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BENEDICTO XIV
Sacado del n. 05 - 2005

Un predecesor iluminado


Un artículo del arzobispo de Génova sobre Prospero Lambertini, papa desde 1740 hasta 1758


por el cardenal Tarcisio Bertone


Retrato de Benedicto XIV, Pierre Subleyras, Musée du Château, Versalles

Retrato de Benedicto XIV, Pierre Subleyras, Musée du Château, Versalles

Tras un interesante debate televisado sobre el nuevo Papa, el presidente Andreotti me ha pedido que ofrezca –como homenaje a Benedicto XVI– un perfil de su homónimo predecesor, Benedicto XIV, fruto de mis precedentes estudios, a los que benévolamente quiso referirse el papa Ratzinger en su primera visita a la Congregación para la Doctrina de la Fe el 20 de abril de 2005

1.La preparación
y la elección a papa
Prospero Lorenzo Lambertini nació el 31 de marzo de 1675 en Bolonia, de Marcello y Lucrezia Bulgarini. Excelente por ingenio y aplicación al estudio, obtuvo la licenciatura en teología e in utroque iure en Roma en 1694.
En consideración de sus cualidades y de la estima universal de la que gozaba en los círculos romanos, recorrió todos los grados y las oficinas de la Curia romana hasta convertirse en secretario de la Congregación del Concilio en 1718.
Sorprende que todas las fuentes biográficas callen sobre un momento considerado generalmente importante en la vida de un eclesiástico: la fecha de su ordenación sacerdotal. En realidad, Lambertini, por motivos que no pueden hacerse remontar a una costumbre ya superada, y en la que sería interesante profundizar, retrasó su ordenación sacerdotal hasta 1724, cuando, a la edad de casi cincuenta años, ya podía considerarse en la cima de su experiencia y actividad “romana”.
Los testimonios concuerdan a la hora de conferir al futuro Papa un carácter despierto y bromista, impetuoso y cordial. El padre De Montfaucon lo esculpió con esta expresión: «Lambertini posee dos almas: una para la ciencia, la otra para la sociedad». Podemos afirmar con Pastor: «En resumidas cuentas, se puede decir que Benedicto XIV representaba la encarnación del espíritu italiano en su vertiente más favorable y placentera».
Como señal de aprecio y benevolencia fue creado arzobispo in partibus de Teodosia, cardenal in pectore en 1726 y obispo residente de Ancona en 1727.
Fue publicado cardenal el 30 de abril de 1728. El 30 de abril de 1731 fue trasladado al arzobispado de Bolonia, su ciudad natal, donde el hombre erudito, el prelado de la Curia romana, demostró ser un celoso y piadoso pastor.
Visitas e instrucciones fueron los medios más concretos para elevar el nivel espiritual del clero y el pueblo.
Pese a la delicada función de pastor de almas, el cardenal Lambertini siguió siendo hombre de estudios. No hay más que citar sus obras compuestas en Bolonia para darnos cuenta de su extensa actividad literaria. Sus Ordinanze, recogidas y publicadas, sirvieron de modelo a muchos obispos. La gran obra De Servorum Dei beatificatione et canonizatione apareció desde 1734 a 1738, y se convirtió en un clásico para la Curia romana.
No podemos olvidar otras obras menores, aunque muy importantes: De sacrificio Missae, De festis Domini nostri Iesu Christi, Bea­tae Mariae Virginis et quorundam Sanctorum, y el riquísimo Thesaurus Resolutionum Sacrae Congregationis Concilii, compilado ya cuando era secretario de la Sagrada Congregación.
También el De Synodo Dioecesana fue comenzado en Bolonia. En realidad, podía decir: «Ma plume est ma meilleure amie».
Fue precisamente en Bolonia, en otoño de 1731, donde conoció al gran historiador Ludovico Antonio Muratori, que residía habitualmente en Módena: desde entonces estuvieron por siempre ligados por recíproca estima y amistad.
En febrero de 1740 llegó a Bolonia la noticia de la muerte de Clemente XII. El cardenal Lambertini tuvo que ir al cónclave, el segundo de su vida (el primero fue tras la muerte de Benedicto XIII: era cardenal desde hacía dos años y no quedó en la memoria especialmente).
Este segundo cónclave tuvo tales proporciones e importancia que modificó totalmente el rumbo de su vida: tras fuertes enfrentamientos e interminables sesiones, en el escrutinio número 255, tras seis meses de cónclave, el 17 de agosto de 1740 fue elegido papa el cardenal Lambertini. El júbilo por su elección, tan bien recibida como inesperada, fue inmenso.
Su amor por la ciencia y su doctrina se manifestaron inmediatamente en el continuo compromiso personal con el estudio, que le permitió continuar con sus publicaciones.
Su horario de trabajo era agotador. Así describe él mismo un día cualquiera de su vida: «El día es de veinticuatro horas. Nos levantamos a las diez de Italia y nos acostamos a las tres de Italia: y aseguramos que, quitada la media hora de la comida, y la hora de las dos a las tres, las restantes escuchamos, escribimos o leemos».
Su formación científica destaca tanto en los escritos privados como en la legislación, donde deja patente su vastísima erudición personal.
Y sin embargo era capaz de encontrar todavía un momento para salir por la ciudad y hacerse ver por los súbditos –cosa que no habían hecho sus predecesores–, ir por las iglesias para asistir a las cuarenta horas casi todas las tardes y cumplir con todas las funciones religiosas personalmente, porque consideraba que esta era una de sus obligaciones como pontífice.
Promotor de múltiples iniciativas culturales y artísticas, fundó en Roma cuatro Academias: de los Concilios, de la Historia eclesiástica, de la Liturgia y de las Antigüedades romanas. Reformó la Universidad de La Sapienza, de la que había sido rector como “abogado consistorial”, creando las nuevas cátedras de Matemáticas, Química y potenciando la Física experimental.
Manifestó comprensión por las ideas de su tiempo y «trató de adaptar la severidad de la disciplina eclesiástica cada vez más al nuevo espíritu de tolerancia, para proteger la libertad de la investigación científica».
Fruto de esta actitud fueron la estima y la consideración de los hombres cultos, y las relaciones entabladas con las personalidades más diversas, por ejemplo, además de con el ya citado Muratori, con Pierre Louis Moreau De Maupertuis, presidente de la Academia de las Ciencias de Berlín, con el napolitano Antonio Genovesi, con el veronés Scipione Maffei, con Voltaire.
Su amplitud de miras y su equilibrio le acompañaron también en sus decisiones de gobierno: tanto en la elección de sus colaboradores como en la política financiera y comercial.
Cuando le sorprendió la muerte el 3 de mayo de 1758, había transcurrido casi 18 años de servicio pontificio en la cátedra de Pedro, a la que aportó todo su bagaje de ciencia, su incansable labor de llevar a cabo las reformas indicadas por el Concilio de Trento, como por lo demás había hecho ya en Ancona y Bolonia, su dulzura y su sentido concreto de la realidad incluso en la difícil acción diplomática, que hicieron de él «el Pontífice más grande de su siglo, al que la historia de la Iglesia seguirá asignando un lugar entre los más insignes sucesores de Pedro» (Pío XII).

2.Juicios sobre el hombre
y sobre la actividad
político-religiosa
Benedicto XIV «fue infinitamente superior, en cualidades personales y por la favorable situación y duración de su pontificado, a los papas que le precedieron y siguieron».
La conciencia de sus tremendas responsabilidades, su extraordinaria capacidad de trabajo le hacían escribir: «Se puede ser papa comiendo y bebiendo, mandando a otros, sin hacer nada por sí mismo, y sin exigir siquiera cuentas de la actuación de otros, poniendo todo el empeño sólo en enriquecer su propia casa, y el papado tomado en estos términos es la ocupación más hermosa que exista en este mundo. Hemos dicho en este mundo, porque en el otro no será desde luego así, mientras que trabajando continuamente, día y noche, inquietándose, para que las cosas vayan menos mal, no teniendo ni carne, ni sangre, no será poco en el otro mundo, si no se pierde marcha y si por las omisiones se conformará la gran misericordia de Dios con un purgatorio hasta el día del juicio».
Su intención declarada, «el asunto principal del pontificado», era «mantener la fe donde existe, y dilatarla hasta donde no existe». Tarea difícil, especialmente en la atormentada y encendida época de las controversias jansenistas y jurisdiccionalistas que le obligaban a veces a restringir la eficacia de sus intervenciones a una desesperada acción de defensa y de contención de los movimientos centrífugos: «Reflexionaremos muy bien sobre todo, estimando en lo que se puede a la Iglesia galicana, amando a la nación, pero sin perjuicio de esta Santa Sede, a la cual si no estamos en condiciones de aportar ventajas, no quisiéramos en nuestro lecho de muerte quejarnos de haberle acarreado daño».
Su visión de la situación de la Iglesia y la aguda sensibilidad por los hechos o acontecimientos dirigidos contra el Papa le hacían ser a veces –contra su propio modo de ser– muy amargo en sus opiniones: «El mundo está hoy en un estado que si la cosa gusta, aquellos a quienes les gusta están por el Papa, y aquellos a quienes no les gusta están contra el Papa, y siendo imposible que algo les guste a todos, de ello deriva que los problemas para el papa son inevitables». Y replicando a las razones aducidas por el cardenal De Tencin para su dimisión del Consejo de la Corona añadía: «Si quisiéramos recordarle todos nuestros problemas, todas nuestras amarguras, lo que recibimos del sumo pontificado, cuántas y cuántas veces se nos ha ocurrido pensar en volver a la vida privada, llenaríamos varios folios, y le aseguramos que sólo nos retiene el pensamiento de sacrificar a Dios para la enmienda de nuestros pecados los disgustos que soportamos, y el pensamiento de morir con la espada en la mano dado que la hemos desenvainado».
En realidad el Papa sabía estar en la brecha con espontaneidad, realismo y valor, confesando: «…nunca habíamos tenido miedo de la verdad y la justicia, sino que… nuestro miedo siempre fue y sigue siendo de la mentira y la injusticia».
Incapaz de disimular, hombre libre por encima de las adulaciones, por el fino buen humor que supo conservar incluso en los días más tristes, el Papa caía muy bien, porque sabía bromear no sólo sobre los demás, sino también sobre sí mismo, y estaba dispuesto a reconocer cuando se equivocaba, a pedir perdón por sus arranques, a perdonar, cuando no a olvidar. Ni siquiera en la dura realidad política perdió nunca el fondo de optimismo que le acerca sorprendentemente, en algunos rasgos de su personalidad, a su lejano sucesor –más cercano a nosotros temporalmente– Juan XXIII, cuando declara: «Non ex eorum numero Nos sumus, quibus persuasum sit, omnia in nostra tempora inconvenientia accidere, atque ea praesentibus diebus contingere scandala, quae numquam praeteritis temporibus evenerint».
Esta actitud estaba sin duda fundada en la profundidad espiritual de Benedicto XIV, que aún está por explorar.
Se demostró hombre de oración no sólo durante el Año Santo, sino desde el comienzo del pontificado, cuando invoca ardientemente los dones del Espíritu Santo e invita a una oración incesante por el Papa a todo el mundo católico, comenzando por los obispos, que han de ser modelos de piedad. Él mismo da el ejemplo: es sabido que presidía todas las funciones religiosas de Roma, cuando la resistencia física y el trabajo de curia se lo permitían a quien no conseguía «escribir o dictar dos líneas sin que le interrumpieran una audiencia, o una embajada, o un lector, o billetes, o muchísimos asuntos».
Frente a la crisis de la cristiandad del antiguo régimen nuestro Papa busca el remedio en el apoyo de las potencias católicas, pero aún más en el crecimiento de la vida religiosa y en la continua preocupación de que el clero enseñe con la mayor devoción la verdad cristiana y anuncie el Evangelio.
Según los estudiosos, dos hechos marcan el panorama de la religiosidad del siglo XVIII. Antes que nada, en todo el mundo católico, aunque especialmente en Italia y Francia, el Setecientos puede ser denominado el siglo de la predicación popular. No pensemos sólo en el testimonio que nos ofrecen la infinidad de volúmenes que recogen sermones, lecciones sobre las Escrituras, panegíricos, sino también en el hecho de que no hubiera, por lo que respecta a Italia, rincón a donde no llegara la predicación de los misioneros peregrinos.
De esta predicación fue incansable defensor Benedicto XIV –ofreciendo indicaciones de acción pastoral y también desde el punto de vista de la praxis– en el Estado Pontificio y en Roma, valiéndose de la celosa predicación de Leonardo da Porto Maurizio.
En la predicación popular, que trataba de levantar un muro de contención contra la descristianización de los intelectuales con una fuerte recuperación de la base campesina y urbana, nuestro Papa se aplicó para introducir contenidos teológicamente válidos y formativos, animando sobre todo la difusión de ensayos de los oradores franceses, y para eliminar las tradicionales invectivas contra los descreídos y los judíos, en un esfuerzo de purificación que corresponde a su espíritu tolerante y abierto al diálogo.
El segundo hecho que vale la pena destacar es el nacimiento de nuevas congregaciones religiosas, que tenían por objetivo la evangelización y la asistencia espiritual y caritativa a las poblaciones más miserables y desheredadas. Pensamos sobre todo en la acción apostólica de los Pasionistas en el entonces Estado Pontificio y en la de los Redentoristas en la plebe ciudadana y campesina del área napolitana. También tiene su importancia constatar que a lo largo del siglo se llegó a formar y se difundió una piedad ora rigurosa ora tierna y afectuosa, una abiertamente antitética con la costumbre de un siglo favorable a la blandura del cariño, como fue la de Paolo della Croce, la otra, la de Alfonso de Ligorio, buscaba la participación ingenua y cariñosa del misterio cristiano capaz de resumir felizmente en sí la propensión común a la sensibilidad.
La nueva corriente de espiritualidad pasionista, que volvía a proponer como eje de la vida cristiana la meditación de la “locura de la Cruz” se oponía fuertemente a un siglo que se enorgullecía de las “luces de la razón”. Benedicto XIV animó y tuvo como predilecto al humilde ermitaño, llegando a exclamar: «La Congregación de la Pasión hubiera debido ser la primera fundada por la Iglesia, pero llega la última».
En cuanto a la acción político-religiosa, podemos indicar como puntos de su política internacional los siguientes: «juicio sereno de la situación, aceptación de los hechos consumados, obra de pacificación incluso en detrimento de su prestigio».
Es cierto que la actitud conciliadora de Benedicto XIV frente a las exigencias de los soberanos, católicos y protestantes, mejoró el clima en el que habían de vivir la Iglesia y la Religión. Nuestro Papa había comprobado perfectamente su máxima según la cual en él «el Papa había de preceder al soberano», pues quiso ser en primer lugar pastor de almas: «Nos metimos bien en la cabeza que no llegaríamos ante el juicio de Dios sin haber hecho lo que hubiéramos podido por la salud de las almas».


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