulsos hacia la plena ciudadanía europea; hacia un sistema enriquecido en los valores y las reglas y que tutele a las minorías; hacia un modelo social que sirva de ejemplo al mundo; hacia una cultura que salvaguarde la memoria histórica y la identidad de los pueblos, el respeto del ambiente y las leyes de la naturaleza. Esta es la obra que hay que desarrollar con la participación plena de la sociedad civil, esta es la esperanza para las generaciones más jóvenes.
En la atención que Su Santidad dirige al Mediterráneo, Italia es plenamente partícipe. Este mar que conoció el surgimiento del cristianismo puede convertirse en el centro de una gran comunidad mediterránea inclinada hacia Africa y Asia. El viaje que acabo de realizar a Israel y los Territorios palestinos me ha confirmado plenamente que el encuentro entre pueblos de culturas, religiones y modos de vida diferentes, siempre que se base en el diálogo y la colaboración recíproca en problemas de interés común, puede transformarse para todos en una extraordinaria ocasión de progreso económico, social y civil.
La comunidad internacional le está agradecida por haber colocado la cultura de la paz en el centro de las relaciones de los pueblos.
En mi discurso al Parlamento italiano, con motivo de mi toma de posesión el pasado 18 de mayo, recordé que en el esfuerzo europeo por la paz hemos de estar en primera fila los italianos, que tenemos el honor de convivir con la Iglesia católica, suprema institución de paz, y con su persona, referencia universal de los más altos valores humanos.
La misma comunión de lugares hace que el pueblo italiano advierta, más que otros, la responsabilidad de hacer sentir su voz a favor de los derechos y la dignidad de la persona, dondequiera que se manifieste la violencia del hombre contra sus semejantes. La salvaguardia de los derechos humanos es un aspecto central de la acción internacional de Italia.
La comunidad internacional ha comenzado a afrontar la construcción de una nueva y más amplia legitimidad internacional: se hace necesario aplicar plenamente los múltiples instrumentos jurídicos existentes y reforzar las instituciones. La voluntad de las Naciones Unidas de trabajar para la prevención de los conflictos, para reforzar el sistema de protección de los derechos del individuo y los instrumentos de la legalidad internacional, demuestra que el sistema internacional desea reaccionar frente a las lesiones provocadas por las agresiones a los inocentes o por la violencia étnica. Ya se entrevé la tendencia a la gradual transformación del derecho internacional en derecho de gentes.
Italia desarrolla un papel activo en la campaña internacional para la abolición de la pena de muerte. En 1998, creo por primera vez, la pena capital no fue aplicada en ningún país europeo. La próxima etapa ha de ser su cancelación de los ordenamientos jurídicos que aún la contemplan. En Roma se ha decidido crear un Tribunal penal internacional. La prohibición internacional de la utilización de minas antipersona es el resultado también de una acción nuestra.
Italia ha dado impulso al esfuerzo de la comunidad internacional para apoyar a los países más pobres. Se ha erigido en promotora de una fuerte reducción de la pesada deuda de muchos de ellos. Ha ido aún más lejos, cancelando la deuda total con Italia, incluso la comercial, de los países más afectados por la pobreza, con la única condición de que se respeten los derechos de los individuos.
Las relaciones entre la Santa Sede e Italia se desarrollan de manera intensa y constructiva. La Iglesia es portadora de instancias y expectativas que permean a la sociedad italiana, una sociedad que coloca como referencia central a la familia y sus valores. El sentimiento familiar está profundamente arraigado en el pueblo italiano; es elemento constitutivo de su identidad, patrimonio que preservar celosamente por el bien de las futuras generaciones. Todas las señales de crisis de este núcleo primordial, como el bajo índice de natalidad debido a dificultades económicas o desconfianza en el porvenir, preocupan y requieren apropiadas políticas de apoyo.
El presidente Ciampi rinde homenaje al cuerpo de Juan Pablo II, Ciudad del Vaticano, 3 de abril de 2005

El presidente Ciampi rinde homenaje al cuerpo de Juan Pablo II, Ciudad del Vaticano, 3 de abril de 2005

A pocas semanas de la apertura del Gran Jubileo, del Año Santo del 2000, mi pensamiento va al extraordinario acontecimiento religioso que, en las intenciones de Su Santidad, quiere llamar a las conciencias de todos los hombres de buena voluntad a la hermandad y el compromiso necesario para afrontar los problemas del nuevo siglo.
Nunca dispuso la humanidad en el pasado de medios tan poderosos, que permiten construir un mundo de paz y bienestar para todos los pueblos. Pero nunca corrió tampoco tantos peligros, que amenazan su integridad moral, su propia supervivencia.
La insuficiencia de las políticas dirigidas a impedir la proliferación nuclear y la difusión de las armas de destrucción de masa, causa graves preocupaciones. La globalización de la economía puede suponer ventajas para todos pero, si sigue estando insuficientemente gobernada, puede provocar crisis. El avance de la ciencia hacia las fronteras últimas de la vida plantea interrogantes esenciales de ética y de integridad de la propia especie humana. Añádase la difusión de medios de comunicación de masa cada vez más invasores, que pueden minar, sobre todo en los jóvenes, los valores morales sin los que no puede existir ninguna sociedad sana y fuerte.
Todos estos problemas afectan por igual a creyentes y no creyentes. Representan el desafío del siglo XXI, el primero del tercer milenio después de Cristo, para todos quienes tienen fe en el hombre y en la facultad que le ha sido concedida de elegir el Bien y vencer el Mal.
También en estos temas Italia está con Su Santidad, peregrino de paz, estimulador incansable de las conciencias, defensor de los valores y los derechos perennes del hombre. Su palabra es una luz de esperanza para todos los hombres.
Sé que represento los sentimientos profundos del pueblo italiano al dirigirle un saludo repleto de reconocimiento y admiración, mis mejores y sinceros deseos para que prosiga su apostolado de paz en el mundo.


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