El milagro de san Benito
De la Vita Leonis IX, redactada en el siglo XI
por Lorenzo Cappelletti
Con el rostro, la garganta y el
pecho hinchados por aquellas llagas estaba tan debilitado que no se tenían
esperanzas de que recuperara ya nunca la salud. Sus padres y todos sus
familiares estuvieron muy consternados durante dos meses enteros, e imaginando
que el desenlace solo podía ser la muerte, con suspiros y lágrimas incesantes
esperaban la lúgubre procesión de las exequias. Pero el buen Jesús, que suele
prestar ayuda en los casos desesperados, consoló sin tardanza a sus padres
curándolo completamente y se acordó, según su promesa, de su Iglesia, que
mediante él había de ser aliviada.
Hacía ya dos meses que no podía levantarse de la cama, y había llegado la enfermedad a tal punto que llevaba ya ocho días sin ni siquiera hablar, cuando un día, mientras estaba tendido, con los ojos abiertos, vio despierto cómo una luminosa escalera se levantaba sola de su propia estera, y tras atravesar una ventana que estaba a sus pies, se extendía hasta el cielo; y sobre ella a un viejo de gran nobleza y venerables canas bajando vestido de monje, llevando en su diestra una gran cruz en un largo palo. Cuando llegó hasta el enfermo, mientras sujetaba con la mano izquierda la escalera, con la diestra primero le apoyó la cruz sobre la boca, luego con ella marcó las partes tumefactas y le sacó de detrás de la oreja el pus con todo el veneno; y volviendo inmediatamente después por donde había venido, dejó al enfermo ya sintiéndose mejor. Este habló enseguida con Adalberón, un clérigo que precisamente en aquel momento se había sentado en su camastro para consolarlo, y le mandó a que interrumpiera, con la noticia esperada, los lamentos de toda la casa paterna que ya duraban desde hacía tanto tiempo. Luego, al cabo de algunos días, por la piel rota de detrás de la oreja le había salido todo el veneno de aquella pústula, sanó completamente y sin secuelas con grandísimo estupor y alegría de todos. Aún hoy, conversando sobre estos hechos pasados, suele repetir a los íntimos que reconocía haber recibido un evidente milagro de Dios, e igualmente confiesa que reconoció enseguida –en el éxtasis descrito– más claramente que la propia luz, al beatísimo padre de los monjes Benito por los rasgos de la cara y el traje. Y hoy sigue recordando cómo pudo discernir su cuerpo, como si lo siguiera teniendo frente a los ojos de carne. Los que lean las cosas que siguen dejarán sin duda de asombrarse de que hubiera sido devuelto a la salud mediante san Benito y no mediante cualquier otro santo en cuanto comprendan, conforme avance la narración, con cuánto celo de pío amor fue inflamado en su obra de asentamiento y ayuda a los monjes.
Hacía ya dos meses que no podía levantarse de la cama, y había llegado la enfermedad a tal punto que llevaba ya ocho días sin ni siquiera hablar, cuando un día, mientras estaba tendido, con los ojos abiertos, vio despierto cómo una luminosa escalera se levantaba sola de su propia estera, y tras atravesar una ventana que estaba a sus pies, se extendía hasta el cielo; y sobre ella a un viejo de gran nobleza y venerables canas bajando vestido de monje, llevando en su diestra una gran cruz en un largo palo. Cuando llegó hasta el enfermo, mientras sujetaba con la mano izquierda la escalera, con la diestra primero le apoyó la cruz sobre la boca, luego con ella marcó las partes tumefactas y le sacó de detrás de la oreja el pus con todo el veneno; y volviendo inmediatamente después por donde había venido, dejó al enfermo ya sintiéndose mejor. Este habló enseguida con Adalberón, un clérigo que precisamente en aquel momento se había sentado en su camastro para consolarlo, y le mandó a que interrumpiera, con la noticia esperada, los lamentos de toda la casa paterna que ya duraban desde hacía tanto tiempo. Luego, al cabo de algunos días, por la piel rota de detrás de la oreja le había salido todo el veneno de aquella pústula, sanó completamente y sin secuelas con grandísimo estupor y alegría de todos. Aún hoy, conversando sobre estos hechos pasados, suele repetir a los íntimos que reconocía haber recibido un evidente milagro de Dios, e igualmente confiesa que reconoció enseguida –en el éxtasis descrito– más claramente que la propia luz, al beatísimo padre de los monjes Benito por los rasgos de la cara y el traje. Y hoy sigue recordando cómo pudo discernir su cuerpo, como si lo siguiera teniendo frente a los ojos de carne. Los que lean las cosas que siguen dejarán sin duda de asombrarse de que hubiera sido devuelto a la salud mediante san Benito y no mediante cualquier otro santo en cuanto comprendan, conforme avance la narración, con cuánto celo de pío amor fue inflamado en su obra de asentamiento y ayuda a los monjes.