Europa, adelante con moderación
Que la Unión Europea está atravesando un momento difícil está fuera de discusión. Esto queda aún más patente por la progresiva amplitud y resonancia de la información que, por el contrario, aún no consigue conectar con los ciudadanos de los veinticinco países miembros.
Giulio Andreotti

El presidente francés, Jacques Chirac (de espaldas en la foto) y el primer ministro británico Tony Blair, en la cumbre de la Unión Europea de Bruselas del 16 de junio de 2005;
Las principales causas del pesimismo son lógicamente los resultados negativos de los dos referéndums (Francia y Holanda) que por mayoría han rechazado la Constitución europea. Extrapolando la cosa, se ha querido insistir en que cuando los ciudadanos eligen directamente se muestran más incisivos que cuando se trata de mediación parlamentaria. Lo cual está por demostrar.
Sin embargo, para darnos cuenta de la crisis actual, creo que hay que considerar también las reservas e incluso las contrariedades que existen en el ámbito de los países favorables a la ratificación, sin excluir a Italia. Me refiero no sólo al limitado número de votos contrarios, sino a las amplias reservas y peticiones de revisión en el ambito de los votantes a favor, incluida Italia. En efecto, junto a las posiciones de la Liga Norte y Refundación Comunista, ha habido una amplia serie de órdenes del día, no rechazados, uno de ellos (de la mayoría gubernamental) incluso aceptado por el gobierno, con el compromiso de reconsiderar, reexaminar, volver a replantear la cuestión.
Y, sin embargo, el texto de la Constitución fue el fruto de un procedimiento amplio e incluso solemne, que se llevó a cabo con consultas, intercambios de líneas maestras. Bajo la prestigiosa dirección del presidente Giscard d’Estaing trabajaron en la Convención preparatoria representantes de los parlamentarios y los gobiernos (incluidos los países candidatos) de gran altura.
Quid agendum? No ha ayudado, desde luego, la coincidencia de tener que decidir en esta atmósfera sobre los problemas urgentes de los presupuestos comunitarios. Hemos asistido al regreso de polémicas a favor y en contra de la política agrícola de la Unión, contra las prisas de la ampliación (en realidad, programada precedentemente de manera gradual) y contra la perpetuación del llamado (y mal llamado) justo retorno al que la durísima señora Thatcher condicionó la adhesión británica.
El recuerdo de la prestigiosa señora me sugiere una reflexión. Sin por ello restar gravedad a otros momentos difíciles, quizá la crisis se originó precisamente en el momento en que, faltando el voto británico, no se le pudo dar a la Carta social la dignidad y el papel de acta común. Pero atención. El Reino Unido no se opuso a los contenidos de la Carta (sosteniendo que sobre algunos puntos eran incluso más avanzados que su propia legislación interior), sino que hizo de ellos una cuestión de principio, reservando lo social al ámbito de los ordenamientos de cada uno de los Estados. La necesaria unanimidad bloqueó este salto de calidad, y se siguió recibiendo a los representantes de los sindicatos, antes de los Consejos europeos, sólo para mantener las formas.
Sin embargo, hay que reconocer que cuando se ha llegado a compromisos más precisos, la observancia ha sido bastante limitada.
Si, por ejemplo, en vez de proclamar en Maastricht la política común exterior y de seguridad, hubiéramos sancionado la convergencia gradual en este campo, quizá habríamos avanzado algo. Comprendo que dar marcha atrás en la Convención era difícil.
Pero, venciendo los titubeos, en la revisión, para mí indispensable, del texto constitucional, hemos de enunciar líneas creíbles y progresivas, incluso de pequeños pasos.

Los jefes de Estado y de gobierno europeos posan para la foto de grupo en el patio de Miguel Ángel, en el Campidoglio, después de la ceremonia de la firma de la Constitución europea el 29 de octubre de 2004
Otro punto delicado es el militar (con el amargo recuerdo del fracaso de la Comunidad de Defensa en 1954) con la actual coexistencia de confines tan poco claros entre la Unión y la OTAN.
Otro punto no secundario de la difícil coyuntura actual es la brusca posición que ha tomado Francia sobre el delicadísimo y complejo problema de las negociaciones con Turquía.
Es siempre poco precisa la referencia al pesimismo y al optimismo. Pero creo que se hace necesaria una pausa de reflexión, sin amainar banderas o exasperar los aspectos críticos.
Los ancianos, que tuvimos la ventura de participar en el entusiasmo de los comienzos, afrontando contrariedades y escepticismos muy difundidos, hemos de exhortar a continuar creyendo en la Europa unida. Hoy más que nunca.
La Europa de los fundadores no necesitaba llamarse cristiana porque lo era. En la profunda aspiración a salvaguardar la paz y en la convicción de que la paz no existe sin un profundo anhelo de justicia.