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DOCUMENTO
Sacado del n. 06 - 2005

Por una Europa más mediterránea


La conferencia pronunciada por el ex presidente del gobierno autónomo de Cataluña el 19 de mayo de 2005 en Roma, dentro de las iniciativas promovidas por el Observatorio del Mediterráneo. Balances y perspectivas del Proceso de Barcelona diez años después


por Jordi Pujol


Jordi Pujol

Jordi Pujol

El Proceso de Barcelona comenzó con la Conferencia de Barcelona en noviembre de 1995 por iniciativa del gobierno español y de su presidente, Felipe González, quien en el segundo semestre de 1995 ocupaba también la presidencia de la Unión Europea. Había, naturalmente, antecedentes. Ya hacía tiempo que España trataba de llamar la atención de los gobiernos de la UE sobre el Mediterráneo: existía en España, ya desde hacía tiempo, cierta preocupación por el tema mediterráneo, en general poco compartida dentro de la UE.
Espero que la benevolencia de ustedes me permita explicarles toda la cuestión no sólo desde el punto de vista español, sino también catalán, en primer lugar porque he sido durante veintitrés años el presidente del gobierno autónomo de Cataluña y, como tal, he trabajado largamente sobre este tema; en segundo lugar porque, efectivamente, la petición inicial y más insistente a favor de una política mediterránea española procede precisamente de Cataluña.
En 1987 el gobierno catalán comenzó una campaña de contactos y conferencias por Europa sobre dos temas: sobre el Mediterráneo en general y, respondiendo a un interés más específicamente catalán, sobre el papel y la posibilidad del Mediterráneo nordoccidental, es decir, el norte de Italia, la costa mediterránea francesa y la costa mediterránea española hasta Valencia y Alicante. De estos temas hemos hablado en Estocolmo y El Cairo, en Bruselas y en Mónaco, y, naturalmente, en Casablanca y Túnez.
Ahora, en cambio, me referiré a la argumentación europea global, es decir, a la necesidad, según nuestro punto de vista, de que la UE preste más atención al Mediterráneo.
Hemos tratado de hacer ver que el interés de la UE estaba focalizado principalmente en la Europa central y muy poco en la meridional y el Mediterráneo. Hasta entonces este desinterés había sido muy acentuado, pese a que desde el primer momento Italia había participado en el proceso de unificación y había sido un país especialmente dinámico dentro de la CEE. Pero el peso del eje franco-alemán, la preocupación principal representada por los países comunistas del Este y la lejanía física y mental de Gran Bretaña hacían del Mediterráneo un área completamente secundaria. Recuerdo que hacia 1988, en una reunión del Comité “Jean Monnet” en París, tras una intervención mía sobre la necesidad de prestar más atención al Mediterráneo, Edward Heath, ex primer ministro británico, me dejó de piedra con la siguiente observación: «¿Pero está usted realmente seguro, Pujol, de que el tema mediterráneo es tan importante?».
Pero hacia 1990 se produjeron cambios. Por una parte, el ingreso en la CEE de España, Portugal y Grecia, que reforzaba la presencia y el peso de Italia, había trasladado hacia el sur el centro de gravedad de Europa. Por otra, una vez caído el telón de acero, resultaba más evidente que la frontera más problemática de Europa era el Mediterráneo. Era la frontera del subdesarrollo, de la explosión demográfica, de los grandes movimientos migratorios, del fundamentalismo y del terrorismo. Nuestra admonición sobre la importancia del Mediterráneo tuvo entonces más aceptación.
Todo esto ocurría mientras paralelamente se progresaba en las relaciones entre España y Marruecos y aumentaba el prestigio de España, algo que, entre otras cosas, quedó patente con la Conferencia de Madrid de 1991 sobre Oriente Próximo y con la Conferencia de Oslo. He de decir, sin embargo –y espero que esto no moleste a nadie–, que me sorprendió bastante que Francia e Italia no ejercieran presión para que el Mediterráneo fuera tenido en mayor consideración. La actitud de Francia no me sorprendía demasiado, porque sé que su obsesión siempre ha sido Alemania y que, pese a sus intereses en el Mediterráneo, siempre ha considerado este tema secundario. La actitud de Italia me sorprendía más.
En fin, en el segundo trimestre de 1995 las circunstancias favorables antes mencionadas coincidieron con la presidencia española de la UE. Era un momento en el que las relaciones de Felipe González con el canciller Kohl, con Jacques Delors y con el presidente Mitterrand eran especialmente buenas. En aquel período, además, el gobierno socialista podía gobernar en España sólo gracias al apoyo parlamentario de los nacionalistas catalanes, en particular de CiU (Convergència i Unió); y nosotros pedíamos insistentemente una política europea de mayor atención hacia el Mediterráneo.
De todo ello surgió una fuerte petición del gobierno español, correspondida con una actitud receptiva por parte de la Comisión y, en general, de los países de la UE.
Para que puedan ustedes comprender la importancia que tenía este tema para nosotros en Cataluña, les contaré un episodio particular. En septiembre de 1995 fui a entrevistarme con el presidente del gobierno español, Felipe González, para decirle que mi partido no podía seguir apoyando a su gobierno, que era minoritario y dependía de nuestros votos. Esto significaba elecciones anticipadas. El presidente comprendió la situación, pero estábamos de acuerdo en no disolver el Parlamento hasta finales de año, de manera que pudiera terminar la presidencia europea del semestre con dos objetivos fundamentales: negociar los fondos de cohesión europeos y promover una nueva política europea sobre el Mediterráneo mediante la Conferencia de Barcelona. La situación política española era muy tensa y el gobierno socialista había perdido credibilidad. Mi partido tuvo por ello que soportar muchas críticas por no haber hecho caer enseguida al gobierno. Pero los dos objetivos de los que he hablado eran más importantes que todas las críticas.
El 28 de diciembre, terminado el semestre de presidencia española de la UE, tras el éxito de la Conferencia y puesto en marcha el Proceso de Barcelona, un año antes del final de la legislatura, el presidente González convocó elecciones.
Como iba diciendo, la Conferencia fue un éxito. Por primera vez la UE, mediante el programa Meda, contrajo un compromiso económico realmente importante con respecto a la costa Norte y la costa Sur. De hecho, el compromiso tenía que ver sobre todo con la costa Sur. Por primera vez la UE manifestaba en este sentido una clara voluntad política. Las perspectivas del Proceso parecían favorables.
Es importante recordar que la Conferencia de Barcelona fue seguida poco después por el Fórum Civil Euromediterráneo, que también se desarrolló en Barcelona. Este acontecimiento implicaba la movilización de los gobiernos, de los Estados y de las instituciones europeas, pero también de la sociedad civil, tanto del Norte como del Sur. También el Fórum fue un éxito.
Estaban todos de acuerdo sobre la necesidad de actuar rápidamente. Los desequilibrios económicos, demográficos y sociales entre la costa norte y la costa sur eran cada vez mayores.
Pero por desgracia, diez años después el balance no es positivo. Los vientos favorables duraron poco por varios motivos. Ante todo porque en la segunda mitad de los noventa en el área mediterránea ha habido muchos conflictos: la guerra civil en Argelia, una fuerte tensión entre Grecia y Turquía (lo que ha llevado a Grecia a obstaculizar durante un período la aplicación del programa Meda) y, sobre todo, el empeoramiento del conflicto entre Israel y Palestina. También los conflictos balcánicos han representado un freno, sobre todo para Italia. El objetivo prioritario para España e Italia ha sido, además, asegurar su ingreso en la UEM (Unión Económica y Monetaria). Lo demás era secundario. Ha resultado ser, en fin, muy negativo el cambio radical de España que, de gran promotora del proceso ha pasado a desinteresarse del mismo. También ha cambiado en negativo la política española con respecto a Marruecos. Pero de hecho ha sido toda la UE la que ha demostrado una actitud de escaso compromiso. La administración comunitaria ha sido poco flexible, incluso reticente.
Hay que decir que ni siquiera la respuesta de los países de la costa sur ha sido muy eficaz.
Estos países podrán desarrollarse intensamente solo mediante un proceso de reformas serio y eficiente: democratización, más eficiencia y transparencia en la administración estatal, más agilidad y seguridad en la administración de la justicia. No es que no se hayan dado desde 1995 hasta hoy pasos en esta dirección (en Marruecos, por ejemplo, ha habido un evidente progreso), pero en conjunto han faltado agilidad y decisión.
Digo todo esto con cierta desilusión. Ante todo porque cuando yo era presidente de Cataluña, desde 1980 hasta 2003, la promoción de la política mediterránea fue uno de mis objetivos –y era en general un objetivo de Cataluña– y he de constatar que nuestros intentos de relanzar el Proceso han sido vanos. En especial le ha dado la espalda el gobierno del Partido Popular, pese a la opinión personal favorable del ministro de Exteriores, Piqué. En segundo lugar porque no ha salido perjudicada solo la costa sur, sino todo el Mediterráneo y toda la Europa meridional. Ello ha tenido una repercusión especialmente negativa porque en estos años la UE se ha ampliado hacia el Norte (países escandinavos) y sobre todo hacia el Este. Este aspecto por sí solo había de representar forzosamente una pérdida de peso para la Europa meridional, que hubiera podido en parte ser frenado por un Proceso de Barcelona potente y productivo.
Mientras tanto, la distancia entre el Norte y el Sur del Mediterráneo se ha hecho cada vez más grande.
Pero ahora, exactamente diez años después de la Conferencia de Barcelona, estamos en presencia de circunstancias que, a mi modo de ver, hacen posible relanzar vigorosamente el Proceso.
Ante todo la UE se ha planteado por fin el problema de su neighborhood, de sus vecinos. Es cierto que se lo plantea sobre todo con respecto a Turquía y Ucrania, e incluso con respecto a Rusia, pero una vez iniciado el proceso, el Mediterráneo no podrá ser dejado fuera.
En segundo lugar, el actual gobierno español quiere mantener una buena relación con Marruecos y con todo el Magreb. Quiere además aprovechar la ocasión del décimo aniversario de la Conferencia Euromediterránea de Barcelona para relanzar el Proceso.
En tercer lugar, los conflictos mediterráneos de mediados de los noventa se han resuelto o han mejorado sensiblemente (tensiones turco-griegas, conflictos balcánicos, guerra civil en Argelia, etc.). Y, como decía, Marruecos ha progresado desde el punto de vista democrático y civil.
El presidente del gobierno español, Felipe González, durante los trabajos de la Conferencia Euromediterránea de Barcelona en 1995

El presidente del gobierno español, Felipe González, durante los trabajos de la Conferencia Euromediterránea de Barcelona en 1995

En cuarto lugar, la fortísima emigración que procede del sur del Mediterráneo ha sensibilizado a la opinión pública y a los gobiernos europeos.
En términos más generales, puede decirse que todo lo que tiene que ver con el islam interesa hoy mucho más que hace diez años.
Existe, en fin, mayor conciencia de la necesidad de combatir el subdesarrollo. A ello han contribuido factores muy distintos entre sí, como la globalización, el terrorismo, la emigración masiva y la mayor sensibilización de la conciencia universal, y más específicamente la europea. Prueba de ello es la propuesta de Gran Bretaña, que esta vez ha defendido Gordon Brown en los fórums internacionales y que Tony Blair llevará al G7. Otra prueba lo representa el hecho que en la UE se hable de crear una tasa sobre las tarifas aéreas para favorecer el crecimiento de los países menos desarrollados. No sé si esta es la mejor medida, quizá existirían otras más eficaces, pero es una prueba del cambio de mentalidad. También es bueno recordar que algunos economistas, como Jeffrey Sachs, hablan de “the end of poverty”, el final de la pobreza, y que hablan de ella creyendo realmente que es posible; en parte porque ahora asistimos a un crecimiento económico muy generalizado; en parte porque varios países, como Brasil, Sudáfrica, India, etc., pero también otros más modestos, se están moviendo con gran eficacia; y además porque en los países ricos se empieza a entender que existen problemas que nos afectan a todos –entre ellos el terrorismo– que no pueden resolverse si no es con un gran progreso económico y social muy generalizado. En nuestro caso, se empieza a entender que algunos problemas que interesan seriamente a Europa –sobre todo el terrorismo y la emigración– podrán resolverse solo mediante una buena cooperación entre Norte y Sur.
No he hablado en términos técnicos ni estadísticos. Que la distancia entre el Norte y el Sur del Mediterráneo sigue siendo muy grande, que ni siquiera ha disminuido pese a los pasos que se han dado en la costa sur, está a la vista de todos. Los datos, por lo demás, están a disposición de todo el mundo. De lo que nosotros tenemos que hablar es de cómo podemos provocar una iniciativa política eficaz.
Permítanme, pues, que insista sobre un punto. Por fin, como decía, aunque demasiado tarde, la UE empieza a plantearse la cuestión de sus vecinos. Podría ser que la Unión les hiciera a algunos países una propuesta de acuerdo estratégico de carácter económico y social, y de hecho también político, sin por ello contemplar la posibilidad de integración. Personalmente, creo que esto se habría tenido que hacer ya hace veinte años con Turquía. Ahora es tarde, a pesar de que siga habiendo fuertes resistencias al ingreso de Turquía.
También hace veinte años, el rey Hassan pidió el ingreso de Marruecos en la UE. La respuesta fue obviamente negativa. Pero la UE no tenía que limitarse a decir que no. Debería estudiar seriamente una propuesta de colaboración muy estrecha con los países del Norte de África. Siguiendo la línea del “everything but institutions”, es decir, no ser miembro de la Unión pero establecer una relación económica y social muy privilegiada. Creo que Italia y España deberían tomar la iniciativa en este sentido.
De todos modos, repito, el gobierno español quiere aprovechar la ocasión de este décimo aniversario para relanzar el Proceso. ¿Cuál es la posición de Italia? ¿Y la de Francia? ¿Cuál es la posición de la UE?
La ampliación hacia el Este y la problemática rusa, o la tensión todavía sin resolver de algunos países europeos con los EE UU podrían hacer que la UE siga sin interesarse por el Mediterráneo. Sería un grave error, que sobre todo Italia y España deberían evitar.


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